Entradas populares

Total de visualitzacions de pàgina:

Seguidors

divendres, 22 d’octubre de 2010

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO VII (CASI TODO SOBRE MI MADRE)


CAPÍTULO VII:
(CÁSI) TODO SOBRE MI MADRE



Han llegado las vacaciones veraniegas y me voy a Perpignan, mi ciudad natal. Es fácil ir hacia Barcelona desde Francia gracias a las autopistas, pero una vez en el campo, un mapa de carreteras es muy necesario.
Por ello paré de vez en cuando para mirar el mapa y después continuar el trayecto, con mi coche, un Renault-5.
Yo voy vestida con una camiseta con el ombligo al aire y vaqueros cortos, dejando ver perfectamente mis piernas largas y bonitas. No es precisamente que esté muy orgullosa de mi cuerpo, pero creo que tengo uno que está muy bien.
Iré para ver a mis padres. Hace bastantes meses que no he ido por allí, y ellos no saben mucho de mí, ni yo de ellos... Nuestras relaciones son algo difíciles.
Cuando llegué hasta a su chalé, en las afueras de Perpignan, me paré e hice sonar el claxon.
Mi madre, que se llama Helena, sacó la cabeza por el porche de la casa para saber quién era.
La madre va corriendo hacía mí, emocionada, que ya estoy fuera del coche con las maletas.
--¡Magdalena, hija, por fin has llegado! –me dice—. ¡Tu padre y yo estábamos muy preocupados! ¿Por qué no has telefoneado?
--No pasa nada, Mama, ya sabes como está el tráfico en todo el Estado francés. Aunque yo iba por la autopista, parecía que todo el mundo se iba de vacaciones hacia el mismo lugar, y...
Ella me abrazó y me miró de arriba abajo, como mosqueada.
--Mi pequeña Magda, mírate bien, se diría que París te ha cambiado. Ya no te gustan nuestras tradiciones catalanas. La gente de París es tan diferente...
--No, Mama, estoy muy orgullosa de ser catalana, se lo digo mucho a mis amigos de París. Tú me dices siempre lo mismo.
Pasamos hacia el cuarto de estar, yo me quería sentar y la Mama continuaba charlando.
--Tu hermano y tu hermana están en sus habitaciones. La Sílvia con su novio, y el Joan Pau con la su novia. Quiere enseñarle la canción de Lluís Llach “L’Estaca”.
--¿”L’Estaca”? ¿Ella habla catalán?
--No, sólo algunas palabras. Pero tal vez, si tu hermano le da algunas lecciones, acabará hablante el catalán como el Presidente de la Catalunya del Sur.
En la Catalunya del Estado español, a la Catalunya francesa se la conoce también como Catalunya Norte. Y para esta otra, la otra Catalunya es la Catalunya Sur.
Yo pregunté, después de esta revelación catalanista, que me gustaba mucho y me llegaba al alma:
--Tal vez. ¿Donde está Papa?
Pero Mamà se fijó en una cosa que no le gustaba nada. Y me lo dijo con su estilo personal e intransferible.
--Magdalena, ¿como es que una chica como tú, con tan buen gusto, vas vestida con una ropa como esa?
--¿Qué pasa ahora? Es una ropa que está de moda.
Me miró fijamente, impasible, y me dijo:
--No me gusta nada. ¡Pareces una puta!
--¡MAMÁ! –chillé, con una voz potente. No me creía ni un ápice su ridículo puritanismo. Hasta mi abuela parecía más moderna que ella.
Pero ella quería excusarse y justificarse:
--Perdona, pero sabes muy bien que no me gustan estas ropas modernas. Tampoco somos tan puritanos como en América, pero eso…
--Mama –dije yo, intentando guardar la calma y ser conciliadora—, me gusta también la ropa más sobria o “chic”, pero hoy llevo puesto esto. ¿De acuerdo?
Mi padre, que se llama Jordi, fumando en pipa, entra por la puerta y me sonríe al verme. Yo estaba contenta, con él no tenía ningún problema de comunicación ni me sentía agobiada.
--Hola, Magdalena. ¿Cómo estás? –me saludó, a pesar de que lo hizo con la pipa en la boca, que fuma a menudo.
--Hola, Papá. No te había oído entrar. ¿Todo va bien?
--Sí.
Mientras la madre nos miraba de refilón con desconfianza, yo recibí una tierna caricia de mi padre mientras yo le explicaba todo.
--Intento explicar a Mama que mi ropa no es tan inútil como ésta.
Él me miró de arriba abajo, y con su dulce sonrisa y su pipa en la boca soltando un poco de humo, en plan Sherlock Holmes, dijo, como no creyéndose nada de aquello:
