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dilluns, 28 d’abril de 2008

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (IV)






CAPÍTULO IV Pasaron unos dos meses desde entonces, ya estamos en el mes de Marzo, y entonces Kathy, la hermana de Judy, estaba en la salita de su casa, mirando una partitura musical de alguna canción suya. Mirándola con el ceño fruncido y una cierta sensación entre asco e indiferencia, comentó para sí misma: --En ésta canción, “Don’t forget to fasten your lifebelt” (No olvides abrocharte el cinturón de seguridad), que me ha escrito mi amigo Ferdinand Rogers, es muy poco incisiva. Creo que más bien parece una nana. Serviría más para dormir a mi sobrino que para cantarla en mis actuaciones. Bah, no me mola nada –y dicho esto, sin dejar de fruncir el ceño igual que si oliera la fetidez salida de una alcantarilla, dejó la partitura encima de la mesa de la salita. Pensó en mirar otra, ya que Ferdinand Rogers le había compuesto varias, algunas de varios estilos, con la esperanza de que encajara alguna con la forma de cantar de Kathy, pero en ese momento escuchó unos gritos sordos, que parecían venir de la habitación de su hermana Judy. --¿Otra vez...? –puso cara de estar cansada de algo, saturada de soportar lo mismo, al parecer--. Hace varios días que están fatal Judy y Jarvis. ¡No paran de discutir a gritos! ¿Qué se habrán hecho para enrollarse tan mal? Y decidió acercarse a comprobarlo. La puerta de la habitación de Judy estaba cerrada, y Kathy, que era una chica educada, llamó a la puerta con los nudillos, suavemente, golpeando la misma tres veces. La voz de Judy, casi histérica, se oyó mucho, retumbando, cosa que a Kathy casi le provoca un susto de muerte. --¿¿¿QUÉ PASA??? –el grito era muy fuerte, casi de película de terror.Kathy, aun aturdida por la fuerte impresión, respondió tartamudeando. --Ejem... yo... yo que-quería sa-saber si os encon-encon... encontráis bien... por que pa-pa-parecía... que os pasaba... algo... Entonces, la puerta se abrió bruscamente, y apareció Judy, que con una cierta sonrisa en la cara, la que pone la gente cuando quiere aparentar tranquilidad, dijo: --No nos pasa nada, hermanita. ¿Qué, otra vez nos estabas escuchando? --No, tía. Es que se os oye hasta en China. Y... y ya me estáis preocupando. Lleváis varios días igual. ¡No hay quien os aguante! Judy comprobó que su hermana estaba preocupada por que la relación amorosa de Judy con Jarvis, después de un comienzo maravilloso, iba cada vez peor y llevaba trazas de deshacerse violentamente. --Es que éste gilipollas de Jarvis es un soso –dijo, mirando fijamente a su hermana y señalando con el dedo a Jarvis, sentado al borde de la cama de la habitación de su novia--. ¡Yo creía que Jarvis era un chico maravilloso! Y lo es, pero lleva tiempo que se ha convertido en un soso. Un soso inaguantable. --¿Y tú, qué...? –replicó Jarvis, igual de enfadado que ella--. ¡Tú también eres una sosa, y una histérica, y una...! --¿Yo histérica...? –gruñó Judy, contraatacando--. ¡Tú también lo eres, majo! ¡Eres un histérico, que te horrorizas cuando te cae alguna responsabilidad, eres un pedante de mierda, un cursi que te crees saberlo todo! ¡Anda qué rollos me has soltado...!
--¡Y tú también! –ahora contraatacaba él--. Quizá tú y yo somos bastante apasionados, que lo exageramos todo, pero tú... tú, mierda, tú siempre quieres hacerlo todo mejor que nadie.
