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dimarts, 5 de juliol del 2011

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo XIX)







CAPÍTULO XIX





Judy tuvo un sueño bien curioso aquella noche. De trasfondo tragicómico, según se mire...
En él, Judy iba por la calle, tan tranquila, paseando. Iba por una de esas calles anchas de Nueva York, como la Quinta Avenida. Cerca de allí vio pasar a Jarvis, que casualmente paseaba asimismo por la misma zona. Ella decidió correr hasta donde él estaba, y él asimismo. Corrieron el uno hacía el otro. Pero se dieron un trompazo tremendo, contra algo invisible.
Tapándose sus respectivas narices, amoratadas por el golpe, se dieron cuenta de que allí había un cristal, un cristal que estaba tan bien limpio que parecía invisible a simple vista. Soltaron tacos y se acordaron de la familia de quien lo había puesto allá.
Intentaron franquear aquel maldito vidrio, pero fue imposible. Parecía que les separaba definitivamente, ya que buscaron alguna rendija para cruzarla y poderse abrazar desesperadamente. Fue imposible; aquella espantosa barrera no tenía fin.
Tenían unas caras de espanto, de impotencia, de angustia, al no poder abrazarse de ninguna manera.
Judy se despertó a la mañana siguiente, acordándose aun de aquella escena. Tenía ganas de llorar. El sueño aquel era como un simbolismo, el equivalente a su ruptura, el no poder volver a ser felices los dos juntos.
Quería morirse. Volvió a llorar.
Mientras tanto, Jarvis tampoco tenía una existencia feliz después de la ruptura con Judy. Ya habíamos contado el numerito que estaba montando en un bar y cómo fue consolado por la camarera del mismo, una mujer de unos treinta y cinco años. Él había vuelto a su casa, y él quizá le había dado lástima a ella, dándole buenos consejos para mejorar.
Pensaba telefonear a Judy, pero... ¿y si ella no quería volver a verle el pelo? ¿Y si directamente le mandaba a la mierda y se dejaba de buena educación?
No sabía qué hacer.
Giró la cabeza a la izquierda y vio una cuerda que había para atar los periódicos viejos, y pensó ahorcarse con ella.
Como en las películas de risa, al ir allá, pegó un resbalón.
¿Con qué? Con una piel de plátano, que había quedado allí después de comerse uno, pero olvidándose de tirarla seguidamente a la basura.
Se dio un golpe fuerte, como el de Judy.
Aunque menos aparatoso que el de ella.
Se tocó la frente, que le sangraba un poco. Le dolía mucho. Soltaba breves gemidos. Consiguió levantarse torpemente y dirigirse al pasillo.
Abrió la puerta y llamó al timbre de la casa vecina. Pulsó dicho timbre tres veces, apoyándose con dificultad en la pared, mientras seguía gimiendo y haciendo muecas por el dolor.
Le abrió su puerta una chica con un “look” bastante moderno, que parecía sacada de una película de Almodóvar, y se asombró mucho al ver de aquella manera a su vecino, sobre todo la frente sangrando.
--¡Ostras...! –exclamó la joven--. ¿Qué te ha pasado, tío...? ¿Querías clavar un clavo y no tenías martillo?
--¡No, ay...! –gimió nuevamente Jarvis, tratando de taparse con la mano el corte de la frente, con algún hilillo de sangre aun merodeando por ella--. ¡Ayúdame, Peggy, ay...! ¡Me he hecho mucho daño!
--¿Un poco de daño ó mucho?
--¡Si no estoy muerto, es que son las dos cosas!
--No entiendo, tío... ¿Es mucho ó poco lo que te duele...?
Aquello ya parecía uno de aquellos “diálogos para besugos” que se podían leer en los cómics españoles de los años ’50 en adelante, y fue Jarvis de una vez al grano:
--No nos pongamos graciosos, Peggy. ¡Me duele mucho!
--Bien, pasa, Jarvis...
Le ayudó a entrar en su casa. Buscó vendas, alcohol, algodón y algunas cosas más para curar la herida. Mientras le ponía una venda alrededor de la cabeza, ella le preguntó:
--¡Joder, tío...! La herida ésta es muy chunga. ¿Cómo te la has hecho?
--Pues... te parecerá una locura, pero es que quería ahorcarme...
--¡Coño...! –exclamó Peggy, que casi se le cae la venda restante rodando por el suelo.
--Eso, coño... Me quería colgar, pero en ese mismo momento pisé una piel de plátano y me golpeé. Aquí tienes el resultado –señaló Jarvis la frente vendada.
--Tío, te comprendo... Dos veces he pensado en las últimas semanas en tirarme por la ventana.
--Y yo.
--Qué morbosos nos hemos puesto ahora, tío...
--Sí.
Peggy Fontevecchia curó a Jarvis, y éste, agradeciéndoselo, le dijo que un día la invitaría al cine. Ella dijo que de acuerdo, que ahora que cortó con su último novio, no sabía con quien salir. Él regresó acto seguido a su casa. Telefoneó a su trabajo, diciéndole a su jefe que con la cabeza así no podía trabajar. Su jefe lo comprendió y le dio permiso para quedarse en casa hasta que estuviera mejor.
Judy, como ya saben, estaba en la misma situación.
Pero no nos quedemos ahora exclusivamente con ellos dos. Pasemos a Winnie Withfield, que continuaba con el rodaje de su película sobre los hispanos. Aprovechó un descanso en el rodaje de la misma para telefonear a Judy e interesarse por su vida, tranquilizarla y darle ánimos. Lo mismo hizo con Jarvis seguidamente.
Ella no dijo en ningún momento a ninguno de los dos que acababa de hablar telefónicamente con el otro, por supuesto.
Los dos decían que intentarían animarse, ya que hablaron de manera indiferente, como mecánica, algo que Winnie, con una manera de hablar quasi maternal, intentaba arreglar.
Lo único que hizo Winnie que no tuviera estrictamente que ver con esto de animar a la gente es decirle a Judy que trataría, en una próxima película, el tema que la rubia le había sugerido de los hermafroditas y que así no existiría la frustrante diferencia entre sexos.
Al transcurrir una semana, Judy había conocido a un chico, bastante simpático, pero con el cual no duró mucho su relación. Sólo seis días. Decidieron cortar amistosamente. Ella volvió a acordarse de Jarvis, al cual intentaba olvidar desesperadamente, pero no lo conseguía.
Pensaba telefonearle, coger el teléfono y ring-ring. No se atrevía aun a hacerlo, pero quería hacerlo, no podía evitarlo. Y al mismo tiempo la idea le repelía, le daba un terror inmenso.
Finalmente decidió reunir mucho valor.
Descolgó el auricular.
Esperó el tono para marcar.
Marcó el número de teléfono de la casa de él.
Esperó que sonase el tono de llamada.
Sonó una vez.
Judy estaba excitadísima.
Judy estaba nerviosa.
Muy nerviosa.
Suena el tono de llamada por segunda vez.
Judy notó que el corazón le latía a cien por hora.
Empieza a sudar.
Tercer tono de llamada.
Sigue nerviosísima.
Cuarto tono.
Ella, cada vez más nerviosa. Es ya demasiado para sus fuerzas.
Asustada, cuelga el teléfono frenéticamente.
Estaba hecha polvo. Decidió volver a intentar la llamada...
Primero tomó aire y volvió a marcar el número de teléfono.
Esperó a que sonara el tono de llamada. Sonó una vez, y pasó por las mismas sensaciones anteriores, pero ésta vez, después del primer tono, alguien descolgó el teléfono al otro lado.
Era Jarvis, claro está.
--¿Sí...? –preguntaba él.
--¿Jarvis...? –preguntaba ella, todavía con algo de miedo e inquietud.
--¿J-Judy...? –él, de golpe, parecía estar igual que ella, y tartamudeaba, al reconocer la voz de su ex novia.
--¿J-Jarvis..., po-podemos ha-hablar...? –le preguntó Judy, a duras penas.
--S-sí, Judy, ha-hace tiempo que... que no te oía...
Tomaron los dos aire, antes de continuar con la conversación.
--Judy, yo... perdóname... –pudo decir Jarvis, entre tartamudeos, respiración agitada y a punto de llorar.
--I-iba a decirte lo mismo... –dijo ella, en la misma situación que él.
--¿Podemos hablar en tu casa?
--Sí... Creo que tenemos que arreglar muchas cosas juntos.
--¿Ahora mismo?
--Si quieres, sí... Yo no tengo nada que hacer ahora...
--Dabuten... Voy a tu casa. Hasta luego.
--Hasta luego.
El tramo final de la conversación telefónica fue de perlas, sin problemas.
Después de colgar el auricular, Judy, en poco tiempo, llegó a casa de Jarvis. Llegó y pulsó el timbre de la puerta, con algo de impaciencia.
Fueron cuatro veces las que pulsó el timbre, como si intentara componer una melodía, y seguidamente se sintieron unos ruidos sordos en el interior de la casa, como unos pasos apresurados.
Al abrir él, ella, sin esperar siquiera a los saludos de rigor, se echó literalmente encima de Jarvis. Y él dejó digamos que lo hiciera. Se abrazaron, se besaron en la boca con una pasión quasi caníbal, y cuando se quisieron dar cuenta, ya estaban por el suelo, así de abrazados.
