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divendres, 22 d’octubre de 2010

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO IX (EL DIARIO DE CHRISTINE)


CAPÍTULO IX:
EL DIARIO DE CHRISTINE




Yo estaba en la oficina, en un descanso, leyendo el diario “Le Monde”, muy interesada en las noticias, a pesar de que recordaba que mis padres me han enseñado a mí y a mis hermanos estar siempre interesada por los asuntos que preocupan al mundo, por las injusticias, por el Tercer Mundo, por los bosques chafados, por los tiranos y por las guerras injustas... Pero sin formar parte de ningún partido político.
Yo leía y a la vez pensaba en voz alta, algo enfadada por todo aquello que leía. Era de lo más habitual en los diarios: los políticos y sus mentiras, las desgracias que pasaban en África, tanto en la que fue francesa como la inglesa... y después de hojear un rato de una página a otra, me cansé un poco de aquello. Y me salió una pequeña reflexión en aquel momento, que tal vez la habría escrito acto seguido en un papel para que no se me olvidase. O no, me acuerdo ahora de ella:
El Presidente de la República está otra vez con estas burradas imposibles sobre... Bah... No comprendo nada de sus estrategias políticas, demasiado liadas, inútiles, ineficaces y estropeadas por asquerosos intereses...
Cerré el diario e intuí la llegada de alguien, por que miré fijamente hacia el fondo, que se sentían los pasos en el pasillo, pero no se podía ver quién era desde ahí mismo, pero me alteré un poco, sobre todo por que creía que aquella persona parecía que era alguien que no era muy querido por mí.
Es Christine, que entra. Mierda... Espero que ella no querrá hablar y hablar conmigo durante horas...
Christine, con una falda escocesa y una camiseta negra, me saluda. Sus cabellos y sus ojos azules se veían más que nunca. Parecía más encantadora que nunca, y eso no me gustó mucho. Con esta chica, siempre puede pasar de todo, como en una película de Federico Fellini.
--¡Buenos días, Magdalena! –saludó, caminando con tranquilidad y con los ojos medio cerrados.
--Buenos días, Christine –contesté.
Decidí entonces volver al trabajo diario, pero vi un libro sobre la mesa de Christine, muy extraño, que ella acababa de dejar en aquel mismo momento, que sacó de su bolso. Me lo miré con interés. Era un libro gordo, como una enciclopedia, forrado de cuero, de color oscuro.
Me acerqué para mirar mejor el libro. Aproveché que Christine salió de la sala para irse hacia otro lugar de la oficina.
Yo pensaba que qué tipo de libro sería aquél. ¿Un libro de filosofía? Seguro de que no. ¡Tengo demasiado curiosidad!
Abrí el libro por la primera página, y entonces leí su título, que estaba en la portada de cuero grueso: “Mi diario íntimo”.
--¿Lo leo o no? –me pregunté a mí misma, casi en voz alta.
Decidí leerlo. Me apliqué con atención a su lectura.
Veamos... Abro una página por azar, casualmente leí el nombre de mi novio, Jojo: “Se llama Jojo. Le conocí...” ¿Como se conocieron?
Comencé a leer esta sección del diario. Como en una especie de sobreimpresión, me imagino que veo al fondo la escena a la que se refiere el diario, una gran sala-auditorio, con unas gradas para el público. Me senté sobre el borde de la mesa para leer mejor.
“...Durante la celebración de un festival de música clásica. Se interpretaba a Beethoven, Chopin, Vivaldi, Haëndel, Debussy...”
Al fondo de la imagen, que me imagino todo eso como una película, está Christine con el violín, al lado de otra mujer y dos hombres, los cuatro vestidos muy elegantemente, interpreta la música de “Las Cuatro Estaciones” de Antonio Vivaldi. En primer término, se ve una parte de la gradería del público, y los pantalones de alguien que estaba allí, seguramente un hombre.
