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dissabte, 23 d’octubre de 2010

EN MEMORIA DE LA GENTE BUENA (castellano)

EN MEMORIA
DE LA GENTE BUENA


Dedicado a mi ex pareja
A su hijo
A mis abuelos
Al resto de mi familia
A la buena gente que conozco
A la buena gente que no conozco (aún)



CAPÍTULO PRIMERO




Era una fría mañana del otoño barcelonés. Me encontraba en una zona nueva del Cementerio de Les Corts, junto a tumbas mucho más antiguas. Tengo que confesar que aquel cementerio, como seguidor del Barça de toda la vida, me caía simpático por tener allí enterradas diversas figuras del barcelonismo en toda su Historia: Pep Samitier, Ladislao Kubala, César Rodríguez, Nicolau Casaus... pero aquella vez no venía para hacer un homenaje a mis admiradas figuras futbolísticas, sino para hacer otro homenaje no tan agradable.
El tiempo ayudaba a que yo entrase en el Cementerio con la expresión bien seria que tenía debido a la gran pena que sentía por dentro.
Me informé antes de donde estaba la tumba en cuestión, ya que al no conocer mucho aquella zona, tenía miedo a confundir las tumbas, ya que la persona querida que desde hacía poco de tiempo tenía su última casa allí (perdón, no quería hacer humor negro ahora, es como una especie de psicoterapia) era el hijo adolescente de mi pareja, Nathalie, una francesa de Dijon residente en Barcelona con la que comencé una feliz relación amorosa hace casi un lustro. Y su tumba aún no tenía la losa encima, con su nombre, Jordi Joan Garriga Aurillac (el padre del chico es catalán, el apellido segundo es el de ella de soltera). Tenía un frío número y una letra aún en un lateral de la tumba, como si fuera la clave de un agente secreto al servicio de Su Majestad, en espera de tener una gran losa elegante y sencilla a la vez, como decía su madre que el chico la podría tener.
Al llegar al lugar en cuestión, me vino un escalofrío involuntario. Había pasado en poco tiempo a un cambio radical en mi visión de aquel chico, Jordi Joan, tan agradable y simpático, al ver sólo una losa de piedra gris rectangular en el suelo en donde él había estado enterrado. A su lado, habían otras tumbas aún sin inquilino, de dos metros de profundidad y yo iba con el miedo de que a ver si me podía caer dentro, no podría salirme solo de ella.
Me acordé, como en los flash-backs de una película, del entierro, de cómo la madre, una mujer inteligente que había aceptado de manera sorprendente una tragedia tan grande con mucha calma (me refiero a la muerte de un hijo, y aún más si ésta fue tan súbita, víctima de un atraco en plena calle). Muchas personas eran presentes, entre ellas el padre del chico, también tranquilo a pesar de que estaba deshecho en lágrimas un día antes, como ella, que al igual que yo las habíamos soltado todas las que pudimos soltar.
El resto de la gente eran parientes de las dos familias, la del padre y la de la madre. Todos muy afligidos, está claro. A pesar de que Nathalie trataba de hacer dignamente su papel de madre afligida pero con dignidad y sin querer exteriorizar demasiado sus sentimientos (en eso la envidié, yo no soy tan tranquilo como ella), hacía un gran esfuerzo para estar tranquila. Después me dijo que los psicólogos le habían aconsejado que pensase que el muerto era otro, o un sucedáneo. A mí, eso me parecía mal como recurso de los psicólogos (nunca había creído mucho en ellos, ni tampoco en los psiquiatras), pero bien, era la única manera de salir de una tragedia tan horrible, al menos hasta que el cuerpo se acostumbrase a la nueva situación, que en eso los seres humanos tienen una capacidad de adaptación realmente fuerte, tal vez por el instinto de supervivencia.
Y felicito a Nathalie. Siempre demostró una dignidad y un “savoir faire” extraordinario. Seguimos como pareja, intentando despacio salir de este infierno, pero con nuestras alegrías y tristezas cotidianas.
Todo eso me recordó a mis abuelos, los yayos, como los decía cariñosamente, de casi noventa años, que en Sant Cugat del Vallès, mi localidad natal, estaban en un asilo porque sufrían Alzheimer. Murieron hace poco tiempo, y entonces el funeral era bien distinto, está claro. Eran antiguos militantes comunistas, pero respetados por todo el mundo, incluso con amistades más conservadoras ideológicamente hablando. Ambos murieron en pocos meses de intervalo. Primero la yaya y después el abuelo.
Fue un duro golpe para mí. Su casa de Sant Cugat, un lugar en el cual yo había estado un montón de veces durante cuatro décadas, prácticamente desde que nací, ahora estaba toda vacía. Dos años hacía que se había quedado deshabitada, y un día, poco antes de la inesperada muerte de Jordi Joan, me acerqué con Nathalie para enseñarla la casa. Pero como estaba cerrada, no pudimos entrar. Vi que en la cerradura de la puerta de entrada al jardín de la casa había un montón de telarañas. Me provocó una pequeña depresión. Nathalie lo notó y me tranquilizó, con su dulzura habitual y su habla amena e inteligente. Aquella casa había sido el escenario de muchos de mis juegos infantiles, de muchas reuniones con los parientes, etcétera. Y ahora, era una casa vacía, casi fantasmal, como en las películas, pero sin aquel aire escalofriante que tendría por ejemplo la casa de Norman Bates en “Psicosis”, nada de eso. Era una entrañable casa de las afueras de pueblos catalanes próximos a Barcelona, de aire mediterráneo y un poco copiando el estilo de la Provenza francesa. Pero vacía, sin habitantes, sin vida... no tenía nada de buen aspecto. Así que después de explicarle una vez más mi vida que pasé a trozos dentro de aquella casa, nos volvimos a Barcelona.








