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dimecres, 7 de setembre de 2011

FIN DE SEMANA (CAPÍTULO VI)

CAPÍTULO VI

Más tarde ya habían vuelto a La Pobla de Segur. Cuando entraron en casa de los tíos, el primo Àngel se fijo en que los dos llevaban el pelo mojado (aun no se había secado del todo), y le preguntó a su prima, en voz baja:
--¿Qué pasa, prima? ¿Os habéis dado una ducha juntos?
--Algo parecido, primo --respondió la chica con una caída de ojos y una sonrisa muy insinuante, que se le entendía todo.
Él, claro, sonrió de manera cómplice, pero sin decir nada. Sólo comentó:
--¡Qué envidia, qué envidia!
Jaume se fijó, mientras tanto, en el tío Josep Ramon, que estaba leyendo el mismo periódico que tenía por la mañana, y la misma página en donde venía la noticia de la muerte del traficante Hèctor Queralbs. Se volvió a acordar de lo que le ocurrió cuando se enfrentó con esa gentuza, y se acordaba también de la muerte de Queralbs. Y volvía a entristecerse... como le pasaba a Edward G. Robinson en la película La mujer del cuadro, después de matar, en legítima defensa también, a un hombre que quería matarlo. Si Robinson acababa con tener complejo de culpabilidad, Jaume también. Pero en aquel momento prefería hablar con Josep Ramon Lamadrid sobre otras cosas, e hizo una seña para que Rebeca se acercara a ellos.
--Hola, señor... --le dijo Jaume como saludo, acercándose.
--¿Señor? Por favor, Jaume, nada de ceremoniadas. Llámame Josep, ó tío Josep, como quieras. Soy un hombre sencillo, ó un tío guai, como dice mi sobrina, je, je... --se rió él mismo de la gracieta que había hecho.
--Muy bien, tío Josep.
--Y tutéame, por favor.
--Claro que sí, tío, como quieras... --Jaume hablaba con cierta timidez. Le intimidaba un poco el tío de su chica.
--He tenido algunas peleas con mi mujer, lo habitual. Créeme que si te casas con mi sobrina Rebeca, ten mucho cuidado, por que las mujeres...
--Tío, ¿qué chorrada quieres meterle en la cabeza a mi chico? --se mosqueó Rebeca.
--Nada, Rebeca, cosas de hombres...
--Pues eso ya no se hace, tío. Ahora, hay más igualdad. Los tíos pueden hacer cosas de mujeres y viceversa.
--Pues peor me lo pones.
--Allá tu con tus cosas, tío Josep.
--¿Y tú qué opinas, Jaume? --miró Josep Ramon al chico.
Él miró de reojo a su chica y contestó:
--Estoy de acuerdo con Rebeca, tío Josep.
--¿Cómo? --gruñó él--. ¿Es que eres un calzonazos?
--¿Yo...? --Jaume abrió mucho los ojos.
--¡Tío, Jaume no es ningun calzonazos! ¡Además, yo le doy libertad de pensamiento!
--¿Libertad de pensamiento? No me vengas con tus rollos feministas.
--Rebeca tiene razón --sentenció Jaume con toda seguridad. Josep Ramon le miró como si le diera pena. Jaume prefirió no hacer caso a esa mirada de desaprobación.
Àngel, que estaba detrás de todos ellos viendo el panorama, dijo:
--Yo también creo que ella tiene razón, tío.
Rebeca sonrió contenta y estrechó la mano de su primo.
Josep Ramon se quedó enfurruñado. Luego, en la cena, tomaron de primer plato col con huevos, hecho por Paula, y como segundo, lomo con miel, éste hecho por Andreu, el novio de ella. Se revelaban como unos buenos cocineros, comentaban los comensales. Soltaron varias frases de admiración similares, algo cursis y simples, pero sinceras.
Luego, pasado un rato, Rebeca se fue un momento al lavabo, y antes de llegar allí, se encontró, apoyados en la pared del pasillo, a Paula y a Andreu morreándose, creyendo que allí no podría verlos nadie. Rebeca no hizo ningun ruido, andó cási como de puntillas, y ellos siguieron con lo suyo, como si no existiera el mundo exterior, con sus besos y caricias. Rebeca entró en el lavabo, y al salir aun seguía la parejita en plena faena. Volvió a la salita y Àngel, el otro primo, le dijo:
--Rebeca, tía, ¿vienes luego a la discoteca? Unos amigos míos estarán allí. Tú y Jaume podeis venir.
--Ah, me parece muy bien --respondió ella--. Me cambiaré de ropa --comentó esto último mirando de reojo a su amigo.