--¿Hacer mejor que nadie... el qué? --¡Todo, Judy, todo! –la voz de Jarvis sonaba aguda, en medio de su evidente cabreo--. ¡Siempre quieres ser la mejor, en todo... y los demás, que nos jodamos! Así estuvieron mucho rato, hasta que dejaron la discusión, no sabemos si por cansancio, por aburrimiento ó bien por que, como se aman mucho, decidieron pedirse perdón el uno al otro, firmando la reconciliación con un abrazo apasionado y un beso no menos apasionado. Luego, Kathy salió a la calle, encontrándose con George Miravitlles, que volvía de su trabajo, uno nuevo en el que trabajaba desde hacía una semana: dibujante en un modesto diario neoyorkino. Él, antes, hacía alguna cosa por cualquier sitio, en esto del dibujo, haciendo alguna exposición en alguna galería de arte, ayudándole su madre, que de arte entendía mucho. Ahora, después de hacer de todo, George ha podido trabajar de verdad como dibujante, dibujando para ese diario una tira cómica de tres ó cuatro viñetas, que viene en la sección de Opinión, al lado de los editoriales y los artículos firmados. Pero ya hablaremos más delante de esto y de las cosas de George. --¡Hola, Georgie! –le saludó Kathy, efusivamente--. ¿Cómo te va todo? --Bien, Kathy –dijo George, tranquilo, pero sonriendo muy animado al verla--. ¿Y tú? --Yo bien, tío, pero Judy, ésta sí que se lo monta mal –respondió la chica, frunciendo el ceño. --¿Qué le pasa? --Verás: es que ella y Jarvis han tenido una discusión fuerte, que ya llevan varias casi todos los días, y me preocupa. A veces se llevan peor que Bush y Saddam Hussein. --¿No exageras? --No, no, qué va. Me preocupa, la verdad. Creo que si hoy no les separo, habrían acabado fatal. Es muy triste. --¿Y qué quieres? ¿Que haga de juez de paz? --No exactamente, Georgie, pero... algo habrá que hacer. --Me pillas mal, tía –se disculpó George--. No me gusta meterme en los asuntos personales de otros, y esto, Judy y Jarvis tienen que arreglarlo entre ellos, que ya son mayorcitos. Tú y yo, bien poco que haremos, quizá alguna metedura de pata, que no les servirá de nada. --Qué optimista eres, joder –opinó Kathy, un poco decepcionada con su reacción, ya que esperaba una buena ayuda por parte de él, sabiendo que, en el fondo, aun ama a Judy, aunque ella ya tenga novio. --Déjate de chorradas, Kathy. Ahora, mejor tendríamos que esperar un poco, a ver si vuelven a quererse como antes, y ya haremos lo que sea... ¿Te parece bien? --Eeeeem... –Kathy se lo pensó, aunque algo fastidiada--. De acuerdo, George. Si quieres que nos jodamos esperando, lo haremos. Eso es, la puñeta de esperar. La impaciencia, digamos. Una semana después, parecía que Judy y Jarvis ya estaban calmados y volvían a amarse con su pasión y espontaneidad habitual. Ello lo notaba Kathy, al notar que Judy volvía más tranquila de su trabajo, con la sonrisa en la cara, aunque ésta fuese leve, pero la típica sonrisa de felicidad de cualquier mujer enamorada. Kathy siguió con sus ensayos de música rock, y como iban bien, también se la veía más contenta, aunque no amorosamente, claro, ya que su relación con Tommy siempre había ido bien. --Hola, hermanita –dijo Judy, con una voz algo melosa, que pone en los días que está así de supercontenta--. ¿Cómo te va, tía? ¿Ya te has tirado a Tommy? Se te ve en la cara. --Vaya, vuelves a ser tan gilipollas como siempre, Judy –comentó Kathy, irónica y mirándosela con sonrisilla de complicidad.