“...Él veía, con mucha atención, nuestra interpretación de “Las Cuatro Estaciones” de Antonio Vivaldi, y yo creo que él se había enamorado mucho de mí...”
Me imaginaba entonces, que “él” era Jojo, y por ello me lo imaginaba viendo su pantalón en plano detalle, seguramente mirándosela fijamente como un pez frito. No me lo imagino babeando, no es su estilo, Jojo es demasiado fino para estas cosas...
Pero continuamos con la lectura del diario. Entonces, mi imaginación muestra a Christine cantando en el coro de “El Mesías” de Haëndel. Ella abre mucha la boca para cantar con pasión y elegancia a la vez. Jojo, en medio del público, parecía continuar con su mirada llena de atención infinita, tal vez hipnotizado.
“Después, yo canté “El Mesías” de Haëndel. Él no dejaba de mirarme. Parecía muy hipnotizado. Después, yo interpreté a Chopin. Fue definitivo”.
Dejé por un momento de leer el diario, e hice una pequeña reflexión, casi en voz alta:
--Afortunadamente, se diría que no se enamoró de ella sólo por su físico. O no únicamente por aquello... pero gracias a la música. Yo misma conocí a muchos chicos por que yo tocaba la guitarra, sobre todo a Georges Brassens...
En aquel momento, sentí algún ruido. Y pensé que era Christine. Muy rápido, dejé el diario en el mismo lugar de antes. Ya leeré ésta novela de Barbara Cartland otra vez...
Yo, acto seguido, me senté en mi silla. Christine entró por la puerta y miró su diario.
--¡Mi diario! –exclamó, con desahogo—. No me lo encontraba...
Pensé en todo aquello que había leído... Curioso ha sido como se han conocido: por la música. Y eso da un pequeño encanto a esta relación. ¿A Jojo le gustaría que yo tocase el piano, no obstante? Yo no me veo como pianista. Toqué el piano cuando era niña, y la profesora me dijo que yo podría ser pianista. ¿Es que yo soy tal vez el Chopin del siglo XXI, y no lo sabía?
Al día siguiente, otra vez en el trabajo. Yo miré el diario de Christine, que esta vez lo había dejado medio fuera de su bolso. Yo, no sé si estaba obsesionada, pero no pensaba en nada más que echarle una nueva ojeada al diario. La relación Christine-Jojo me obsesionaba...
Miré por todas partes, parece que no hay nadie. Parecía una espía.
Cuando vi que no había ningún peligro, saqué con cuidado el voluminoso libro del bolso y comencé a mirar el diario, bien seria y bien concentrada en su lectura.
Veamos... Empezamos para continuar en donde yo me había detenido ayer...
“Aquel día, nos fuimos a una discoteca...”
Una discoteca... bien... Ya me imagino la escena: Christine y Jojo bailan en la discoteca. Ellos se miran amorosamente, ella a él, él a ella.
“...Y habíamos comenzado el baile de manera sensual, con una canción de Elton John, “Kiss the bride”...”
Entonces, me acordé de algunas canciones de Elton John. Y que sería precisamente “Kiss the bride”, en castellano “Besa a la novia”, me parecía que me sentía como si me pusiesen los cuernos, o sea, que Jojo tuviera una aventurilla con Christine ahora mismo, cosa que, claro, no pasa, ya que el diario habla de una relación de años atrás, cuando aún él y yo no nos conocíamos.
Me acuerdo de un fragmento de la canción “Kiss the bride” de Elton John, en inglés, claro:
« I wanna kiss the bride, yeah! / I wanna kiss the bride, yeah! / Long before she met him / She was mine, mine, mine / Don't say 'I do' say 'Bye, bye, bye' / And let me kiss the bride, yeah! »
Ahora, según voy leyendo, me imagino a Christine y a Jojo, que bailan bien abrazados, y a la vez se miran a los ojos con ternura.