Además se morreaban. Bien, era Judy la que morreaba con más pasión que Jarvis, ya que él aun estaba desconcertado, al no esperar que ella llegase y se pusieran inmediatamente “manos a la obra”. Los dos llevaban tiempo sin besarse con nadie.
Cuando paró ella, se levantaron, cerraron la puerta, que había quedado abierta (por fortuna ningún vecino les vio ni les oyó), y se volvieron a abrazar tranquilamente, ahora con más intimidad que antes, los dos de pie, hasta que Jarvis dijo:
--¿No crees que nos equivocamos con la idea aquella del “ménage-à-quatre”?
--No, tío, si la idea podía ser buena –respondió Judy--, pero era una utopía.
--Claro. Las utopías a veces están para intentarlas –reflexionó Jarvis.
--Es cierto. Si no, nos aburriríamos en éste mundo.
--Claro... pero... –Jarvis intentó retomar el tema primitivo de otra manera, no de aquella manera tan filosófica y profunda con que de repente lo habían abordado-- ¿podemos intentar empezar como si no hubiese pasado nada...?
--Podemos... sí...
Ésta fue la respuesta de Judy, aunque a simple vista parecía que no estuviera ninguno de los dos de acuerdo al 100 %.
Se sentaron en el sofá y se morrearon, ésta vez los dos al mismo tiempo.
Nótese que ya no llevaban las vendas por los golpes sufridos en las situaciones ya narradas. Sólo tenían una pequeña cicatriz, que ni repararon en ellas, ocupados exclusivamente en la labor que ansiaban desde tiempo ha: morrearse con su ex pareja.
Todo eso fue el principio de lo que vino después. La cama, claro. Aunque los dos son bastante racionales, hay instintos pasionales y animales que no pueden reprimir. Y ésta era la manera que tenían de demostrarlo el uno al otro.
El tiempo invertido en ésta demostración fue variado. Un cuarto de hora, media hora... Lo que hizo falta para ello, para una demostración más eficaz que la de un vendedor de aspiradoras.
Se quedaron tendidos sobre la cama, desnudos, mirando el techo con mirada un tanto perdida. En la boca, una sonrisa feliz, aunque moderada. Las manos detrás del cogote.
--Lo hemos hecho como en la primera noche, cuando nos conocimos, ¿te acuerdas? –recordó Judy--. En aquella noche de Año Nuevo.
--Casi igual... –opinó él--. Ningún polvo es igual.
--No me salgas ahora así... No, no decía que saliese igual...
--¿Hablamos de cosas menos trascendentes?
--Bien, hablemos...
Ella no parecía estar por la labor de hablar de cosas que no fuesen tan trascendentes, pues en aquel momento le apetecía hablar de cosas que no fueran meras trivialidades, chorradas de encefalograma plano que a veces tanto les agrada hablar a la mayoría de estadounidenses, al menos los de la llamada América Profunda.
Finalmente, después de varios segundos callados, sin saber bien de qué tema hablar, ella atacó con:
--¿No te parece bien trascendente esto de que hayamos follado, así de golpe, cuando parecía que habíamos jurado que no queríamos volver a vernos ni en foto?
--Exacto... Ni oírnos la voz por teléfono...
--Pero ahora ves que no ha sido así.
--No, claro que no.
--Cosas más extrañas se han visto... –reflexionó Judy-- ¿Te acuerdas de Reagan y Gorbachov, dos políticos tan distintos que mira cómo se han acercado...?
--Sí, Judy, lo que pasa es que la política es muy rara. Más rara que un perro amarillo.
--¿Qué hora es...? –preguntó de repente Judy, cambiando de tema.
--Las ocho y cuarto –contestó Jarvis después de buscar en la mesita de noche su reloj de pulsera.
--Oh, Jarvis... –dijo ella, con voz como de pesar—Tendré que irme a casa. Mi familia no sabe nada de esto, claro, y no quiero que sospechen nada; ya les contaré esto poco a poco.
--Bien, pero no quiero que parezcamos unos criminales...
--¿Criminales? ¿Por qué?
--Por nada, Judy... Es que si nos hemos visto, que yo sepa le caía bien a tu familia. El que no les digas nada ó se lo cuentes todo, hasta lo que hemos hecho durante un buen rato en la cama, da lo mismo... pero que no parezca que hayamos violado la Ley.
--Mañana volveremos a vernos.
--Claro.
Pero antes de irse Judy, Jarvis vislumbró que ella dudaba, pero mucho. En plan Hamlet.
Ella se vistió, mientras Jarvis aun permanecía sobre la cama, tendido boca arriba y desnudo, por lo que ella, de reojo, podía contemplar su hermoso cuerpo y causarle cierta lujuria el vislumbrar su miembro, igualmente grato para la vista, si lo vemos desde el punto de vista de un escultor, sea griego clásico ó del Renacimiento italiano.
Estaba ella a punto de salir, pero él le vio la cara, demasiado seria y preocupada, como la de un político en una situación-límite, a punto de tomar una decisión trascendental, terrible, que podría traer la paz ó el Apocalipsis. Jarvis estaba mosqueadísimo con aquella cara, así que no aguantó más, y le preguntó:
--¿Te preocupa algo?
--Sí, que parece mentira que nos hayan pasado tantas cosas así y todavía hemos podido follar como si nada.
--Es lógico, reina, estábamos desesperados... y además, aun nos queremos.
--Puede ser...
--Mucha gente es así de voluble, es como lo que decíamos de la política... ¿Te acuerdas del “ayatollah” Jomeini, ese tío del Irán?
--Sí, menos mal que ya la palmó...
--Pues al principio le apoyó Occidente contra el Sha de Irán, y luego se volvió su enemigo. Aplica esto a nuestra relación.
--No me parece un buen ejemplo, pero vale... –opinó Judy, con la cara aun más “hamletiana”.
--Y quién sabe si mañana estaremos bien ó no.
--No llames al mal tiempo, Jarvis, cariño, que da mala suerte.
--Lo siento.
Largo rato continuaron con ésta conversación, pues les entró la vena filosófica, algo lógico al ser dos seres sensibles e inquietos por todo lo que les rodea. Ésta es una extracción de lo que dijeron posteriormente a lo leído antes:
--Joder, Jarvis –dijo Judy--, eso es filosofía y no otras mierdas.
--No jodas tú con las palabras, Judy. Yo tampoco lo sé. Será que todo el mundo, en el fondo, es así de gilipollas, y lo que es blanco será luego negro.
--¿Eso es filosofía ó un tópico como el Estado de Alaska?
--No, es un tópico. Pero para filosofía vale. ¿Ó no...?
--Bien, quizás mañana estaremos otra vez mandándonos a la mierda y...
--Te dije que no digas eso, que da mala suerte –suplicó Judy, cruzando los dedos.
--Qué exagerada eres, guapa.
--No, Jarvis, es que me asusta todavía que esto, el volver a estar juntos, sea pasajero, que sólo nos llegue hasta mañana ó hasta dentro de unos días, cuando nos hayamos vuelto a cansar el uno del otro... Joder, que se nos puede estropear otra vez, tío, si nos entusiasmamos demasiado... –dijo, con una cierta angustia en la voz.
--No seas pedante, por favor.
--Perdona, coño... –ella cambió de tono, irritada por el tono menospreciativo de él—He soltado chorradas del carajo. ¿Te vale así...?
Judy había cambiado su tono al hablar y empezó a hacerlo como un camionero ó un chulo de barrios bajos, inclusive en el tono al hablar, en el “slang” norteamericano, un equivalente local del “cheli” de los barrios bajos de Madrid (España). Ello sorprendió a Jarvis.
--Eh, Judy, cariño, cálmate… Decía que te has puesto en un plan pesimista a tope. Y eso no ayuda nada a nuestra relación. ¿Cómo queremos que prospere si sólo pensamos en que va a durar poco, que mañana ya no nos podremos ni ver siquiera...?
“Además... –dijo, después de una pausa de varios segundos--, ¿siempre te pasas de un extremo al otro?
Judy no supo qué responder. Se quedó mirando a Jarvis. Le brillaban sus hermosos y grandes ojos azules, que no se sabía si iba a llorar, a lanzar improperios contra él por su pregunta sarcástica, a...
Finalmente, ella contestó:
--Mañana ya hablaremos más, cariño. Estaremos más tranquilos.
Se besaron y abrazaron apasionadamente. Ella vestida, él desnudo. No les importaba.
Ella fue a la puerta sola, ya que Jarvis, por razones obvias, no estaba presentable para abrirle la puerta y correr el riesgo de que alguien del pasillo le viera así, sobre todo alguna vecina madurita, una de aquellas miles de casadas aburridas que tanto hay por ahí, que en secreto sueñan en tener alguna aventura con él, sobre todo sexual. Pero como en aquel edificio abundan otras vecinas que son cotillas, más que otra cosa en el mundo, no se atreven, y tienen que conformarse con tener sueños eróticos con él. Jarvis Delaware, en el fondo, siempre había despertado en las mujeres un instinto maternal, dada su sensibilidad y encanto, cosa que él sabía, pero como ciertas cosas no pueden ser llevadas a la práctica por razones morales, todo ello se quedaba en un simple sueño, bonito, pero sólo sueño.

