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dilluns, 16 de maig del 2011

FRACASOS (CAPÍTULO PRIMERO)



FRACASOS



CAPÍTULO PRIMERO




Todo empezó cuando veía ella por la televisión la gran película "8 ½" de Federico Fellini, y tendremos que imaginarnos la escena viendo, toda entera, la escena de la caótica y kafkiana rueda de Prensa que Guido Anselmi (Marcello Mastroianni) tenía que sufrir por la presentación del rodaje de su nueva película, del principio al fin de la misma, que termina con un imaginado suicidio de Guido, harto de soportar esa palabrería interminable con todos los periodistas bombardeándole con sus preguntas, su productor impaciente y otros que no le dejaban en paz ni un momento.
La angustia del personaje de Mastroianni parecía que era la misma que ella sentía desde hacía mucho tiempo.
Ella no sabía qué hacer entonces.
¿Y quién es ella? Porque ella puede ser cualquier mujer del planeta...
Se llama Meritxell Canals, su madre le puso el nombre por la patrona de Andorra, país en el que había residido algún tiempo cuando era pequeña, pero casi siempre ha vivido en Barcelona.
Pero ahora, separada desde hace dos años, aún sin nueva pareja.Desde entonces, sólo tuvo un novio, pero sólo duró un mes porque él le había confesado que quería otra, aunque cuando se conocieron él había dicho esto, pero la Meritxell, quizás tozuda o porque se había enamorado profundamente, como una tonta de los culebrones latinoamericanos, asedió-hasta que logró enamorarlo también. Cuando él no pudo más, plegaron, y eso fue la última vez que ella sintió en sus labios otros labios de hombre.
Intentó ligar con chicos en las discotecas, incluso acudir a los servicios de "putos", es decir, en lenguaje más elegante, prostitutos, o chicos de compañía. Sólo hacía esto último como medida provisional, en espera de conocer otro amor, uno de verdad, pero todavía no.
Por esto, ella se siente totalmente fracasada.
Y de eso va esta historia, los fracasos en general, o en una buena parte, que con la ayuda de la pobre Meritxell analizaremos un poco.
Ella intenta animarse, las mujeres tienen suerte de que su naturaleza es fuerte, que las ayuda a salir adelante, de olvidar o intentar superar de traumas escalofriantes del pasado.
Intentó sentarse en un sofá para pensar, meditar, reflexionar...
Pensar en ello...
Meditar...
Reflexionar...
Poco a poco, decidió dar un paseo, a ver si así se animaba. No tenía ningún sentido quedarse totalmente quieta, tal vez en espera del final de una vida que parecía inútil, vacía, como el personaje del campesino de otra obra maestra del cine, "Los comulgantes" de Ingmar Bergman, que, desesperado, pedía consejo al pastor de la iglesia protestante de Uppsala (la ciudad sueca donde nació el director), y como éste no supo dárselo, porque perdió a su esposa pocos años antes y estaba perdiendo la su fe en Dios poco a poco, finalmente se suicidaba con un disparo de su escopeta.
Lo más curioso era que el campesino sueco no era un hombre solitario, sino casado, con cinco hijos y su mujer esperaba un sexto. Pero cuando decides hacer una cosa tan terrible como el suicidio cuando tienes una familia que te puede ayudar, tal vez hay algo aún más dura y terrible que te quita toda esperanza...
No, no es que Meritxell pensara en suicidarse, ella es más bien miedosa para eso, no tendría quizás el más mínimo coraje para coger una escopeta y matarse.
Pero decidió Meritxell levantarse del sofá e irse hacia la calle.
Quizá por instinto de supervivencia.
Quizá porque necesitaba sobrevivir.
Quizá porque su subconsciente le decía que desde ahora mismo empezaba una nueva vida.
Y como la Meritxell es bien cinéfila, entonces piensa en la música de Georges Delerue para la película "Jules y Jim" de François Truffaut, esa música con aires de marcha tocada por una banda musical de pueblo. Así puede ambientarse ella misma su salida hacia soplar un aire fresco. Bien, en la gran ciudad, el aire fresco sólo se puede encontrar en los grandes jardines o en las zonas del campo, y en Barcelona, tenemos que irnos hacia el Tibidabo y a donde comienza la Sierra de Collserola.
Pero antes que nada se situó, se colocó, como si quisiera encontrarse en un mapa, ella, una apasionada de la Geografía.
Además, al salir a la calle, ella sentía una especie de metamorfosis en su interior, como el personaje de Kafka, pero no para convertirse en la un animal extraño y repugnante, sino en un animal deseoso de sexo.
Meritxell salió a la calle, intentaba aparentar calma, pero por dentro tenía un fuego que no podía apagar ni con el agua de la manga de los bomberos de toda la ciudad.
No sabía si era un fuego de la pasión, incontrolable, gigante, la bomba de Hiroshima que se convierte en pura pasión amorosa a punto de estallar, o bien en un fuego de odio, de persona harta de sentirse maltratada, oprimida, marginada, insultada... que en otros países acaban tirando piedras a los tanques israelíes en Palestina o quemando coches en los suburbios marginales de ciudades francesas.
No, no era un fuego "político". Era un fuego pasional al cien por cien.
Caminó varias horas por las calles de la ciudad sin rumbo fijo. Ya se hacía de noche, y entró en un bar de copas, el típico de diseño, música alta, luz un poco tenue...
Pidió una copa, estaba destrozada después de tanta caminata. Le dolían los pies.
Iba a beber la copa de un trago, tal era su desesperación, pero se detuvo a continuación y abrió los ojos como platos, aunque trató de guardar calma.
Allí mismo, delante de sus narices, había un chico guapísimo, alto, aires como de modelo, pelo castaño, ojos azules, vestido de manera informal. Conocía este aspecto, lo había visto muchas veces en sus visitas a Paris. Se le acercó, con la copa en la mano, le sonrió y le dijo:
--Hola, me llamo Meritxell. Y tú?
--François –dijo él, con un fuerte acento francés.
Intuyó ella que él era francés. Siempre le habían atraído los chicos del país vecino, se cuidan más el físico que los de aquí. Trató ella de seducirlo con su perfecto dominio de la lengua de Victor Hugo:
--Vous êtes français, n’est-ce pas?
--Ouais –dijo él, con entonación parisina, muy musical.
--J'aime beaucoup votre pays, François...

