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dimecres, 5 de setembre de 2007

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (CAPÍTULO PRIMERO)






Dedicado a Woody Allen.



TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN


CAPÍTULO PRIMERO


Judy Raines se levantó del sillón en donde estaba sentada, después de leer... ó, mejor dicho, de dormirse leyendo un “interesante” artículo periodístico sobre las patatas fritas que sirven en las hamburgueserías de los Estados Unidos. Luego se daría cuenta de que aquello era un anuncio, publicidad, claro, sólo que escrita como si fuera un artículo periodístico, hecho para la propaganda de cierta cadena importantísima de éste tipo de empresas, cuyo nombre a ella le importa un pepino. Bostezó un poco y decidió hacerse un café con leche para desperezarse. Era el último día del año 1990, el 31 de Diciembre, y en aquella noche toda su familia lo celebraba quizás fuera de casa, y sería que Kathy, la hermana mayor, se iría con su novio Tommy Lynch (que no tiene nada que ver con David Lynch, el polémico cineasta de “El hombre elefante”, “Terciopelo azul” y la serie de televisión “Twin Peaks”, como ha repetido a cantidad de gente hasta cansarse, aunque los muy gilipollas no parecen darse cuenta). Piensan irse a cualquier sitio con suficiente intimidad como para poder hacer el amor durante horas sin que nadie les vea. Ni los curiosos, ni los fans, ni los paparazzis. Kathy es una conocida cantante de rock al estilo de Bruce Springsteen, Madonna, la española Luz Casal (en sus comienzos era lo que cantaba) y demás. Conocía las canciones de la Casal por su amiga catalana Anna Oliola (de ésta hablaremos luego), que le proporcionaba cassettes con sus canciones, y aunque su español no era de tirar cohetes, sí comprendía perfectamente los matices de sus letras. Como Anna utiliza un español muy coloquial, aderezado además con palabras catalanas, cuando Kathy opina sobre la Casal, lo hace con unos términos en español bastante curiosos. Nos lo creemos, la verdad: Kathy no suele tener pelos en la lengua.
Pero vayamosa lo que nos preocupa: Judy, al contrario que su hermana, no tiene pareja con la que salir esa noche. Pocos días antes rompió con su novio, aquel hijo de inmigrantes griegos llamado Michael Karras. Michael Karras quiso hacer como su paisano (y tocayo) Michael Dukakis, igualmente hijo de inmigrantes griegos llegados a los Estados Unidos, es decir, dedicarse a la política y convertirse en el primer Presidente de origen griego del país, igual que John F. Kennedy llegó a ser el primer Presidente católico, y Geraldine Ferraro, si hubiese sido elegido su jefe, Walter Mondale, que se enfrentó a Ronald Reagan en las Elecciones Presidenciales de 1984, hubiera sido dos cosas: ser la primera mujer que es, al menos, Vicepresidente, y de paso, si por lo que fuera hubiera tenido que suceder a Mondale, la primera Presidenta de origen italiano (su madre se llamaba Antonetta, italiana por los cuatro costados). Él sabía muy bien que aquello de que “...todo el mundo puede ser Presidente” es una chorrada, ya que si ello fuese cierto, entonces habrían sido elegidos Presidentes negros, judíos, hispanos, mujeres, eslavos, chinos, etcétera.
Pero todo le salió mal, al presentarse como aspirante a concejal del Ayuntamiento por los demócratas, y decidió dejarlo y dedicarse a otras cosas, más humildes pero más provechosas. Se puso a trabajar como camarero en un bar neoyorkino que parecía salido de la serie de televisión “Cheers”, al cual sólo le faltaba tener a alguien como Sam Malone como dueño (1):. Allí se conocieron él y Judy, que también trabaja allí como camarera. Se enamoraron e hicieron todo eso que hacen las parejas, acabando en la cama. Pasado un tiempo, rompieron, ya que eran demasiado diferentes en todo, aunque ello no es obstáculo para una relación amorosa, pero ésta acabó yéndose al carajo. Se amaban mucho, eso sí, intentaron evitar desesperadamente la ruptura, pero cuando va mal es difícil arreglarlo.
Ahora sólo son buenos amigos, sin más, y siguen trabajando en ese bar. Está en Manhattan, la zona de Nueva York favorita de Woody Allen (y en la que él reside).
Judy aun no sabe con quién irá ésta noche, con quién saldrá. Con Karras no puede ser, ya que él tiene una nueva novia, una maestra de escuela llamada Jennifer Smolek. Judy no sabe si llamará a Gerald Zucker, aquel chico que es jugador de béisbol en un modesto equipo, tan modesto que ni los expertos en éste deporte recuerdan el nombre, ó con George Miravitlles, aquel hijo de exiliados catalanes que huyeron de España al ganar Franco la Guerra Civil, esa de la que hablan los libros de Historia y de la cual los norteamericanos medios apenas conocen algo, de oídas, eso sí, pero como si estuvieran sordos.
Ya lo decidirá. Primero se hará un buen café con leche para quitarse el sueño provocado por el aburrimiento al leer el artículo citado al principio de éste capítulo, y luego telefoneará a éstos dos amigos. Después de haberlo preparado, se lo tomó. No fue difícil de hacer, ya que ella calentó leche en un cazo y en la taza puso café instantáneo. No le gusta nada prepararlo en una cafetera, que son muy traicioneras y que cualquier día pueden estallar como una bomba. No sabemos si se refiere a la paranoia que muchos americanos tienen a lo extraño, a lo desconocido, a lo diferente, pero lo que dice Judy no entra en esto del todo.
Después de haberlo preparado y vertido en la taza, se sentó en una silla de la cocina ante la mesa. Se lo tomó poco a poco, ya que estaba muy caliente. Otros días, para variar el “menú matinal”, se tomaba una naranjada, pero cuando se levanta con demasiado sueño, prefiere el café.
