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diumenge, 1 de març de 2009

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo VII)





CAPÍTULO VII Luego, volvieron a casa para cenar. Se juntaron todos alrededor de una mesa grande, para que así pudieran caber bien. Mientras comían, a Kathy se le ocurrió preguntarle a su hermana... --Judy... --¿Qué quieres, Kathy? –preguntó la rubita, hablando con la boca llena, al estar comiendo pollo asado al estilo catalán. --¿Es cierto que Núria os va a dibujar desnudos a ti y a Jarvis? Judy casi se atragantó. Frunciendo mucho el ceño, le miró fijamente y le preguntó: --¿Quién te lo ha dicho? --Susagna, la hermana de Núria. Os oyó hablar de ello, y... --¡Brf...! –gruñó--. Sí, sí, guapa, es cierto. Pero no se lo digas a nadie, que no me gusta que algunas cotillas de mierda luego se cachondéen de nosotras. --Tranquila, que no se lo contaré a nadie, ni siquiera a mi novio... ay... –se acordó de golpe—Tommy también lo sabe, ya que Susagna nos lo contó a los dos... --¡Mierda! –volvió a gruñir y renegar Judy--. Bien, tenlo bien quieto, ¿eh? Que no abra la boca. --Guapita, tampoco exageres. Tú y Jarvis posaréis para una obra de arte, no para una revista porno. Te confesaré –le habló bajo a la oreja—que una vez yo también posé desnuda. --¿Ah, sí...? –Judy se sorprendió y se acercó más. --Sí; fue hace poco, que Tommy quería probar Dibujo Artístico, y me dijo: “Kathy, querría hacerte un dibujo. ¿No te molestaría posar desnuda?” Y yo me enfadé y le dije: “¡Siempre piensas en lo mismo, majo!” --¿Pero luego lo hicisteis?
--¿El qué...? ¿El dibujo...? Ah, sí. Pero Tommy, para tranquilizarme, me dijo que también yo podía dibujarle desnudo, y... –soltó una carcajada. --Ah, ya... --Y te diré... te diré... –Kathy casi no podía hablar por que empezaba a reírse, y temía no poder parar. --No te cachondées, hermanita. --No, Judy, si no me cachondeo. --Pues lo parece. --Que no, tía.
--¿Y bien...? ¿Le dibujaste desnudo...?



--Sí, claro... Aunque al principio no sabía si él quedaría bien si lo dibujaba así. Que ya sabes que muchas veces, el cuerpo de una mujer es muchísimo más bello que el de un hombre... y pensaba a veces que, si las mujeres eligiéramos a nuestra pareja sólo por el físico, ¡todas las mujeres tendríamos que hacernos lesbianas! ¡Ja, ja, ja...! –rió a carcajadas. Aquí, las dos hermanas se pusieron a reír, a vez y en voz muy alta. Los demás que estaban en la mesa, cenando, levantaron la mirada de sus platos y les miraron, entre asombro y extrañeza. --¿Qué pasa...? –preguntó el primo de Winnie, Parker, extrañado. --Eh... nada, Parker, nada... –trató Kathy de disimular—es que mi hermana Judy y yo... nos habíamos contado un chiste... --Ah, vaya... –dijo Parker--. ¿Y es bueno el chiste? ¿Ó es verde? --Oh, no, no es verde... ó quién sabe. Es... Y le contó un chiste, el primero que se le ocurrió, claro, para salir del apuro. Todos se rieron, y luego siguieron cenando. Claro está que Kathy no le dijo nada de lo que en realidad estaban hablando ella y su hermana. Luego, Tommy quiso saber qué gracia le veían ella y Judy al chiste que habían contado cuando cenaban para reírse tanto, ya que él no le había encontrado apenas nada de gracia. --Tommy, en realidad le estaba preguntando a Judy si mañana ella y Jarvis se irían al estudio de arte de Núria, y allí... ya sabes... Tommy seguía sin entender bien qué tenía que ver todo aquello con las carcajadas. --Ya te lo diré otro día, chico –Kathy prefirió dejarlo para otro momento. Quizá por que ella sabía que él podía enfadarse si le contaba que le había contado a su hermana lo del dibujo y los desnudos... Ya saben, por si acaso, por aquello del puritanismo de los americanos. Al llegar la hora de dormir, los que tenían que hacerlo en el hotel lo hicieron allí. Cada una de las parejas tenía su propia habitación, por supuesto, y allí... bueno, es obvio contar lo que hicieron.
