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dimecres, 7 de setembre de 2011

FIN DE SEMANA (CAPÍTULO III)





CAPÍTULO III


Se encontraron en el mismo sitio que habían dicho, y ella sugirió ir a un restaurante coqueto, tranquilo y de buenos precios, allá en La Pobla de Segur, que ella conocía, a donde ya había ido a comer alguna vez con sus ex novios. Cuando llegaron allí y se sentaron en una mesa para dos, el uno enfrente de la otra, en tono de broma, se dijeron cosas como “Gracias, colega” y “De nada, titi”. Antes de decirle al camarero qué querían comer de primer plato, ellos hablaban:
--¿Qué quieres comer? –preguntó ella.
--No sé. Quizá... eeeeehm... carne empanada de cerdo con patatas fritas, ó paella valenciana, ó pollo frito. El rollo éste de la gastronomía no es lo mío –se disculpó Jaume, leyendo atentamente el menú.
--Tampoco es la mía –respondió Rebeca, sonriéndole de manera complaciente, y haciendo también una “caída de ojos” algo sospechosa--. Tío, ya sé que esto no es el Maxim’s de París ese, pero aquí podemos cenar dabuti con cualquier cosa buena... eh, perdona –se dio cuenta de que estaba soltando chorradas--, es que quiero hablar de algo... Cuando salgo con amigos, siempre lo hago, para conocernos mejor.
--Me parece muy bien –contestó Jaume, hablando tranquilo y mirándola fijamente a los ojos, mientras, disimuladamente, acercaba una mano suya a una de las de ella, para cogerla suavemente--. No sé, Rebeca, pero... pero... creo que... ehm... –tampoco se le ocurría de qué hablar—perdona por la pregunta idiota, Rebeca: si algún hombre te preguntara si quiere casarse con una mujer que ha conocido tres días antes, ¿le dirías que sí, ó que habría que esperar algún tiempo para conocerse bien antes?
--¿Eh? ¿Quieres decir que si sería mejor casarse ya mismo ó esperar?
--Sí, eso es.
--Ehm... creo que sí, que mejor es esperarse, que si ella y él fueran tan diferentes como un huevo de una castaña, el matrimonio sería un fracaso, tío –contestó la chica, pensándoselo bien.
--Ya, yo también pienso eso mismo. Tienes que esperar, para ver si se conocen muy bien y saber si están hechos el uno para el otro. No me molaría que me propusieran casarme ya, así de golpe, sin conocer bien a la chica con la que estoy. Sería una chorrada, y esto hubiera pasado si me hubiera casado con Mireia. No estoy en contra del matrimonio, pero si la pareja no funciona bien, como nos pasaba a ella y a mí, casarse hubiera sido perder el tiempo.
--¿Por qué me preguntas esto, Jaume? ¿Es por si yo te propusiera casarte conmigo? –preguntó Rebeca, con un poco de mala leche.
--Eh... yo... no sé, Rebeca... era por hablar de algo. Eres una chica muy agradable, y me encanta hablar contigo. Lo que pasa es que... es que.. –parecía que le costa mucho decir lo que quería— es que cuando estoy con una tía me quedo cortado... y aun me pasa... y entonces no sé bien qué decir.
--Ah, sí, tú tranquilo, Jaume –contestó ella, comprensiva--. Sé bien qué es eso, ya que, aunque me veas así tan descarada, yo también soy tímida. Quizá es una manera de defenderte ante los demás, que si te ven demasiado vulnerable, se te comen viva. Y esto lo es mucha gente: mira tú a la Madonna, que aunque vaya de descarada, hasta de bisex, aun teniendo dos hijos, en el fondo es otra tímida más. Nadie es perfecto, coño. Y volviendo a lo del matrimonio, hombre, creo que quieres decirme que quieres ser amigo mío, y si no, mi novio, ¿no?
--Mujer, yo… no quería decirte eso. Eh, yo… me gustas, sí… me gustas mucho… pero muchas mujeres proponéis matrimonio a la menor oportunidad… y yo, por ahora, no me mola, no estoy preparado para ser marido. No por miedo, sino por que no me veo aun preparado. Tendría que esperar algún tiempo.
Hablaba él con esfuerzo, midiendo cada palabra, ya que no quería para nada ofender a Rebeca, que se comportaba perfectamente con él. Y Jaume eso lo tenía bien claro: a una mujer inteligente siempre la respetaría y nunca soportaría ofenderla, algo que nunca se perdonaría. Y quizá por que Rebeca tenía un lejano parecido con su ex novia Mireia Jofre, y más de una vez había pensado en que si alguna vez volvía a tener novia, compañera ó lo que fuese, tendría que ser como Mireia. Y ella también era rubia, como Rebeca. Y cada uno de los dos parecía que, cada uno a su manera, quería ligarse al otro. Ella estaba ya harta de estar sola, y le molaban los chicos como Jaume, mucho más que los que son como su ex novio Llorenç. Por lo menos los que no le salen con los rollos de ganar dinero, ganar dinero y ganar dinero, fardando además de ello.