--Bien, Rebeca, yo también me cambiaré de ropa, pero la tengo en el hotel. Iré allá, y cuando me la haya puesto, voy con todos vosotros.
--Me parece muy bien. Espera un momento, que se lo preguntamos a todos...
Ellos (Paula, Andreu, Àngel i Gaietana) aceptaron, y Jaume se fue hacía el hotel para cambiarse de ropa. Cási una hora después, él regresó a aquella casa, ya cambiado de ropa, con un look que impresionó a todos ellos: pantalones cortos, cási unas bermudas, y una camiseta azul marino con un enorme letrero, NBA, en letras amarillas. Jaume dijo:
--¿Qué pasa? ¿No os gusta?
--Sí, Jaume, estás muy bueno --le contestó Gaietana, que parecía que se le fuera a caer la baba, literalmente.
--No creo que sea Antonio Banderas, pero vale.
--Perdona, Jaume, pero soy bastante postmoderna --explicó Paula--, y veo que tienes los mismos gustos que yo. Aunque, claro, como eres disc-jockey, seguro que habrás conocido a muchas chicas como yo.
--Ah, gracias, tía, pero mira, tu prima Rebeca sí que va de postmoderna. ¿Qué se pondrá ésta noche?
--No sé, aun no ha acabado de vestirse. Seguro que está eligiendo entre trescientas cosas. Ah --miró hacía otro lado--, creo que ya está lista.
Y en aquel momento, salió Rebeca de una habitación en donde se había vestido. Dijo "hola" a todos. Iba vestida con un vestido de lentejuelas negro, muy ceñido, muy moderno, minifalda negra y medias negras. También eran negros los zapatos, sin tacón alto. Los pendientes que llevaba eran los mismos que vio Jaume que ella llevaba cuando se conocieron, redondos y grandes. Los que le encantaban a él. Además, ella no se los quita al gustarle mucho igualmente.
--¿De dónde sacaste esto tan guai? --preguntó Jaume, a punto de caérsele la baba.
--¿Te gusta, cariño?
--Sí, y estás buenísima con él. Y sin él también.
--Ah, muy bien. Si quieres me lo quito y voy en pelotas.
--No hace falta. Eso después.
Josep Ramon se fijó en la ropa de su sobrina y preguntó:
--¿No tienes frío con eso?
--No, tío. Con esto estoy más cómoda, y puedo mover mejor las piernas --para demostrarlo, quiso ponerse a bailar y alargar sus largas y hermosas piernas. Sin querer, cási le da una patada a su tío en los genitales. Estuvo a centímetros.
Los primos y sus parejas sonrieron. Salieron luego a la calle para ir a aquella discoteca del pueblo, llegando allá después de unos minutos. La discoteca ya estaba bastante llena, con chicos y chicas de todas las edades, destacando ellas, claro, algunas guapísimas. Jaume no podía evitar fijarse en algunas, pese a ir bien cogido de la mano de Rebeca y de sentir que estaba cada vez más enamorado de ella, igualmente que ella de él.
Como en cualquier discoteca, al bailar, unos lo hacían muy bien, otros simplemente bien, otros mal y otros muy, muy mal, pero como a esos sitios se va a divertirse y no a emular a Fred Astaire y Ginger Rogers, pues les daba lo mismo.
Al entrar, primero fueron al bar de la discoteca, a buscar asiento y tomar algo.
--Yo no quiero tomar mucho, que luego engordo --le dijo Paula a su novio Andreu.
--¿Seguro? --él no se lo creía--. Cariño, que comes como un elefante y luego no engordas nada. Jamás te he visto guardar ninguna dieta...
Cuando ya tenían las bebidas y algo para ir picando, mientras tomaban todo aquello, hablaron de sus cosas. Por ejemplo, Jaume, ya que se lo pidieron, habló de su trabajo en la discoteca:
--No, no es nada de particular –hablaba como si no fuera nada importante--. Pongo discos, y amigos y amigas me ayudan a elegir los que puedan molar más al personal. Ya sabeis, Madonna, Queen, Loquillo y Los Trogloditas... cantidad. Cada día hay nuevos cantantes ó grupos, así que no me puedo acordar de todos. Y hay muchos que se parecen en la forma de cantar ó de tocar.
--Muy bien, Jaume –dijo Àngel--. Eh, ¿has escuchado a Albert Pla?