Judy Raines es una chica rubia, pelo no muy largo al estilo posmoderno que se llevaba tanto en 1990 (que no lo llamemos “punkie”, que no es ese estilo, aunque a ella le queden algunos cabellos de punta), ojos azules, perfil quizás corriente, normal, pero muy guapa, como una de esas vecinas monas de la casa de al lado. Aquel día llevaba puesta una blusa azulada, minifalda de cuero negro, medias negras y zapatos negros sin tacón. Cuando sale a la calle, se pone una chaqueta asimismo de cuero negro, que pensaba llevar aquella noche. También llevaba pendientes dorados, muy largos, que casi le llegaban a los hombros, y se pintaba los labios de un color rosa muy pálido, que parecía de color carne, como si no se los hubiera pintado. Se nos olvidaba decir que los padres de Judy, Ralph y Mallory, se irán a la casa de unos amigos que viven fuera de la ciudad, en Yonkers, en el mismo Estado de Nueva York, saliendo hacía el Norte; y el otro hijo, Ralphie, hermano de Judy y Kathy, que trabaja como “yuppie”, se irá con unos amigos suyos de donde trabaja. Los padres son propietarios de un pequeño restaurante neoyorkino.
Volvamos con Judy: se ha ido a su habitación, y allí se ha sentado en el borde de la cama, tumbándose después sobre ella. Cogió un pequeño magnetofón y lo puso en marcha, escuchándose acto seguido una canción en español, de la cantante española Luz Casal, en una cinta que le dio a Judy su amiga Anna Oliola. Gracias a ésta chica, los Raines están conociendo gran cantidad de cosas sobre ese país llamado España (“Spain” para los estadounidenses), que no es ese que sale en las películas de Hollywood, lo que venden las agencias de viajes y demás chorradas. Aquel país se está conociendo en los Estados Unidos en parte gracias a Pedro Almodóvar y sus películas. A finales de los años ’80, Almodóvar tuvo mucho éxito en el país de Abraham Lincoln con “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, que menos mal que fue correctamente traducido el título, a juzgar como hacen algunas distribuidoras con cualquier clásico del cine: “WOMENS IN THE VERGE IN A NERVOUS BREAKDOWN”. Además, los hispanoamericanos que viven por todo el país, en donde se les llama simplemente “spanish” (hispanos), y que cada vez son más, también se encargan de que todos sepan de qué va el rollo.
La canción era “Y voy a por ti”, de una chica que quiere ligarse a un chico por el que se ha quedado coladísima. Para ello hará lo que sea. Ya lo dice la letra: “Y voy a por ti, y voy a por ti / Como una locomotora a por ti / Eres para mí, eres para mí / Y voy a por ti ahora”. No está de acuerdo Judy con que tendría que hacer cualquier cosa para ligarse a algún chico que le guste, pero entiende que el amor es a veces incontrolable. Y como a Judy le gusta romper moldes, sobre todo por parte de las mujeres, piensa en ocasiones hacer como la chica de la canción, aunque luego se vuelva atrás.
En aquel momento, entró por la puerta de la habitación Kathy, la hermana rockera. Ésta es morena, como el padre (la madre es rubia, como el hermano Ralphie, y por supuesto, Judy) y con aspecto moderno, igual que su hermana, pero con los ojos verde botella. Le pidió a su hermana:
--Eh, Judy, ¿has oído ya a Luz Casal? Que Anna quiere que le devuelvas ya la cinta.
--¿Qué pasa, tía? ¡No jodas! ¿No puedo oírla un poco más? Es que ésta tía me mola.
--¿Que te ha molado? Muy bien, Judy... pero Anna quiere que se la dé hoy, ésta noche. Quiere enseñársela a unos amigos suyos.
--¿En dónde vive la... eeeeh... “catilona”? –Judy no conocía muy bien la palabra “catalana”. --Catalana –le corrigió Kathy--. Es “ca-ta-la-na” –le aclaró seguidamente, repitiéndoselo no deletreándolo, sino repitiéndolo por sílabas. --Los españoles tienen unos nombres regionales muy raros, Kathy –comentó la rubita. --¿Y qué? Nosotros también. Me costó mucho que Anna se aprendiera de memoria todos los nombres regionales de los 50 Estados de la Unión. Figúrate que ella, a los naturales de los Estados de Dakota del Norte y Dakota del Sur, les llamaba “dakoteros” –soltó una risita, tapándose la boca. Judy no rió éste chiste malo. --¿Y ésta noche qué, Kathy? ¿Saldrás con Tommy?
--Sí, me iré con él.
--Joder, tía, vosotros no os separáis ni para ir al lavabo.
--¿Te fastidia que nos queramos, coño? –contestó Kathy al chiste, aun mas malo, de su hermana--. ¿Y tú, cuándo te lo montarás con algún chico? ¿Esos Miravitlles y Zucker no se dejan?
--No seas gilipollas, Kathy. No, aun no sé si saldrán conmigo. Y ahora –cogió la cinta de cassette y se la devolvió--, llévatelas, anda...
--Gracias, guapa. Adios.
--Adios.
Y Judy se tumbó encima de la cama otra vez, poniéndose las manos detrás del cogote, mirando fijamente el techo. Se quitó los zapatos, dejándolos por el suelo, cruzó las piernas, bien formadas y bastante largas (la chica mide 1’75 de estatura). Estuvo así un minuto, pero luego cambió de opinión y, poniéndose los zapatos de nuevo, se fue hacía donde estaba el teléfono, para llamar a alguno de sus amigos, Miravitlles ó Zucker. En aquel momento sonó el timbre de la puerta y llegó Tommy Lynch, el novio de Kathy, que cuando él ya había entrado, cerrado la puerta y la saludó, se dieron un morreo de antología allí mismo.