Cuando Jaume le soltó aquel discursito, Rebeca, sonriéndole, le dijo:
--Jaume, yo tampoco estoy preparada para ser esposa. Pero para ser amiga ó novia tuya, sí. ¿Por qué no? Además, parece que… bien, vayamos al grano, Jaume. Me gustas también, eres muy tierno, muy sensible, me tratas como a una persona… Mireia debió de sentirse felíz contigo, pero no hablemos del pasado…
--Entonces, ¿quieres ser mi amiga?
--Mucho más que eso.
Entonces, Rebeca se incorporó un poco, alargó su rostro por encima de la mesa acercándolo al de Jaume. Éste comprendió y también alargó el suyo hacía el de ella. Ya se darán cuenta de que iban a besarse en la boca. Pues esto lo hicieron muy rápido; de todas maneras, fue ella quien puso más pasión en ello, aunque al ser el primer beso y además sin usar las manos, fue breve, de unos seis segundos. Decidieron repetirlo y alargaron ahora los brazos, posando las manos sobre los hombros del otro. Rebeca volvió a poner más pasión en el beso, absolutamente tierno, quizá contenta de haber encontrado a otro hombre de su vida. Jaume puso ahora más pasión, también afortunado y contento de estar con una criatura tan maravillosa, como la veía él (cuando alguien se enamora, ve al principio las cosas así de idealizadas).
Cuando pararon, se acercó el camarero, que les preguntó, poniendo una sonrisilla irónica:
--¿Los señores quieren ya el segundo plato?
--¿Cómo...? –preguntaron ellos, sin entender aquella pregunta, sabiendo que aun ni siquiera habían pedido el menú.
--Digo que si ustedes quieren ya el segundo plato, ya que se han comido el primero –esto lo decía el hombre intentando, en el fondo, conservar una seriedad al estilo inglés, circunspecta e imperturbable.
Los dos rieron. Tuvieron que hacerlo tapándose la boca con la mano. Después pidieron los platos para cenar: primero, paella valenciana, y de segundo, pollo asado con patatas fritas. Para postre, helados, de vainilla él y de fresa ella. Mientras cenaban siguieron hablando de sus cosas.
--¿Cuándo te enamoraste por primera vez? –preguntó Rebeca. ¿En el colegio, como todos?
--Sí, Rebeca. Fue una chica muy mona, que estudiaba para ser economista.Creo que se llamaba... eeem... --intentaba acordarse del nombre de aquella chica-- Vileta. Yo tenía 16 años, y ella también. Por aquel entonces yo era muy tímido, y no me atrevía a acercarme a ellay hablarle. Recuerdo que la seguí cuando se iba a su casa, algo que he hecho mucho cuando he visto una chica que me gustaba. Lo que pasaba es que cuandoestaba a su lado no me atrevía a decirle ni siquiera buenos días (esto era al principio; luego ya sabía hablarles).
“Bien, Violeta tenía novio, y yo miraba al chico con un poco de rabia y celos, sobre todo cuando se morreaban... Yo pensaba darle al guaperas de mierda aquel una patada y enviarlo a Saturno, pero luego se me pasaba, ya que no tenía derecho a meterme en la vida de los demás, que ella ya se había enamorado de otro antes que yo. Y, total, más adelante ya aparecería otra.
--¿Y sólo fue enamorarte de ella? ¿Nunca hubo contacto físico? --preguntó Rebeca, muy interesada en el tema.
--Sí lo hubo, pero más tarde, cuando Violeta y su novio cortaron por que no se llevaban bien, como Mireia y yo después. Yo me acerqué a ella, y no sé cómo fue, hablé con ella, le consolé, ya que estaba muy triste por lo que le había pasado con aquel chico, que se llamaba Ferran, y nos citamos para salir ir al cine el Sábado... Aquí empezó todo, y cuando salimos del cine me invitó air a su casa. Y entonces no estaban sus padres. Empezamos a hacernos caricias, suaves, claro, y acabamos besándonos, abrazados y caídos por el suelo, revolcándonos. No sé cómo pasó, ya que todo fue bastante rápido, y el tiempo pasó tan rápido que ni siquiera nos dimos cuenta ella y yo...
--¿Y... qué pasó luego?
--Seguimos saliendo muchas veces, durante tres meses, pero empezamos a tener problemas, como los que he vuelto a tener con Mireia, y lo dejamos, también amistosamente. Pero nos portamos muy bien, y de vez en cuando nos telefoneamos y salimos con amigos.
Siguieron cenando, y cuando acabaron se marcharon, yendo a un bar de la misma calle, muy lleno de gente. Allí tomaron unas copas, poniéndose más cariñosos que antes, al sentarse en una pequeña mesa, en un rincón, muy juntitos. Se gastaban bromas, morreos y otras cosillas sin importancia. Y él le dijo a ella:
--Rebeca, ¿qué te parece que nos vayamos al hotel en donde yo duermo, y en mi habitación hablamos tranquilos sin nadie que nos moleste?