Cuando amaneció, en la habitación de Judy y Jarvis, ella se despertó, abriendo los ojos y bostezando a la vez. Mientras hacía todo eso, se levantaba de la cama, desnuda, y se fue al cuarto de baño, que en aquel hotel había uno en cada habitación, aunque no muy lujoso, claro, si era un hotel de tres estrellas. Allí, Judy se lavó los dientes y luego se dio una ducha de agua templada (nunca le gustó el agua demasiado caliente), y al acabar, se secó con una toalla. Le daba cierta pereza vestirse luego, y pensó que ojalá que pudiera quedarse desnuda y salir así por ahí, pero como no puede ser, salvo en las playas nudistas, buscó luego una ropa limpia que ponerse. Antes, al mirarse en el espejo del cuarto de baño, ella se miró atentamente, estando aun desnuda. Quizá por que se acordó de que tenía que ir a que le hicieran, a él y a su novio, aquel dibujo artístico con desnudo incluido, se sentía como cualquier modelo profesional que hace eso continuamente para cualquier pintor ó pintora. Se contempló, pausadamente, por delante y por detrás. Y quizás por la chorrada de que cuando ve a alguna mujer de cuerpo bonito que se cree que es la más guapa del mundo, empezó a contonearse suavemente, con mucha sensualidad, gustándose incluso, como si quisiera ligar consigo misma. Era broma, claro. Acabó haciendo un corte de manga a la imagen aquella del espejo. También se preguntó que qué harían algunos hombres que tienen cuerpos dignos de cualquier estatua de la Grecia antigua... y recordando lo que había dicho su hermana sobre el desnudo masculino (por lo de dibujar desnudo a su novio), Judy soltó una carcajada, que por ello tuvo que taparse la boca para no soltar más, que era probable que se le hubiera oído hasta en la China. Volvió a la cama, se sentó en donde había dormido antes, y girándose hacía atrás miró a Jarvis, que aun seguía dormido. Le hizo caricias en el hombro derecho suavemente y el joven empezó a despertarse. --Hummmmm... –hizo un extraño sonido con la boca, el que hace cualquiera cuando se despierta y empieza poco a poco a desperezarse, sin bostezar. Entonces, vio a Judy a su lado. Como un resorte, él, después de saludarla con un apenas perceptible “Buenos días”, buscó rápidamente un caramelo de menta por la mesita de noche. Lo encontró, se lo tomó con una rapidez asombrosa y volvió a repetir--: Buenos días, Judy... --Buenos días –contestó ella--. Pero..., ¿por qué siempre haces eso, cariño? --Es por mi aliento, te lo he dicho mil veces, mi vida –contestó él--. Siempre he tenido pánico de esto, ya lo sabes. --Te comprendo, cariño –dijo Judy, cariñosa--. A mí también me pasa esto a veces. --Me alegro... --Hoy tenemos que ir a ese sitio para que Núria nos haga el dibujo, Jarvis. --Ah, ya... –él miró el pelo de ella, y veía que lo tenía mojado y aplastado--. ¿Ya te has duchado? --Sí, Jarvis. ¿Por qué no te duchas tú también? El agua está dabuten. Jarvis dijo que de acuerdo, que se ducharía. Le preguntó a ella si quería ducharse también con él, ya si el agua estaba tan “dabuten”, como decía ella. Judy dijo que de acuerdo, pero quería secarse rápido el pelo después, ya que quería llegar al estudio de arte ya con el pelo seco, bien limpio y radiante, que no pareciese para nada una escoba vieja. Se lo secó con un secador, antes de salir los dos a la calle. Mientras ella estaba dale que te pego con el secador, él se miraba al espejo y no parecía estar aquella mañana muy satisfecho con su imagen. No estaba muy contento con lo de ser hombre. Y de reojo observaba a su novia, con su precioso cuerpo, que según él le daba veinte mil vueltas al suyo. De paso, veía que ya empezaba a tener