CAPÍTULO II




Empiezo a recordar y a narrar con más profundidad mi relación con mis abuelos y el chico desaparecido, al cual quiero dedicar buena parte, o al menos lo intentaré.
Tomaré como ejemplo una mañana en su casa, en la que convivía con su madre, ya que ella y yo preferimos vivir como Woody Allen y Soon-Yi, o sea, cada cual en su casa, que no quiere decir que no nos queramos de verdad, lo que pasa es que ella estaba ya bien escarmentada de la convivencia como casada.
Jordi Joan estaba en su habitación estudiante. Le esperaba un examen de Filosofía. Yo, como tengo interés en estos temas tan profundos y cerebrales, trataba de ayudarle.
--A ver... –ponía yo voz de profesor de Filosofía como los que conocí cuando yo era estudiante en los años 1970— Como se llamaba el filósofo que decía “Yo sólo sé que no sé nada”?
--Sé quién es, Julià, pero no es preciso que me hagas esta voz tan ridícula –contestó con buen humor— Que no es esto ninguna obra cómica, como las que hacen mis compañeros a final de curso. Si quieres hacer una broma, tío, haz como el Andreu Buenafuente, que creo que hace espectáculos de monólogos. A mí no me jodas, tú.
Yo no tenía ningún prejuicio, pero un poco por miedo a su madre, no sabía si permitir que él dijera tacos como aquellos, pero recuerdo a menudo haberle sentido decirlos como un camionero, a pesar de que el tío nunca bebía ni fumaba.
Como aquello de dar clases a alumnos no era lo mío, decidí dejarlo tranquilo. Antes de salir, Jordi Joan conocía mi parte sensible, futbolísticamente hablando, y como él era del Espanyol, el eterno rival de mi Barça, aprovechaba para pincharme un poco.
--Iván de la Peña sí que ha hecho raíces con nosotros, no con vosotros, culés del culo.
Hablaba de un ex jugador del Barça que salió de la cantera azulgrana, pero que acabó yéndose a Italia y que el Espanyol recuperó para el fútbol español. A pesar de estar casado con la hija de Asensi, uno de los mejores jugadores barcelonistas de los años 1970, que ganó aquella Liga memorable con Johan Cruyff de estrella el año 1974 e hizo aquel igualmente memorable 0-5 en el Santiago Bernabéu, ante las narices de los madridistas y del franquismo, todo a la vez.
--No jodas ahora, periquito, y ves a tomar tu alpiste –le contesté y me fui hacia la sala.
Nathalie estaba viendo una película en el vídeo VHS. No era aún partidaria de cambiar al DVD.
Como ambos tenemos gustos parecidos cinematográficos, pudieron sentarnos y ver la película todos juntos. Era “Fresas silvestres” de Ingmar Bergman, y me encantaba aquella manera del maestro sueco de ver la muerte en un momento que tal vez presentimos que se acaba la vida, como le pasaba al protagonista, cerca de los ochenta años.
Tal vez en estos momentos que les explico esta historia, a pesar de que tengo sólo unos cuarenta y cuatro años, con las muertes dolorosas que les relaté, la depresión que las tres me causaron hacía deseable un final próximo para acabar con tanto sufrimiento, que para un espíritu bien sensible como el mío era casi insoportable.