La pronunciación perfecta de Meritxell era algo que al François agradaba muchísimo. Además, aquella mujer tan atractiva que le hablaba le atraía igualmente. Mientras ella trataba de ligar, recurría a una especie de oda a la cultura francesa, algo a lo que los galos son muy sensibles, sentía que una especie de imán le atraía. Ella sentía lo mismo, pero no se movía de lugar, no hacía falta. Era François quien se acercaba hacia ella.
Empezaron a hablar de ellos mismos, de sus cosas, del tiempo, de tanto como a él le gustaba lo español. Meritxell no quitaba los ojos de aquel tío tan guapo e irresistible con aires de chulo de playa. Él tampoco de ella.
Decidieron sentarse en una zona del bar de copas, una especie de sofá. Poco a poco, las manos de ambos parecían tener vida propia. Mientras hablaban sin quitarse la vista fija el uno del otro, sus manos habían pasado de agarrarse y mezclar los dedos de ellos a estar encima de sus hombros, hasta que se abrazaron, y se empiezan a dar besitos suaves en las mejillas mutuamente, hasta que ella llevó estos besos a los labios de él.
Las lenguas de ellos se funden en una especie de espiral, en un beso apasionado. Él demostraba experiencia en esto, parecía haberse dado besos con cientos de mujeres. Meritxell acabó levantándose un momento, interrumpiendo el interminable beso, para sentarse sobre las rodillas de François y continuar el interminable baile de lenguas dentro de las bocas.
Ahora las manos iban a lugares de los cuerpos de ellos que en un lugar público no se pueden tocar: los pechos de ella, la entrepierna de él... La semi-penumbra y la luz tenue del bar de copas les daba una cierta intimidad en su irrefrenable pasión. Meritxell y François parece que empiezan a resoplar, más que hacer el típico "mmmmmmh..." de cuando dos amantes se besan.