Aquí, la escena me la imagino con el texto, que está dividido en diferentes trozos, debido a que los personajes se superponen encima del mismo, y entonces tapan algunos párrafos, ya que voy rápido al leerlo todo, quiero acabar ya con esta historia.
“Con otra canción de... / John, abrazados / De verdad amor... / Dio un beso / Sobre mis labios / Natural / ...Adme por qué / Muy emprend... / Sobre mis piernas / Resbala / Mis manos, si / Toda la noche / En cadena / Nuevo, que...”
Y la otra canción que alude a Christine era otra de Elton John, “Blue eyes” (Ojos azules), que viene perfectamente para los ojos azules de Christine y también a los míos, pero yo no estaba en aquella escena. Y mejor así; no tendría ganas de ningún “ménage-à-trois”.
Recordemos un fragmento de esta preciosa canción:
"Blue eyes, baby's got blue eyes / Like a deep blue sea / On a blue blue day . / Blue eyes, baby's got blue eyes / When the morning comes / I'll be far away / And I say..."
Pero de golpe y porrazo cerré muy rápido el libro, como cuando cierro con furia una puerta. Estaba fastidiada, cabreada.
--¡Ya está bien! –dije en voz alta—. No puedo continuar con esto. Esto parece uno de ésos programas de la televisión española sobre los amores de los famosos. O una película X... ¡Me da asco!
Decidí finalmente leer a toda velocidad todo cuanto quedaba del diario. Mientras leía todo, las páginas eran giradas a velocidad supersónica. Yo tenía demasiada curiosidad...
Por ello, muchos párrafos parecerán incoherentes para mis lectores, pero yo tenía demasiado prisa para llegar hacia el final, además de mi curiosidad. Curiosidad para saber como se acabó aquella relación amorosa que desde que la conocí (a Christine, claro) me provocaba celos.
“Al final / Me dijo que / Nos besamos con pasión. Yo estaba sentada encima de sus piernas / En la cama, después de haber hecho el amor / Una gran discusión / “Ya no te quiero” / Ell coge su ropa, sus cosas... / Yo miro, al lado de la puerta, lloro / Joseph me ha dejado / Toda la habitación está vacía, sobre todo el armario... / El silencio es terrible / ...Triste. Yo me quería morir. / Lloré mucho”...
Después de acabar ya de leer el diario y dejarlo en su bolso tal y como estaba antes, con todo cuidado, hice un suspiro bien largo, después de esta experiencia. Me toqué la frente, como si tuviese fiebre.
Ooooh, qué dolor de cabeza... Si hubiera una disciplina llamada “velocidad de lectura”, jo seria la ganadora en los Juegos Olímpicos... Acabo de leer muy rápido la relación entre Jojo y otra... Tuvieron una vida en pareja sobre todo movida... a pesar de que...
Me quedé algunos minutos sentada en la silla de mi mesa, e hice una reflexión tranquilamente sobre todo este asunto. Era como si tuviese la mente en blanco.
Pero entonces, me puse las manos en la cabeza y me acordé de alguna cosa... Algo de Jojo y yo misma, que con el jaleo de descubrir el diario de Christine y conocer su pasado con él, me había descuidado.
Jojo y yo no teníamos buenas relaciones en los últimos tres días... Hemos discutido dos o tres veces... Es la rutina, me parece... Christine y su diario me han dado algunas ideas...
Y decidí poner en marcha una parte de aquello que leí. ¿El qué? Ya lo veréis.
Al día siguiente, en mi casa. Yo estaba allí, me había puesto un vestido ligero, con tirantes en los hombros y me había maquillado mucho, como cuando salimos de marcha ambos.
Jojo llegó, con un ramo de flores en la mano. Lo recibí en la puerta, haciéndole un abrazo tierno y un pequeño beso en los labios.
--¿Como va todo, cariño? –dije, con una voz insinuante y tratando de mostrarle mucho amor—. Tengo una pequeña sorpresa para ti.