Por allí pasaba Judy, y al verlos así, sonrió irónicamente y les dijo en voz alta:
-- Por mí podéis seguir, hasta que “El último tango en París” parezca una peli porno gay.
Al oírla, Kathy y Tommy, que aun se estaban morreando, soltaron una carcajada, así, aun con las bocas de ambos unidas en un beso. Pero como no se puede reír y besarse a la vez, casi se atragantan. Por ello parecía luego que a Judy le dedicaban varios epítetos, tales como “hija de puta”.
Cogió Judy el teléfono para llamar a Gerald Zucker, el jugador de béisbol. Su prima, Janet Schumann, que vive en la misma casa, le dijo que Gerry (diminutivo de Gerald, que así le llama su familia) se había ido unos días a California, para pasarlos en casa de sus padres, que residen allí.
Se despidió de ella y llamó a George Miravitlles. Estaba en su casa, allá por el barrio neoyorkino de Greenwich Village, en donde vive solo (sus padres viven en otra zona de la ciudad, en Queens, sitio lleno de casas bajas con jardines, en donde viven ya jubilados; él ha trabajado de todo durante su vida, desde el momento en que llegó a los Estados Unidos, exiliado desde España).
George contestó a su llamada:
--¿Cómo estás, Judy, guapa? –le hizo él una pregunta digamos tópica, y ella, cachondeándose, repitió a coro. --Muy bien, Georgie, muy bien. ¿Ó prefieres que te llame Jordi, como me dijiste una vez? ¿Cómo es eso? --Mmm... verás, Judy, esto de Jordi es un equivalente de George que se pone la gente en el país de mis padres, Catalunya –explicó George.
--¿Catalunya es un país? –se extrañó Judy--. Pensaba que era una región, una provincia... no sé cómo lo llamaba Anna.
--Eh, no, guapa. Los de allí dicen que Catalunya es un país, por que teniendo cultura e idioma propios, le da entidad casi como de un país, aunque pertenece a dos países a la vez, como España y Francia.
--Ah, ya oí algo parecido a la provincia del Québec, en el Canadá, ¿no? Que se lo oí decir a un cliente canadiense que viene mucho al bar en donde trabajo.
--Bien, sí, algo parecido... pero, por favor, no saques de madre esto, que siempre hay algunos que se cabrean por chorradas. Eh, ¿dónde nos encontramos?
--Hombre, había pensado que si no tienes nada que hacer ésta noche, podríamos quedar.
--Me parece de puta madre, Judy. Puedes venir vestida como quieras, que yo llevaré, como siempre, pantalones vaqueros, coño.
--Gracias, guapo, ya sabes que yo, con eso de ir vestida como una princesa, no lo haría ni loca. Eso de las princesas, para los cuentos. Adiós, guapo, adiós –se despidió Judy, diciendo las últimas palabras en plan coquetuela, haciendo el ruido de un sonoro beso al acabar.
Colgó el auricular del teléfono y volvió a su habitación. Unos minutos después salió de ella y fue a la salita. Allí estaban desde hacía un minuto Kathy y Tommy, sentados en el sofá, morreándose apasionadamente, con las manos de cada uno sobre la espalda del otro. Poco a poco, ella comenzó a inclinarse hacía atrás, y sin dejar de besarse acabaron con él encima y ella debajo. Judy, que les estaba mirando con cierta curiosidad, había presenciado el proceso narrado anteriormente, y comentó para ella misma:
--Vaya, se lo hacen con una técnica algo cursi... Parece él George Bush montándoselo con su mujer, Barbara. Es decir, como dos ancianitos en una residencia de jubilados. Pero yo he visto ancianitos más marchosos, por que estos... hasta el Papa tiene más marcha que ellos. Se mueven menos que una ficha de ajedrez. Parecen la reina y el caballo, aunque a veces parece que la reina es él, y el caballo es ella...
En aquel momento se cayeron los dos por el suelo desde lo alto del sofá, apenas medio metro, así que no se hicieron nada de daño, abrazados todavía y sin dejar de besarse. Casi parecía que iban a hacer el amor, con tanta pasión que le ponían a su lógica actuación de enamorados. Judy, sin dejar de mirarles, y como hiciera una retransmisión deportiva, pensó:
--Lo han hecho muy bien, pero el final... mejor ha sido el final, señoras y señores. Como en una película de Jerry Lewis. Así no caen en la rutina, por que créanme, señoras y señores, que la rutina es lo peor que puede haber en un folleteo. En fin, en mi modesta opinión, si se presentan a un concurso de amantes cutres, quizá lo ganen. Informó Judy Raines para la cadena KGR.
Se acercó a la pareja, la cual ya se levantaba. Kathy se reía un poco, mientras Tommy le acariciaba la punta de la nariz con el dedo índice.
--Hola, parejita –les saludó Judy, aunque con ironía evidente en su tono de voz--. ¿Qué? ¿No ha estado nada mal el folleteo de hoy?
Kathy y Tommy pusieron una mueca de desagrado, al sentirse de repente espiados, sin saberlo previamente.
--¿Nos has visto todo el rato? –preguntó Tommy.
--Sí, y no está mal como lo hacéis –contestó Judy, con indiferencia, aunque a la vez con sarcasmo mal disimulado. --¡Serás gilipollas! –gruñó Kathy--. ¿Ahora te dedicas a hacer de mirona? ¿Tan mal te lo montas que te desahogas así? ¡Te estás volviendo una guarra, hermanita!