TOT ACABARÀ BÉ... SI ANÈS BÉ (Capítol XVIII)









CAPÍTOL XVIII





A l'endemà, la Judy es va anar a la feina treballant, no obstant això, millor que mai, opinava el seu amo, que no tenia res de semblant amb en Ted Danson de la sèrie televisiva “Cheers”. Ell opinava que aquella comparança era solament una casualitat, ja que el bar tenia certa semblança amb el de la sèrie.
--Crec que li augmentaré el sou –va pensar per a si mateix.
Gairebé acabant la jornada laboral de la Judy allí, va arribar allí en Curtis Greene.
--Merda...! –va pensar Judy. El que menys volia en aquest moment era trobar-se'l cara a cara.
--Hola, Judy –li va saludar ell--. Em serveixes una Coca-cola?
--Sí, ara –va contestar la rossa, tractant d'aparentar tranquil•litat i posant el mateix somriure que posa a tots els clients del bar.

--Que véns després amb mi?
--No ho diguis aquí, si et plau –li va suplicar la Judy, baixant la veu.
--Ah, és veritat, vols ser molt discreta... T'entenc –va comentar en Curtis, condescendent.
--Curtis, tenim un problema...
--Qual?
--Crec que... –la Judy va intentar dir-se'l clar i català— en Jarvis, el meu nuvi, ja sap tot allò dels polsos que tu i jo ens hem fet.
--Els polsos...? I com...? –es va espantar un poc en Curtis, tement la venjança d'un nuvi gelós.
--Tranquil, nano... –li va tranquil•litzar la rossa, tranquil•la així mateix— Ja t'ho explicaré més tard, que ara he de treballar... El meu amo m'ha dit que treballo avui tan bé que potser em pujarà el sou. No vull desaprofitar això.
--Enhorabona, maca... Que ens trobem a casa meva, com sempre?
--Sí, és clar... Ara, pren-te la Coca-cola –la hi va servir. Tot seguit, ella va seguir treballant.
Quan la hi va haver begut, d'un glop, va pagar la consumició i es va marxar, no sense abans acomiadar-se:
--Adéu, Judy.
--Adéu, Curtis.
Més tard, en acabar la seva jornada laboral, la Judy es va anar a la casa d’en Curtis, i va pujar al pis on hi era, per a trucar a la seva porta. La va obrir ell.
--Hola, Judy. Pots entrar... –va dir en Curtis, content per veure-la allà.
--Gràcies, maco –va contestar ella, amb un somriure.
La Judy va entrar i va tancar la porta al darrera. Després, quan ja s'havien instal•lat en el sofà de la sala, ella li va dir:
--Curtis... Et vaig contar en el bar que el meu nuvi, en Jarvis ja sap que ho vam fer, ¿oi que sí?
--Si. Què passa...? T'ha prohibit que tornem a veure'ns?
--No. Veuràs...
I l'hi va contar tot, amb detall, gairebé com un llibre descriu una escena minuciosament. Ell, és clar, no semblava creure's gaire el que hi havia escoltat, si s'ha de jutjar per la seva expressió.
--Em vacil•les...? –va preguntar.
--No, nano. És veritat –li va assegurar la Judy.
Encara que la Judy va insistir força en això, en Curtis seguia sense creure-s’ho totalment. Potser caldria dur-li a casa d’en Jarvis perquè ell mateix l'hi confirmés, va pensar ella.
Aquí, com moltes vegades, la Judy també es va posar a pensar coses, potser coses que li fotien bastant, i veient que al Curtis li fotia molt tot allò que el nuvi d'ella sabés que ella li posava les banyes amb ell, a més de tenir, diguem, que compartir-la amb un altre, semblava que li minvava la seva homenia. La Judy va pensar sobre això:
--Merda...! Ja s'ha posat com gairebé tots els paios, en pla mascle ofès! No, si tots fóssim hermafrodites, sobretot els paios, no passaria això!
Els hermafrodites són animals que són mascle i femella alhora, com els cargols. La Judy hi pensava així que d'aquesta manera s'acabarien aquestes diferències i d’altres entre homes i dones. Podrien semblar reflexions absurdes, però per a ella no ho eren tant. Tenien la seva lògica, si aprofundim en elles.
En passar uns dies, es van trobar tots, quedant a intentar conviure, a veure si podia sortir una mica bo d'aquell aldarull...
...Però va passar un mes, i ara veiem en Jarvis, assegut en un banc de fusta de Central Park, trista, amb el cap baix, enfonsat, com si se li hagués mort la família sencera. Va tenir ganes de plorar, però com hi era a un banc públic, a la vista de tothom que hi passava, li feia vergonya, l’hi tallava, diguem-ne, plorar obertament, i pensava que el millor era anar-se a plorar a casa seva.
Ara no tenia ganes d'anar-se d'allà, doncs encara tenia molt dolents records del que va succeir allà. I que va provocar que tot, la seva relació sentimental amb la Judy, l'embolic amb la Kimmy, tot, van acabar anant-se en orris.
Que ell i la Judy hi havien trencat...?
Sí, sembla increïble, però això els va passar.
Si hem passat, així de cop, de quan començaven aquella aventura fins que ens trobem en aquest estat tan lamentable, és per a no avorrir-los amb detalls que tampoc no són gens importants. I a més, són més aviat obvis.
No obstant això, ja farem alguna observació per a mostrar què és el que va passar.
En Jarvis va intentar fullejar el diari que duia i va mirar les pàgines d'espectacles, on parlaven de la nova pel•lícula de la Winnie, que ja els quedava poc de temps per a finalitzar el seu rodatge.
Ja que tenia força amb aquella pàgina de la cartellera de cinema, va pensar en llegir-la, a veure si així podia distreure's.
Va veure una pel.lícula que li va fer riure molt: “Hot shots”, un títol que, per als no iniciats en l'anglès, significa “Tirs calents”, encara que és un títol que té un doble sentit molt evident, és el d'una pel•lícula satírica, dels mateixos directors d'”Aterra com puguis”. El seu estil és el mateix que el de totes les quals han dirigit: sàtira en pla absurd, que lleugerament recorden als genials Germans Marx, de tot tipus de situacions. Si en “Aterra com puguis” parodiaven les pel•lícules de la sèrie “Aeroport”, en “Hot shots” la parodia era de les pel•lícules d'acció com a “Top gun”, que va llançar definitivament a la fama Tom Cruise. Però aprofitaven per a fer homenatges a altres pel•lícules, que no tenien gens a veure amb l'esmentada. Així anaven de “Nou setmanes i mitja” a “Rocky” i així a moltes més.
Després de sortir del cinema, semblava més tranquil. Almenys havia pogut oblidar durant una estona els maldecaps de la seva vida recent. Igual que feia en Woody Allen a “La Hanna i les seves germanes”, que per a oblidar els seus dubtes sobre l'existència o no de Déu es va ficar en un cinema qualsevol i aquí posaven “Sopa d’oca” dels Germans Marx.


Però aquest alleujament no dura sempre. Als pocs minuts de trepitjar el carrer, va tornar a recordar-se de la seva desventurada vida sentimental, i va arrufar el nas molt malament.
Va pensar en anar-se cap a algun bar i empassar-se alguna cervesa d'un glop. Ho va fer. Però es va beure dos, i suposaran que es va posar una mica borratxo (a ell, l'alcohol li trasbalsa força, segons el seu estat d'ànim), i va començar a soltar incoherències, per exemple que es va posar a imitar la veu d’Anthony Hopkins com el psiquiatra canibal Hannibal Lecter d’”El silenci dels anyells”.
--“Un dia em va visitar un home del cens per a fer-me una enquesta. Em vaig menjar el seu fetge acompanyat de faves i un bon Chianti... Xxxxxx, xxxxx...”
Tots s’ho miraven entre divertits i sorpresos. És clar que també amb inquietud, a veure si era un boig, algun psicòpata assassí, que per fer més por, imitava a un famós psicòpata del cinema.
Així estava en Jarvis, amb la mirada fixa en la gerra de cervesa gairebé buida, amb una mica només del líquid que encara hi restava, fent una mirada entre boig i zombie sortit del famós vídeo musical del “Thriller” d’en Michael Jackson.
No, no era la seva actitud gaire divertida per a ningú. Només que de vegades era allò tan patètic que per si mateix feia gràcia.
El seu esguard, cada vegada més encegat per l'alcohol, barrejat amb aquells riures sinistres que de vegades soltava, començava a espantar a la clientela. La cambrera del bar intentava guardar la calma, i com anys enrere havia treballat a un sanatori mental, sabia com tractar a gent així de problemàtica. Li va parlar amb cert aire de mare compadint al seu fill:
--Senyor... veig que no té vostè un bon dia. ¿Qué li puc ajudar?
--Gràcies... –va agrair en Jarvis, que sabia correspondre aquesta classe de gestos— Però no cal, això.
--No, no, home... Què li passa? Problemes amb la núvia? –va pensar ella en guanyar-se la seva complicitat a força de que ell s'esplaiés, contant-li les seves dissorts amoroses, si és que les tenia.
--Si... Hem trencat.
Aquella cambrera era una dona d'uns 35 anys, no gaire agraciada físicament encara que atractiva amb el seu estil, i d'una mirada intel•ligent, amb ulls marrons i cabell castany a l'estil lleona. Tenia un somriure que captivava i que ressaltava l'aire intel•ligent que acomiadava.
En Jarvis li va contar la seva vida, i mentre parlava, ell semblava cada vegada més una altra persona. No se sabia si estava davant una cambrera o al divan del psiquiatra. Però contar les seves desgràcies a una desconeguda li animava. Moltes vegades, la gent que no et coneix de res pot ser més neutral i tenir per tant una opinió més objectiva. És clar que en no conèixer els teus problemes en profunditat poden donar una opinió sovint equivocada, però igualment passa al contrari: si coneixes massa profundament aquests problemes, i sobretot si ets familiar d'aquesta persona o la mteixa parella sentimental, el mateix d'abans.
Durant molta estona comentaven tot el d'ell i de passada el d'ella, mentre en Jarvis prenia més begudes, aquesta vegada no alcohòliques. Més tard es va marxar cap a casa, ja més alleujat.
La Judy tampoc estava gens contenta. Es trobava força frustrada, emprenyada amb si mateixa, per que creia que havia tingut molta culpa en la seva ruptura amb en Jarvis, a més de la que tenia ell. Hi era ella a la seva habitació, molt deprimida i amb el maquillatge dels ulls corregut per totes les galtes a causa de les llàgrimes.
Diversos dies hi era a casa sense sortir al carrer, només en breus ocasions.
Al ràdio-cassette estava escoltant una cançó que precisament feia un any li va animar a lligar, com era aquella de la Luz Casal, “Y voy a por tí”, però aquesta ocasió escoltava una altra, molt adequada per a la conjuntura: “Pero te dejé marchar”, malenconiosa cançó a la qual una dona es lamenta que va deixar marxar al seu home estimat, potser per sempre més. Això sentia la Judy, l'haver perdut per a sempre més en Jarvis, encara que, és clar, el seu amor per ell havia anat minvant cada vegada més en els últims mesos, però, ara que ja no hi era amb ell, li trobava moltíssim a faltar.
De tant en tant li queia una altra llagrimeta per la galta, per això el maquillatge dels seus ulls ja presentava un aspecte de sinistre total, de ruïna absoluta. Se’n va mirar un llibre que havia damunt la seva tauleta de nit, i va sentir desitjos d'agafar-lo i obrir-se el cap amb ell, a veure si així d'una punyetera vegada es moria, i alhora deixava de sofrir.
Havia hagut de demanar uns dies lliures al bar per depressió. No podia treballar amb ple rendiment per tot allò. L'amo li va comprendre i li va donar una setmana de permís. Ja gairebé arribava la fi d'aquella setmana, i la Judy sabia perfectament que hauria de tornar, que no podia continuar allà, a la seva habitació tancada, com una monja de clausura. Ja començava a ofegar-se en aquella habitació. Li calia sortir, passejar... Ja ho havia fet durant una estona en cadascun d'aquells dies, l'hi recomanava la seva mare, els seus germans, el seu pare… És clar que no li era gens fàcil. I la sort no li acompanyava gens: en trepitjar el carrer, veia una parelleta enamorada i encaramel•lada fins al risc de contreure diabetis, cosa que no li ajudava a oblidar-se d’en Jarvis.
Així havien passat els dies, a poc a poc, lentament, amb pas de tortuga multiplicat al quadrat. Per a ella eren segles.
Mentre ella hi era a la seva habitació, a la sala hi eren la Kathy i la Mallory, parlant entre elles, encara que no de la Judy, sinó de la Winnie Withfield, la directora de cinema, segons la primera:
--He parlat amb ella –deia la Kathy— i m'ha dit que potser la seva pròxima pel•lícula, o una d’elles, parlarà sobre hermafrodites.
--Ah, si...? –deia la Mallory.
Es reien totes dues mentre hi parlaven, observem-ho. Els semblava un tema divertit.
--Sí, Mamà –continuava dient la bruna--. Diu que si tothom fos hermafrodita, com els cargols, hi hauria més igualtat entre homes i dones. Crec que això l'hi va contar un dia la Judy, i potser feia broma la meva germaneta, però si ho penses bé, té sentit. I la Winnie s’ho va pensar molt. M'ha dit aquesta matí que podria servir-li la idea per a una pel•lícula.