--Sí, mañana voy con Jarvis al cine. --Oh, muy bien. Pero dos semanas después volvieron a caer en lo mismo. No hace falta que reproduzcamos lo que se decían, pues ya se lo imaginarán. Ahora volvamos con Kathy, que por casualidad se encontró la agenda de Jarvis, que se la olvidó encima de la mesa. No sabía ella por qué, pero aprovechando que él y Judy estaban en la habitación discutiendo a viva voz, miró la agenda y se encontró con el número de teléfono de Valérie Chévenement, la exnovia francesa de él. Cogió papel y bolígrafo para anotar rápidamente el teléfono de ésta última, mirando de vez en cuando de reojo por si se acercaba Jarvis por allá. Después de anotarlo, rápidamente asimismo dejó la agenda en donde estaba. Pocos segundos después llegaba él, con el ceño fruncido, cara de malísimo humor y soltando algún taco entre dientes, a punto de marcharse. Miraba a un lado y a otro, buscando su agenda, la vio, la cogió y se la guardó. Acto seguido, saludó a Kathy con un escueto “Hola”, abrió la puerta y se marchó, sin decir más. Kathy, dos horas después, telefoneó a Valérie. Ésta, según la agenda, vive en el barrio neoyorkino de Chelsea. Pero en aquel momento, ella no estaba en casa; el contestador automático estaba conectado. Tenía un acento francés bastante fuerte, aunque no es ese acento exagerado que ponen los humoristas al imitarlo, ni tampoco esa a veces exagerada manera de los actores de doblaje de muchos países al querer recrearlo, sobre todo en las películas americanas y sus personajes franceses rayando en lo tópico. Kathy dudaba si dejarle un mensaje en el contestador ó colgar y llamar cuando ella estuviera en casa. Decidió hacer lo primero: --¿Señorita Valérie? –dijo el nombre de la francesa a la manera americana, es decir, remarcando la erre fuertemente, con una entonación parecida a un maullido--. Hola... Me llamo Katherine Raines. No me conocerá de nada, pero soy la hermana de la chica con la que sale su amigo Jarvis Delaware... ya sabe, que fue novio de usted. Bien, quería hablar con usted sobre él. Y no es por nada malo. Sólo querría charlar con usted. Bien, mi teléfono es... Después de dejarle el número de teléfono, colgó. Luego pensó que si estaba haciendo mal, que ella no tenía ningún derecho a entrometerse en la vida amorosa de su hermana y de su novio. También ella había tenido algún problemilla con su novio Tommy Lynch, pero no se lo contaba a nadie, quizás por orgullo. Y su madre, Mallory, también estaba preocupada por todo esto. Precisamente, en aquel momento se acercó a su hija Kathy para hablar sobre ello. --Kathy, ¿puedes venir un momento? –le pidió, con su voz profunda. --Sí, ahora, Mamá. ¿Qué pasa? --¿No te has fijado que Judy y su novio están fatal? Kathy intuyó la preocupación de la madre. Ésta, Mallory Raines (apellido de soltera, Schüller, de antepasados alemanes, que llegaron a los Estados Unidos a finales del siglo XIX) es una mujer ya madura, aunque aún muy atractiva, algo que han heredado de sobra sus hijas, pero sin querer hacer comparaciones entre todas ellas, ya que ellas tienen un aspecto y Mallory otro. Es morena, como Kathy, con peinado imitando el rockero de su hija, pero diferente y algo más anticuado. Bien, Mallory meditó con su hija lo que pasaba: --Me preocupa Judy –dijo lacónicamente, y se calló. Pero pasados unos segundos, siguió--: ¡Qué novedad! ¡Vaya cosas que digo! Si eso le pasa a todo el mundo... Bien, sé que Judy es mayorcita y no debo meterme en su vida privada, que ahora los jóvenes hacéis todo de otra manera, no como yo era joven ni cuando fueron jóvenes vuestra abuela, vuestra bisabuela y vuestra tatarabuela, que si hacían las mismas cosas que vosotras, había que hacerlo a escondidas por que era pecado y por que los padres controlaban todo, a veces demasiado... --Mamá, no te enrolles, por