--¿Yo una guarra? ¡Mierda! –ahora la ofendida era Judy. Contraatacó con los ojos muy abiertos, brillantes de una manera que asustaba, mientras contestaba así--: ¿Y quién nos miraba a mí y a Micky cuando hacíamos el amor? ¡Ya estaba harta de oír risitas extrañas, que no sabía si estaba haciendo el amor con mi novio en mi habitación ó si estaba en un episodio de “El Show de Bill Cosby”! ¡Además, si os miraba tanto ahora, es por que me aburría, y veros a vosotros, la verdad, es más divertido que la “tele”, con sus chorradas para gilipollas! ¡Y yo no soy ninguna guarra, mecagüenlaleche! ¡Si no os encontrara morreándoos en cualquier rincón, no sería una mirona! ¡Hipócritas de...!
--¡Tranquilizaos, nenas! –suplicó Tommy a las chicas, ya que veía que Kathy quería darle un puñetazo a su hermana por lo que le estaba diciendo; por el contrario, Judy parecía muy tranquila, sin haber hecho ninguna mueca ante el intento de puñetazo de la otra--. ¡Veo que podéis haceros pupa, así que quietas, “parás”! ¿De acuerdo?
--Ehm... creo que me he pasado un poco, Kathy –se disculpó Judy, mirando tranquila a la cantante a los ojos--. Perdóname, tía –y volviéndose súbitamente hacía Tommy, que estaba a su izquierda, le abrazó y le pegó un morreo
igualmente de manera súbita. Fue de pocos segundos, unos cinco. Ni él ni Kathy pudieron reaccionar a tiempo para pararla. Él, por supuesto, se quedó con los brazos caídos, al contrario que Judy, que le abrazaba tan fuerte que casi le estruja como a una naranja exprimida. Cuando Judy le soltó, tan rápido como le morreó, al ver la cara medio asustada y con una media sonrisa de él y la inenarrable de ella, dijo:
--¡Es una broma, tíos, ja, ja, ja...! ¿No sabéis pillar una broma? ¡Si cualquiera de los dos quiso hacer esto, Tommy conmigo ó Kathy con Micky! ¡No, no lo neguéis! Si todos queremos romper moldes, ¿no? --Está bien, Judy –contestó Kathy, que trataba de guardar la calma y no arrearle un buen puñetazo a su hermana por la manera en que casi le pone los cuernos de manera tan descarada--. Ven con nosotros –y mirando a su novio, le dijo--: Eh, Tommy, que Judy se venga con nosotros a hacer un paseo por la ciudad, ¿vale? Él, primero, miró fijamente a su novia sin decir nada, como pensándoselo bien, y como no decía finalmente nada, dijo:
--De acuerdo, Judy. Vendrás con nosotros. Y no nos vuelvas a hacer la puñeta, ¿eh? --No, no os haré la puñeta. Si vosotros mismos ya os la hacéis muy bien –contestó la rubia, con su sonrisa irónica. Ellos fingieron que les hacía gracia, con un “je, je, je” que sonaba a falso, que no se lo creían ni ellos mismos. Judy fue a arreglarse un poco, y al estar solos, Kathy y Tommy comentaron lo que le había hecho la rubia. --¿Te ha hecho daño, Tommy? –le preguntó Kathy a su novio.
--No, daño, no. Pero me ha metido la lengua hasta el estómago. ¿Tu hermana siempre besa así?
--¡Y yo qué sé! No soy lesbiana. ¡Haces unas preguntas...!
Él no se atrevía a confesar a su novia que el beso furtivo de Judy le había gustado. Sin que Kathy se diera cuenta, se estaba relamiendo, pensando que ese beso le había gustado. Algo, claro, inconfesable. Su novia se pondría insoportable si se enterara. Finalmente, pensó que, con un buen morreo que le dé después a Kathy, se olvidará de todo.
Cuando los tres ya estaban arreglados, salieron a la calle. Mientras caminaban, hablaban de cosas sin importancia, banales, lo que fuera con tal de olvidar el episodio pasado, amargo sobre todo para Kathy.Cerca de su casa estaba el bar de Manhattan en donde trabajaba Judy, en la calle 57 Este, cerca de Central Park. Pero cómo era Martes, el bar estaba cerrado, así que se fueron a otro próximo a éste. Al entrar allí, Judy vio a dos amigos suyos, Winnie Withfield y Arthur Genovese. Whitfield es directora de cine, que hace películas independientes y algo “underground”, lejos de los circuitos de Hollywood. Es asimismo de ideas feministas moderadas, igual que su colega de profesión Susan Seidelman, la directora de “Buscando a Susan desesperadamente”. Tiene el pelo moreno y bastante largo, estatura muy alta, le gusta llevar ropa deportiva, como ahora, con zapatillas deportivas y todo. Genovese es actor, novio de Whitfield, un chico simpático, moreno, aspecto de ítaloamericano, con un cuerpo que, la verdad, no es que fuese ningún “cachas” a lo Arnold Schwarzenegger, pero a él le importa un comino. Estaban sentados alrededor de una mesa, bebiendo cervezas y que parecían muy coladitos el uno por el otro, cogiéndose la mano muy melosamente por encima de la mesa.
Kathy le saludó, pues también les conocía.
--¡Hola, Winnie! ¡Hola, Artie!
--¡Hola, chicos! –respondió Winnie, al oír una voz y darse la vuelta a ver quién era--. ¿Cómo os lo montáis, bien, mal ó regular?
--Se hace lo que se puede –contestó Kathy--. Veníamos por aquí a tomar unas copas. ¿Qué hacéis ahora?
--Nada, lo mismo que vosotros.
--Sí, ya me he dado cuenta –dijo Judy, al mirar fijamente y de reojo a la pareja aun haciendo manitas. Ahora les preguntó--: Winnie, ¿Has acabado ya la película en la que se lo montaban una chica negra y un chico blanco? --Sí, Judy, guapita, pero también hablo de otras cosas. Que no hago pornografía, como dicen algunos puretas. --¿Pero de qué va?