--Que t'imagines un paio que té la regla cada mes i una tia amb dolors de pròstata? –va preguntar la Mallory, tot esclatant en escandaloses riallades en acabar la pregunta.
--Ui, si...! Ha, ha, ha...! –va contestar la Kathy, de manera gairebé ininteligible enmig d'una cascada desbocada de riallades, ja com la seva mare.
--Doncs crec que és interessant de gom a gom, filla meva. Si la Winnie és hàbil, que ho és, li sortirà una cosa que... Com ho deieu, els joves...? Ah, si... –va intentar recorda-se d’una frase col•loquial de la joventut— Una cosa bona que et cagues.
--Això és...
Van tornar a riure.
I van seguir parlant, però de cop es van aturar en la seva xerrameca en sentir un terrible cop, un soroll sord.
--Què és això...? –es van preguntar totes dues, espantades. Semblava com si hagués un terratrèmol, o que s'anés a esfondrar una paret.
--Sembla que ve de l'habitació de la Judy –va dir la Kathy, amb la por reflectida al rostre. La Mallory també intuïa, com ella, alguna cosa terrible referent a la Judy.
Es van aixecar de cop i volta i van anar allà. Van trucar a la porta de l'habitació de la noia.
--Judy! Que podem entrar?
No va contestar ningú. Estaven cada vegada més aterrides. Pressentien el pitjor.
Van aconseguir obrir la porta, que no estava tancada amb clau, i van xisclar en entrar i veure el que hi passava al seu interior:
--Judy...!!
Se la van trobar caiguda sobre el llit, amb un tall gros al front, amb un llibre gran gairebé soltat de la seva mà dreta. Com van veure que sagnava molt, es van espantar. Els semblava una mica “gore”, de pel•lícula de terror o d'assassinats com els de la família Manson. Però van aconseguir estar tranquil•les, i sense estridències van buscar benes i alcohol. Li van guarir la ferida, que gràcies a Déu no era la cosa com aparentava al principi, ja que pel cop la Judy va quedar atordida, com si no s’adonès de res, però no era la cosa tan terrible com semblava. El llibre amb el qual s'havia fet aquell cop era un diccionari general de la llengua anglesa, d'aquests grossos, gairebé un maó, com els llibres de la prestatgeria del despatx d'un jutge, que se’t cau un en un peu i t'ho aixafa literalment.
Li van posar una bena al voltant del cap. La Mallory estava furiosa amb la Judy.
--Seràs tocacollons...! –va rondinar--. Podries haver-te matat! Que la coberta del teu llit és nova, cony! Ens va costar 20 dòlars! I la sang és difícil de rentar-la!
--Mamà, ¿que et preocupa més el de la Judy o el de la coberta del llit? –li va preguntar la Kathy, estranyada pel que sentia.
--Ah, perdó... Escolta, Judy –li va parlar severament a la seva filla, que ja començava a tornar en si--, el que en Jarvis t'hagi deixat no és perquè intentis matar-te, ¿d'acord? Per què no et lligues algun noi que estigui bo i t'ho portes aquí i et fas una pel•lícula porno amb ell? Que això alleuja molt. ¿O com ho dieu els joves...?
Mentre, la Kathy trucava per telèfon al metge, al doctor McAndrew, perquè vingués urgentment allí. Mitja hora més tard, va examinar amb detall a la malalta i va parlar amb la Mallory:
--Senyora Raines, la seva filla està bé. Només té una ferida lleu al front. El que necessita ara és molt repòs. En un parell de dies estarà bé.
Es va quedar alleujada. El metge es va marxar, va deixar unes receptes per a comprar algun medicament per la Judy i un certificat per a mostrar a l'amo del bar al qual ella treballa.
La Mallory va tornar més tard a parlar amb la seva filla, que hi era al llit, en camisó blau celeste, amb aquella bena envoltant-li el front, del que li va dir quan estava semi-inconscient. Eren aquestes:
--“El que en Jarvis t'hagi deixat no és perquè intentis matar-te, ¿d'acord? Per què no et lligues algun noi que estigui bo i t'ho portes aquí i et muntes una pel•lícula porno amb ell? Que això alleuja molt. ¿O com ho dieu els joves...?”
La contestació de la Judy va ser:
--Mamà, que no sóc cap puta. Que quan tu eres més jove, això serviria molt, però ara ja no és el mateix. Tot ha canviat molt, fins als nois...
--No em fotis, Judy. Als meus temps, els nois eren ben bé mascles, que no vol dir que tots fossin masclistes. Eren d’altres temps.
--Ja ho sé, Mamà. Eh, deixem-nos ara de nois i de lliguis, que no vull escoltar parlar d'això durant una temporada, per favor... Bé, em deies que volia suïcidar-me, oi que sí? Doncs ho assec, cony. M'he cabrejat amb en Jarvis, amb en Curtis, amb la Kimmy, amb tothom. ¡I ho assec! Espero que ells puguin trobar una nova parella, i jo també... però necessito algun temps per a recuperar-me de tot.
--T'ha quedat un discurs molt dabuten, com tu dius. Bé, penso que quan et posis bé podries anar-te amb la teva germana un cap de setmana, a un lloc on van molt ella i en Tommy, i potser podries lligar allí.
--Mamà, així no puc anar, que semblo una mòmia.
--No exageris, rica. Aquestes benes no les vas a dur tota la vida. Quan passin dos dies, te les llevarem, i només et quedarà un petit tall, que en uns dies més desapareixerà. Ànim, filla.
Van continuar parlant una llarga estona, i després d'haver sopat, la Judy es va ficar a dormir.
Es va acordar novament d'aquella relació peculiar, aquell “ménage-à-quatre”, que feia quatre setmanes que van decidir fer-se ella amb en Jarvis, en Curtis i la Kimmy, i va soltar una llàgrima. Estava amb una “depre” tal que podria acabar com la Isaksson, la psiquiatra de la pel•lícula d’Ingmar Bergman “Cara a cara”, que va acabar en un sanatori. Sort que la Judy és forta, encara que hagi tingut l’ensopegada d'intentar obrir-se el cap a cops, en una rauxa de desesperació.
En començar aquella relació múltiple, una cosa que va ser típic en l'era liberal dels transgressors anys ’70, tots

semblaven conformes, però tot va començar a fotre's quan la Kimmy va dir que volia estar més temps sola amb en Jarvis. Va arribar a queixar-se en veu alta. Li van replicar els altres components del peculiar quartet que no era aquest el tracte, que calia compartir a tots amb tots...
No volia recordar-se de la resta d'esdeveniments que van provocar la fi d'aquest rocambolesc experiment, que semblava tant sols que això, un experiment de científic boig, però poc després tots/totes es van adonar de l'inviable que era tot allò, i amistosament cadascun es va anar pel seu costat.
Per descomptat, la Judy i en Jarvis van trencar la seva relació. No podien ni se sentien capaces de continuar-la com abans. Tot s'havia desencadenat fatalment, els havia desbordat. Ja no podrien dur-la amb la mateixa confiança d'antany.
La Judy va pensar en això una llarga estona, mentre li queien més llàgrimes, però el somni la va vèncer i li va venir bé descansar llargament, diverses hores. Estava feta una merda.

