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divendres, 22 d’octubre de 2010

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO III (INFIELES)


CAPÍTULO III:
INFIELES




Un Sábado por la mañana, Charles, Anaïs, Jojo y yo habíamos ido a la piscina. Las personas van hacia las piscinas para bañarse. Yo deduje que la mayor parte del tiempo van sobre todo a...
…A darse besos, si tienen pareja, claro. Eso es lo que hacíamos Jojo y yo misma. Uno en el agua y el otro en el borde de la piscina. Dejamos un momento de darnos besos para charlar. Pero continuábamos con nuestras miradas muy tiernas, cuando nos mirábamos.
--Yo soy muy feliz contigo, cariño, yo te quiero mucho, Jojo, y perdona este tópico.
--Yo también, Magdalena. Yo no podría vivir sin ti. Otro tópico.
Necesitábamos decirnos eso, romper con los odiosos tópicos de película romántica, sobre todo americana, pero francesa también, ya que a menudo, al menos al cine francés antiguo que vi, la cursilería romántica hizo estragos.
Nosotros nos mirábamos de soslayo a los dos amigos, Charles y Anaïs, como siempre besándose, que se daban besos aún como antes. Sonreímos con una pizca de ironía, y nos dijimos, en voz baja...
--Mira esos enamoradillos, Magdalena. Parece que no han comido nada esta mañana, y ahora quieren comerse cualquier cosa.
--Ya. Igual que los caníbales.
Jojo quiere hacer más ironías, y entonces dice...
--Esto parece una competición. ¿Podemos luchar para ver cual de las dos parejas se besan mejor? Ellos, además, parecen algo torpes.
--¡De Acuerdo! –dije yo, sin poder sacar mis ojos de los de Jojo, tan azules y tan bonitos, tan enamorada como yo estaba de él.
En ése momento, al fondo se ve a una mujer, acompañada de un chico, cogidos de la mano. Ella es Georgette, y nos gritaba, casi chillando. Yo les dije, también medio chillando, que vinieran hacía donde nosotros estábamos.
--¡EH! ¡Magdalena! ¡EH! ¡EEEEH!
--¿Georgette? ¿Qué hace allí? ¡EEEEH, VENID!
Se acercan a nosotros, y entonces nos presentamos. El chico de Georgette tiene la misma edad de ella, cabello castaño, atractivo, un Adonis, digamos. Ella se abraza amorosamente a él por encima de los hombros y su pecho bien formado de gimnasio, le presenta a él, y él nos saluda algo fríamente.
--¡Buenos días a todo el mundo! Yo no sabía que vosotros estábais aquí. Os presento a mi chico, Ferdinand.
--Hola –dijo él.
Entonces, todos nos saludamos, ya que Charles y Anaïs se unen a la pandilla. Ahora, Ferdinand se da la mano con Charles.
--Bien, estos chicos son mi amiga Georgette y su chico Ferdinand. Espero que seremos todos buenos amigos, ¿no? –dije yo.
--No te preocupes, Magda –dijo Charles—. Los amigos de mis amigos son mis amigos.
--Hola –dijo Anaïs.
Ferdinand y Jojo juegan al balón en el agua de la piscina, mientras yo Anaïs estábamos en el borde de la piscina, charlando.
Ahora hay una sorpresa, al menos para nosotros: en una pequeña habitación, que parece un armario o un vestuario, Charles y Georgette se besan con pasión. ¿Como es eso, cuando ellos no son pareja, y cada cual tiene pareja por su lado? Resulta que fui un rato antes un momento a un lugar de la piscina para ir hacia el lavabo. Y volvía a mi lugar cuando sentí unos gemidos débiles. Eran detrás del vestuario. Como yo, en el fondo (y cualquiera también), soy una “voyeuse”, miré con cuidado por la estrecha franja que dejaba la puerta entreabierta. Y vi a ambos en actitud amorosa, o digamos mejor, salvaje.
No dije nada, me fui hacia el lugar donde estaba Anaïs, del todo ignorante de la infidelidad de su chico, claro. Como yo soy una mujer seria, supe conservar la tranquilidad que había que tener en aquel momento. Anaïs parece extrañada porque no veía por ninguna parte a su chaval Charles, ni tampoco a Georgette.
--¿Has visto a Charles, Magdalena? No sé donde está.
--¿Y Georgette? –preguntó Ferdinand, que también la buscaba.
--Pues, no los he visto –respondí—. Me imagino que habrán ido al bar de la piscina.
Yo ya había visto cosas como esas, y aún más extrañas. No quise mostrarme preocupada. Pero no podía impedir pensar en ello. Y si yo fuese capaz algún día de...