favor –le cortó casi en seco Kathy, al ver que ella se iba por los cerros de Úbeda--. Bien, hablaremos con esa tal Valérie, esa exnovia de Jarvis, a ver si nos enteramos por ella de cómo es él en realidad. No digo que sea un hijo de puta, pero creo que si él tiene algún defecto grave y que no quiera confesarlo... --¿Tú crees? –Mallory no pudo evitar una expresión de alarma. --Sí, Mamá, intuición femenina. Pero no te asustes, que Jarvis no será ningún psicópata. Es bastante rarillo, pero es un buen chico. Sólo quiero saber en qué flojea para ayudar a Judy a que mejore su relación con él. Como esa... esa Valérie –antes de decir el nombre de la exnovia de él, quería encontrar la manera de vocalizarlo bien, ya que los nombres y denominaciones extranjeras son difíciles de pronunciar para un estadounidense medio, además poco ducho en idiomas que no sean el inglés americano—fue su novia, ya nos dirá qué le pasa por la cabeza... Más tarde, sonó el teléfono. En aquel momento no estaban en casa ni Judy ni Jarvis, así que Kathy, que contestó a la llamada, podía hablar con ella más tranquilamente. --¿Diga...? Ah, hola... es usted, señorita... Valérie... “mademoiselle” –Kathy quiso decir alguna palabra en francés para quedar bien con la francesa, pero ese “mademoiselle” sonó exagerado y hasta ridículo--. ¿Eh...? No, no sé casi nada de francés. Hábleme en mi idioma, por favor... Gracias... Bien, yo quería... Hablaron durante cinco minutos y quedaron en verse en algún sitio al día siguiente. Era en un restaurante pequeño de la ciudad, en el barrio de Chelsea, de cocina francesa, pero bastante barata, si recordamos que muchos de los restaurantes franceses de Nueva York son muy caros, sobre todo los buenos de verdad, y luego los hay un poco malillos... bien, eso ahora no interesa. Estaba en la Octava Avenida (“Eighth Avenue”), en donde se encontraron Kathy y Valérie. Ésta última es una chica muy guapa, pelo castaño, ojos azules y muy grandes, delgada, alta, con aire inteligente, vestida con pantalones vaqueros ceñidos y suéter de colores chillones. Cuando le telefoneó, Kathy le preguntó cómo iría vestida para reconocerla, ya que nunca le había visto la cara, ni siquiera en fotografía, y así la reconoció en seguida. Se sentó la pareja en una mesa y habló ella: --Bien, Valérie, le telefoneé por que quería preguntarle cómo es de verdad Jarvis Delaware, que fue novio suyo... --“Bien sûr”, ya lo sé, señorita –respondió Valérie con un acusado acento francés, mirándosela fijamente y con tranquilidad con sus enormes y hermosos ojos azules--, no se enrolle, como dice usted. Verá, Jarvis es un chico difícil, pero no es malo. Creo que su hermana ha encontrado un buen chico como pareja. Bien, a Jarvis le pasa que es muy inseguro, que nunca ha creído en los héroes... “Eh bien”, que es muy vulnerable... No sé si me explico bien... --Siga, siga... Le entiendo –contestó Kathy, con aparente indiferencia. --Ya. Es que siempre ha sido muy tímido. Cuando le conocí, le costó mucho hablarme siquiera. Había fracasado con otras chicas por esto. Y eso que, luego conmigo, evolucionó una barbaridad y ahora es más sociable y sabe comunicarse con todo el mundo, chicas incluidas. No lo reconocería ni su madre. Bien, él, siempre se había exigido demasiado a sí mismo y quería quedar siempre bien. Parecer un buen chico, ó un genio, ó uno que sabe tratar bien a las mujeres... qué sé yo... --Déjese de rollos –le pidió Kathy, ya sin aparentar indiferencia--, y vaya al grano, por favor, Valérie. --Es eso, “mademoiselle” –continuó Valérie--; es que se encontraba ridículo con las chicas, quizá por que se veía inferior a ellas, que siempre admiraba cualquier cosa que ellas hicieran, aunque fuera lo más simple y sencillo. --Ya... –asintió Kathy, escuchándola de nuevo atentamente, aunque ahora quería