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo XVIII)








CAPÍTULO XVIII




Al día siguiente, Judy se fue al trabajo, trabajando, no obstante, mejor que nunca, opinaba su jefe, que no se parecía en nada al Ted Danson de la serie televisiva “Cheers”. Él opinaba que aquella comparación era solamente una casualidad, ya que el bar tenía cierto parecido con el de la serie.
--Creo que le subiré el sueldo –pensó para sí mismo.
Casi acabando la jornada laboral de Judy allí, llegó allí Curtis Greene.
--¡Mierda...! –pensó Judy. Lo que menos quería en ese momento era encontrárselo cara a cara.
--Hola, Judy –le saludó él--. ¿Me sirves una Coca-Cola?
--Sí, ahora –contestó la rubia, tratando de aparentar tranquilidad y poniendo la misma sonrisa que pone a todos los clientes del bar.
--¿Vienes luego conmigo?
--No lo digas aquí, por favor –le suplicó Judy, bajando la voz.
--Ah, es verdad, quieres ser muy discreta... Te entiendo –comentó Curtis, condescendiente.
--Curtis, tenemos un problema...
--¿Cuál?
--Creo que... –Judy intentó decírselo bien clarito—Jarvis, mi novio, ya sabe lo de los polvos que tú y yo nos hemos montado.
--¿Los polvos...? ¿Y cómo...? –se asustó un poco Curtis, temiendo la venganza de un novio celoso.
--Tranquilo, tío... –le tranquilizó la rubia, tranquila asimismo—Ya te lo explicaré más tarde, que ahora tengo que trabajar... El jefe me ha dicho que trabajo hoy tan bien que quizá me subirá el sueldo. No quiero desaprovechar eso.
--Enhorabuena, guapa... ¿Nos encontramos en mi casa, como siempre?
--Sí, claro... Ahora tómate la Coca-Cola –se la sirvió. Acto seguido, ella siguió trabajando.
Cuando se la hubo bebido, de un trago, pagó la consumición y se marchó, no sin antes despedirse:
--Adios, Judy.
--Adios.
Más tarde, al acabar su jornada laboral, Judy se fue a la casa de Curtis, y subió al piso en donde estaba, para llamar a su puerta. La abrió él.
--Hola, Judy. Puedes entrar... –dijo Curtis, contento por verla allí.
--Gracias, guapo –contestó ella, con una sonrisa.
Judy entró y cerró la puerta tras ella. Luego, cuando ya se habían instalado en el sofá de la salita, ella le dijo:
--Curtis... Te conté en el bar que mi novio Jarvis ya sabe que lo hicimos, ¿no?
--Sí. ¿Qué pasa...? ¿Te ha prohibido que volvamos a vernos?
--No. Verás...
Y se lo contó todo, con detalle, casi como un libro describe una escena minuciosamente. Él, claro, no parecía creerse mucho lo que había escuchado, a juzgar por su cara.
--¿Me vacilas...? –preguntó.
--No, tío. Es verdad –le aseguró Judy.
Aunque Judy insistió bastante en ello, Curtis seguía sin creérselo totalmente. Quizá habría que llevarle a casa de Jarvis para que él mismo se lo confirmara, pensó ella.
Aquí, como muchas veces, Judy también se puso a pensar cosas, quizá cosas que le jodían bastante, y viendo que a Curtis le jodía mucho todo aquello de que el novio de ella supiera que ella le ponía los cuernos con él, además de tener, digamos, que compartirla con otro, parecía que le menguaba su hombría. Judy pensó sobre esto:
--¡Mierda...! ¡Ya se ha puesto como casi todos los tíos, en plan macho ofendido! ¡No, si todos fuésemos hermafroditas, sobre todo los tíos, no pasaría esto!
Los hermafroditas son animales que son macho y hembra a la vez, como los caracoles. Judy pensaba así que de ésta manera se acabarían esas diferencias y demás entre hombres y mujeres. Podrían parecer reflexiones absurdas, pero para ella no lo eran tanto. Tenían su lógica, si profundizamos en ellas.
Al pasar unos días, se encontraron todos, quedando en intentar convivir, a ver si podía salir algo bueno de aquel jaleo...
...Pero pasó un mes, y ahora vemos a Jarvis, sentado en un banco de madera de Central Park, triste, cabizbajo, hundido, como si se le hubiese muerto la familia entera. Tuvo ganas de llorar, pero como estaba en un banco público, a la vista de todo el mundo que pasaba por allí, le daba corte llorar abiertamente, y pensaba que lo mejor era irse a llorar a su casa.
Ahora no tenía ganas de irse de allí, pues todavía tenía muy malos recuerdos de lo que sucedió allá. Y que provocó que todo, su relación sentimental con Judy, el lío con Kimmy, todo, acabó yéndose a la mierda.
¿Qué él y Judy habían roto...?
Sí, parece increíble, pero esto les pasó.
Si hemos pasado, así de golpe, de cuando empezaban aquella aventura hasta que nos encontramos a Jarvis en éste estado tan lamentable, es para no aburrirles con detalles que tampoco no son muy importantes. Y además, son más bien obvios.
No obstante, ya haremos alguna observación para mostrar qué es lo que pasó.
Jarvis intentó hojear el periódico que llevaba y miró las páginas de espectáculos, en donde hablaban de la nueva película de Winnie, que ya les quedaba poco para finalizar su rodaje.
Ya que tenía cerca de aquella página la cartelera de cine, pensó en leerla, a ver si así podía distraerse.
Vio una que le hizo reír mucho: “Hot shots”, un título que, para los no iniciados en el inglés, significa “Disparos calientes”, aunque es un título que tiene un doble sentido muy evidente, es el de una película satírica, de los mismos directores de “Aterriza como puedas”. Su estilo es el mismo que el de todas las que han dirigido: sátira en plan absurdo, que ligeramente recuerdan a los geniales Hermanos Marx, de todo tipo de situaciones. Si en “Aterriza como puedas” parodiaban las películas de la serie “Aeropuerto”, en “Hot shots” la parodia era de las películas de acción como “Top gun”, que lanzó definitivamente a la fama a Tom Cruise. Pero aprovechaban para hacer homenajes a otras películas, que no tenían nada que ver con la mencionada. Así iban de “Nueve semanas y media” a “Rocky” y así a muchas más.
Después de salir del cine, parecía más tranquilo. Al menos había podido olvidar durante un rato los sinsabores de su vida reciente. Igual que hacía Woody Allen en “Hanna y sus hermanas”, que para olvidar sus dudas sobre la existencia ó no de Dios se metió en un cine cualquiera y ahí ponían “Sopa de ganso” de los Hermanos Marx.
Pero ese alivio no dura siempre. A los pocos minutos de pisar la calle, volvió a acordarse de su desventurada vida sentimental, y frunció el ceño de mala manera.
Pensó en irse a algún bar y tragarse alguna cerveza de un trago. Lo hizo. Pero se bebió dos, y supondrán que se puso algo borracho (a él, el alcohol le trastorna bastante, según su estado de ánimo), y empezó a soltar incoherencias, por ejemplo que se puso a imitar la voz de Anthony Hopkins como el psiquiatra caníbal Hannibal Lecter de “El silencio de los corderos”.
--“Un día me visitó un hombre del censo para hacerme una encuesta. Me comí su hígado acompañado de habas y un buen Chianti... Ssssssh, shhhh...”
Todos le miraban entre divertidos y sorprendidos. Claro que también con inquietud, a ver si era un loco, algún psicópata asesino que para más inri imitaba a un famoso psicópata del cine.
Así estaba Jarvis, con la mirada fija en la jarra de cerveza casi vacía, con un culín del líquido que aun quedaba, con una mirada entre loco y zombie salido del famoso vídeo musical del “Thriller” de Michael Jackson.
No, no era su actitud muy divertida para nadie. Sólo que a veces era aquello tan patético que por sí solo hacía gracia.
Su mirada cada vez más cegada por el alcohol, aderezada con aquellas risas siniestras que a veces soltaba, empezaba a espantar a la clientela. La camarera del bar intentaba guardar la calma, y como años atrás había trabajado en un sanatorio mental sabía cómo tratar a gente así de problemática. Le habló con cierto aire de madre compadeciendo a su hijo:
--Señor... veo que no tiene usted un buen día. ¿Le puedo ayudar?
--Gracias... –agradeció Jarvis, que sabía corresponder ésta clase de gestos—Pero no hace falta.
--No, no, hombre... ¿Qué le pasa? ¿Problemas con la novia? –pensó ella en ganarse su complicidad a base de que él se desahogara, contándole sus desdichas amorosas, si es que las tenía.
--Sí... Hemos roto.
Aquella camarera era una mujer de unos 35 años, no muy agraciada físicamente aunque atractiva a su manera, y de una mirada inteligente, con ojos marrones y pelo castaño al estilo leona. Tenía una sonrisa que cautivaba y que resaltaba el aire inteligente que despedía.
Jarvis le contó su vida, y mientras hablaba, Jarvis parecía cada vez más otra persona. No se sabía si estaba ante una camarera ó en el diván del psiquiatra. Pero contar sus desgracias a una desconocida le animaba. Muchas veces la gente que no te conoce de nada puede ser más neutral y tener por lo tanto una opinión más objetiva. Claro que al no conocer tus problemas en profundidad pueden dar una opinión equivocada en ocasiones, pero igualmente pasa en el caso contrario: si conoces demasiado profundamente esos problemas, y sobre todo si eres familiar de esa persona ó pareja sentimental, lo mismo de antes.
Durante mucho rato comentaban todo lo de él y de paso lo de ella, mientras Jarvis tomaba más bebidas, ésta vez no alcohólicas. Más tarde se marchó a casa, ya más aliviado.
Judy tampoco estaba muy contenta. Se encontraba bastante frustrada, enfadada consigo misma, por que creía que había tenido mucha culpa en su ruptura con Jarvis, además de la que tenía él. Estaba ella en su habitación, muy deprimida y con el maquillaje de los ojos corrido por todas las mejillas a causa de las lágrimas.