(CONTINUARÁ...)

diumenge, 3 d’abril del 2011

FRACASSOS (CAPÍTOL V I DARRER)

CAPÍTOL V



La Meritxell va pensar en provar una altra cosa que no hi havia provat mai, lligar amb una altra dona, potser perquè entre les dones pot haver allò que no en pot trobar en un home, potser perquè elles han passat per les mateixes desil.lusions, allò de cercar un príncep blau i finalment acabar ells esdevinguts una granota lletja.
I no ho volia fer, allò de lligar amb una altra dona, només per tenir-ne una relació sexual, no tenia ganes d’allò, estava una mica farta. El sexe sense res més està bé de tant en tant, però ara volia una relació més intel.lectual, en això les dones son millors, son més cerebrals, menys primàries que la majoria dels homes.
Així que va anar cap a un bar lèsbic barceloní, de disseny, i va començar a xerrar amb les dones que li semblaven interessants, però amb les que semblaven més femenines, ja que les lesbianes masculines no li atreien gens, era com intentar lligar amb els homes, dels quals no en volia en aquell moment saber res.
Van iniciar la xerrada, la Meritxell va tenir sort, era una dona culta, no pas frívola. A Catalunya, els programes del cor que tant èxit d’audiència tenen a les televisions estatals no ho tenen gaire.
Aquella dona, que es deia Mireia, era ben simpàtica, cabell bru arrissat, ulls blaus, vestia com a qualsevol dona. La Meritxell es deixava portar, tot mirant-se-la, però sense deixar notar massa que li agradava, que li atreia...
No, la Meritxell no se’n deixava gaire portar per la passió primària. Les seves passions en podien ser algun cop passionals, però sobretot les seves passions en podien ser més intel.lectuals.
Seduïda per la tendresa de l’altra, la Meritxell va acabar fent el que fan totes les possibles parelles en conèixer-se, que a poc a poc acabarien fent-se un petó. No volem descriure això amb detall, no cal, seria massa tòpic.
Amb aquella noia, la Meritxell feia mentalment plans de futur, qui sap el que podia passar. No hi pensava en aquell moment en casar-se totes dues, com l’Arlet de la sèrie “Infidels” amb la Dani, no era això una relació de novel.la ni tampoc de sèrie televisiva “moderna”.
Però estava segura, segura del tot, com no li havia estat mai, que aquella relació li portaria més seguretat, més felicitat, més tot... que qualsevol que hi havia tingut amb qualsevol home. No vol dir gens d’odi als homes, ni tampoc feminisme radical mal entès, simplement que els homes que hi havia trobat a la vida no hi havien sigut gens capaços de portar-li la felicitat de debò, que sempre n’hi havia alguna cosa que fallava. Per tant, qualsevol persona amb sentit comú coincidirà amb la Meritxell que ha fet el correcte, i qui digui el contrari, no mereix ni tant sols ser escoltat. Amén.


F I

divendres, 18 de febrer del 2011

FRACASSOS (CAPÍTOL IV)

