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dimecres, 7 de setembre de 2011

FIN DE SEMANA (CAPÍTULO IV)

CAPÍTULO IV

Ha pasado cási una hora. Ahora los dos están en la cama, después de haberse desnudado y lo que sigue después, demasiado obvio para decirlo. Ella estaba encima de él, con la mirada fija en la ventana de la habitación, con una leve sonrisa en sus preciosos labios. Debajo de Rebeca, Jaume también hacía lo mismo, es decir, mirar la ventana y sonreír.
Él le hizo a ella caricias suaves con la mano, recorriendo con ella la naríz, la frente, la coronilla y sobre todo la nuca, algo que a él le encanta hacer a todas las mujeres con las que se haya besado ó hecho el amor. Rebeca cogió seguidamente su mano con suavidad con la derecha suya, la estrechó suavemente uniendo los dedos de él con los suyos, al estilo típico de cómo se cogen la mano los enamorados. Volvió a sonreírle. Ella parecía en un estado de felicidad altísima, y enamorada como una colegiala. Para no perder la costumbre, con la suavidad acostumbrada volvieron a morrearse, ésta vez con las lenguas de ambos en vision más clara. Un minuto después, al acabar, Rebeca dijo, suspirando:
--¡Uf! ¡Hacía tiempo que no me encontraba tan bien!
--¡Vaya, ahora resulta que le he alegrado el día a una tía! –comentó él con sarcasmo--. ¡Me encanta haber hecho mi buena acción del día, como me enseñaron en el cole! Ahora me tocará ayudar a una vieja a cruzar la calle.
--¡Ja, ja, ja…! –ella se partía el culo de reír, poniéndose al lado derecho de la cama--. ¿No dejas de decir chorradas ni cuando follas, nano?
--No, es que si no digo chorradas, me aburro.
--¡Ja, ja, ja…! –y se rieron los dos a la vez.
--Oye –pregunta ahora Rebeca--, ¿a Mireia la conociste igual que me has conocido a mí?
--No, Rebeca. La conocí cuando estudiaba en el cole, poco tiempo después de cortar con Violeta. Hemos pasado unos años bien, con momentos buenos y malos, como en todas las parejas, hasta que un día lo dejamos… Nuestra relación fue como la chorrada esa del péndulo, que va a un lado y a otro. Vamos, que un día bien y otro mal. Precisamente uno de esos momentos malos era cuando tuve que ir a hacer la mili a A Coruña, acabábamos de discutir por que iban a ser muchos días sin poder vernos, Barcelona y A Coruña quedan muy lejos, 1.200 kms., para vernos tanto como antes. Cuando yo estaba allí, me telefoneaba cási a diario, y me pidió perdón por haberse cabreado conmigo. Cuando por fin acabó el rollo ese, al vernos en Barcelona nos pegamos uno de los mejores morreos que recuerdo, de los más románticos, en mi casa. Luego lo hicimos. Toda la noche. Claro que poco a poco, claro, que eso de las pelis porno que no acaban nunca de follar nunca me lo he tragado, tía. Es curioso que siempre que nos pasaba esto, una discusión larga, ¡hala!, a arreglarlo así.
--Oh, fuísteis unos tios muy raros –comentó Rebeca.
--Raros, no sé, Rebeca, pero hay mucha gente que se desahoga así. No sólo se desahoga uno viendo pelis ó qué sé yo…
--Sí, debe de ser eso, nano…
Volvieron a morrearse, ésta vez moviéndose a la vez, revolcándose por la cama, dando vueltas suavemente, abrazados firmemente, con cuidado de no caerse al suelo.
Ha pasado la noche. Ya es de día. Son las ocho y media de la mañana. Jaume abrió los ojos y vio que por la ventana entraba la luz. Ya hacía un buen rato que había salido el sol. Rebeca dormía plácidamente a su derecha, muy tranquila, y parecía sonreír. Éste le dio golpecitos en la frente a ella, suavecísimos, para despertarla. Tuvieron éxito, y ella se desperezó.
--¿Qué pasa? –preguntó ella.
--Que ya es de día, cariño –contestó él.
--Ah, ya, claro… --bostezó Rebeca--. Buenos días, Jaume. Yo he dormido muy bien. Ya sé que no es original, pero...
