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dimecres, 7 de setembre de 2011

FIN DE SEMANA (CAPÍTULO VII)

CAPÍTULO VII

A las diez de la mañana se despertaron poco a poco, y media hora más tarde se fueron a la cafetería, a desayunar. Luego fueron a casa de los tíos de Rebeca.
A las cuatro de la tarde cogieron el Renault-5 de ella para recorrer el mismo pueblo en el que habían estado el día anterior con los primos, pero ésta vez para recorrerlo los dos solos.
Rebeca se había puesto una camiseta ligera blanca, pantalones cortos azules y zapatillas deportivas, aparte aquellos pendientes redondos de argolla que le sentaban tan bien. Jaume llevaba camiseta negra y pantalones vaqueros con, igualmente, zapatillas deportivas.
Ella le preguntó, cuando quedaban pocos kilómetros para llegar al pueblo:
--Jaume, ¿tienes permiso de conducir?
--Sí, Rebeca. Si quieres, en cualquier momento te paras y ya conduzco yo.
--Muy bien, cariño.
El camino era el mismo: diez kilómetros por la carretera comarcal 144 desde La Pobla de Segur hasta Senterada, y desde aquí, por la carretera local Senterada-Cabdella, de unos 20 kms., y cuando estaban cerca de Sant Hipòlit de Flamicell, ella frenó el coche en seco, al ver caído enmedio de la carretera a un hombre, quizá insconciente ó muerto, cabeza abajo. Se asustaron.
--¡Dios mío! --gritó Rebeca--. ¿Qué le pasa a ese tío...?
--Ya, no parece que duerma la siesta --dijo Jaume, tan asombrado como ella.
Se bajaron del coche y se fueron a donde estaba el cuerpo. Jaume le examinó, como si fuera un médico de verdad, y Rebeca también. Cada uno lo hacía por un lado distinto del cuerpo: ella por la cabeza y él por los pies.
--Parece que respira --dijo Jaume, aliviado.
--Ojalá.
El tío aquel se reanimó. Jaume resopló de alivio.
Pero el hombre se llevó la mano a la chaqueta, sacando de ella una pistola. Les apuntó con ella. Jaume hizo memoria, ya que aquel hombre le era conocido de algun sitio.
--¿Nos conocemos...? --le preguntó.
--¡Sí, claro que sí! ¡Manos arriba! --les amenazó.
--Usted es...
--¡Sí, yo soy... ó sea, era amigo del tío que te cargaste, Hèctor Queralbs! No esperaba encontrarte. Yo quería parar un coche con éste truco tan viejo del pobre accidentado, luego obligar al gilipollas que me recogiera a llevarme a algun lugar bien lejos de la Guardia Civil. Pensaba huír a Cabdella y huír por las montañas.
--Vaya, como en las pelis. Qué chorrada.
--Ya veremos si esto te parece también una chorrada. Anda, dejadme el coche, que me voy.
--¡Ah, no, y una mierda! ¡Tú no te llevas mi coche, hijo de puta!
Éstas frases tan retumbantes eran de Rebeca, que en un acto de valor se tiró encima del tío, sin dejarle ni tiempo para que disparase su pistola.
Jaume, atenazado por el miedo, no sabía qué hacer, pero al ver la actitud valiente de su novia, se envalentonó y también forcejeó con el hombre. Se le cayó la pistola. Cuando intentaba recuperarla, Rebeca, con una certera patada de delantero centro del Barça, la mandó bien lejos, al otro lado de la carretera.
Pelearon dos minutos más, y con puñetazos por aquí y puñetazos por allá, les estaba quedando la cara como un mapa de operaciones bélicas. El hombre decidió largarse, y con esfuerzo, se quitó de encima a empujones a aquellos dos respondones y salió huyendo. Jaume y Rebeca le siguieron. Iba mirando hacía atrás mientras corría, y desde una curva cercana, salía un coche de la Policía Nacional dirigiéndose justo contra él. El conductor intentó frenar, pero demasiado tarde. El hombre se empotró contra el parabrisas delantero con la misma velocidad con que un mosquito se desintegra contra el parabrisas de cualquier coche cuando éste corre a más de 150 kms./hora.
Rebeca y Jaume pusieron cara de horror y alivio a la vez. Los dos policías, un hombre y una mujer, salieron a toda prisa del vehículo para atender al hombre, pero éste ya estaba fiambre, con la cara ensangrentada.
La pareja les contó todo a la Policía y fueron a la Comisaría más cercana a prestar declaración. La mujer policía era morena, ojos castaños, estatura media y bastante guapa, que a Jaume le recordaba a alguien. Ella también le recordaba.
--Ehm, señor, ¿nos conocemos de algun sitio? --preguntó ella.
--No, no, señorita --contestó él rápido.
Él hizo memoria: era la chica con la que se peleaba Hèctor Queralbs en el momento de que Jaume quiso defenderla, y luego ocurrió todo lo demás: la huída, el forcejeo, la caída de Queralbs por el barranco... Pero Jaume, al no estar bien seguro, decidió callarse.
El policía le dijo a su compañera:
--Bien, Rosa, buen trabajo. Seguro que con esto te ascienden a sargento.
Más tarde, Rebeca y Jaume continuaron con el itinerario que tenían previsto, y ésta vez sin interrupciones.