arrugas por la cara, algo de bolsas bajo los ojos, también algo de ojeras... no, no; eso puede tenerlo cualquiera, hombre ó mujer, caray. Pero volvía a pensar en su lado femenino, que todos los hombres tienen sin dejar de ser varoniles, algo que ciertos gilipollas no quieren reconocer. Y él no es homosexual. Si lo fuese, ya habría intentado ligarse al novio de Kathy, por ejemplo. Ó al novio de Winnie, ó a Tom Cruise... Soltó una carcajada, y tampoco se imaginaba a Judy montándoselo con Madonna, por ejemplo. Y volvió a reírse al acordarse de que ella le había reprochado que alguna vez, cuando hacían el amor, él, por aquello de su “lado femenino”, había querido imitar alguno de los gestos que hacen las mujeres, como cuando se contonean, ó hacen caricias a su pareja, e incluso cuando hacen un “strip-tease”... Precisamente, Judy se quejaba de ello. Le daba la sensación de que ellos parecían una pareja de lesbianas. Quizá sea esto algo exagerado, pero ahora quiere dejarlo estar, por lo menos hasta otro día, decirle hasta luego. Pero la única ventaja que encontraba es que si algún día vuelve a disfrazarse de mujer, con unos pocos arreglos podría parecer una mujer de verdad... excepto en la voz, claro. Más risas, más risas, más risas. Se miró en el espejo y comprobó que su cuerpo no lo tenía tan feo como se creía. Y si a muchas chicas les gustaba un hombre así que... ¡YA BASTA, TÍO! ¡NI SIQUIERA WOODY ALLEN PIENSA ESTO, CARAY! Eh, perdón: necesitábamos recalcar bien recalcado cómo es el tío éste, pero ya les contaremos algo más de él más tarde. Después se fueron al estudio. Estaba en la zona llamada “L’esquerra de l’Eixample” (la izquierda del Ensanche), aquella zona de Barcelona en donde las manzanas de calles son de forma cuadrangular, en un perfecto orden geométrico, y ocupan más de la mitad de la ciudad. Claro que con los años transcurridos desde la época en la que transcurre ésta historia, Barcelona ha crecido algo más. Pero eso ahora no nos ocupa. Cuando llegaron allá (les acompañó Núria, ya que ellos aun no conocen bien la ciudad), saludaron a todos los que estaban en el estudio, y Judy pudo ver cómo un pintor pintaba un retrato de una chica morena, con “look” moderno, que estaba apoyada en una silla, apoyando en el respaldo su codo derecho y mirando al pintor con una expresión tranquila, sonriendo ligeramente. Por otro lado, veía a una mujer que pintaba una naturaleza muerta, con un recipiente que contenía naranjas, ciruelas, aguacates, piñas tropicales, plátanos, etc. En un lado de allá, veía una mujer vestida de bailarina, que quería hacer aquello que los expertos en ballet clásico denominan “el paso del gato” ó “le pas du chat”, como les gusta decirlo en francés, quizá por que así queda más fino. Mientras tanto, Winnie y Arthur habían ido a la casa de un matrimonio amigo que vive en Barcelona. Son los Aiguaviva, que Winnie les conoce por que también están metidos en esto del cine, sobre todo por la distribución de películas españolas y extranjeras por el Estado español. También producen alguna película, sobre todo catalana, aunque por ahora, si tienen que producirla, tienen que solicitar una subvención de la Generalitat de Catalunya, el Gobierno local catalán. Se nos olvidaba decirles que los Aiguaviva han distribuido algunas de las películas de Winnie, como “Pintoras”, un grupo de chicas de Idaho que en la ciudad de Boise, capital de dicho Estado, montan una escuela de arte para mujeres, y hace una crítica al machismo de la “América profunda”. --¿Cuándo pensáis estrenarla aquí, Winnie? –preguntó Amàlia, la esposa. --Cuando hayan pasado seis meses –respondió la