--De una chica negra y un chico blanco que se conocen y tienen una relación amorosa acojonante. Ella, por ser negra y mujer –resaltó esto último levantando ligeramente el tono de voz--, lo tiene difícil para encontrar trabajo en algún sitio decente. Luego conocen al chico blanco, se enamoran y lo hacen, y tienen problemas por su relación interracial, mal vista por todos y... Eh –pidió finalmente--, no me pidáis que lo cuente todo. Tenéis que ir vosotros al cine cuando se estrene, ¿vale, tíos?
--Pero me han contado que esa escena con los dos en pelotas es muy “fuerte” –dijo Kathy--. ¿Cómo la hiciste? --No, mujer, es una escena de desnudo, de él y de ella, pero es muy suave, muy limpio. No me gustan las escenas de erotismo simple, que eso sólo interesa a los que van a hacerse una paja con una “peli” porno, y también odio bastante las escenas sádicas, de violencia por que sí. Además, soy partidaria de incluir escenas de sexo si son importantes para el argumento, no por que sí. En “Sexo, mentiras y cintas de vídeo” hablaban todo el rato de sexo sin mostrar apenas nada. Y al hacer la escena, quise sacar desnudos a los dos, frontalmente, claro, por que eso de mostrar sólo a la mujer desnuda y al hombre con más ropa que un esquimal a 50º bajo cero, me parece machista.
--Me parece muy bien, Winnie –dijo Tommy--. Espero que los gilipollas puretas de la censura americana no digan ahora que esa escena es pornográfica y se les ocurra clasificar la peli sólo para adultos. --Sí, Tommy, eso pensaba antes. Yo he protestado mucho por que esa censura de mierda sólo vaya contra las escenas de sexo, y cuando es violencia, no haga apenas nada. Mira la violencia de esos mariquitas de Johnny Rambo, de Chuck Norris y mierdas parecidas.
--Te olvidas de Charles Bronson, que para él, si la poli no pilla a uno que él cree que es malo, él mismo se lo carga –le recordó Judy.
--Exacto, Judy. Y encima, a tíos como éste, si le disparan tres tiros, ni le rozan, pero él, sólo con un disparo ya lo manda a hacer gárgaras. Eso es muy amañado, muy falso. No me va.
--Eh, ¿qué queréis tomar, tíos? –preguntó Arthur Genovese--. Ah, y sentaros, sentaros por aquí... –les señaló las sillas de una mesa que estaba cerca de la de ellos, a su izquierda--. Nosotros ahora nos sentamos con vosotros.
Después de haber cogido las sillas, haberse acomodado en la mesa y cogido sus bebidas cada uno/a, se sentaron todos en sus sillas y pudieron seguir charlando de temas tan trascendentes como éste. A cualquier artista estadounidense le preocupaba sobremanera la censura, que se metía desde hacía muchos años en el arte, tanto el cine como la pintura, la fotografía, etc., imponiendo absurdas formas de cómo no se debía mostrar esto ó aquello. Es algo que, desgraciadamente, sigue de actualidad, de una forma u otra.
En otro lugar de Nueva York estaba la casa de Jarvis Delaware, un joven con pinta moderna, que lleva casi siempre ropa y chaqueta vaquera, al más puro estilo americano, aunque es un chico inquieto y culto, un intelectual al estilo de la época, que aprendió a ser así desde su niñez en los años ’70. Además, portaba un pendiente en la oreja izquierda, sin dejar de tener aspecto muy masculino, pero con una ternura y una cierta vulnerabilidad que lo hacía adorable para muchas mujeres. Sabe caer bien a sus vecinos y a sus conocidos/as, sabe ser moderno sin ser raro, ó al menos sin parecer demasiado raro. Tiene el pelo moreno y los ojos castaños, estatura de 1’75 centímetros y algo más de veinte años de edad.
Venía de comprarse unas cosas en la tienda de abajo, y pensaba, bastante enfadado: --¡No te jode! ¡Qué mala suerte tengo con las chicas! Con Valérie ya son cuatro... eh, no, siete, las chicas con las que he empezado una relación y se jode a los pocos meses. Y eso que con Valérie iba bien, que ahora, al menos, somos buenos amigos. ¿Por qué me duran tan poco...?
Dejó las cosas en la cocina y se dirigió hasta el sofá de la salita, para dejarse caer encima. Jarvis Delaware vive solo, hace un año, desde que decidió independizarse de sus padres. De vez en cuando va a la casa de ellos, que viven fuera de Nueva York, en Albany, capital del Estado de Nueva York, a unos 200 kms. de la ciudad. Cuando se independizó, se fue a la gran ciudad, y empezó como humilde repartidor de leche y empleado de una tienda de comida rápida. Mientras tanto, y con su facilidad para ligar, conoció a muchas chicas, y hubo de todo, desde aventurillas de una noche a relaciones que duraron más. Ahora está jodido de esto, pero le distrajo el timbre de la puerta, uno de los que hacen “mec, mec” cuando lo aprietan.