CAPÍTOL IV




Ara, ella se’n recorda de tot això, i com a la televisió, fa una pausa dels seus records, no per posar publicitat, sinó per fer un sospir.
Un sospir romàntic, potser. Ella sap que això fa una mica cursi, ella sempre s’ha odiat ben bé d’allò més cursi, però just en aquell moment ella ho sentia així.
Però la cosa se’n va acabar quatre anys després per una tragèdia personal del noi. Allò va deixar enfonsada a la pobra Meritxell.
La Meritxell se’n recordava d’una amiga que hi havia tingut un xicot, amb el qual va trencar, va estar molt de temps sense saber res d’ell, i de cop i volta, va saber per casualitat que ell era mort dos mesos abans per culpa d’un atac cerebral. Aquest és un d’aqueixos fracassos que esmentem i analitzem en aquesta novel.la, el fracàs d’una relació amorosa i la marxa d’un d’ells fora de la casa comú. En aquest cas, era ell qui s’havia marxat, qui hi havia plegat.
També l’amiga era destrossada per aquell trencament i aquella mort. Tot i que la Meritxell encara tenia sort de que l’amic i ex xicot encara era viu...
Però va decidir animar-se, no valia la pena deprimir-se, almenys era allò que hi pensava aleshores.
Va decidir recordar-se novament d’aquell noi, el que hi havia esmentat abans, almenys recordar-se’n d’allò més bo que van tenir al llarg de la seva relació amorosa.
I li venien al cap algunes de les moltes sessions de llit que van tenir. Que, si haguessin estat enregistrades en vídeo, serien perfectes per a una pel.lícula porno, tot i que més reals i no tan exagerades com son gairebé sempre d’aquest tipus de pel.lícules.
Com a sempre, va decidir que, després de recordar-se d’allò, tenia que canviar el xip i pensar-hi en una altra cosa. Sobreviure.
I com molt sovint utilitzava de pel.lícules per animar-se’n, d’algunes escenes ben conegudes per això, ara tenia la ment en blanc, no en sabia gens de qual li podria fer servir...
La ment en blanc...
No era pas per culpa seva, sinó perquè els recursos que utilitzes per sortir d’algun moment dolent, igualment que els clàssics remeis de l’àvia, no sempre serveixen.
No, no era pas d’aquell moment per fer servir pel.lícules. Potser la darrera escena del “8 ½” de Fellini, li va venir tot just al cap en fer-ne d’aquesta darrera reflexió, però en calien d’escenes noves, tot es té que renovar.
Però la ment de la Meritxell, sempre inquieta, va trobar un altre recurs: com a bona admiradora de la cultura francesa, se’n va recordar del Georges Brassens, aquell gran cantautor amb cançons iròniques i tendres alhora.
Va cercar algun dels CDs de música (i fins i tot alguna d’aquelles antigues cintes de cassette) amb cançons del Brassens, per sentir-ne alguna, qualsevol, la primera que trobés.
Però se’n va trobar primer de tot amb un CD del Gustav Mahler, la seva Cinquena Simfonia, i tot i que volia sentir alguna cosa més alegre, va decidir ràpidament sentir al Mahler, d’aquella meravellosa Cinquena Simfonia, una música lenta, suau i majestuosa, però molt, molt trista.
Ja no importava allò de la tristesa per a ella. Si no pots amb la tristesa, apa, uneix-te a la tristesa. Va engegar l’equip compacte i va sentir, des del començament fins al final, la Cinquena Simfonia de Gustav Mahler. Ja l’hi havia sentit a la pel.lícula “La mort a Venècia” de Luchino Visconti, leitmotiv de la mateixa.
I s’hi imaginava a ella mateixa a la coberta d’aquell vaixell que duia cap a Venècia al malaguanyat protagonista, tot i que ella no acabaria enamorada d’una noieta amb aspecte de querubí, com li passava al protagonista amb el Tadzio i el seu aspecte de no haver trencat mai un plat.
I si tenia que arribar-li la mort, com a ell... doncs, va pensar ella, que sigui aviat.

FRACASSOS (CAPÍTOL III)