cineasta--. Aun hay que hacer el doblaje en español, que lo harán unos estudios de Barcelona, que ya me han doblado todas las anteriores, en español y alguna en catalán. --Ah, bien... –contestó el marido, Torquat Aiguaviva. Aunque entonces Winnie no quería hablar de negocios, tuvo que hacerlo. No digamos que esto es evitar la famosa “deformación profesional”, esto es, pensar continuamente en el trabajo incluso en la vida cotidiana, cuando uno/a está con su familia ó pareja. Inmediatamente volvamos con los que están ahora en el estudio de Arte. Allí, Núria Kirby Fonollosa hablaba con un chico de raza negra, con acento africano, y era de los negros de piel completamente oscura, del color del ébano, cosa que a Judy le extrañó, quizá por que en Nueva York y en el resto de los Estados de la Unión había visto mucha gente negra que no tenía la piel de color tan oscuro, sino más clara, de un color tirando a marrón, como Marshall Griffith y su novia, Heather Shaw, ó aquellos negros llegados de países americanos como Cuba ó la República Dominicana. Había que aclarar eso, ya que Judy no es racista. Recordemos la famosa serie de televisión “Raíces”, que narraba la saga de la familia del escritor estadounidense de raza negra Alex Haley, desde la llegada a tierras americanas de su antepasado Kunta Kinte, traído como esclavo, como todos los de su raza llegados a América. Cuando Haley visitó el país africano de donde era originario su antepasado, toda la población de allá, de piel color negro ébano, se sorprendió al ver el color más claro, tirando a marrón, de la piel de Haley, ya que ellos nunca habían visto a un negro norteamericano, cosa de la que él se dio cuenta y la contó posteriormente en su libro. Bien, pues el chico éste del estudio de arte, que se llamaba Jacques Oblongo, de un país llamado... ¿Cómo se llamaba, se preguntaba Judy? Intentaba acordarse del nombre, pero nada. Ya se sabe que los estadounidenses, para las lenguas y nombres extranjeros ó para cuestiones de Geografía, no parecen muy dotados. Oblongo había tenido muchos problemas para entrar en España, pero ahora, después de superarlos, ya puede vivir tranquilamente en Barcelona, e incluso puede llevar ropa presentable. Ahora trabaja allí como pintor... ó mejor dicho, como empleado en una compañía de seguros, en donde trabaja de contable, pero que le gusta pintar y que de vez en cuando vende alguno. Si pudiera, haría alguna exposición. Volvió a repetir el nombre de su país: Senegal, en África Occidental. --Creo que éste cuadro –decía un amigo suyo, un catalán llamado Marc Bellmunt, con barba y gafas—podríamos exponerlo en una pequeña galería de arte que hay en “el carrer d’Amílcar” (1), en el barrio del Guinardó. --¿Es importante esa galería? –preguntó Jacques. --No, la inauguré yo mismo hace dos meses. Aun hay que darle tiempo... pero por allí, de vez en cuando, se deja caer algún pez gordo. Ya sabes, tío, que esto no es fácil para nadie. --“Cony, nano” (2), me jode a ti y nos jode a todos. Qué me vas a contar... –Jacques había aprendido fácilmente el español, pero había aprendido al mismo tiempo las palabras malsonantes del mismo, y cuando hablaba con catalanes, transformaba dichas palabras al catalán, que hablaba algo, aprendiéndolo poco a poco--. Con mi trabajo en la compañía de seguros gano dinero para mantenerme yo y enviar algo a mi familia en mi país, y... --Sí, ya lo sé. Eh, Jacques, te presento a unos amigos míos –y le presentó a Judy, Jarvis y Núria--. Son dos americanos, que pasan unos días aquí, y ésta es Núria, que es de aquí, aunque sus padres también son americanos. --Sólo mi padre es americano –aclaró Núria.