--Hum, debe de ser Marshall –pensó, con total indiferencia en la expresión de su cara. Marshall Griffith es un joven de raza negra, que empezó con las dificultades que arrastran, desgraciadamente, casi todos los de su raza, cosa que ustedes conocen muy bien. Su estatura no es muy alta, como 1’80 cm., y está algo gordo, aunque no demasiado. Cuando entró en casa de Jarvis iba acompañado de su novia, Heather Shaw, una negrita muy guapa, de pelo larguísimo, que llevaba minifalda vaquera. Después de abrazarse amistosamente, se sentaron y empezaron a contarse sus batallitas de la vida cotidiana. Quedaron en encontrarse aquella misma noche con el grupo de Judy y demás. Y sería en un bar importante de la ciudad, y luego irían a una discoteca. En el bar celebrarían el Año Nuevo, y en la discoteca continuaría la celebración, aunque de otra manera, claro. En la calle no lo celebrarían ya que hace mucho frío en Nueva York en esa época del año. Al llegar al bar Jarvis, Marshall y Heather, se sentaron en la mesa de Judy, Kathy, Tommy, Winnie y Arthur. Aquí, parece ser que Judy y Jarvis empezaron a interesarse el uno por el otro, ya que las primeras miradas que se cruzaron, sobre todo desde el momento en que fueron presentados, así lo vislumbraban. Estaba Judy tan abstraída con Jarvis, comiéndoselo con la mirada, que casi no escuchó la voz de George Miravitlles, que le saludaba y venía de hablar con otros amigos, presentes asimismo en el bar: --Hola, Judy –dijo él--. ¿Salimos más tarde, después de que llegue el Año Nuevo, a una discoteca que conozco? --Más tarde, George –respondió Judy, de manera quasi mecánica, sin dejar de mirar fijamente a Jarvis, el cual tampoco le apartaba la vista.
--¿Me presentas a tus amigos? –pidió George, casi suplicando, ya que Judy parecía que no tenía más ojos ni oídos que para Jarvis.
--Sí, ahora... –contestó ella, y fue y se los presentó. Por unos minutos, dejó de fijarse en Jarvis de forma absoluta, aunque varias veces giró la cabeza en la dirección de él.
Después de las presentaciones, volvieron a charlar sobre cosas banales, a veces divertidas, eso sí, pero que no dejaban de ser banales. George miró el reloj, parecía impacientarse, y volvió a insistir:
--Venga, tíos, abrámonos y vayamos a la disco. Ya estoy cansado de estar aquí.
--George, espera, por favor –le rogó Marshall, que le agarró suavemente de la manga de la camisa--. Que ya son casi las doce de la noche. Espera un poco más, que celebraremos aquí el Año Nuevo, mejor que en la calle, con el frío que hace, y luego iremos todos a esa discoteca a mover el esqueleto, ¿vale, tío?
--Vale, tío –respondió George, aunque un poco contrariado.
Y llegó el momento del Año Nuevo. Todos brindaban efusivamente, gritando “¡Felíz Año Nuevo!”, “Que el nuevo año sea mejor”, “Si es malo, que no nos joda tanto como el otro”. Ésta última frase, de Arthur, hizo reír a toda la concurrencia del bar. Winnie, su novia, sonrió mucho la gracieta de su pareja, pasándole la mano por encima del hombro con fuerza, para que no se le escapara. Algunos, al reír, soltaron carcajadas que rayaban en lo grotesco, pero sonaban a la vez espontáneas, nada fingidas. Se fueron luego hacía la discoteca de la que tanto hablaba George Miravitlles, sita en la Primera Avenida, esquina a la Calle 54. Era una de las discos más antiguas de Nueva York, que no acabó desapareciendo como otras después del “boom” de los años ’60. Y tiene un nombre bastante curioso, “Adam’s Apple”, en español “La manzana de Adán”, no sabemos por qué. Arthur y Winnie tenían una curiosa teoría sobre el tema, que es que el que puso ese nombre a la discoteca era un cachondo mental, pero ahí se queda, en una simpática gracieta.
Allí bailaron mucho tiempo, brindando de nuevo con champagne francés, muy frío. Ello, añadido a las bebidas que ya habían tomado en el bar, les hacía sentirse más alegres. Jarvis y Judy cada vez estaban más enamorados el uno del otro, y al bailar ó sentarse, siempre se encontraban muy cerca.
Judy le lanzaba miraditas y caídas de ojos que a Jarvis le derretían. Cada vez se sentía más atraído por ella. Y la cosa llegó a una canción de éstas que las parejas han de bailar “agarradas”. Judy no pudo resistirse más, y en medio de la canción, le besó a Jarvis en los labios. No un besito de un segundo, sino uno largo. Él no se resistió para nada, y al estar abrazados, él la abrazó con más fuerza. Siguieron moviéndose al ritmo de la canción, sin dejar de morrearse.
De vez en cuando dejaban de bailar y se sentaron en un sofá, para conversar mucho y conocerse más, aunque lo que más ganas tenían era lo obvio, como todas las parejas: besarse sin parar. Y Judy decidió sentarse sobre las rodillas de Jarvis para rodear su cuello con sus brazos y morrearse sin parar, de manera suave, cadenciosa, con tiempo eterno para hacerlo.
Las demás parejas iban a su bola, como es de suponer, así que varias veces, durante toda la noche, no echaron de menos a Jarvis y a Judy. Sólo hubo algún comentario tipo “¡Mirad esos dos!”, al verlos en total dedicación a su amor recién empezado. Y muchos señalándoles con el dedo, sobre todo ellos, ya que ellas pensaban que todo ello les parecía romántico. Para no ser menos que ellos, las parejas Winnie-Arthur, Kathy-Tommy y Marshall-Heather se pusieron a hacer lo mismo. Se sentaron en otros sofás, y convirtieron la zona en una especie de concurso de besos.
Sobre las cuatro menos cuarto de la madrugada, decidieron irse ya a sus casas. Judy y Jarvis iban en el coche de Kathy y Tommy, y no paraban de besarse. Los dos últimos se dieron cuenta de ello, y decidieron llevarles a casa rápido, pues ya no parecían reconocer el mundo exterior, como si fueran de otro planeta. Jarvis pidió que les llevaran a su casa, y Judy asintió, sin dejar de tener sus manos rodeando el cuello de él. Llegaron a la calle en donde reside Jarvis y se apearon del coche. El coche salió rápido, aunque sin arrancar de esa manera tan exagerada que se ve en las películas. Después de pasar la puerta de la calle, subieron en el ascensor al piso en donde está su casa.