Varios días llevaba en casa sin salir a la calle, más que en breves ocasiones.
En el radio-cassette estaba escuchando una canción que precisamente hacía un año le animó a ligar, como era aquella de Luz Casal, “Y voy a por ti”, pero ésta ocasión escuchaba otra, muy adecuada para la coyuntura: “Pero te dejé marchar”, melancólica canción en la que una mujer se lamenta de que dejó irse a su amado, tal vez para siempre jamás. Eso sentía Judy, el haber perdido para siempre a Jarvis, aunque claro, su amor por él había ido menguando cada vez más en los últimos meses, pero ahora que ya no estaba con él, le echaba muchísimo de menos.
De vez en cuando le caía otra lagrimilla por la mejilla, por lo que el maquillaje de sus ojos ya presentaba un aspecto de siniestro total, de ruina absoluta. Miró un libro que había en su mesilla de noche, y sintió deseos de cogerlo y abrirse la cabeza con él, a ver si así de una puñetera vez se moría, y de paso dejaba de sufrir.
Había tenido que pedir unos días libres en el bar por depresión. No podía trabajar con pleno rendimiento por todo aquello. El dueño le comprendió y le dio una semana de permiso. Ya casi llegaba el fin de aquella semana, y Judy sabía perfectamente que tendría que regresar, que no podía seguir ahí en su habitación encerrada, como una monja de clausura. Ya empezaba a ahogarse en aquella habitación. Necesitaba salir, pasear... Ya lo había hecho durante un rato en cada uno de aquellos días, se lo recomendaba su madre, sus hermanos, su padre.
Claro que no le era nada fácil. Y la suerte no le acompañaba nada: al pisar la calle, veía una parejita enamorada y acaramelada hasta el riesgo de contraer diabetes, algo que no le ayudaba a olvidarse de Jarvis.
Así habían pasado los días, poco a poco, lentamente, con paso de tortuga multiplicado al cuadrado. Para ella eran siglos.
Mientras ella estaba en su habitación, en la salita estaban Kathy y Mallory, hablando entre ellas, aunque no de Judy, sino de Winnie Withfield, la directora de cine, según la primera:
--He hablado con ella –decía Kathy—y me ha dicho que quizá su próxima película, ó una de las próximas, hablará sobre hermafroditas.
--¿Ah, sí...? –decía Mallory.
Estaban riendo mientras hablaban, observémoslo. Les parecía un tema divertido.
--Sí, Mamá –seguía diciendo la morena--. Dice que si todo el mundo fuese hermafrodita, como los caracoles, habría más igualdad entre hombres y mujeres. Creo que esto se lo contó un día Judy, y quizá se cachondeaba mi hermanita, pero si lo piensas bien, tiene sentido. Y Winnie se lo pensó mucho. Me ha dicho ésta mañana que podría servirle la idea para una película.
--¿Te imaginas un tío al que le viene la regla cada mes y una tía con dolores de próstata? –preguntó Mallory, estallando en escandalosas carcajadas al acabar la pregunta.
--¡Huy, sí...! ¡Ja, ja, ja...! –contestó Kathy, de manera casi ininteligible en medio de una cascada desbocada de carcajadas, ya como su madre.
--Pues creo que es interesante a tope, hija mía. Si Winnie es hábil, que lo es, le saldrá una cosa que... ¿Cómo lo deís los jóvenes...? Ah, sí... –intentó recordar una frase coloquial de la juventud—Una cosa buena que te cagas.
--Eso es...
Volvieron a reír.
Y siguieron hablando, pero de golpe se detuvieron en su perorata al escuchar un terrible golpe, un ruido sordo.
--¿Qué es eso...? –se preguntaron las dos, asustadas. Parecía como si hubiera un terremoto, ó que se fuera a derrumbar una pared.
--Parece que viene de la habitación de Judy –dijo Kathy, con el miedo reflejado en la cara. Mallory también intuía, como ella, algo terrible referente a Judy.
Se levantaron de repente y fueron allá. Llamaron a la puerta de la habitación de la chica.
--¡Judy! ¿Podemos entrar?
No contestó nadie. Estaban cada vez más aterradas. Presentían lo peor.
Consiguieron abrir la puerta, que no estaba cerrada con llave, y gritaron al entrar y ver lo que ocurría en su interior:
--¡¡Judy...!!
La encontraron caída sobre la cama, con un corte gordo sobre la frente, con un libro grande casi soltado de su mano derecha. Como vieron que sangraba mucho, se asustaron. Les parecía algo “gore”, de película de terror ó de asesinatos como los de la familia Manson. Pero consiguieron estar tranquilas, y sin estridencias buscaron vendas y alcohol. Le curaron la herida, que gracias a Dios no era la cosa como aparentaba en un principio, ya que por el golpe Judy quedó aturdida, atontada, pero no era la cosa tan terrible como parecía. El libro con el que se había dado aquel golpe era un diccionario general de la lengua inglesa, de esos gordos, tamaño ladrillo, como los libros de la estantería del despacho de un juez, que se te cae uno en un pie y te lo aplasta literalmente.
Le fueron poniendo una venda alrededor de la cabeza. Mallory estaba furiosa con Judy.
--¡Serás gilipollas...! –gruñó--. ¡Podrías haberte matado! ¡Que la colcha de tu cama es nueva, coño! ¡Nos costó 20 dólares! ¡Y la sangre es difícil de quitarla!
--Mamá, ¿te preocupa más lo de Judy ó lo de la colcha? –le preguntó Kathy, extrañada por lo que oía.
--Ah, perdon... Oye, Judy –le habló severamente a su hija, que ya empezaba a volver en sí--, el que Jarvis te haya dejado no es para que intentes matarte, ¿de acuerdo? ¿Por qué no te ligas algún chico que esté bueno y te lo traes aquí y te montas una película porno con él? Que eso alivia mucho. ¿Ó cómo lo decís los jóvenes...?
Mientras, Kathy llamaba por teléfono al médico, al doctor McAndrew, para que viniera urgentemente allí. Vino media hora más tarde, examinó con detalle a la enferma y habló con Mallory:
--Señora Raines, su hija está bien. Sólo tiene una herida leve en la frente. Lo que necesita ahora es mucho reposo. En un par de días estará bien.
Se quedó aliviada. El médico se marchó, dejó unas recetas para comprar algún medicamento para Judy y un certificado para mostrar al dueño del bar en el que ella trabaja.
Mallory volvió más tarde a hablar con su hija, que estaba en la cama, en camisón azul celeste, con aquella venda rodeándole la frente, de lo que le dijo cuando estaba semiinconsciente. Eran éstas:
--“El que Jarvis te haya dejado no es para que intentes matarte, ¿de acuerdo? ¿Por qué no te ligas algún chico que esté bueno y te lo traes aquí y te montas una película porno con él? Que eso alivia mucho. ¿Ó cómo lo decís los jóvenes...?”
La contestación de Judy fue:
--Mamá, que no soy ninguna puta. Que cuando tú eras más joven, eso serviría mucho, pero ahora ya no es lo mismo. Todo ha cambiado mucho, hasta los chicos...
--No me jodas, Judy. En mis tiempos los chicos eran bien machos, que no quiere decir que todos fuesen machistas. Eran otros tiempos.
--Ya lo sé, Mamá. Eh, dejémonos ahora de chicos y de ligues, que no quiero oír hablar de eso durante una temporada, por favor... Bien, me decías que quería suicidarme, ¿no? Pues lo siento, coño. Me he cabreado con Jarvis, con Curtis, con Kimmy, con todo el mundo. ¡Y lo siento! Espero que ellos puedan encontrar una nueva pareja, y yo también... pero necesito algún tiempo para recuperarme de todo.
--Te ha quedado un discurso muy dabuten, como tú dices. Bien, pienso que cuando te pongas bien podrías irte con tu hermana un fin de semana, a un sitio a donde van mucho ella y Tommy, y quizás podrías ligar allí.
--Mamá, así no puedo ir, que parezco una momia.
--No exageres, rica. Esas vendas no las vas a llevar toda la vida. Cuando pasen dos días, te las quitaremos, y sólo te quedará un pequeño corte, que en unos días más desaparecerá. Ánimo, hija.
Continuaron hablando un largo rato, y después de haber cenado, Judy se acostó a dormir.
Se acordó nuevamente de aquella relación peculiar, aquel “ménage-à-quatre”, que hacía cuatro semanas que decidieron montarse ella con Jarvis, Curtis y Kimmy, y soltó una lágrima. Estaba con una “depre” tal que podría acabar como Jenny Isaksson, la psiquiatra de la película de Ingmar Bergman “Cara a cara”, que acabó en un sanatorio. Suerte que Judy es fuerte, aunque haya tenido el traspiés de intentar abrirse la cabeza a golpes, en un arranque de desesperación.
Al empezar aquella relación múltiple, algo que fue típico en la era liberal de los transgresores años ’70, todos parecían conformes, pero todo empezó a joderse cuando Kimmy dijo que quería estar más tiempo sola con Jarvis. Llegó a quejarse en voz alta. Le replicaron los demás componentes del peculiar cuarteto que no era ese el trato, que había que compartir a todos con todos...
No quería acordarse del resto de acontecimientos que provocaron el fin de éste rocambolesco experimento, que parecía nada más que eso, un experimento de científico loco, pero poco después todos/as se dieron cuenta de lo inviable que era todo aquello, y amistosamente cada uno se fue por su lado.
Por supuesto, Judy y Jarvis rompieron su relación. No podían ni se sentían capaces de continuarla como antes. Todo se había desencadenado fatalmente, les había desbordado. Ya no podrían llevarla con la misma confianza de antaño.
Judy pensó en ello largo rato, mientras le caían más lágrimas, pero el sueño la venció y le vino bien descansar largamente, varias horas. Estaba hecha polvo.