--Ya, tranquila –le dio un suave beso de un segundo en los labios. Ella le sonrió.
Rebeca se incorporó, y volvió a bostezar, ahora tapándose la boca con la mano. Preguntó:
--¿Qué hora es?
--Pues… --Jaume buscó el reloj de pulsera, que lo había dejado sobre la mesita de noche, cási tanteando, como si fuera ciego. Lo miró--. Las ocho y media.
--Eh, Jaume, ¿qué haremos?
--¿Eh..?
--Digo que qué haremos. Hoy. Ésta mañana, para empezar.
--Ah, no sé... Pensaba preguntártelo ahora, cuando te despertaras.
--Es que... podríamos ir primero a visitar a mis tíos un rato, y después darnos una vuelta en mi coche por la comarca. ¿Te mola?
Jaume sonrió.
--Ah, sí --contestó--, me parece bien, cari. Anda, vayamos a vestirnos, bajemos a desayunar y luego vamos a casa de tus tíos.
--Muy bien, cariño. Ahora me visto --contestó ella. Se salieron de la cama, desnudos, claro. Después de arreglarse y darse una ducha (ésta vez separados, no juntos), bajaron a desayunar. Tomaron un café con leche y madalenas.
Después, al llegar a la casa de los tíos de Rebeca, que vivían en una casa de vecinos de tres pisos, la típica casa de vecinos de pueblo, ellos abrieron la puerta, y saludaron a Jaume después de ella:
--Ah, hola... --dijo la tía Valentina--. ¿Es amigo tuyo, Rebeca?
--Sí, y se llama Jaume --contestó ella. Al ver que ella y él iban cogidos de la mano, el tío Josep Ramon preguntó:
--¿Es tu novio?
--¡Coño, qué cosas dices, tío! ¡Qué carrozón llegas a ser! --respondió ella, con su habitual sinceridad rayana en la grosería, al menos para la mentalidad de los tíos, más bien provinciana--. Es un amigo mío, al que conocí hace poco. Quería que lo conociérais.
--Me alegro, Rebeca --contestó la tía Valentina--. Parece simpático. ¡Qué lástima que el Pep no sea como él!
--¿Cómo...? ¿Qué has dicho? --Josep Ramon se mosqueó como nunca lo había hecho.
--Nada, cariño, nada --le tranquilizó su mujer, diciendo una mentira piadosa, claro. Sonrió seguidamente de manera maliciosa. Ahora empezó a hablarle a Jaume--: Jaume, no se lo tengas en cuenta. Mi marido es uno de esos carrozones que no saben de qué va el rollo. Menos mal que ya están en peligro de extinción.
--Sí, ya me he dado cuenta --le dijo Jaume a Valentina al oído, de manera cási confidencial, en voz muy baja. Al fondo, el tío estaba mosqueado, francamente.
Se fueron todos juntos a la salita, y allá, Rebeca y Jaume se sentaron juntos, ella a la izquierda de él, pegando cási literalmente las sillas una a otra, para así sentirse más juntos. Josep Ramon Lamadrid volvió a dirigirse al joven:
--Eh, señor... ay, no... Jaume, ¿no?
--Jaume, sí, señor --respondió éste, con tranquilidad.
--Ah, sí, gracias... Eh... ¿eres de Barcelona?
--Sí, señor. ¿Se me nota el acento? Es que los barceloneses tenemos un acento que... --se refería a su manera de hablar el catalán, aunque no fuera el típico catalán barcelonés, sino un catalán un poco más acorde con el que se habla en Televisió de Catalunya, más cuidadosa con la pronunciación del idioma.
--Eh, sí... Eh... ¿en dónde os conocísteis tú y mi sobrina?
--¿Nosotros?
--Sí, vosotros. Sabrás que mi sobrina Rebeca...
Ella le interrumpió, pensando que iba a contar algo indiscreto.
--Tío, que eso ya lo sabe. Además, ya me conoces, no tengo prejuicios ni nada que esconder. Si quieres contar chorradas sobre mí, no lo hagas aquí, mejor ve a la tele...
--Ja, ja, ja –rió sarcásticamente Josep Ramon las gracias de su sobrina--. Rebeca, tú déjame que hable con tu novio... “de hombre a hombre”.
--¡Ya salió el machista, ja, ja! –se molestó Rebeca, ó parecía que se molestaba, aunque contestaba con su ironía habitual.
--¡Brrr! ¡Con ésta chica no se puede hablar de cosas serias! –gruñó Josep Ramon, mirando fijamente al joven y mesándose la barbilla.