--“Molt de gust” (1) . ¿Tú también pintas...? –saludó Jacques a Núria en catalán. --Sí, y hago dibujos. Y ahora voy a hacer uno, aquí al lado –explicó ella. Después de hacer más presentaciones y de hablar un poco, los tres entraron al estudio. Entonces, Núria cerró la puerta. --Bien, chicos, esto es el estudio en el que trabajo. ¿Os gusta? –dijo ella, con bastante modestia. --Eh... sí, es... muy majo... –contestó Jarvis, no muy dotado para hacer halagos. --Ahora cogeré las cosas para dibujaros. Ya podéis desnudaros –dijo Núria, con toda naturalidad y frialdad, como si lo que les pedía fuera algo que se hace todos los días. --¿A-aquí mismo...? –preguntó Judy, algo cohibida por tener que desnudarse en un sitio con alguien desconocido cerca, como aquella chica. Y quizá también tenía ese poso de puritanismo de la mayoría de sus compatriotas, que ella trataba de erradicar, claro, pero que no es fácil quitárselo de encima. --No, tranquila, Judy, no pasa nada. Mira, allí hay un biombo –señaló Núria a la derecha con el dedo índice--. Podéis desnudaros detrás de él. Estad tranquilos, como si estuvierais en vuestra casa. No tengo prejuicios. --Seguro que no. Estamos tranquilos. Pero perdónanos –casi suplicó Judy--, que veo que los estudiantes de Dibujo seguro que todos los días tenéis que veros con “modelos aficionados” que se comportan como nosotros... --No pasa nada. ¿Y a ti, Jarvis? ¿También te da corte? --Em... sí, un poco... –contestó él, con algo de vergüenza—Pero te doy las gracias, Núria, por animarnos. --No tienes que dármelas, Jarvis. Pero vamos a lo nuestro... Núria les dijo que para que no se sintieran tan vergonzosos al desnudarse delante de desconocidos, ella también se desnudaría si hacía falta. No hacía falta, le dijeron, que una cosa es dar ánimos y otra exagerar (quizá temían que alguien entrara y creyera que se iban a montar una orgía entre todos/as, con la excusa de un trabajo artístico). Después de desnudarse tras el biombo, salieron de ahí y se acercaron a Núria, con un poco de timidez aun, por aquello de estar ante ella completamente desnudos. Él no sabía si ir tapándose los genitales con la mano, igual que ella. Pero al ver la expresión tranquila de Núria, se tranquilizaron asimismo ellos y decidieron comportarse como si ir así fuera lo más natural. Claro que a él le fastidiaba algo el ver que Judy tenía un cuerpo mucho más bello que el suyo, lo que él aceptaba de buen grado. Siempre había sabido perder cuando el contrincante lo hacía mejor que él cuando jugaba al béisbol, por ejemplo, y cuando alguna chica tenía mejor físico que él, también lo aceptaba. “Ya lo sé –pensaba él, como resignado--. Ésta –se refería a Núria—me dirá que ‘veremos qué se puede hacer con ‘esto’ ‘, por que yo tengo una mierda de cuerpo, como todos los tíos... Y como no me dibuje de espaldas... por que creo que, al menos, mi culo se puede salvar”. Mientras él tenía éstas reflexiones filosóficas algo exageradas, aunque cualquier tío acabaría teniéndolas en el