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divendres, 22 d’octubre de 2010

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO X (PASCAL Y ANNICK)


CAPÍTULO X:
PASCAL Y ANNICK




Aquella mañana, en el trabajo, como una de tantas, bien tranquila, antes de llegar el fin del mismo... Hasta la llegada de un hombre que nunca habría imaginado encontrármelo allá...
Un hombre de unos cincuenta años, gordo, que parecía Gérard Depardieu, simpático, muy campechano, acompañado de una niña de diez años, entra por la puerta y me dice...
--Perdóneme, señorita...
--Sí?
--Querría ver a la señorita Christine Moreau... ¿Está aquí?
--Sí. Voy a buscarla ahora.
Fui a llamar a Christine, que estaba en su despacho, trabajando ante el ordenador.
--¡Christine! ¡Alguien pregunta por ti!
--Un segundo, que voy allá...
Christine entra en la sala y observa al hombre y a la niña. Con su habitual impasibilidad, se los mira. Pero yo me sorprendí al sentir que ella los saludaba como parientes suyos.
--Oh... Buenos días, Papa. Buenos días, Annick.
El hombre, con las manos sobre los hombros de la niña (que tiene mucho parecido físico con Christine, pero en niña), respondió:
--Buenos días. Yo he ido a la escuela para buscar a la niña, y como pasábamos por aquí abajo, me dije que ella debía de ver en dónde trabaja su madre... ¡Y aquí estamos!
--El abuelo tiene razón, Mamá –dijo la niña a Christine, guapísima y con naturalidad—. Debo de conocer en dónde trabajas, por que más adelante también trabajaré aquí, cuando tú te hayas jubilado.
Yo estaba totalmente sorprendida, muy sorprendida. Yo no sabía nada de nada de que Christine tuviese una hija. Ésta, mientras tanto, se agachaba por ponerle mejor el abrigo a la niña.
¡Entonces, Christine tiene una hija! ¡Dios mío! ¿Y el padre...? ¡Espero que no sea Jojo!
Christine me miró, y me presentó a su padre y a su hija.
--Magdalena, te presento a mi padre y mi hija Annick.
--Mucho gusto, señor. Mucho gusto, Annick.
--Mucho gusto, señorita –me dijo el hombre.
--Mucho gusto, señorita –dijo ahora Annick—. Mamá me ha hablado a menudo de usted. Ella siempre dice que usted es una chica simpática, inteligente y que siempre ayuda a todo el mundo.
--¿De verdad? ¡Muy amable! –sonreí yo, que me halagaba todo eso. Es curioso, Christine, a la que yo no tengo, digamos la verdad, demasiada estima, o nada, ella habla siempre bien de mí a todo el mundo. Yo no soy vanidosa, pero me hace sentir una persona importante.
Pascal me habló, muy campechano y simpático, al estilo Depardieu...
--Mi hija ha sabido conciliar su papel de madre y su trabajo. Las madres solteras de hoy en día, son formidables. ¿Que piensa usted? Sin duda, usted estima su trabajo.
--Sí, está claro, pero yo no soy madre soltera, señor Moreau –respondí.
--Pascal –dijo él, convencido pero a la vez educado—. Me llamo Pascal. No me llame “señor”. Yo soy un hombre sencillo y sociable con todo el mundo. No me gustan nada estas burradas... de la época de la aristocracia.
--Sí, Pascal. Estoy de acuerdo. Pienso lo mismo. Vivimos en una República, ¿no?
Christine cogió de la mano derecha a Annick y me dijo:
--Magdalena... tendré que irme algunos minutos con mi padre y Annick para charlar un rato. Creo que estaré aquí otra vez sobre las dos. ¿Tú podrías acabar mi informe sobre Beleville y Compañía?
--Ningún problema. Serán acabados puntualmente.
Poco antes de marcharse, ya con los abrigos de cada cual puestos, Pascal me dijo:
--Hasta muy pronto, señorita Magdalena. Espero que algún día volveremos a vernos y tendremos tiempo para charlar largamente. Hablaremos otra vez sobre todo eso que charlábamos ahora. Estoy orgulloso de mi hija, igualmente que la niña lo está. Entre nosotros, su desgracia ha sido que se enamoró de chicos nada listos...
--Yo ya me lo imagino, señor. Hasta pronto.
--Hasta pronto, Magdalena –dijo Annick, muy dulce—. ¿Sabes...? Eres muy simpática.
--Ah... Gracias, Annick. ¡Tú también eres muy simpática!