TOT ACABARÀ BÉ... SI ANÈS BÉ (Capítol XVII)

















CAPÍTOL XVII


Doncs si, algú feia l'amor a casa d’en Jarvis.
I ho feia ell amb... la Kimmy McFarlan.
Com s'havien trobat per a acabar així, ell posant-li les banyes a la Judy, que era el que en el fons estava fent?
Millor que retrocedim a dos dies abans.
La Kimmy havia hagut d'aguantar un nou assetjament per part de la Jennifer Kowalski, la lesbiana, que seguia utilitzant trucs bastant intel•ligents per a intentar seduir a la rossa. Al començament semblava que s'havia donat per vençuda, que havia vist que la Kimmy era heterosexual i que tret de que com per art de màgia es convertís en un noi maquíssim i varonil, no tenia gens a fer amb ella. Però no podia resistir-se, la Kimmy era massa maca com per a deixar-la escapar, i va decidir reprendre l'assetjament.
La Kimmy no volia saber gens d'això. Li agradaven els nois, i mai se li va passar pel cap tenir una relació amorosa lèsbica. A més, encara seguia sense trobar un noi amb el qual tenir una relació mínimament acceptable.
Així que poques hores abans que la Judy decidís anar a casa d’en Jarvis, va decidir la Kimmy passejar-se per aquest mateix carrer, al qual ell resideix, i, oh casualitat, l'hi va trobar. Va ser casualitat que la Jennifer, en un nou intent de seducció, es va trobar casualment amb una amiga, també lesbiana, i es va posar a parlar amb ella. La Kimmy va aprofitar que totes dues estaven en plena conversa, i a més de que l'amiga semblava fer-li goig a la Jennifer, per a marxar-se d'allà.
Així es va trobar amb en Jarvis. Com tenia certa enveja al veure a la Jennifer i a la seva amiga a punt de lligar la una amb l'altra i, segurament, acabar al llit, ella volia acabar d’una manera semblant, i en veure en Jarvis, es va posar a parlar amb ell...
I la passió va pujar de tal manera entre els dos, que en Jarvis, malgrat tenir núvia, es va deixar dur i tots dos van seracabar al llit. Per a fer el que se suposa, en aquests casos.
Quan la Judy va trucar a la porta, en Jarvis i la Kimmy ja duien un quart d'hora “en plena feina”.
Mentre feien l'amor, als dos els quedava de tant en tant una escletxa per a tenir alguna conversa:
--És curiós, Jarvis –va dir ella--, que abans, quan la Jenny se'm volia lligar i després li vaig veure anar-se amb una altra noia, aquesta amiga seva, en un moment vaig pensar que per què no m'ajuntava amb elles i ens feiem un trio, però em vaig dir que no, que a mi em molen els paios, i... en fi...
--Sí, és curiós... però... ¿que et cau mal la Jenny per que li agrades? –va preguntar ell.
--Home, no, la Jenny sempre em va caure bé, però ara se'm fa inaguantable. Sempre està ella damunt de mi, però si ella vol tenir a una dona com a companya sentimental, que es busqui una altra. Jo no serveixo per a aquests rotllos, nano.
Más coses es van contar, però només hem seleccionat aquestes com més interessants. Les altres converses, breus o no, eren un seguit de tòpics ni gens ni mica interessants per a aquesta novel•la.
Mentrestant, la Judy va seguir escoltant aquells sorolls que escoltava a través de la porta de la casa d’en Jarvis, com vam dir abans.
--Merda...! –va dir, arrufant el nas.
Ara ja ho tenia clar. Eren panteixos. En Jarvis hi era amb una altra.
Li va retreure mentalment al seu nuvi el que estava fent, encara que es va acordar que ella també havia fet el mateix amb en Curtis Greene.
--Però quin cony ens ha passat...? –es preguntava, bastant empipada tant amb ella mateixa com amb en Jarvis--. Si tot anava bé, i ara... s'ha fotut! Que potser vam tenir algun problema, alguna discussió... però, cony, això és massa! Que... de cop... ens fiquem al llit amb qualsevol!
Va dir aquestes frases entre sanglots, que tot just li deixaven parlar, i va deixar caure per les seves galtes diverses llàgrimes. De les poques vegades que ho feia, doncs la Judy no acostumava a plorar. Però aquesta vegada sentia que aquella traïció per part d’en Jarvis li havia tocat molt en la seva fibra sensible.
--Bé... què faig ara? –es va preguntar a si mateixa, una mica més tard--. Demanar-los que em deixin lloc en el llit, com en un vulgar “ménage-a-trois”? Merda! Ja sé que això... que això pot tenir-lo qualsevol, i... i... i que... Merda!
Es va recolzar a la porta, de braços creuats, soltant una bufada, mentre les llàgrimes li queien per les galtes. Arrufava el nas. No sabia què fer.
I així va estar uns minuts, fins que de cop i volta es va obrir la porta, i com ella estava precisament recolzada en la mateixa, va caure d'esquena a terra amb estrèpit. En la caiguda es va dur darrere d'ella a la persona que en aquest mateix moment estava obrint la porta per a sortir.
--Ai...! –va cridar aquesta persona, que la Judy va notar que tenia veu d’una dona jove, i que li era coneguda.
La Judy va tornar el cap i va mirar a la noia. D'on la coneixia?
--Ep... ¿Qué ens hem vist abans, en algun lloc? –li va preguntar, no sense abans interessar-se per ella i demanar-li

disculpes per haver-la atropellat sense voler.
La noia en qüestió era la Kimmy, és clar. El que passa és que la Judy no se’n recordava gaire d'ella.
--N-nosaltres? –va dir la Kimmy.
--Si, jo... ep, hola, Jarvis, maco –deia la Judy, que en veure el seu nuvi, li va fer un salut. Aquest s'havia quedat com petrificat en veure la seva núvia allà. Segurament hi pensaria què pensa la Judy en veure una altra dona sortint de la casa del seu nuvi. I què és el que ella hauria fet allà.
Només va poder contestar:
--Hola... hola, Judy...
--Hola... –igualment la Judy va contestar, sense entusiasme, i sense saber què fer. Preguntar en Jarvis el perquè de la presència de la Kimmy a casa seva, per exemple?
--Judy, jo... –en Jarvis intentava explicar-s’ho tot, el perquè la Kimmy hi era allà, que ja suposava que l'hi preguntaria.
La Judy seguia sense saber què dir. Gairebé no podia moure's, per estar encara ben sorpresa de tot allò. Va fer un sospir ben llarg. Miró fixament en Jarvis i li va dir:
--També tu...?
--Com...?
En Jarvis no havia entès gens de tot allò. ¿Què significava allò de “també ell”? Esperava que ella li retragués veure's amb una altra dona a casa seva, però dir-li allò... ¿Què significava?
--Sí, Jarvis –va dir la Judy--. Veig que molt aviat havia de passar-nos...
--El què...? –ell seguia sense comprendre gens ni mica.
La Judy va tornar a fer un sospir ben llarg. La Kimmy hi era al costat d'ells, observant-los i sense atrevir-se a moure's, no sabent bé què fer, si marxar-se, o quedar-se, o bé tractar de justificar la seva presència a casa d’en Jarvis i convèncer a la seva núvia que no li havia posat les banyes amb ell.
--Que has cardat amb aquesta tia tan maca, no...? –li va preguntar la amb una estranya complicitat, mirant així mateix la Kimmy de reüll.
--Què he fet què...? –en Jarvis es temia que la Judy li preguntés allò, però no d'aquella manera, com l’amiguet que et fa cops de colze per haver-te tirat a una tia boníssima.
--Sí, que heu cardat, que heu fet l'amor, que us heu quedat en pilotes... –va recalcar la Judy, posant èmfasis en cada detall— Ja sabeu com és això...
La Judy seguia parlant tranquil•la, molt tranquil•la, com resignada. Li costava molt dir tot aquest discurs, però ho havia aconseguit.
--Que no heu fet l'amor? –va tornar a preguntar.
--Em... sí, si... –va dir en Jarvis balbotejant, i alhora mort de por i de vergonya.
--Hauria de posar-me furiosa i cagar-me en tothom, començant per tu i la teva família... però no ho faré. No tindria cap sentit.
En Jarvis cada vegada entenia menys aquella estranya actitud de la seva núvia.
--Que no t’emprenyes...?
--No, per que... –ara ella semblava tallar-se al parlar—per que jo... jo també he cardat amb un altre.
--Què...? Tu...? –el noi creia que tot allò era, en el fons, una broma.
--Sí, nano. Ho vaig fer.
La Kimmy va obrir la boca, sorpresa, i pot ser que també divertida.
--Carai, nanos! –va comentar--. Sou la parella folladora!
La Judy li va tallar en sec la seva “genial” frase.
--Tia, no diguis bestieses! Això és molt seriós!
--Perdona, tia... –va dir la Kimmy, una mica avergonyida.
Excepte en aquest moment que va aixecar la veu, la Judy va seguir força tranquil•la. I allò desconcertava molt a en Jarvis i a la Kimmy.
--Q-que no estàs emprenyada, Judy? –li va preguntar ell, mig morta de por, i sense saber bé què dir-li, almenys per a sortir del pas.
--Hauria d’emprenyar-me, Jarvis, maco... però ja et vaig dir que jo... jo... també he cardat amb un paio.
--Merda...! –va rondinar ell.
--Veus...? –va remarcar ella--. Si tots dos estem igual...
--Igual...? Per que et vas ficar al llit amb un paio, anem a estar igual...?
Ara el que semblava alteratat per tot això, i amb més motius, era ell. La Judy ho va intuir, i li va contestar:
--Això mateix et diria jo a tu.
Vegem el detall que tots dos parlen sense aixecar la veu, encara que a poc a poc comencen a parlar cada vegada més alt, com més nerviosos, encara que no ha arribat el moment.
I la Kimmy ja no sabia què fer allí, que sentia que estava de més, que sobrava.
--Em... –va dir ella— Millor em vaig a casa meva i us deixo...
--No, noia, queda't aquí –va dir la Judy, parant-la, sense acordar-se del seu nom.
--Tens alguna cosa que dir-me?
--Potser. A tu i al Jarvis. Asseu-te.
--Asseure'm...? On? –la Kimmy va mirar a un costat i a un altre de la casa d’en Jarvis, el que es veia al fons, des de la porta.
--On vulguis --va contestrar la Judy.
--Gràcies.
Van entrar a la casa. Van anar a la sala. La Kimmy es va asseure en una cadira. En Jarvis i la Judy al sofà.