--Magdalena, ¿qué piensas? –sentí de golpe y porrazo la voz de Jojo.
Yo le hice participar en mis sospechas...
--¿Qué piensas de este embrollo? –le pregunté.
--Sí. Cuando alguien hace un adulterio, será porque uno busca algo que no encuentra en su pareja –me contestó, todo serio y tranquilo.
Yo también estuve muy tranquila, casi impasible a la inglesa, para contestar:
--Sí, es cierto. Yo he pensado eso a menudo. Y tendré que hacerte una confesión: alguna vez yo tuve un adulterio con alguno de mis ex-novios. Y es porque yo creía que ellos hacían lo mismo... y creían que yo no me daba cuenta... Sabes, cuando alguno me hace esta chorrada, prefiero devolverle la misma moneda. Yo quiero ser fiel, pero el ser humano es débil, y la carne también.
--Tienes razón.
Pero Jojo quería saber qué podrían hacer ellos para solucionar ese lío.
--Pero las parejas de Anaïs y Georgette están al borde de la ruptura. ¿No podemos hacer nosotros algo para evitarlo?
--Me gustaría. Esto parece uno de esos vodeviles que tanto gustaban a mis abuelos.
Me dirigí, con paso bien firme a donde estaban los dos infieles.
Fui hacia el lugar en donde estaban. Abrí la puerta. Los vi y les hablé, con voz alta y firme. Ellos se asustaron y chillaron. Georgette llevaba su bañador medio caído, con los pechos al aire, fuertemente abrazada a Charles.
--¡Charles, Georgette! ¡Por favor! ¿Os habéis vuelto locos? –fue eso que los dije.
--¡¡¡AAAH!!! –ambos chillaron a la vez, como en una película] de terror.
Ellos tenían la cara roja por la vergüenza, sobre todo Charles.
--Me-me-me... me sabe mal. Éste lío ha pasado... porque Georgette es tan... que yo no me pude resistir. ¡Y yo quiero a Anaïs! Pero... ha sido más fuerte que yo. Ellas son tan diferentes... ¿Es verdad, Georgette?
--Sí, sí –contestó ella, con la voz firme, medio avergonzada pero a la vez convencida de aquello que decía—. Me sabe mal, Magdalena, haberte dado este disgusto. He sido deshonesta con mi chico... al cual yo quiero mucho. Charles tiene razón, nos hemos dejado llevar... Ha sido algo repentino, si quieres, pero bien...
--Estad todos tranquilos –les contesté, con los brazos cruzados—. Tenéis suerte: Anaïs y Ferdinand no saben nada. Bien, marchaos y no pequéis más.
Ya estamos. Ya hablo como el padre Joan, que me confesaba cuando yo era niña.
Y todo volvió a ser como antes. Este vodevil se acabó. Charles y Georgette volvieron con sus parejas, Anaïs y Ferdinand, y se besaron con pasión, tal vez porque aquello era la única manera de arreglar todo aquello.
Yo estaba al lado de Jojo. Las otras parejas estaban al fondo, con Anaïs y Charles sentados al borde de la piscina y charlando, y la de Georgette y en Ferdinand besándose sin parar de pie. Yo y Jojo hablábamos sobre éste lío.
--Es increíble, Magdalena –dijo él—, tu amiga Georgette, tan inteligente y sensata..., ¿como ha podido ella hacer esta bobada? Y Charles, lo mismo.
--No sé... –opiné, medio resignada— quizás sea como te dije: nosotros buscamos, cuando cometemos adulterios, algo que no podemos encontrar en nuestras parejas. Georgette tiene cosas diferentes a las de Anaïs.
--¿Qué tipo de cosas?
--Pues, no lo sé. Es demasiado complejo, demasiado difícil. Déjalo estar.
Nosotros nos abrazamos y nos dimos un beso, como cualquier pareja de enamorados. Soltamos nuestros pensamientos, sobre todo los inconfesables.
--Pues yo tuve un lío –pensó en Jojo, y me lo confesó más adelante, en confianza, por ello lo saco aquí—, precisamente ayer, con aquella chica alemana, Inga. A ella le gustaba mucha la música clásica, como a mí, y me sedujo con el Concierto en Fa Menor de Bach o con la Danza del Sable... Espero que Magdalena nunca sabrá esto... Tiene razón, la carne es débil.
--Yo tuve un lío –ahora era yo la que pensaba mis amores inconfesables— con aquel chico tansimpático, el brasileño Sebastiao. Él me sedujo con ésa canción “La chica de Ipanema”, de Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes, que me encanta. No quiero que Jojo pueda saber esto... La carne es tan débil...