Los miré poco después por la ventana a los tres, bajando por la escalera.
Entonces cogí el teléfono para llamar a Jojo y explicarle toda esta historia.
--¿Jojo...? ¿Tú sabías que Christine tiene una hija de diez años llamada Annick?
La exclamación de Jojo fue como sacada de una película melodramática italiana, de esas que hoy en día nos parecen exageradas e incluso teatrales.
--¿¿¿¿QUÉ????
Yo me miraba por la ventana a Christine, su padre y la niña, que aún no estaban muy lejos de allí.
--Pues yo no he bebido nada. Christine me ha presentado a su padre, Pascal, y a su hijita, Annick. Aquí, en el trabajo.
La voz de Jojo sonaba ahora algo más natural, pero sin salir de su atolondramiento.
--¡Es imposible! Cuando yo estaba con Christine, ella no tenía ningún chiquillo. Y la relación entre ella y yo acabó hace seis años. ¿Y tú dices que Annick tiene diez años?
--Sí...es verdad.
--Espera... Yo me voy allá ahora mismo. ¿De acuerdo? ¡Hasta luego!
Y colgó acto seguido, se sentía por el auricular el golpe seco, el “clac” de cuando se corta súbitamente la comunicación, como en las películas.
Pasado un cuarto de hora, llegó Jojo hacia la oficina, jadeante de cansancio para llegar allí a toda velocidad, con su bicicleta. Yo le espera en la puerta de la oficina. Entre sus jadeos casi no entendía nada de aquello que me decía.
--¡Buf...! Hola... Entonces... Buf... Cuéntame... buf... todo este asunto de esa niña... Todo... buf... todo esto parece un mal serial... buf... de la “tele”.
--Claro. Ésta mañana llegaron aquí el padre de Christine acompañado de la pequeña Annick, para ver a su hija. O sea, la madre de la niña es Christine.
Hice sentarse a Jojo en una silla. Él estaba totalmente agotado, bien muerto de cansancio.
--Jojo, cariño, siéntate. Estás muy cansado. Parece que has corrido la Maratón en los Juegos Olímpicos.
--Es por culpa de la bici. Muchas gracias, cariño.
--De nada.
Entonces, yo le conté toda la historia. Jojo no sabía qué expresión poner.
--...Y esto es todo. ¿Qué piensas tú?
--No sé nada de nada –respondió como si volviese a la vida, después de la carrera hacia la oficina—. Te lo juro que nunca sentí hablar de Annick hasta ahora mismo. No cabe duda que Christine la tuvo antes con algún tío, después ella me conoció, pero nunca no me presentó a su hija... y ni siquiera me habló de su existencia.
Yo hice una pequeña reflexión mental sobre este asunto, mirando de ser tranquila, pese a que no estaba nada contenta.
--Bien... –dije— Entonces, tendremos que esperar la vuelta de Christine... No tardará mucho.
Finalmente llegó Christine a la oficina. Yo y Jojo nos la mirábamos con interés, sobre todo él, que abrió los ojos de una manera muy extraña, parecía alarmado.
--¡Ah, Magda, estabas aquí! –ella, claro, no sabía nada de la alarma de nuestro descubrimiento, y estaba muy contenta—. Vengo de dejar a mi padre, quería preguntarme que... –ahora se da cuenta de la presencia de Jojo— ¡Ah, buenos días, Jojo! ¿Visitas a tu novia, no?
Yo señalé la silla con el dedo. Quería que Christine se sentara. Christine, de golpe y porrazo, pareció que perdía su flema y se alarmaba por algo. Como si hubiese sido pillada en una falta imperdonable. O como si ella fuera descubierta en un asunto de robo.
--Por favor, Christine, siéntate con nosotros. Tenemos que charlar contigo, es muy importante.
--¿Importante...? ¿Qué es...? –su hilo de voz era extraño, con el miedo en el cuerpo que le salía por la boca.
Sentada finalmente, Christine accedió a escucharnos. Nosotros, ella y yo, estamos enfrente la una de la otra; Jojo se queda en medio. Se miró a Christine con una expresión muy extraña, mezcla de odio y repugnancia. Tengo que confesar que me dabas miedo aquella mirada. Nunca lo había visto así. No era su estilo. Tan dulce que es siempre...
--¿Por qué nunca nos has dicho que tenías una hija? –pregunté a Christine, tal vez con un tono de interrogatorio judicial.