tener más paciencia. --A veces, aquello era el colmo, “mademoiselle” Kathy, ya que cuando nos encontrábamos con otras mujeres, amigas mías, si él era el único hombre en medio de tantas mujeres, él deseaba ponerse cualquier cosa femenina, aunque fuese una peluca, un vestido, unos zapatos de tacón... --¿Cómo...? –le interrumpió Kathy en seco, aunque con educación--. ¿Jarvis es marica? --No, no, “mademoiselle” –respondió Valérie, tranquila, pese a la trascendencia de la revelación--. Es heterosexual, como usted y como yo. Es que... si él se siente inferior a una mujer cuando está con ella, quiere ser como ellas, ¿me comprende, “mademoiselle” Kathy? --Sí, creo que sí... –seguía Kathy con la misma expresión. Y pidió ella a Valérie--: Por favor, llámeme Kathy a secas. No hace falta ser tan formal. --Bien, Kathy –continuó Valérie--. Verá, Jarvis, cuando estaba conmigo y con unas amigas mías, me dijo al oído que quería ser como nosotras, pero literalmente. Yo hice como si no le hubiera entendido bien, y él me repitió: “—Digo que quiero ser mujer. “--¿Qué...? ¿Qué dices...? –ahora sí que puse cara de asombro. “—Digo que me gustaría ser mujer, como vosotras. “—¿Qué chorradas dices, “putain de ta mère”? –a mí me parecía uno de los chistes más “cons” que había oído en mi vida. “—No es una chorrada, Valérie –remarcó él--. Los tíos no tenemos nada que hacer con vosotras. Vosotras sí que sabéis montaros todo de puta madre. “—¿Qué te pasa? ¿Ya vuelves con tus rollos, con tus manías? –iba a enfadarme con él. “—Eh, no te cachondées, coño, que... bah, nunca me explico bien, ¡joder! –dijo él, como odiándose a sí mismo por no saber expresarse correctamente. “—Coño, ya lo veo –dije yo--. Venga, Jarvis, guapo, no me hagas quedar mal ante mis amigas soltándonos esa chorrada –yo le decía “soltándonos” como si mis amigas le hubieran oído, pero no era así por que hablaban entre ellas--. Cada uno tiene que ser lo que es. Si tú fueras marica, lo entendería, pero ahora... que tú no eres ningún marica, joder, pedazo de cabrón –le insulté, pero en inglés, para que lo entendiera, ya que él no sabe francés--. Está muy bien que no seas ningún machista, que veo que te lo ha enseñado tu hermana Murphy, que es feminista, pero que me salgas con eso... “—¿Qué rollo os montáis? –nos preguntó una amiga mía, que veía que hablábamos solos--. ¿Cositas de enamorados? –sonrió de manera gilipollas, intentando parecer cómplice de nuestro amor. Imitamos esa sonrisa para no quedar mal. “—No, chica –respondí--; hablaba con Jarvis... de una chorrada.
“—Ah, pensaba llevarte a la cama más rápido que nunca, ¿no? ¡Estos tíos...! –bromeó mi amiga. “Y nosotros hubimos de reírle la gracia, de manera harto forzada, claro. Hizo una pequeña pausa, como para tomar aliento, pero Kathy le interrumpió, preguntando: --¿Volvió él a hablarle del tema éste? --Sí –respondió Valérie--. Aunque... –dudó al contestar—aunque más que hablar de eso, un día él planteó una cosa parecida: los dos íbamos a un baile de disfraces, y cuando le pregunté qué disfraz pensaba ponerse, él me dijo... “—Es una sorpresa, “chérie” –me contestó. Y me besó en la boca seguidamente. Y yo, como soy bastante apasionada cuando me besan, estuvimos largo rato hasta que nos dio ganas de... Aquí se paró Valérie en seco. Ella no tiene prejuicios en hablar de ciertos temas, pero sabía muy bien que la mayoría de los norteamericanos no son así, que cosas que a los europeos, y sobre todo a los franceses les parecen inofensivos, a los norteamericanos les parecen algo horrible. Y aunque Kathy no parecía ser ninguna puritana, Valérie decidió continuar, hablándole al oído, en voz baja: --...De “faire l’amour”, ya me entiende. Bien, al día siguiente, cuando me preparaba para ese baile de disfraces, yo me disfracé de mujer del Imperio Romano, ya sabe, con