fondo, Núria dijo al verles, no sin antes mirarlos de arriba abajo, no como si fueran ganado, sino como las bellezas artísticas que van a ser plasmadas en papel, igual que si se contempla alguna de aquellas bellas estatuas griegas: --Bien, veo que tenéis unos cuerpos bastante bonitos –lo dijo con absoluta tranquilidad, además con una ligera sonrisa. Jarvis exclamó: --¿Ah, sí…? –lo decía con cierta timidez. --¿Ah, sí, qué…? –Núria no entendía bien qué quería decir él. --¿Es... es cierto que mi cuerpo... eh, que te parece... bonito? --Sí, claro, tranquilo, no seas tímido. A Judy debe de gustarle mucho. Venga, tío, que estás muy macizo. ¿Verdad que sí, Judy? --No te quejarás, ¿eh, tío? –le dijo Judy a él, dándole un codazo en señal de complicidad--. Si pudiera ser, ahora mismo hacíamos el amor. --Eso es –dijo también Núria--. Que no sólo las chicas tenemos cuerpos dabuten cuando estamos desnudos. --Gracias, guapa –respondió Jarvis, mirando ahora el cuerpo de su novia Judy--. Me doy cuenta. --Bien, ahora podéis poneros allá –les señaló un rincón, pensando ya en ponerse manos a la obra, es decir, ellos posando y ella dibujando. Ensayaron varias posturas, ya que Núria quería hacer algo diferente, que no fuese una tópica escena de amor con una pareja desnuda. Ellos sugirieron a ella posturas, y después de un par de minutos, mirando algunas fotografías también, hicieron finalmente que Judy se sentaba sobre una mesa, no demasiado alta, poniendo las manos sobre los hombros de Jarvis, que estaba de pie, colocado enfrente mismo de ella. También él le ponía las manos a ella sobre sus hombros. Estaban así: Jarvis le daba la espalda a Núria, con relación, claro, al sitio en donde estaba ella, y Judy estaba de cara a Núria. Los había colocado de medio perfil, para que los viese a los dos, sin taparse apenas. Tuvieron que estar así casi un cuarto de hora. Núria decidió que no hacía falta mucho tiempo, que sólo quería hacer unos apuntes, dibujar unos cuantos trazos “al natural”, y después ya acabaría el dibujo por su cuenta. Aunque a la chica se le ocurrió un truco no muy ortodoxo, que era hacerles a ellos una fotografía con una cámara Polaroid, de las que hacen las fotos instantáneas. Y la hizo en la misma postura en la que estaban ellos ahora.Jarvis se extrañó. --Oye, Núria –le preguntó--, ¿por qué haces eso? ¿No nos vas a dibujar del todo? --No, tíos. Para esto haría falta mucho tiempo, y sé que vosotros no estaréis aquí durante muchos días. Además, como no sois modelos profesionales, podéis cansaros pronto de tanto posar. --No, tía, si no nos cansamos, de verdad –dijo Judy. --Que no, que no, no quiero que por mi culpa os canséis demasiado. Sólo os pido que si queréis, que hagáis un par de posturitas más, que las fotografiaré con ésta mierda de cámara que tengo, y así acabamos. --¿Qué posturas? --No, son muy sencillas. Me gustáis, tíos, sois muy interesantes. Lástima que no trabajéis como modelos... --¿También dibujas a tus modelos de fotografías? –preguntó Jarvis.