--¿Annick...? –ella recuperó su tranquilidad habitual—. Sí, tengo una hija. ¿Y qué?
Jojo estalló muy furioso, perceptible en su habla, voz altísima y fuerte, casi histérica, y metiendo una buena bronca a su ex.
--¿¿¿“Y qué”...??? ¡Yo salí contigo durante dos años! ¡¡¡Y nunca no me hablaste de la existencia de tu hija!!! ¿Por qué? ¿Qué significa todo eso?
Christine, por primera vez, no parecía tan ser superior como siempre. Trataba de parecer tranquila, pero parecía a la vez tener mucho miedo. Habló con inseguridad.
--Bien... yo... Tuve a Annick con un chico que conocí antes de conocerte, Jojo... y... No podía ocuparme de ella... Dejé a Annick con sus abuelos... y después...
Christine hizo una pequeña pausa, y finalmente, dejó escapar algunas lágrimas por el rostro. Eso la dio un poco de fuerzas para continuar.
--Después... Yo tuve que internarla... en uno colegio de monjas. Cuando ella tenía ocho años, yo quise tenerla conmigo. Ahora ella vive en mi casa. ¡Yo quiero mucho a Annick! Pero yo no quería decir a nadie que tenía una hija. Los hombres no aman mucho a las madres solteras. Y... y yo quise encontrar un chico. Hasta que te conocí, Jojo.
Jojo, aún con la mirada severa, clavándosela como un cuchillo, le dijo:
--Y entonces... Entonces, yo pasé los peores dos años de mi vida contigo, Christine.
Christine dijo que sí, con la cabeza baja. Parecía que creía que la acusación contra ella era cierta. Lo aceptaba del todo, no trataba de librarse de ninguna manera.
--Es verdad. Me sabe muy mal. Fui un monstruo.
Yo, que sentía todo esto con interés, decidí finalmente acercarme a ellos, y decir:
--Escuchad... todo esto parece un serial de la “tele”, pero yo querría que os reconciliéis.
--¿Una reconciliación? –exclamó Jojo—. ¿Por qué...?
Yo me puse la mano derecha en el cogote y expliqué:
--Debo haceros una pequeña confesión: yo estaba muy celosa por que creí que Annick era la hija de Jojo... Ahora, yo sé que eso no es posible... Además, tu hija Annick es muy simpática, muy bonita, Christine.
Jojo no podía comprender nada de la confesión de su novia, a la que adoraba.
Me miraba como asustado y extrañado a la vez.
--¿Pero qué quieres decir, Magda...?
--Yo odiaba a Christine por que creía que... ya lo sabéis. Os pido perdón.
Dije eso con una expresión como deprimida, como cuando se hace una confesión de algún secreto escalofriante que puede hacer que todo el mundo acabe odiando a quien lo dice. Yo tal vez me esperaba eso de ellos, de ambos, pero vi que ellos no me odiaban, y eso me hizo tener coraje para continuar. Ahora me dirigí a Christine:
--Christine, te pido perdón. Yo sé que nuestra relación personal no ha sido fácil. Tal vez yo pienso todo esto por Annick... No sé...
--No, está bien, no es preciso pedirme perdón, Magda. Yo acepto todo eso con placer.
Christine reaccionó con nobleza. Y tal vez también como la madre que perdona una falta a su hija.
Nos dimos la mano ella y yo, en señal de amistad y reconciliación.
--Siento mucho haber parecido una cínica –dijo ella—, pero la vida ha sido bien dura conmigo...
--Lo entiendo muy bien. Aquí tienes una buena amiga.
Jojo también dio la mano a Christine, en la misma actitud de reconciliación de mí misma.
--Yo también. Y además, quiero decir que tal vez yo he hecho un poco el botarate...
--Bah, no pasa nada. Todos tenemos errores –dijo ella, convencida de la bondad de Jojo.
Y yo, finalmente, hice una reflexión sobre este asunto.
Yo estoy más tranquila ahora. Por que Annick no es definitivamente la hija de Jojo. Y, pues, ya no hay ningún lazo entre él y Christine.
Esto ha sido una parte de mi vida, que quería compartir con todos ustedes. Una vida sencilla, pero no aburrida o vacía. Unas inquietudes por todo aquello que tenemos alrededor sin caer nunca en la pedantería. O... en fin, la vida misma, sin adornos.
Próximamente, volveremos a leernos en nuevas aventuras mías. La cosa no se ha acabado aquí. Y es una promesa firme, no es ninguna de esas que hacen los políticos.



F I N