Pero tengo la suerte de que, además de una pareja comprensiva, que a pesar de su grandísimo dolor por la pérdida trágica de su hijo ha podido ayudarme a coger otra vez el ánimo y las ganas de vivir. Yo he intentado hacer lo mismo con ella, ayudarla a revivir nuevamente, ya que tragedias como éstas sólo empujan para querer morir también y reunirte acto seguido con quién se ha ido para siempre jamás.
Todo el mundo tenemos dos lados de nuestra personalidad en estas tragedias, al igual que el ying y el yang en la filosofía oriental: la que te empuja a morir y la que te anima a continuar con la vida. Tal vez ésta, la segunda, es la que nos ha ayudado.
Más de una vez he tenido ganas de suicidarme, pero finalmente, como en esas películas en que el protagonista tiene dos conciencias diferentes, una vestida de ángel celestial y la otra como el mismo Diablo, después de escuchar ambas, una animándote a la tentación fatal, o sea, “¡Mátate!, ¡Mátate!” o “¡No lo hagas, por el amor de Dios, no lo hagas!”, escogí la segunda. Tal vez también por mi cobardía, que no me ayudaba ni un ápice a matarme, pero bien, continúo aquí para contar todo esto.
Pero un día, como tengo una costumbre de jugar semanalmente a la Lotto 6-49, me enteré de que me habían tocado varios miles de euros. Entonces, como tengo una afición de escritor, no profesional, pensé que podría intentar publicar un libro con los relatos breves que había escrito, pero había pensado otra cosa: ¿porque no intentar comprar la casa de mis abuelos?
También me di cuenta de que el premio no llegaba ni siquiera a la mitad de lo que había falta para comprar la casa, para tenerla como propietario. De intentar salvar una parte de mi pasado que se esfumaba delante mis ojos...
Entonces decidí guardar los dineros en el Banco y ya decidiré qué hago con él. Ahora sólo tengo mi pensamiento dirigido hacia el hijo de mi pareja, del cual ella no puede dejar de pensar.
Pero una cosa me rondaba por la cabeza: Jordi Joan tenía unas aficiones o mejor digamos unas ideas que me parecían interesantes para aplicar a nuestra vida cotidiana, al menos en aquello que es cultural. No era un chico cualquiera, obsesionado sólo en los videojuegos para jovencitos sin cerebro.
Y aquí viene mi reflexión: yo, cuando era un niño, tampoco pude tener unas ideas como las de los jovencitos de mi generación, digamos que fui casi un solitario, al contrario a que Jordi Joan, que tenía muchos amigos entre su vecindario, su Instituto y, como he dicho antes, la jefa de los profesores y de otros que lo conocían muy bien.
Entonces pensé en coger algunas de esas ideas y utilizarlas. No quería apropiármelas, tal vez haría lo mismo que Steven Spielberg hizo en la película “Inteligencia artificial”: como aquello era un proyecto antiguo de su amigo y colega Stanley Kubrick, que nunca encontró la manera de llevarlo al cine, entonces hizo constar que el guión era también de Kubrick. Yo haría lo mismo con las ideas de Jordi Joan.
Bien, sólo era esta la reflexión que quería hacer después de esta tragedia y como intentamos todos sobrevivir. Una historia sencilla, sin ningún tipo de pretensión profunda como uno intelectual que se cree que es Dios. En fin, que cada cual/cada una continúe con su vida y viva el “carpe diem” (vivir el momento) como pueda. Yo y mi pareja haré lo mismo.




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