--Sí, tío. Esto también se puede hacer. Bien, si queréis, ¿podéis hacer dos posturas más? –y cogió otra vez la cámara de fotos. --¿Qué posturas? --Verás: tenéis que poneros tú y Judy como cuando hacéis... --No te enrolles –le interrumpió Judy--. Ya lo comprendemos, coño. Quieres que Jarvis y yo nos pongamos como si fuéramos a follar, ¿no? --Sí y no, Judy. --¿Cómo que “sí y no”? ¿Nos vacilas...? –la rubia no entendía nada. --Digo que os pondréis ahora en el suelo, y haréis como si... --De acuerdo, tía, no te enrolles, que eso ya nos lo sabemos –le interrumpió otra vez la americana, que ya intuía un “rollo” parecido. Y aquello siguió así: primero, la pareja se tumbó por el suelo, con Judy encima y Jarvis debajo. Pero no hacían el amor, sino que ella le ponía una mirada entre seductora y encantadora a su novio, mientras le tocaba a él la nariz con el dedo índice de la mano izquierda suavemente. Él le miraba a ella, sonriendo de igual manera, más bien imitándola, en plan clon, y poniéndole a ella las manos en la espalda, acariciándola suavemente. La otra fotografía era algo distinta, si miramos que ahora era él quien estaba encima y ella debajo. Pero Núria había pensado en algo diferente para que no fuera una foto demasiado tópica: Jarvis estaba encima de Judy, pero no parecía aquello la típica postura del macho algo dominante tirándose a una chica, sino que él ponía su cabeza apoyándola en los pechos de ella y tenía los ojos cerrados, como si estuviese dormido, mientras ella le acariciaba en la cabeza, como si fuese una madre acariciando a su hijo. Como supondrán, Judy dijo que estaba de acuerdo con ésta fotografía, para romper con los tópicos machistas, según ella. ¿Y Jarvis? Pues dijo que también estaba de acuerdo, quizá por lo que ya hemos repetido aquí un millón de veces, lo de su lado femenino, que hacía que en algunos momentos se sintiera más feminista que las propias mujeres, algo que puede parecerles exagerado, pero cada vez más se puede ver a tíos en manifestaciones feministas sin ningún problema. Decimos esto por que algunos aun creen que éstos tíos son maricas. ¡Qué chorrada! --Bien, ya podéis vestiros –les pidió Núria, después de mirar las fotografías, que en las tres ellos salieron enteros, sin cortar por ningún sitio, sea por las piernas, los brazos ó la cabeza. Judy y Jarvis se fueron tras el biombo para volver a vestirse. Núria se puso a ordenar un poco su mesa, con algunas cosas mal colocadas encima, y frunció el ceño. --Coño, qué corto de entendederas es éste Marc –gruñó para sí misma--. Se deja todo por aquí, como le sale “dels collons”. Y yo, que se lo ordene.Mientras ordenaba la mesa, se dio cuenta de que sus amigos aun no habían salido de detrás del biombo, y les gritó: --¡Hey, Judy, Jarvis! ¿Aun no estáis vestidos?No le contestaron. --¡Hey, vosotros! ¿Me oís...? –creía que había hablado demasiado bajo, y por eso no le oían.Nada. No decían nada. Y Núria se extrañó. Se levantó y se acercó al biombo. Le parecía oír un “mmmm” entrecortado, como alguien que intenta hablar con la boca amordazada ó bien con la boca cerrada. Ó bien alguien que se está morreando. Dio unos golpecitos suaves en el biombo y preguntó, en voz muy alta: --¿Puedo pasar? Y los vio allí, todavía desnudos, morreándose y haciendo el amor de pie, aunque sin penetración. Cuando se dieron cuenta de que ella les observaba, se pararon de golpe. --¡Hey, guapa, espera que te demos permiso para entrar! ¡Mira tú la guarra ésta...! –dijo Judy, aun abrazada apasionadamente y con fuerza a su chico, que volvía la cabeza para mirar a Núria. --¿Pero qué puñetas hacéis? ¿Qué creeis que es esto, un burdel de Nueva Orleáns? –dijo ésta. --No, Núria, guapita –dijo Jarvis--, es que Judy y yo no hemos podido contenernos. No estamos acostumbrados a vernos en pelotas más de diez minutos sin acabar follando. --¡Anda, tú, todos los hombres sois iguales! –dijo Núria, irónicamente.

(1): En catalán, “el carrer” significa “la calle”.
(2): “Coño, tío” en catalán.





(1): Mucho gusto.