CAPÍTOL III



Ara ens trobem a un funeral. Han passat tres setmanes. La Meritxell és present, i per homenatge al difunt, com que era membre d’una petita orquestra, els seus companys fan un fragment de “La mort i la donzella” de Schubert. La tristor i bellesa alhora de la música, que va d’una noia que és a punt d’aclucar els ulls, fa volar la imaginació de la nostra protagonista.
Però després de tornar cap a casa seva, va tenir un desmai. Va anar al metge i no la va trobar res d’important. Potser una baixada de sucre, però sense perill d’acabar diabètica.
Potser allò que va veure al funeral esmentat la va impressionar, tot i que ella, que sempre ha sabut ésser impassible, a la manera anglesa que sempre va admirar de valent, va conservar la calma i el “savoir faire”. Ves a saber.
Tornem a sentir la música de “La mort i la donzella”, melancòlica i dolça alhora. La duu mentalment als temps que no direm prehistòrics, sinó de quan la Meritxell era una nena, quan la seva mare va aclucar els ulls.
S’hi veia ara a l’hospital, quan la mare agonitzava de càncer de pulmó al llit i hi eren el seu pare, la seva germana i el seu futur marit, tots plorant davant la inevitable mort. Però la Meritxell no plorava pas.
Perquè? Perquè la seva relació amb la seva mare no hi havia sigut gaire bona. Era com aqueixos personatges d’Ingmar Bergman. El director suec hi havia tingut un pare sever, un pastor protestant que per qualsevol bestiesa agafava una fusta i l’hi donava amb ella. Finalment, ell tenia que fer-li un petó a la mà del pare, en senyal de submissió i alhora humiliació.
No, no és que la mare hagués sigut igual amb ella, que l’hagués pegat i finalment la Meritxell tenia que fer-li un petó a la mà d’ella, però sovint es sentia humiliada de la mateixa manera.
Son tantes coses adverses que l’han passat a la seva vida... Això la fa meditar profundament, mentre sent mentalment la música de Schubert. Sent ella un profund odi cap a la Humanitat, no sap si per la mena de gent que l’ha tocat en desgràcia conèixer, o no sap perquè, però sovint sent això. Potser pel seu ex marit, ja sabem que és una cosa ben tòpica, de telenovel.la barata o de pel.lícula tòpica, però els tòpics, alguna vegada, son realitat. Només alguna vegada, no aprofitem per fer-los com els retrats fidels de la vida.
Això mateix és el que diria ella.
O potser, passada una estona, ella renegaria d’aquestes paraules...
Ves a saber.
Ara, ella se’n recorda que també va tenir una aventura extramatrimonial durant el seu matrimoni, el que passa és que ella tenia més motius per això, normalment les dones, quan tenen d’això, sempre tenen un motiu per justificar-ho.
Ella hi havia llegit al diari un anunci d’una colla d’amics, solters, separats i divorciats, així que va anar cap allà.
Era una colla amb gent de quaranta anys per amunt, no hi havia de joves. Potser a ella li semblava estrany, però ella ja tenia més de trenta, no eren massa grans.
Doncs, allà va veure-hi un noi que li agradava. Duia ulleres, no de pasta, sinó més lleugeres.
--Hola.
--Hola.
Es van saludar enmig del soroll de la sala, que com hi havia acabat la tertúlia que feien (sobre l’actualitat política), després en posaven música en alt volum, costava una mica entendre’s si no feies la veu més alta. I, és clar, hi havia que començar amb els saluts, l’educació davant tot.
Comencen a parlar, a xerrar. En pocs minuts, se n’obliden de la resta d’assistents a la tertúlia, de la música que l’organitzadora posa després de la mateixa.
Van tocar ells diversos temes, i van arribar a un d’insòlit, sobretot en allò que podia consistir en que cadascú d’ells intentava lligar amb l’altre: les frases més famoses d’en Groucho Marx:
--“Jo, no oblido mai un rostre, però en el seu cas, en faré una excepció”.
--“No dispareu fins que no hi hàgiu vist el blanc dels seus ulls”.
--“Me’n vaig a fer la migdiada. No m’espereu en els propers segles”.
I així diverses frases més, en una hora d’interminable conversa. Com la música, quan va començar a sonar, ja era molt forta, van tenir que parlar-se a l’orella l’un a l’altre. L’atracció mútua ja era evident. La Meritxell ja hi havia començat a enamorar-se del noi quan la tertúlia, en sentir-ho defensant els seus punts de vista amb un estil enèrgic però educat alhora, sense cap prepotència.
Quan va acabar la tertúlia, tots dos van decidir anar-se al carrer, buscar un indret una mica més íntim per continuar amb la xerrada. Ara, ella i ell ja anaven agafats del braç, com dos vellets, però ja era un detall de que allò ja anava més enllà.
--Que busquem un indret on puguem xerrar tranquils? –va suggerir la Meritxell.
--Sí –va contestar ell—. Però no sé si n’hi ha algun per aquí a prop...
Finalment, després de regirar el barri, van trobar una petita discoteca que hi és tot just al costat de l’indret on hi és la tertúlia. Era una discoteca i bar de copes, barreja de totes dues coses. Van entrar-hi.
Van prendre unes copes i van ballar una mica. Millor dit, van intentar ballar, cap dels dos no era gens dotat pel ball, no serien mai uns nous ballarins de la “Febre de Dissabte a la nit”, és clar.
Es van asseure a una mena de sofà, o un selló ample, per continuar xerrant. Ella, mentre ell parlava, l’agafava un dit d’una mà d’ell amb la seva, concretament li agafava el dit petit.
Seria per això que ell li va fer un petó a la galta. Ella va respondre amb un altre a la galta d’ell.
Tot això d’una manera dolça i cadenciosa.
El tòpic que és obligatori a les històries d’amor va venir tot just després, és clar. Després dels preliminars (els petits petons a les galtes de cadascú, primer un, després un altre) van arribar.
Finalment, ell es va atrevir a fer-la a ella un petó, molt breu, d’un segon, als llavis. Ella va fer una expressió aparentment sorpresa, però al final, la Meritxell es va abraçar a ell i van continuar amb un petó apassionat. No sabem quina durada va tenir.