túnica y el peinado de esa época. Cuando yo ya estaba lista, fui a llamarle para ir juntos allá, pero al llegar a la salita, ¿a que no sabe qué me encontré allí? --No. ¿El qué...? --Una mujer. No esperaba encontrármela allá. Desconcertada, le pregunté: “—¿Qué hace usted aquí...? ¿Quién es usted? ¿Y Jarvis...? “Entonces, la mujer aquella me habló con una voz bastante fea, como si fuera Dustin Hoffman en “Tootsie”. La miré fijamente, y me di cuenta de que era Jarvis disfrazado de mujer. --¿De mujer? –exclamó Kathy, aunque ya con indiferencia, pues ya se iba acostumbrando, a medida que avanzaba la conversación, a descubrir cosas raras en el novio de su hermana. Valérie, al no hallar respuesta en la expresión a lo Buster Keaton de su interlocutora, siguió: --Sí, de mujer. Parecía una fulana de Times Square, la verdad, con la ropa que llevaba. Yo me enfadé un poco y le dije: “—¡Jarvis, eres un gilipollas! ¿De qué coño vas vestido? “—Mujer, esto es un baile de disfraces, ¿no? –me contestó él muy tranquilo, como si no pasase nada--. Pues éste es el disfraz que pensaba ponerme. “—¡No digas chorradas! –le dije, enfadadísima como no lo había estado nunca--. ¡Nunca podré comprender tu sentido del humor! “—Valérie, guapa, no te enfades –me dijo él, muy cariñoso, tratando de tranquilizarme, poniendo un tono de voz que a mí me volvía loca, pero de amor. Me tranquilicé por que le quería muchísimo. Y aún le quiero...Suspiró. --¿Aun le quiere? –preguntó Kathy.
--Sí, Kathy, todavía. Pero sé que ahora tiene otra novia, la hermana de usted, y hace bien. Jarvis tiene defectos, pero es un gran chico, dabuten, como dicen ustedes. --¿Estuvieron coladísimos el uno por el otro? --Sí, mucho. Verá, volviendo a lo del disfraz de Jarvis, él tuvo mucho éxito en la fiesta. --Vaya –sonrió Kathy, sorprendida y un poco divertida. En aquel momento llegaba el camarero a la mesa en donde estaban ellas, ó mejor dicho la camarera, ya que era una mujer, para preguntarles qué querían comer, claro. --¿Han cambiado de camareros? –preguntó Valérie, que ya había ido allí otras veces, y que siempre le habían atendido camareros masculinos. --No, señorita –respondió la camarera, con absoluta educación y cortesía, como cabe hacer con los clientes--. Seguimos los mismos, pero la nueva dueña del restaurante, que es feminista, ha decidido que aquí también haya camareras. --Ah, “très bien”, ya le comprendo. ¿Qué hay para comer? --¿No han leído antes el menú? --Oh, ya decía yo –dijo Valérie, fingiendo estar sorprendida por haber sido pillada “in fraganti”—que se nos olvidaba algo... Cogió el menú, pero Kathy le detuvo con un gesto de la mano derecha. --No, no hace falta, Valérie –dijo--. Bien, señorita, tráiganos el plato especial del día. --¿El especial, dice...? --Sí, todos los restaurantes lo tienen, ¿no? --Claro que sí. --Bien, ¿qué es.? --Un... un... –intentó acordarse la camarera de qué era, pero pocos segundos después lo abandonó al no acordarse con exactitud—No me acuerdo ahora de cuál es... --¿Se acuerda ó no se acuerda? –preguntó Kathy, algo impaciente. --Claro que sí, señorita –contestó la camarera--. Lo que pasa es que... --No hace falta que nos lo cuente todo –le interrumpió la morena--. Veo que le han pedido que se aprendiera de memoria todos los platos que no vienen escritos en el menú, como aun se hace en algunos restaurantes de ésta ciudad. Deje de querer recordarlo todo y vaya a ver qué tienen. --Eh... de acuerdo, señorita, perdóneme. Ahora vuelvo... --Perdonada. No pasa nada. La camarera parecía muy avergonzada por no acordarse del menú. Kathy le tranquilizó con una sonrisa de compasión, como la de una madre a su hija cuando comete alguna trastada y es perdonada. Se fue a buscar una carta del menú. Mientras, Kathy y Valérie siguieron charlando. Más tarde, cada una volvió a su casa.