--Sí, cariño –dijo Rebeca, muy cariñosa--. Antes telefoneo a mis tíos, y les digo que ésta noche estoy en Tremp, que unos amigos míos de allí me dejan pasar la noche en su casa. Esto ya se lo solté otras veces, y no se han quejado.
--Ah, muy bien –contestó Jaume, haciéndole caricias a Rebeca en la oreja izquierda--. Haz esa llamada, que yo espero. Si no tienes suelto, puedo dejártelo.
--Ah, gracias, cariño –respondió la chica, que agradecía el detalle, con una de esas sonrisas capaces de poner nervioso al hombre más presuntamente duro e impasible--. Pero no te molestes. Tengo mucho suelto. Será un momento.
Y telefoneó a sus tíos, que aceptaron la ausencia esa noche de su sobrina, quizá por aquello de que ella ya vive su vida, y saben bien que sus amigos se han ofrecido mucho para que pasara la noche en sus casas, no sabemos si por que intentaran ligársela y llevársela a la cama… Cuando acabó la llamada, colgó el auricular, regresó al lado de Jaume, le devolvió el dinero suelto dejándose lo en la mano derecha extendida, y sentándose a su lado izquierdo y apoyando su preciosa cabeza con su no menos preciosa melena en el pecho de él (todo esto a la vez), le miró de reojo y le dijo:
--Ya está, nano. Se lo han tragado todo. Hasta podría haberles dicho que me he ligado a un marciano, y se lo hubieran tragado igual. Ya podemos irnos.
Después de decir esto, se levantó, y él también, pagando luego todo en la barra y dejando una propina para el camarero.
Salieron a la calle, juntos y cogidos de la mano, hacía el hotel. Pero, justo cuando pisaron la calle, Jaume creyó que cerca de ellos pasaba un hombre que se parecía mucho a uno de los feos que aquella mañana pelearon con él y fue perseguido, matando a uno de ellos. Tembló un poco, aunque de manera imperceptible, y procuraba caminar más rápido, girando un poco la cabeza para que no se le viese bien la cara, y así el feo (que iba por la acera del otro lado de la calle) no le viese. Además, Jaume recordaba que iba con Rebeca, y no quería que le viese, por que si le veía, el feo le mataría, y a Rebeca también, por ser posible testigo. Y sabía él que ella era inocente, que no tenía nada que ver con sus rollos. Se le ocurrió ponerse a hacerle caricias y besos, así, repentinamente, y ella, riendo (por que le gustaba y por que él le hacía cosquillas), se lo creía.
Llegaron al hotel, y Jaume pidió la llave de su habitación. Rebeca se quedó un poco alejada de él para que el conserje no la viera. Claro que hacer eso no era necesario, pero ella lo hacía así. Subieron allí, y después de entrar allá y cerrar la puerta, ella se sentó sobre la cama, por el lado izquierdo, y resopló de alivio.
--¡Uf! ¡He caminado mucho! ¿Tú no estás cansado también? –y se tumbó sobre la cama, poniéndose las manos detrás del cogote y mirando el techo.
--No, aun no, Rebeca. Oye, ¿nunca has visto esto?
--¿Qué es, nano?
--Es una foto dedicada de Sting, el cantante. Estuve en aquella actuación que el hizo en Barcelona por los derechos humanos, con otros cantantes. Estaban Bruce Springsteen y otros que no me acuerdo.
Rebeca se incorporó un poco sobre la cama para coger la foto y mirarla bien.
--Je, je, aquí el Sting tenía siete kilómetros de pelo –comentó ella, sarcástica.
Se rieron los dos. Rebeca dejó la foto encima de la cama y se acercó a Jaume, sin dejar de sonreír. Él estaba cerca de la pared, y se abrazaron con suavidad, para besarse seguidamente en la boca con más pasión, si cabe. Jaume se arrimó más a la pared, sin dejar de abrazarla y besarla, para poco a poco dejarse resbalar por ella hacía abajo, acabando los dos por el suelo, ella encima, él debajo. No paraba el beso, la verdad. Las caricias eran ya de puro deseo, el preludio de algo más subido de tono. Pero no querían abusar, no querían ir demasiado deprisa. Tenían mucho tiempo para hacer lo que viniera después, así que continuaron con otras cosas, como que ella le besara el cuello a él, para acto seguido, poco a poco y con suavidad, manteniéndola abrazada firmemente a él, darse media vuelta para cambiar la posición de ambos, es decir, él encima y ella debajo.
Paran un momento para mirarse. Vuelven a sonreír. Acto seguido, los labios de ambos se acercaron uno a otro para volver a hacer otro beso largo, vislumbrándose de vez en cuando las lenguas de ambos en medio de los labios gruesos de ella y los no tan gruesos de él.