Mientras subía el ascensor, se lanzaron más miraditas de enamorados, y Judy decidió ésta vez conversar:
--Jarvis, ¿en qué trabajas?
--En nada importante, tía: en una tienda, una droguería. No soy un científico que haga televisores de alta definición ni chorradas parecidas. ¿Y tú, en qué trabajas?
--Tampoco soy una sabihonda, tío: en un bar, cerca de aquí. Soy camarera. Así que los dos nos lo montamos como podemos...
Judy interrumpió su perorata al llegar el ascensor a la planta a la que tenían que ir. El chico abrió la puerta de su casa con la llave sin dificultad y entraron.
Judy observó, con atención, tranquilamente y sin prisas, cómo era la casa de su nuevo amor. Él preguntó:
--Judy, ¿te gusta la casa? No está mal, ¿eh?
--Eh... sí, Jarvis. Está bien. No es la Casa Blanca, pero mola, tío.
Jarvis soltó una risita.
--No me vaciles, tía. Seguro que tu casa es igual de chunga, ¿no? Y si lo es, no hay que avergonzarse.
--No, Jarvis, no me avergüenzo. Tampoco la mía es como...
--...La Casa Blanca. Ya lo sé –le interrumpió Jarvis--. Ah, puedes sentarte donde quieras, y ahora seguimos hablando, de lo que quieras. Si quieres que hablemos de chorradas, podemos hacerlo. Hoy no estoy muy trascendente –y le señaló con el dedo un sofá no muy grande, que parecía de segunda mano, pero que todavía estaba de buen uso. Judy se sentó en él.
Enfrente del sofá había una estantería de tres estantes, con algunos libros, un radio-cassette no demasiado grande, algunas cintas de cassette, unas grabadas u otras originales, algunos periódicos atrasados... Jarvis se sentó, diciendo:
--Bien, voy a poner algo de música, cariño, que esto parece un funeral.
--¿Qué música tienes? –preguntó ella, levantándose del sofá, andando a donde estaba él, para abrazarlo y besarlo tiernamente, como toda pareja enamorada.
--Nada de especial –contestó él, mientras se abrazaban y besaban. En algun momento levantaba la mano derecha de los hombros de Judy y dejaba de besarla para señalar los cassettes que tenía--: Bruce Springsteen, Madonna, Queen, Jimmy Hendrix, mucho rock’n’roll... También tengo otras cositas. A mí me mola mucho la música, si es buena, da lo mismo el género. Hasta tengo algo de música clásica: Beethoven, Chopin, Strauss... --Veo que tienes un póster de “Twin Peaks” –señaló ella con el dedo índice de la mano derecha un póster de la famosa serie de televisión, de tamaño bastante grande, que veía colgado en la pared. El famoso póster de la imagen, al fondo, de los picos gemelos que dan título a la serie y el letrero de “Bienvenido a Twin Peaks”. --Sí –respondió Jarvis--. Todo el mundo ha visto la serie. Rompe moldes. Y su música también. Me mola. ¿La has oído, Judy?
--Sí, mucho. Yo soy una rockera, como mi hermana Kathy, pero esto también me flipa mucho, tío. Me gustaban los personajes de Audrey Horne, que era una arpía, pero me molaba. Ó el agente Cooper, ó Norma Jennings, ó Laura Palmer... Eran todos de puta madre, Jarvis.
--Ya... yo también hubiera querido ser cualquiera de esos personajes.
--¿Qué...? –Judy abrió los ojos mucho, al quedarse asombrada de la confesión sincera del chico, que incluía que le hubiera gustado ser cualquiera de los personajes de la serie, incluyendo los femeninos. Mantuvo la sonrisa a pesar de todo, pensando que él quería vacilarle--. ¡Pero si eres un tío!
--Ya lo sé, Judy, pero para esto no hace falta ser una chica. Todos deseamos montárnoslo como Laura Palmer, aunque acabara tan mal. ¿No te parece?
--Sí, mi amor, ya veo que no eres ningún gilipollas ni jodes con chorradas. Y si fueras así, te diría que te folle un pez, que te vayas a tomar por culo. ¡Ja, ja, ja...! –se rió Judy al darse cuenta de la cantidad de tacos que soltaba. Jarvis también se rió, quizá por quedar bien.
Con la mano derecha, que le quedaba libre, ya que durante todo el tiempo no había dejado de abrazar a su chica, Jarvis cogió una cinta de cassette. Era precisamente la de “Twin Peaks”.
--Ya puestos, ¿quieres oír la música de la serie?
--Claro que sí, cariño –ella le dio un besito suave en la mejilla izquierda.
--¿Desde el principio?
--No, me gustaría oír el tema de Audrey Horne, ¿te acuerdas? Cuando ella baila al poner el tocadiscos y sonar ésta música.
--Eso es. ¿Desea algo más la señora? –dijo Jarvis poniendo acento británico, como un típico mayordomo inglés. Judy rió la ocurrencia.
--No, nada más, Bautista. Puedes retirarte –contestó ella, imitando asimismo el acento de las Islas Británicas, con un toque de “cockney” londinense.
Jarvis buscó la música, que era la tercera, después del tema de los títulos de crédito de la serie y el tema de Laura Palmer.
Empezó a sonar el tema de Audrey Horne. Es algo largo, de unos cinco minutos de duración. En la serie, claro, sólo se escucha una parte.
Judy se separa de Jarvis, que había ido hasta el radio-cassette para poner la cinta, y se apoyó en la pared. Empieza a escuchar el tema con atención, casi como si estuviera en éxtasis, como una monja cuando siente la presencia de Dios.