--¿Albert Pla? –Jaume pareció no acordarse de quién era éste cantante, pero hizo memoria y en pocos segundos se acordó--. Ah, sí, no está mal, pero no es mi favorito. Es curioso que éste tío ha tenido bastante éxito en Madrid, que allá las cosas catalanas no interesan, salvo en la época franquista como arma contra Franco. ¿Sabeis que allá sólo nos conocen por tópicos como la Olimpiada, el Barça, Montserrat Caballé...?
--Ya lo sabía –dijo Gaietana--. Es lamentable, tú.
Al mismo tiempo que decía ella esto, miraba a un lado y a otro, tanto para acabar mosqueando a Rebeca y que ésta le preguntara:
--Nada, tía. Miraba por si veía al paio que se cargaron ayer, el Hèctor Queralbs, el de las drogas. Pero como ya la diñó, no sé por qué tengo miedo de que aparezca aquí. Si apareciera como un fantasma con sábana blanca y cadenas, entonces sí que me moriría del susto, je, je...
Jaume, con sólo sentir mentar el nombre de Queralbs, le entraba el miedo. Rebeca se dio cuenta de ello y trató de cambiar de tema, para que su amigo estuviera más tranquilo.
Salieron a la pista para bailar. Estuvieron mucho rato, bailando de todo. Cuando tocaba algo de baile agarrado, bailaban así, agarrados. Rebeca y Jaume se juntaban bien en éste caso. Pero Paula y Andreu eran los más “juntos” en éste caso, llegando a morrearse mientras bailaban. Jaume, siempre observando a las demás parejas, una costumbre suya desde tiempo inmemorial, pensó en hacer lo mismo mientras bailaba con su amiga. Y ella, encantada. Se morreraron suavemente, con esa pasión que tienen las parejas recién enamoradas.
Cuando decidieron descansar un rato de bailar, Jaume y Rebeca se separaron del resto del grupo, que seguía bailando, para irse a un rincón apartado. Estuvieron largo rato morreándose, con la chica sentada en las rodillas de su chico, igual que la nieta que, sentada sobre las rodillas de su abuelo, va a escucharle a éste contar un cuento (ó una de sus batallitas, como si fuera el abuelo Cebolleta).
Más tarde, decidieron los demás dejar, por ahora, de bailar y juntarse de nuevo. Ahora se pusieron a charlar largamente, en la más pura tradición catalana de dialogar y dialogar, ésta vez sobre música, sobre los cantantes favoritos de cada uno/a. Tocaba a Jaume hablar de sus favoritos:
--Me gustan Police, Bruce Springsteen, Luz Casal, Dire Straits, Mecano, Gabinete Caligari, Loquillo y Los Trogloditas, Miguel Ríos, Joan Manuel Serrat... además de la chanson francesa, con Georges Brassens, Jacques Brel, Françoise Hardy, Sylvie Vartan... no me acuerdo de todos. Y también la música italiana. También me gusta el rock’n’roll, pero no me gusta nada el heavy metal. Me parece ruido, nada más que ruido, no música. Lo curioso es que esos tíos del heavy les mola la música clásica. ¿Sabeis que el tío de los Whitesnake le gusta oír a Wagner? ¡Wagner en plan heavy! ¿Os imagináis eso? Yo no; no me cuadra para nada.
--¿Y Madonna? –preguntó ahora Rebeca--. ¿Te mola esa tía, nano?
--Sí, Rebeca –contestó él--. Mira por donde, tú llevas el mismo peinado que ella llevaba en esa peli de Buscando a Susan desesperadamente.
--Ah, gracias, cariño –sonrió ella, contentísima del piropo. Acto seguido, se besaron en la boca.
Continuaron largo rato con esto y otros temas, para luego volver a bailar. Sobre las tres de la madrugada ya se fueron a la calle. Cada pareja se fue por su lado. Rebeca, con la complicidad de Jaume, les dijo que se irían a ver a unos amigos de Tremp. Falso, claro, ya que en realidad se irían los dos al hotel de él.
Al llegar allí, después de cerrar la puerta de la habitación con llave, empezaron los jueguecitos de pareja. Primero abrazarse tiernamente, besarse, apoyarse para esto en la pared... pero fueron andando, sin soltarse los labios, y dejarse caer en la cama de bruces. Poco a poco se fueron quitando la ropa. Parecía ella tener más prisa que él para esto, la verdad.
Después de quedarse completamente desnudos, ella se situó encima de él para moverse suavemente. Movimientos cadenciosos, con la sola intención de excitar a su pareja. Él fue sintiendo eso al poco, que era lo que ella pretendía.
Empezaron a hacer el amor. Largo rato.