FRACASSOS (CAPÍTOL II)

CAPÍTOL II



Des de que li va passar tot això a la Meritxell fins el començament d’aquest nou capítol, han passat més aviat dos mesos.
Sembla que ella, en conèixer el noi francès dit François, ha agafat seguretat en si mateixa, ara pot fer una expressió que no semblava de nina del Museu de Cera.
Aquell matí, ella anava cap a la seva feina, auxiliar administrativa a una empresa. Agafava el seu cotxe i anava Diagonal cap avall.
Posava un CD a l’aparell del cotxe i sentia el “Concert en Fa Menor” de Johann Sebastian Bach. El coneixia d’haver-lo sentit a la pel.lícula “La Hanna i les seves germanes” de Woody Allen, una de les obres mestres del mestre novaiorquès. Però la Meritxell coneixia ben bé l’obra del genial músic alemany, els seus pares eren melòmans de tota la vida.
No volia sentir la ràdio, almenys els programes polítics d’aquella hora del matí. Excepte els programes de les ràdios catalanes, més civilitzats, la majoria eren més aviat dels temps de les cavernes, una mica com la Inquisició, que a França utilitzaven com a pretext per justificar la invasió de l’any 1808 per part d’en Napoleó Bonaparte, a l’estil bon samarità que vol ajudar un país oprimit.
Així doncs, la música clàssica l’ajudava a relaxar-se, a oblidar-se dels problemes, siguin quotidians o de qualsevol cosa.
Va arribar cap a on hi era l’empresa. Va aparcar el cotxe al pàrquing de la mateixa, a l’exterior.
No se’n va recordar la Meritxell de mirar-se el seu compte corrent al Banc, ho podia mirar amb Internet, però calculava que encara li restaven diversos euros per acabar el mes, i que en poc de temps cobraria.
Per sort, a l’empresa el sou era força bo, però hi havia tingut de problemes financers per algunes reformes que hi havia tingut que fer a casa seva. Per això, esperava impacientment l’arribada del sou, com els agricultors esperen l’arribada de la pluja si hi ha massa sequera.
Més tard, en sortir al carrer després d’acabada la feina del dia, torna cap al pàrking i se’n va cap a casa. Engega el cotxe i surt al carrer.
En vint minuts arribava cap a casa. Ella resideix a la zona alta de Barcelona, gairebé on acaba la Diagonal, l’avinguda que travessa la ciutat d’Oest a Est. Va deixar el cotxe al garatge veïnal i es va asseure al sofà de la sala.
De cop i volta, se’n va recordar d’un dia en que va agafar el seu ex marit amb la seva amant al llit. Bé, no els va sorprendre directament, és a dir, entrar-hi, xisclar i dir tota mena de malediccions. Com a bona cinèfila, va pensar en una venjança tipus comèdia, més aviat gamberra, gairebé a la Benny Hill.
Què va fer, aleshores? Com el llit on hi eren el marit i la noia (l’amant, és clar), en plena acció amatòria tipus pel.lícula porno, tenia un sistema automàtic, amb comandament a distància, que podies fer que el llit es doblés per la meitat, doncs amb molta cura i sense fer cap soroll, va agafar la Meritxell el comandament, va comprovar que aquest tenia les piles posades i a punt, i ho va accionar.
Com en qualsevol espectacle d’humor negre, el llit va començar a poc a poc a moure’s, a juntar-se les dues meitats com un sandvitx, amb tots dos a dins, i en el mateix moment que ells feien un coit anal, amb el membre d’ell tot just a l’interior del cul d’ella.
La Meritxell se’n va fer un tip de riure en recordar-se’n. És clar que quan tots dos van poder sortir d’aquell sandvitx, i sobretot quan ell va poder treure el penis d’aquell forat, que amb l’horror del moment s’havia quedat embussat, enmig del mal que li feia al marit un dolor així en un lloc del cos tant delicat, va demanar que ella la perdonés, i l’amant se’n tapava com podia, amb les mans, amb les vànoves...
Tots intentaven dir la frase tòpica d’aquestes situacions, això no és el que sembla, t’ho podem explicar...
La Meritxell no va acceptar allò, és clar, i a sobre no podia fer-ne l’expressió seriosa que calia a aquell afer d’una dona amb banyes al seu llit, a casa seva. Era perquè el riure de veure’ls tots dos atrapats enmig d’aquell sandvitx era tant divertit, que per si mateix ja era força càstig.
En aquell moment que va deixar de recordar-se d’aquells esdeveniments del seu ex marit, va sonar el telèfon mòbil. Tenia posada la música d’una sarabanda per a violoncel de Johan Sebastian Bach, una mica trista, que va posar perquè l’havia sentida a la pel.lícula “Com en un mirall” de Bergman. Tothom la deia que allò semblava “música de morts”, però a ella li agradava, anava amb el seu caràcter.
Va contestar, no va ser res d’original, amb el clàssic...
--Digui?
--Soc jo –va contestar una veu d’home amb accent estranger.
--Ah, hola, maco...
Era el noi francès, aquell amb el qual ella hi havia tingut un “petit flirt” quan es volia desfogar d’aquell seguit interminable que l’angoixava tant.
Van tenir una petita conversa, tres o quatre minuts. Van parlar de coses tòpiques, aquell dia no era per fer una conversa de les que feien els filòsofs grecs, que després han passat a la Història.
Ell hi havia parlat en català, ja que era del Rosselló, amb aqueix accent francès que tenen la majoria de rossellonesos quan parlen. Semblava un d’aqueixos locutors de Ràdio Arrels que parla amb aquest mateix accent (la majoria d’ells tenen un català millor).
I així, la Meritxell va arribar cap a casa. Va deixar el cotxe al carrer, aquest cop va trobar un bon lloc tot al davant de casa seva.