--¿Para mí? ¿Qué es? –él no comprendía nada, no sonrió en aquel momento.
Le cogí de la mano para llevarlo así por toda la casa. Lo quería llevar hasta un lugar específico de ella.
--Una sorpresa –dije— debe de ser una sorpresa, porque si no... Pero te puedo decir que esto tiene que ver con la música clásica.
Él cambió la expresión seria por otra de contento. Le había tocado una fibra sensible de él, su pasión por la música clásica, que le llevó a conocer a Christine en aquel festival con las músicas de Vivaldi, Haëndel o Chopin.
--¡Estoy feliz! Pero dime, ¿qué compositor? ¿Bach? ¿Ravel? ¿O tal vez Beethoven? ¡Tú sabes bien que los adoro!
Le hice sentarse en el sofá, en la sala. Tiernamente, me acerqué hacia él, me senté ligeramente encima de sus piernas y le di otro beso en los labios. Continué con la voz de cuando él había llegado, con mucho amor por él:
--¿Estás bien cómodo? Espérame aquí sólo un momento, que yo salgo y empiezo...
--Muy bien. Estoy muy ansioso...
Salí un momentito de la sala para volver con un violonchelo y una barra para tocar con él. También cogí una silla para sentarme, ya que este instrumento sólo se puede tocar así.
Yo toqué con el violonchelo, un fragmento de “El cant dels ocells” (El canto de los pájaros), que era muy famosa en todas partes por el músico catalán Pau Casals. Es una de las músicas favoritas de muchos catalanes cuando están fuera de su tierra natal, como yo. Jojo estaba muy emocionado... Yo estaba contenta de poderle ofrecer aquello, que da nuevas perspectivas a nuestra relación y que nos saca de la rutina... Me dediqué a tocar la música con entusiasmo, pero sin perder nunca el sentido de la música, sin añadir o poner nada, con todo respeto. Era como una cosa sagrada para mí.
Cuando acabó la música, él estaba del todo emocionado, con algunas lágrimas por su rostro.
Hice una reverencia, como hacen los músicos al público después de su interpretación, mientras que Jojo me aplaudió.
Volví a abrazar a Jojo, sentada otra vez sobre las rodillas de él, con los dos sentados en el sofá.
Me fijé en su emoción de antes, aún bien patente en su atractivo y dulce rostro.
--Estás muy emocionado, incluso en las lágrimas... ¿Sabes? Mis padres iban con frecuencia a Prades para oír a Casals...
--Sí. Es muy bonita. Además, Pau Casals tocó esta música en la Casa Blanca para Kennedy... El Presidente estaba también muy emocionado, como yo.
Jojo intentaba contener una nueva riera de lágrimas y ya parecía demasiado emocionado, tal vez. Yo ponía amorosamente mi cabeza sobre el pecho de él.
Creo que lloraba más porque yo se lo había ofrecido como una muestra de amor en forma de pequeño concierto musical que por la misma música, lo comprendí enseguida. Y entonces se veía el amor inmenso que él siente por mí. Las discusiones de los otros días, tal vez lo habían distanciado de mí, pero con ello, él comprendía que me ama mucho.
--Siento que aún puedo llorar, si quieres... –dijo, con voz entrecortada.
--Pues, sí, yo también estoy muy emocionada –decía yo, mirándolo a los ojos.
Reflexioné, mientras me abandonaba al poner mi cabeza sobre el pecho de Jojo como si estuviera yo en mi cama por la noche, que siempre me viene lo mismo: cuando siento “El canto de los pájaros”, me entran ganas de llorar... Es más fuerte que yo... Pero es tan bonito... ¿Que tal vez tendré que ir más veces al Rosellón? Que es la nostalgia por mi tierra, que me viene a menudo aquí, en París, ochocientos kilómetros al Norte de Perpignan?