Cuando pararon, Rebeca suspiró de alivio. Miró fíjamente a su chico, eso sí, con una caída de ojos que a él lo derretía y le hacía sentir aun más que la amaba apasionadamente. Menos mal que Jaume es algo inglés en su manera de ser y sabe guardar una cierta calma e impasibilidad.
--Rebeca, yo... --quiso él decir, cási balbuceando.
--No me digas más, Jaume, que ya sé que me quieres --le interrumpió ella.
--Ya; tienes razón. Dejémonos de chorradas. Las chorradas, para las novelas de amor.
--Hombre, no tienes que exagerar...
--¿Exagero?
--A veces sí. Mira, cariño, está bien que digas lo que sientes, que los tíos sois muy tímidos para eso.
--Ya lo sé, tía. Mira, cuando estaba con Mireia, nunca me salía bien decirle lo que sentía. Y eso que lo intentaba. Pero no es fácil. A veces se me ocurría decirle las mayores chorradas que se me ocurrían. Y le habrían ofendido.
--¿Por qué? ¿Eran fantasías eróticas, de las más retorcidas?
--Sí.
--Parece interesante.
--Sí, claro, interesante. Pero no sé si a tí te gustarían...
--No sé... quizá si me los cuentas, a lo mejor me gustaban y todo.
Jaume se quedó sorprendido por la franqueza de Rebeca.
Entonces, ella le besó apasionadamente en los labios. Después de despegarlos, se quedaron mirándose el uno al otro, y volvieron a morrearse, ésta vez de manera más cadenciosa.
Ella decidió cambiar un poco de tema, y le preguntó:
--¿Tienes unas fotos dedicadas de famosos?
--Sí, de cantantes. Ahora te las enseño...
Él iba a levantarse de la cama, ir a donde estaba su bolsa y buscarlas. Pero Rebeca le paró agarrándole del brazo.
--Espera –dijo ella--. Ya las buscaré yo.
Jaume comprendió y se quedó quieto. Ella se levantó de la cama. Jaume la miró de reojo, y pudo apreciar, aunque ya lo había hecho más veces, la hermosura de su cuerpo, con el añadido de su sensualidad, que se apreciaba a través de su naturalidad al comportarse, sin ser nada amanerada. Volvió a ponerse rojo de vergüenza, pues se sentía un vulgar mirón ó voyeur. Rebeca encontró las fotos, las recogió, se sentó de nuevo en la cama al lado de su chico y entre los dos las miraron tranquilamente.
Sin quitar la vista de las fotos, que miraba una a una, Rebeca susurró:
--Jaume, te quiero.
--¿Otra vez?
--Sí, nano, todas las veces que haga falta te lo diré. Te-qui-e-ro –deletreó la frase, sílaba a sílaba.
--Gracias, Rebeca. Yo también te quiero.
Con toda ternura, él le cogió a ella de la mano izquierda. Se miraron fíjamente, sonriendo. Rebeca dejó las fotos en la mesita de noche con la mano que le quedaba libre, la derecha, y todo ello sin dejar de mirar a Jaume. Entonces, se abrazaron y se besaron. También se acariciaron. Ella empezó a besarle a él en el cuello. Luego él a ella. Fue el preludio de que nuevamente iban a hacer el amor.
Después de acabar, parecían estar agotados. Se quedaron cogidos de la mano, mirando fíjamente al techo.
--Vuelvo a decirte que te quiero --dijo ella.
--Yo también.
--Pareces un telegrama, cariño.
--Si quieres un discurso trascendente, mejor ves a ver una peli de Bergman.
--Sí, pero Bergman, cuando quiere, sabe ser sencillo. ¿Te gusta Bergman?
--En sus pelis trata cosas muy interesantes, pero lo hace de una manera muy aburrida. Una vez que tenía insomnio, se me curó viendo De la vida de las marionetas.
Rebeca rió.
--No quiero dejarte nunca, Jaume --le susurró.
--Yo tampoco --susurró él también.
--Que no pase nunca.
--Rebeca, no quiero ser pesimista, pero recuerda que acabamos de conocernos. Al principio, el enamoramiento es así, todo nos parece maravilloso, pero luego se jode todo y...
--Lo sé. Pero podemos intentarlo.
--Eso es. Si con el tiempo va esto bien de verdad hasta podríamos irnos a vivir juntos.
Rebeca, en un momento dado, dijo:
--Voy a darme una ducha.
--Muy bien.
--¿Por qué no vienes conmigo, y nos la damos juntos?
--Vale, me apunto.
Eso hicieron. Es obvio comentar qué hicieron...
Después decidieron dormir, pues entre tanto trote durante el día, ya estaban agotados.