FRACASSOS (PRIMER CAPÍTOL)



FRACASSOS



PRIMER CAPÍTOL




Tot va començar quan hi veia ella per la televisió la gran pel.lícula “8 ½” de Federico Fellini, i tindrem que imaginar-nos l’escena veient, tota sencera, l’escena de la caòtica i kafkiana roda de Premsa que en Guido Anselmi (Marcello Mastroianni) tenia que sofrir per la presentació del rodatge de la seva nova pel.lícula, del començament al final de la mateixa, que acaba con un imaginat suïcidi d’en Guido, fart de suportar aquella xerrameca interminable amb tots els periodistes bombardejant amb les seves preguntes, el seu productor impacient i d’altres que no el deixaven en pau ni tant sols un moment.
L’angoixa del personatge del Mastroianni, semblava que era la mateixa que ella sentia des de feia molt de temps.
Ella no sabia què fer, aleshores.
I qui és ella? Perquè ella pot ser qualsevol dona del planeta...
Es diu Meritxell Canals, la seva mare li va posar el nom per la patrona d’Andorra, país al qual hi havia residit algun temps quan era petita, però gairebé sempre ha viscut a Barcelona.
Però ara, separada des de fa dos anys, encara sense nova parella. Des d’aleshores, només va tenir un xicot, però només va durar un mes perquè ell li havia confessat que s’estimava una altra, tot i que quan es van conèixer ell hi havia dit això, però la Meritxell, potser tossuda o perquè s’havia enamorat profundament, com una beneita dels culebrons llatinoamericans, va assetjar-lo fins que va aconseguir enamorar-lo també. Quan ell no va poder més, van plegar, i això va ser la darrera vegada que ella va sentir als seus llavis uns altres llavis d’home.
Va intentar lligar amb nois a les discoteques, fins i tot va acudir als serveis de “putos”, és a dir, en llenguatge més elegant, prostituts, o nois de companyia. Només feia això darrer com a mesura provisional, tot esperant de conèixer un altre amor, un de debò, però encara no.
Per això, ella se sent tota fracassada.
I d’això va aquesta història, dels fracassos en general, o en una bona part, que amb l’ajut de la pobra Meritxell analitzarem una mica.
Ella intenta animar-se, les dones tenen sort de que la seva naturalesa és fort, que les ajuda a sortir-se’n, d’oblidar o intentar superar de traumes esgarrifosos del passat.
Va intentar asseure’s a un sofà per pensar-hi, meditar, reflexionar...
Pensar-hi...
Meditar...
Reflexionar...
A poc a poc, va decidir fer una passejada, a veure si així s’animava. No tenia cap sentit quedar-se tota quieta, potser tot esperant el final d’una vida que semblava inútil, buida, com el personatge del camperol d’una altra obra mestra del cinema, “Els combregants” d’Ingmar Bergman, que, desesperat, demanava consell al pastor de l’església protestant d’Uppsala (la ciutat sueca on va néixer el director), i com aquest no va saber donar-s’ho, perquè va perdre la seva dona pocs anys abans i estava perdent la seva fe en Déu a poc a poc, finalment es suïcidava amb un tret de la seva escopeta.
El més curiós era que el camperol suec no era un home solitari, sinó casat, amb cinc fills i la seva dona esperava un sisè. Però quan hi decideixes fer una cosa tant de terrible com el suïcidi quan tens una família que et pot ajudar, potser hi ha una cosa encara més dura i terrible que et treu tota esperança...