--Me encanta –dijo ella suavemente, casi susurrándolo.
--A mí también –contestó Jarvis, pero no en el mismo sentido, claro.
Judy, cuando ya el tema musical iba por su primer minuto de duración, se separó de la pared y empezó a bailar. Como si quisiera imitar a la actriz Sherilyn Fenn, que en la serie “Twin Peaks” interpretaba a la intrigante Audrey Horne, hija del no menos intrigante Benjamin Horne, bailaba de una manera muy cadenciosa, suave, lenta. Extendía los brazos de manera suave, como si se tomara su tiempo. Irradiaba sensualidad a tope.A partir del segundo minuto, Jarvis, que había estado observando entre fascinado y maravillado a su ligue, se incorporó al baile, bailando igual que ella, con la misma sensualidad que ella y la misma lentitud y cadenciosidad para el baile en cuestión.
Finalmente, ya por el cuarto minuto, se acercaron poco a poco el uno al otro y se abrazaron, igual de suave y lentamente. Unos quince segundos antes del final se morrearon.
Al acabar el tema, como estaban bien cerca del radio-cassette, Judy extendió una mano para pararlo. Y esto sin separar los labios de los de Jarvis. Volvió a cerrar los ojos para concentrarse de nuevo en el beso, aunque la expresión de su cara parecía una especie de semi-sonrisilla irónica.
Separó los labios finalmente, para susurrarle a Jarvis en su oreja izquierda:
--¿Hacemos el amor?
Seguidamente, sin esperar respuesta, volvió a besarle en la boca y repartió varios besos por todo el rostro de su chico.
--Claro que sí –contestó él, con otro susurro a la oreja derecha de ella.
Judy sonrió, feliz. Pero se le ocurrió algo, que se lo propuso a Jarvis:
--Espera, cariño. Se me ha ocurrido algo para antes.
--¿Algo? ¿De qué hablas? –él no comprendía nada.
--No te preocupes. Es un juego.
--¿Un juego? ¿De esos raros?
--No, no, raro, no. Tranquilo, yo no soy de esas gentes raras que les gustan las cosas retorcidas y sadomasoquistas. Odio a esa clase de gente, tío. Me hacen vomitar.
--A mí también.
--Verás, Jarvis, es montarnos un “strip-tease”.
--¿Ah, sí?
--Claro. ¿Nunca lo has hecho?
--Sí, alguna vez. Pero no tengo gracia para esto, tía. Vosotras tenéis más gracia.
--Eso es un tópico, cariño. Claro que como éstas cosas están hechas para vosotros, pues claro, preferís que lo hagan las tías. Y vosotros, no os sacáis ni los zapatos.
--No, Judy. Yo soy igualitario. Creo que los tíos también tienen que hacer esto, no sólo vosotras. Ya tuve discusiones con amigos míos por esto. Y para demostrarlo, he hecho esto.
--Ah, eso está muy bien –se maravilló Judy.
--Y para que veas que tengo valor, aunque me cueste tenerlo, haré un “strip-tease” ahora mismo. --Me encanta, tío. Digo que me encanta que los tíos tengáis valor para hacer cosas, aun sabiendo que pueden demostrar que no tenéis esa “hombría” que tanto decís que tenéis.
--Perfecto. Con ésta contestación lacónica, Jarvis dio por terminada la conversación sobre el tema para empezar aquello. --¿Quieres que lo haga con música? –preguntó él, que buscaba alguna cinta de cassette entre las que tenía. --No hace falta, cariño –le tranquilizó ella, que quería taparse la boca para que no se le viera reír--. Puedes hacerlo sin música, ó tarareándola, ó como coño quieras. Anda, no te cortes, joder...
Y así empezó un show bastante divertido, ó al menos eso le parecía a ella, que no paraba de soltar risitas, aunque sabía disimularlas en medio de sonrisas de enamorada. Se apoyó aun más en la pared y cruzó los brazos. No lo hacía mal. Cuando se quitaba de la cabeza la vergüenza y la sensación incomodísima de hacer el ridículo, le fue saliendo mejor. Se mentalizó como hacen las mujeres que hacen éste tipo de espectáculos, y así fue mejorando, no es que al final fuera una maravilla, pero con honestidad, mejoró.
Cuando él ya se había quedado desnudo, se sentó sobre la cama. Miró a Judy y dijo:
--Bien, Judy, ya está. Espero que te haya gustado. Ahora te toca a ti.
--Marchando, tío –contestó ella.
El show de ella fue mucho mejor, la verdad. Parecía que ya hubiera hecho aquello más veces, pues demostró una soltura poco habitual en “amateurs” de éste tipo de cosas. Transmitía una sensualidad irresistible, que Jarvis podía intuir perfectamente, y a duras penas podía disimular su nerviosismo y su cada vez más alta atracción por su chica.
Al quedarse desnuda, se acercó a él, que se levantó del borde de la cama en donde estaba sentado viéndolo todo, y con toda suavidad, ternura y lentitud se abrazaron, fundiéndose en un largo abrazo y beso, todo a la vez. Poco después, se dejaron caer sobre la cama, e hicieron el amor. Decidieron olvidarse de que era la primera vez que lo hacían, y sólo se preocuparon de gozar y hacer gozar a su pareja. Siempre con ternura, nunca con violencia. Eso lo tuvieron claro desde siempre.

(1): Serie de televisión estadounidense, popular en España a finales de los años ’80, emitida primero por TVE y después por la cadena privada Tele-5. Narra las aventuras cotidianas del dueño, los camareros y los habituales clientes de un típico bar americano, un “pub” en la ciudad de Boston. Estaba protagonizada por Ted Danson, Shelley Long, Kelsey Grammer, George Wendt y otros.

(CONTINUARÁ...)