--¿Inútil? Para nada, Helena, está muy bien, y a nuestra Magdalena le sienta muy bien! Ella tiene cuerpo de modelo.
La madre se puso a reír ante la observación del padre.
--¡Ja, ja, ja…! ¿Modelo? Pero, Jordi, la Magdalena es muy guapa, pero yo no la veo para nada como si fuera Cindy Crawford.
Yo contesté casi con resignación, y a la vez con un poco de desdén, harta de tanta absurdidad, que todo aquello sólo era eso, absurdo:
--No es más que tu opinión, Mama.
Pasado un rato, van bajando por la escalera desde sus habitaciones mis hermanos con sus parejas. La Sílvia, delgada, de mi misma estatura y con cabello no demasiado largo, me cogió tiernamente mis manos. Detrás de ella, estaba su chico, un chico atractivo. Por la escalera también bajaron mi otro hermano, Joan Pau, con su novia detrás, una chica rubia con gafas, también atractiva y que como a mí le sentaban muy bien.
--Hola, qué tal, hermanita –me dijo la Sílvia—. ¿Los parisinos están como siempre?
--Sí, Silvia. ¿Que es tu chico? –pregunté por el chico aquél.
--Claro que sí. Te presento al Xavier. ¿Y tu chico?
--¿Jojo? En París, trabajando.
Joan Pau, mi hermano, que es un chico guapo de cabello rizado que le da una pizca de aspecto de querubín adolescente, me presentó a la atractiva chica rubia con gafas, del mismo estilo que las mías, como dije.
--Buenos días, “Magdaleneta”. Te presento a Giovanna. Es italiana.
Entonces, yo la hice un saludo en su lengua:
--Buon giorno, Giovanna. Piacere di fare la tua conoscenza.
--D’accordo, Magdalena, grazie mille.
Joan Pau celebró mi facilidad para los idiomas y continuó la conversación multilingüe entre todos, con mi madre, que estaba por detrás.
--Ja, ja, Magda, siempre has sido muy dotada para los idiomas. Yo no hablo el italiano, sólo “Carissima”, “Caro diario”, “Porca miseria” y “Allegro ma non troppo”.
Giovanna comprendió lo que decía él, a pesar de que, como ella dijo acto seguido, no sabía mucho francés.
--Certo, questo ragazzo parla sempre con tutto questo. Gli italianni sono millore, sabei] tú la nostra personalità?
--Ouais.
--Come? Cosa dice? Io no so troppo della lingua francesa.
--Sí, Giovanna. Io ho ditto ‘si'. Capito?
Tengo que decir que a su primera pregunta contesté en francés, y además con el habla parisina, al decir “ouais” en vez de “oui”, que parece que Giovanna conoce mejor.
Acto seguido, mi madre, ansiosa, me preguntó sobre mi chico ausente.
--Dime, Magda, ¿como está Jojo? ¿Bien o no?
--Ya te lo dije. Está muy bien. Si no ha venido es por culpa de su trabajo. Nosotros no tenemos las vacaciones durante los mismos días, de acuerdo?
Mamá llegó a hacer una observación incómoda para mí sobre qué me conviene en cuestión de chicos, algo que me puso furiosa:
--No hay ningún problema, hija mía. Yo querría sólo que tuvieses un chico más rico o más interesante.
--¿Como…?
Yo estaba muy enfadada por la última frase de la madre. Y ella, por contra, estaba muy tranquila. Como si no hubiese roto nunca un plato.
--Magdalena, yo te digo todo esto por que te quiero. Eres mi hija.
Yo le respondí chillando:
--¡Sí, pero yo soy una chica inteligente, y entonces puedo conducir mi vida como yo lo crea!
Mi hermana Sílvia, habló a la madre. Entonces, el chico de ella estaba sorprendido.
--Mamá, Magdalena tiene razón. Tú me hablas de lo mismo. También hablas que mi chico, Xavier, no es bueno por a mí.
--Como...? –dijo él.
Mamá, sin abandonar nunca su expresión impasible, contestó:
--No, Sílvia, Xavier es un buen chaval. Sería mucho mejor, pese a todo, con más dinero.
Ahora Silvia vuelve a estar alterada.
--¡Es increíble! ¡No estamos ya en los tiempos de la aristocracia, Mamá!
--Oh, por supuesto, Sílvia, pero...
Sílvia la acalló con un grito.
--¡Pero nada! ¡Cállate!
--¡Sílvia! ¡Que soy tu madre! –respondió la madre, cruzada de brazos.
Decidí tomar partido, o mejor dicho, ser neutral, pero a la vez evitar una posible pelea entre ambas. Les separé con las manos.
--¡Por favor, deteneos, nada de violencia! ¡Yo no quiero nada de esto!