Hubo una pequeña pausa, antes de que el tío volviera al ataque:
--Veamos, Jaume, ¿te gusta mi sobrina? ¿A que está buena?
--¡Tío! ¡Deja ya de decir chorradas! –contestó Rebeca, que parecía cabreada, aunque de verdad. Lo dijo tan bruscamente que el tío se asustó, y pareció que le podía dar un infarto.
--¿Qué...? –exclamó Josep Ramon.
Él se tranquilizó un poco, antes de volver al ataque.
--Rebeca, por favor, no vuelvas a joder... eeeeh... Rebeca, que no tengo cinco años, nena. Sé lo que tengo que decir. No soy tan carroza como crees. ¿Vale, tía?
--Vale, tío. Qué mal te enrollas, qué mal se enrolla vuesa merced.
Después de soltarle una mirada de reojo muy inquietante, Josep Ramon volvió a preguntar a Jaume:
--Eh... jaume, ¿de qué hablábamos?
--Tíoooooo... –insistió Rebeca. El tío ya estaba a punto de estallar.
--Rebeca, eres más pesada que una tía gorda en brazos...
--No, tío, es que esas preguntas gilipollas son malas para hacérselas. Que Jaume es un buen chaval, no un niño de tres añitos. Sí que le gusto, y él me gusta. Pero todo esto son cosas privadas, tío. Que yo no me meto en tus cosas con tu mujer. Él se ha portado bien conmigo y yo con él...
--¡Y una mierda! ¡Seguro que os habéis hecho...!
--¡Tío, no te permito que...!
En ese momento llega la tía Valentina.
--¿Qué os pasa? --preguntó.
--Nada, Valentina --contestó su marido--. Hablaba con tu sobrina y su amigo. Creo que fo... sí, que hacen eso...
--Ya. ¿Y qué...?
--¿Cómo que y qué...?
--Sí, eso digo, y qué. Ellos tienen derecho a hacer lo que quiera. Tu sobrina se habrá follado a muchos chicos, pero nunca se ha drogado. Y supongo que tú, Rebeca, habrás follado con chicos de uno en uno, ¿no?
--No, claro que no, tía --contestó la chica--. Sólo de uno en uno. ¿Pero por qué no hablamos de otras cosas? Que ya me aburre éste tema.
--Tienes razón, Rebeca. Y tú, Josep, cállate --le pidió a su marido, aunque con un tono en la voz que parecía más el de un sargento chusquero--, que no eres de ahora mismo. Eres de la Edad de Piedra. Suerte que estáis en peligro de extinción.
Se rieron por lo bajinis Jaume y Rebeca al oír lo que decía Valentina, tapándose la boca. Pero Josep Ramon no era tinto, y se daba cuenta. Enfadado y resignado a la vez, decidió entonces cambiar de tema de conversación.
--Eh, Jaume, ¿qué haces por aquí, en La Pobla de Segur? ¿De vacaciones?
--Ehm... sí.
--Muy bien, muy bien. ¿Y te gusta el pueblo?
--Sí.
--¿Y Rebeca también?
Jaume miró un segundo de reojo a Rebeca para preguntarle con la mirada qué debía contestar. Como ella parecía decirle que tranquilo, que contestara lo que quisiera, entonces contestó:
--Sí.
--¿Y mi sobri... eeeeh... digo, y ésta comarca?
--También.
--¿Le gustaría vivir aquí?
--¡Tío! --exclamó Rebeca--. ¡Que pareces del Centro de Iniciativas Turísticas!
--Sobrina... --Josep Ramon ya estaba harto.
--Es que haces unas preguntas muy raras, tío --dijo Rebeca--. Jaume no es ningun sinvergüenza.
--¡Ja, ja! ¡Eso se lo dirás a todos!
--¡Pep, cambia de tema! --gruñó Valentina.
Como si fuera un niño al que sus padres riñen, Josep Ramon hizo a su esposa una mirada como pidiendo (ó suplicando) perdón. Entonces, Rebeca preguntó:
--¿Los primos, dónde están ahora?
--Han salido para pasear por el pueblo. Como han venido con sus parejas, han aprovechado que hace buen tiempo. Deben de estar cerca de aquí --contestó Valentina.
--¿Sólo paseando? --preguntó Josep Ramon, sonriendo irónicamente.
--Peeeeep... --volvió a gruñir Valentina.
En aquel momento, Jaume miró a otro lado, y se fijó en un ejemplar de El Periódico de Catalunya, de ese mismo día, que estaba sobre la mesa, abierto por las páginas interiores dedicadas a Sucesos, y en él venía ésta noticia:

"ES ENCONTRADO UN HOMBRE MUERTO EN UN BARRANCO.

Josep Vilagrasa
TREMP

La Guardia Civil, con la ayuda de los Mossos d'Esquadra, han encontrado un hombre muerto en el fondo de un barranco, próximo al pueblo de Talarn (Pallars Jussà). Lo había encontrado un hombre que paseaba por allí por casualidad. Como portaba su documentación pudo ser identificado como Héctor Queralbs, conocido traficante de drogas que operaba en el Puerto de Barcelona, que era buscado desde hacía tiempo por la Policía. Las fuerzas del orden sospechan que fue empujado al vacío por algun cómplice suyo. El barranco tiene unos quince metros de altura, de paredes muy escarbadas, con rocas por todas partes...”

Jaume dejó de leer aquello y dejó el periódico al lado de la mesa. Estaba alterado por lo que había leído, y aun le temblaban las piernas al acordarse de todo aquello. Trató de conservar la calma. Volvió al lado de Rebeca.
--¿Qué lees, cariño? –le preguntó ella, con una vocecita algo melosa.
--Nada, eso del poca-solta de las drogas que hacía sus chanchullos en el Puerto de Barcelona. Lo han encontado fiambre cerca de aquí, en un barranco. En Rubí también hacía algo...
--Oh, vaya –exclamó la chica. También había oído hablar de él.
Sonó el timbre de la puerta. Valentina se levantó de su silla para abrirla.
--Deben de ser tus primos –le dijo a Rebeca.
--Ah, muy bien. Ahora los conocerás, Jaume. Te gustarán, son muy majos –le dijo la chica a él.
Él sonrió.
--De acuerdo, nena –contestó. Desde que leyó esa noticia se sentía triste por dentro. Y no sabía por qué, pero se sentía culpable. Ya sabía que aquel hombre era un indeseable, pero no le gustaba nada saber que había matado a alguien. Él no es ningun asesino.
Pero se acercó a conocer a los primos de Rebeca y a sus parejas. Entraron bien juntos, como esas parejas de enamorados de las películas, en actitud bastante descarada en ese sentido.
--Hola, prima –le saludó Paula--. No te vimos anoche por ninguna parte...
--Es que estuve con unos amigos --contestó Rebeca como excusa--. Ah, quiero presentaros a un amigo, a Jaume...
--¿Jaume?
--Ahora le conocerás. Jaume, ésta es Paula.
--Mucho gusto, Paula --y se saludaron con dos besos, uno en cada mejilla.
Luego acabaron de presentarse los unos a los otros. Después se pusieron a hablar de sus cosas.
Pasaba el tiempo, y Andreu, el novio de Paula, miró el reloj de pulsera y propuso a Rebeca y Jaume:
--Eh, ¿podríais venir con nosotros a ver un pueblecito muy majo, que está a unos 20 kms. de aquí?
--¿Qué pueblo es? --preguntó Jaume, interesado.
--Se llama... eeeh... Sant Hipòlit de Flamicell. Está a la orilla del río Flamicell, que va a parar al Noguera Pallaressa. Nace en el Estany Gento, creo. Es un sitio muy guay. Y si a tí te interesan los sitios de montaña, creo que éste te molará --le contó Andreu, mezclando expresiones coloquiales. Le gustan mucho recorrer esos sitios.
Cuando comían, Andreu dijo que sí podrían hacer esa excursión, aunque más que eso, sería un paseo corto por aquellos lugares, con los vehículos de cada uno. Y así fue. diez minutos después de haberse engullido los postres, salieron de La Pobla de Segur los coches (eran tres, cada uno con su pareja, valga la redundancia). En uno iban Paula y Andreu, en el segundo Gaietana y Àngel, y en el último, Rebeca y Jaume.
Iban por la carretera también en éste orden.