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divendres, 22 d’octubre de 2010

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO VI (LOS PROBLEMAS DE LA EXISTENCIA)


CAPÍTULO VI:
LOS PROBLEMES DE LA EXISTENCIA




Yo, Georgette] y Anaïs estamos en un “bistrot”. Nosotros charlamos de cosas importantes, eso es lo que intentamos. Comienzo yo misma:
--Yo pienso a menudo sobre las cosas importantes. Para ir perfectamente en la vida, entonces, me pregunto que...
--¿Que tú te preguntas... el qué? –me interrumpió Anaïs, con una mirada desconfiada—. ¿No serás tú una de ésas moralistas?
Yo me quedé algo enfadada por aquella pregunta tan directa, pero yo estaba bien tranquila. Continué con mi historia...
--¡No! ¡Yo odio a los moralistas!
--Hum.
Ella hizo “hum”, como si no estuviera muy confiada.
Anaïs se mira un papelito, y me lo enseña.
--Mira esto. ¿Lo ves? ¿Es interesante, no?
--¿Qué es?
Leí el papel, con interés, muy seria y tranquila.
Después devolví el papel a Anaïs.
--Toma, Anaïs. Creo que en este papel no se habla de cosas pedantes, sino de cosas interesantes. Habla sobre las injusticias en el Tercer Mundo. Y sin utilizar nada de demagogias.
--Sí, Magdalena, nada de demagogia –contestó Anaïs—, pero yo estoy... bien, estoy muy interesada por los chicos de las ONG... Yo creo que ellos quieren hacer algo para salvar el planeta. Y ellos no hipócritas. Mejor que esos pedantes.
Al día siguiente, yo estaba en el trabajo, algo enfadada porque tenía algunos problemas con el ordenador. Se había quedado totalmente bloqueado. Claro, aún tenemos algunos de esos modelos antidiluvianos... Y eso pasaba a menudo, que se bloqueaban. Me enfadé tanto que acabé diciendo de todo en voz alta.
--¡Mierda! ¡Mecagondena, tú! –chillé—. ¿Por qué este cacharro no va bien? ¡Se ha quedado bloqueado otra vez!
Entonces, con algunas gotitas de sudor que me surcaban por el rostro, yo estaba cabreada, tal vez por aquello del “stress” laboral, de la prisa por acabar bien el trabajo, por las broncas que a menudo tenía que aguantar de mi jefe...
--¿Por qué no es fácil la vida? ¿Por qué tenemos dificultades con todo ello, sea todo fácil o no? –era todo aquello que me venía a la cabeza de reflexiones sobre la vida, que decía en voz alta, a pesar de que ahora lo hacía algo más bajito.
Y entonces, pensé algo más. Y también hice una sonrisa.
--Apa, tú, Anaïs habla de los pedantes, y ahora yo misma hablo igual que los chicos de Filosofía. Es muy curioso.
Ahora es de noche. Yo estoy en mi casa, estoy mirando la televisión. Este programa que hacen ahora no está mal, al menos no me puedo aburrir.
E hice una risita, medio tontorrona, dejándome llevar por aquel humor sin pretensiones y una pizca tontaina.
--¡Ja, ja, ja...! ¡Es divertido! ¡Ja, ja, ja...!
Al día siguiente, yo estaba en el trabajo. Iba a mirar unos documentos, y entonces se acercó Christine Moreau, con su eterna sonrisa.
--¿Como estás, Magdalena?
Sentí así de golpe su voz, me la miré, sin dejar los documentos.
--¿Eh...? Ah, hola, Christine. Yo estoy aquí, con estas burradas.
--Ya me imagino --contestó ella, impasible—. Yo estoy aburrida. ¿Podemos charlar un rato?
Y así pasaron tres horas, tres horas de conversación... o mejor digamos de monólogo, un monólogo no tan interesante como el del inmortal Hamlet. Monólogo de Christine, claro...
¡Dios mío, ésta Christine es muy aburrida! No comprendo cómo estuvo tanto tiempo con Jojo. ¡Tres horas, sólo para decirme que la vida es difícil! ¡Qué novedad! ¡Eso ya lo sabe todo el mundo!
Después, yo hablaba con Jojo por teléfono. Eso ya me ponía más contenta.
--¿Jojo...? Buenos días, “nano”. ¿Tú quieres ir conmigo mañana para..? ¿Como...? No, yo quiero que... ¿Cómo...? De acuerdo...
Después, yo me había ido hacía la casa de él, los dos nos encontrábamos sentados en el sofá. Ambos abrazados. Se sentía al fondo la música, clásica, claro, la afición ineludible de mi chico. Yo, a pesar de que me encontraba como en la gloria con él, tan encantador que es, a la vez me encontraba algo extrañada.
¿Y eso por qué, de estar extrañada por alguna cosa en casa de Jojo?
Bien, yo intento siempre encontrar de los enigmas de la vida, encontrar soluciones a los asuntos, solucionar todo lo malo que hay en todo el mundo, pero... yo no soy Superwoman.
Pero quería pedirle una cosa a Jojo, y se lo pedí, con ternura en mi voz:
--Jojo, amor mío, ¿tú no puedes poner otra música en el tocadiscos que sea más alegre? Por que eso de la Marcha Fúnebre de Chopin...
Él me obedece y se acerca al equipo de música, a cambiarla por otra.
--Sí, Magdalena –me dice, excusándose—, yo quería ser más original. Nosotros habíamos escuchado muy a menudo otras músicas, ¿de acuerdo?
Yo pensé que tiene razón. Otra cosa difícil de la vida: la rutina es terrible para el amor. Pero no exageremos.