Sílvia estaba más calmada con mi intervención, al menos en que ya no levantaba los puños contra la madre, pero no en sus palabras, con la ira y la angustia, todo ello, que escondía dentro de su cuerpo.
--¡Magdalena, has hecho lo más correcto en separarnos! Yo tenía la idea de cargarme a la Mama.
--¿Por que dices estas cosas tan terribles? –dijo ella.
Yo la miré con pena y un poco de miedo a la vez. Tenía que hacer algo para evitar una especie de guerra civil.
Hubo un silencio muy grande. Como decía el tópico, el silencio se podía cortar con un cuchillo. Entonces, decidí hablarlas:
--Mamà, Sílvia, estamos tal vez muy alteradas, no? Daremos un paseo por la ciudad.
Salimos las tres para pasear por las calles de Perpignan. Cuando iban junto a Le Castillet, un castillo muy famoso de la ciudad, con la bandera catalana arriba, ellas estaban más tranquilas, a pesar de que yo captaba que aquella tranquilidad, sobre todo por parte de Sílvia, era sólo momentánea. La madre, con su eterna expresión, como si nada ocurriera.
--Bien, Mamá –dije yo—, ahora nosotros estamos más tranquilas. Sílvia y yo estamos de acuerdo: queremos ser más estimadas por ti.
--Pues os estimo.
Yo vi un restaurante, cerca de ahí. No parecía muy caro, parecía sencillo y a la vez de calidad. Tomé una decisión acto seguido: comer allá con ellas, a ver si con la comida en el estómago podían llegar ellas a la paz.
--Bien, vamos allí.
--¿Hacia donde?
--Allí dentro.
Al estar las tres sentadas en la mesa del restaurante, que en aquel momento no estaba muy lleno, miré el menú de platos. La madre miró la carta de vinos. Y Sílvia miró también lo mismo que yo. Al mismo tiempo, me las miraba de refilón. Sílvia no conseguía esconder su tensión e indignación, que volvía a salir poco a poco.
--Entonces, ¿qué queréis comer?
--No sé... Lo mismo que vosotras –dijo Sílvia.
--Yo igual. Tú lo pagas todo, ¿no? –dijo Mamá, y la pregunta era para mí.
Intenté sonreír siempre, pese a las burradas de la madre.
--Bien, Mamá –puse mi voz más seria y algo solemne a la vez—. Yo pago todo, quiero invitaros hoy, pero yo quiero reconciliar a todas las mujeres de la familia. No me gustan las rivalidades entre nosotras.
--Es verdad, Mamá. Estoy de acuerdo con mi hermana.
--Hija, ¿pero qué rivalidad? –dijo la madre—. Yo no tengo rivalidades con vosotras. Sólo quiero lo mejor para vosotras.
--Ya, conocemos todo eso –dije con desdén—. Pero yo quiero comprensión por parte tuya para mí, y también para mi hermano y mi hermana. Si ellos aman a sus parejas así, magnífico! ¿Entendido?
La madre contestó con indiferencia, tal vez, parece que ella no comprende del todo nuestras intenciones, mientras cogía otra vez la carta de vinos.
--Muy bien, Magdalena, pero no comprendo todo eso.
--Mamá…
Al llegar la noche, ya volvimos a casa de los padres. Yo estaba en la habitación de Sílvia, charlando de nuestras cosas. Yo estaba sentada sobre la cama de ella, Sílvia sobre una silla, y en aquel momento, la madre llamó a la puerta, la abrió y comenzamos así otra charla con ella.
--Magdalena tiene razón, Mamá –le dijo Sílvia, mirándosela fijamente—. Yo me quedaré hasta el Día del Juicio Final para convencerte.
--Bien, hijas mías, si tenéis mucho tiempo libre para esperar, perfecto, pero yo no tengo mucho ahora. Tengo que hacer la cena.
Detuve a la Mamá antes de que saliese por la puerta. Y Sílvia hizo lo mismo.
--¡Ah, no, Mamá! ¡Nosotras no te dejaremos salir por la puerta sin antes habernos pedido perdón!
--¿Pero de qué habláis?
Mi padre estaba en la salita de estar, leyendo el diario, con la televisión al fondo.
Entonces, él mira el reloj de pulsera.
--¡Ya son las nueve y media! ¿Y la cena? –se miró el reloj con expresión de desconfianza y extrañeza. ¿Qué pasaba ahora?
Mi madre es tozuda, y yo lo mismo. Así que nosotras estaremos aquí hasta poder convencerla. Tal vez antes del Día del Juicio Final, nosotros podremos llegar a algún acuerdo. Este lío es como las negociaciones de desarme entre las grandes potencias.