La Kimmy no sabia tampoc aquí què fer. Se’ls va mirar fixament.
--De debò no t'has ficat al llit amb un paio? –va tornar a preguntar en Jarvis.
--Sí, amb un que vam conèixer quan vam ésser a casa dels pares d’en George... i aquesta noia –va mirar a la Kimmy— hi era allà. De debò?
--Sí, havia vingut... –va contestar la Kimmy— Ep, com et dius...?
--Judy. I tu?
--Kimmy.
--Molt de gust, maca. Ja sé que és una cursileria del carall, molt vista, però...
--No t'enrotllis, si et plau... –va demanar la Kimmy, estrenyent-li la mà.
--Havies vist altra vegada en Jarvis?
--Doncs... no, fins avui.
--I com es diu el noi amb el qual t'ho has fet, Judy? –va preguntar en Jarvis.
--Curtis Greene.
--Que l’has vist altres vegades?
--Vàries. La primera, al bar on treballo; la segona... al despatx de la Winnie, on ell volia aconseguir un paper en la seva nova pel•lícula, encara que fóra d'extra... i l'última, ahir...
--En Curtis fa una pel•lícula? –va preguntar la Kimmy.
--Sí, amb la directora Winnie Withfield, la feminista, que... bé, volia dir que l'última vegada que li vaig veure va ser ahir.
--Pensaves veure-li altra vegada? –va preguntar en Jarvis, ja parlant tots com si allò no fóra gens greu, aquell afer del “ménage-à-quatre”.
--Ep... si... però després volia veure't, Jarvis... Escolta'm, crec que tot això ha estat només un entrebanc. Qualsevol pot tenir-lo –gairebé va suplicar la Judy al seu nuvi, que seguia amb una cara d'escepticisme de gom a gom.
La Judy volia dir que allò havia succeït per que ningú és perfecte, encara que ells ja ho entenien, això ho sap o ho intuïx qualsevol, sense paraules que s’apropen al tòpic. Tots tres es van quedar callats, ningú no sap quant de temps. Potser un minut... o molt més d'un minut? Ningú no ho sap amb exactitud, ni tan sols ells. Estaven avergonyits i desconcertats amb l'experiència viscuda.
Després va ser la Kimmy qui va trencar el llarg silenci per a dir, potser com fent broma:
--Sabeu...? Si poguéssim fer-nos un “ménage-à-trois”, com diuen els francesos... o “à-quatre”, si afegim en Curtis, llavors podríem... podríem arreglar aquest embolic.
--Sí, així podria ser... –va dir la Judy, amb veu monòtona, sense saber bé quin to posar al contestar— Però és una utopia...
--A mi em sembla el mateix, una utopia... –va dir en Jarvis— Però estem encara en els temps de les utopies... Però... no em sembla tant una utopia. Sé que sembla absurd, però...
--A mi tampoc no em sembla utòpic –va dir ara la Kimmy--. Unes amigues meves han provat relacions així en pla triangle amorós o lliures, i els ha anat bé.
--Un triangle...?
--Sí, o un quadrilàter, o un pentàgon, o un sexàgon... què sé jo. Això és el que em deien, encara que aquí sóc escèptica, no em crec gaire, això.
--Jo tampoc –va dir la Judy.
--Ni jo tampoc –va dir en Jarvis.
--Que amb l'alliberament de la dona –va seguir dient la Kimmy— ja res no és com abans.
--Això és veritat –va recalcar la Judy.
--N’estic d'acord –va dir així mateix en Jarvis, el qual sempre havia estat d'acord amb molts postulats feministes.
Van seguir parlant d'això llarga estona, però ara tornem amb una noia de la qual ja havíem parlat en un altre capítol de la novel•la, com una de les exnúvies d’en Jarvis, la francesa Valérie Chévenement, que ara hi era a casa seva, deprimida per que havia fracassat la seva relació amb la seva última parella, un compatriota seu dit Paul Théroux, un noi amb tendències bisexuals, que a la Valérie el semblava un bon jan perquè, a més de ser molt atractiu i alhora molt sensible i tendre, respectava a les dones. Però la cosa, que va començar com un conte de fades, es va acabar enfonsant. A poc a poc, però es va enfonsar.
En la seva depressió, a meditar profundament sobre l'absurda que és de vegades la vida, se li va ocórrer escoltar en el seu tocadiscs la immortal marxa de to de circ que el músic italià Nino Rota hi havia compost per a la pel•lícula “Vuit i mig” d’en Federico Fellini. El to, com hem dit, de circ d'aquest tema musical era adequat, segons la Valérie, per a il•lustrar l'absurda que arriba a ser la vida amb les seves complicacions aclaparadores, fins i tot en detalls en aparença nimis, i les seves coses sense sentit.
No sabia amb qui sortir. Pensava en el seu ex, en Jarvis Delaware, però... no, aquest no; ara té núvia, la Judy Raines. Tanmateix, volia parlar una mica amb ell, com a bons amics simplement, és clar, i veure si tots tres (en Jarvis, la Judy i la Valérie) podien sortir per aquí a prendre unes copes i a xerrar.
Doncs això mateix va fer. Va despenjar el telèfon i va marcar el numero de la casa d'ell. En aquell moment, allà encara continuaven amb el mateix tipus de conversa en Jarvis, la Judy i la Kimmy.
En Jarvis va anar a contestar la trucada, per descomptat sense saber res de qui era, va despenjar l'auricular i va contestar:
--Digui...? Ah, hola, Valérie...!
La Judy es va sorprendre.
--Valérie...? –es va dir, mirant fixament en Jarvis mentre conversava telefònicament amb la tal Valérie. I es va acordar llavors--: Ah, és clar... aquella noia francesa... la seva ex.
La Kimmy, és clar, no coneixia de res a la tal Valérie. Per això es va sentir incitada a tenir més curiositat a saber qui era aquesta franceseta que la que tenia la Judy. I per tant va escoltar amb atenció el que deia en Jarvis, parlant amb la Valérie per l'auricular:
--...Feia temps que no parlàvem. Què fem, ara...? Ah, bé... Ara estàvem parlant... Qui...? Em, jo, Judy i una amiga nostra... Es diu Kimmy... Com...? Què vols venir a visitar-nos...? Doncs ara mateix... o altre dia...?
Van quedar d'acord per a veure's allà un altre dia, per a sortir o per a fer una passejada. Però encara quedava per resoldre el problema més important entre en Jarvis, la Judy i la Kimmy: ¿què farien ells per a resoldre el maleït problema de les relacions sentimentals, diguem-ne triangulars, és a dir, amb més d'una persona alhora? Que ara no és tan fàcil trencar amb la Kimmy (en Jarvis) i amb en Curtis (la Judy)... encara que en Curtis encara no sap que en Jarvis ja té notícies del seu pols amb la rossa. Ella ha de fer-li una trucada o veure's amb ell per a contar-se'l.
Com no se li ocorria gens, van decidir cadascú/una anar-se a casa seva (excepte en Jarvis, és clar, que ja hi era a la seva).
Ja sopant, la Judy reflexionava sobre la seva experiència aquell mateix dia, i al mateix temps menjava. Aconseguia dissimular aquest malestar que li corcava per dintre amb una admirable enteresa, fruit dels seus estudis d'Art Dramàtic. La seva germana, la Kathy, no es va adonar aquesta vegada que alguna cosa li preocupés gaire. A més, aquell dia coincidia que tornava a estar encaramel•lada perduda pel seu Tommy de l'ànima. Aquest no estava allà en aquest moment, observem-lo, però la Kathy feia una cara que semblava la d'una adolescent acabada d’enamorar-se, i se li veia un somriure feliç en el rostre, que li ajudava a menjar tranquil•lament.
La Judy, malgrat la seva “meritòria” interpretació de dona tranquil•la, contenta i sense problemas, no aconseguia de vegades dur aquesta farsa on volia, ja que veure a la seva germana tan alegre li recordava que, en canvi, ella no anava tan bé en el sentimental. Allò d’en Jarvis posant-li les banyes amb una altra li feia molt mal. I sabia que en Jarvis també li faria el mateix la seva aventura amb en Curtis.
No obstant això, va intentar reanimar-se amb una conversa sobre el que emetia en aquell moment la televisió. Era una d'aquelles sèries que en l'argot popular nord-americà es denominaven “soap-opera”, és a dir, els serials llarguíssims tipus “Hospital General”, “Dallas” o “Dinastia”. A l'avorrir-se per que la sèrie que feien no li interessava gens ni mica, la Judy va suggerir:
--Per què no canviem de canal, per favor? ¡Aquesta sèrie és un rotllo!
--Judy, calla’t, no siguis rotllo tu –li va respondre en Ralphie, una mica ja fart del que deia la seva germana.
--Jo, un rotllo...? Que a tu t'agraden aquestes merdes?
--Sí –va dir categòricament en Ralphie--. Almenys no són com aquestes merdes que tant et molen, com a “Twin Peaks”, “Els Simpson” o “Murphy Brown”.
--Ja us dieu “merdes”? –els va preguntar la Kathy, divertida pel petit “matx” dialèctic que feien els seus germans, una mica que fan de tant en tant a conseqüència de les grans diferències d'opinió que tenen.
--Sí, germana –va contestar la Judy--. Per què no m'ajudes?
--Les noies sempre us solidaritzeu? –va preguntar irònicament en Ralphie.
--Si no hi ha remei, sí –va sentenciar la Judy.
--Hi ha nois molt millors que tu, merdeta –va dir la Kathy al seu germà, amb una mirada i un somriure iròniques alhora.
--Merdeta jo...? ¡Tururuú! –va contestar en Ralphie.
Després d'una llarga estona de mofes, burles, befes i altres mostres de com ridiculitzar a l’altre per ambdues parts, en Ralphie va decidir guillar-se a la seva habitació. Les va deixar a les dues germanes allà, soles, perquè poguessin veure més tranquil•les el programa televisiu. Després va venir allí en Ralph, el pare, que va veure amb les seves filles una altra sèrie, una d'humor, la clàssica “sit-com”, la comèdia de situació, aquestes gravades en un estudi íntegrament, amb públic assistent com si fos un teatre, rodada com gairebé totes elles a Hollywood, encara que l'argument de cadascuna transcorreix gairebé sempre fora de Califòrnia, en llocs com a Nova York (cas de “Jutjat de guàrdia”), Chicago (casos de “Coses de casa” i “Cosins llunyans”) o Miami (com en “Les noies d'or”). La veien més perquè en sortia un actor que és amic d'elles: l’Arthur Genovese, el nuvi de la cineasta Winnie Withfield, i és aquí on s'ha fet famós, amb papers en sèries de televisió.