No, no és que la Meritxell hi pensés en suïcidar-se, ella és més aviat poruga per això, no tindria potser el més mínim coratge per agafar una escopeta i matar-se.
Però va decidir la Meritxell aixecar-se del sofà i anar-se cap al carrer.
Potser per instint de supervivència.
Potser perquè necessitava sobreviure.
Potser perquè el seu subconscient el deia que des d’ara mateix hi començava una nova vida.
I com la Meritxell és ben cinèfila, aleshores hi pensa en la música de Georges Delerue per la pel.lícula “Jules i Jim” de François Truffaut, aqueixa música amb aires de marxa tocada per una banda musical de poble. Així pot ambientar-se ella mateixa la seva sortida cap a bufar un aire fresc. Bé, a la gran ciutat, l’aire fresc només es pot trobar als grans jardins o a les zones del camp, i a Barcelona, tenim que anar-nos cap al Tibidabo i on comença la Serra de Collserola.
Però primer de tot es va situar, es va col.locar, com si volgués trobar-se a un mapa, ella, una apassionada de la Geografia.
A més a més, en sortir al carrer, ella sentia una mena de metamorfosi dins seu, com el personatge d’en Kafka, però no per esdevenir-la un animal estrany i repugnant, sinó un animal desitjós de sexe.
La Meritxell va sortir al carrer, intentava aparentar calma, però per dins tenia un foc que no podia apagar ni amb l'aigua de la màniga dels bombers de tota la ciutat.
No sabia si era un foc de la passió, incontrolable, gegant, la bomba d'Hiroshima que tot s’esdevé pura passió amorosa a punt d'esclatar, o bé un foc d'odi, de persona farta de sentir-se maltractada, oprimida, marginada, insultada… que en altres països acaben tirant pedres als tancs israelians a Palestina o cremant cotxes als suburbis marginals de ciutats franceses.
No, no era un foc “polític”. Era un foc passional al cent per cent.
Va caminar diverses hores pels carrers de la ciutat sense rumb fix. Ja es feia de nit, i va entrar en un bar de copes, el típic de disseny, música alta, llum una mica tènue…
Va demanar una copa, estava destrossada després de tanta caminada. Li feien mal els peus.
Anava a beure la copa d'un glop, tal era la seva desesperació, però es va aturar tot seguit i va obrir els ulls com a plats, encara que va tractar de guardar calma.
Allà mateix, davant dels seus nassos, hi havia un noi guapíssim, alt, aires com de model, cabell castany, ulls blaus, vestit de manera informal. Coneixia aquest aspecte, l'havia vist moltes vegades en les seves visites a París. Se li va acostar, amb la copa en la mà, li va somriure i li va dir:
--Hola, em dic Meritxell. I tu?
--François – va dir ell, amb un fort accent francès.
Va intuir era que ell era francès. Sempre l'havien atret els nois del país veí, es cuiden més el físic que no pas els d'aquí. Va tractar ella de seduir-ho amb el seu perfecte domini de la llengua de Victor Hugo:
--Vous êtes français, n’est-ce pas?
--Ouais – va dir ell, amb entonació parisenca, molt musical.
--J’aime beaucoup votre pays, François…

La pronunciació perfecta de la Meritxell era una cosa que al François agradava moltíssim. A més, aquella dona tan atractiva que li parlava l'atreia molt. Mentre ella tractava de lligar-s'ho amb una mena d'oda a la cultura francesa, una cosa a la qual els gals són molt sensibles, sentia que una mena d'imant l'atreia. Ella sentia el mateix, però no es movia de lloc, no calia. Era en François qui s'acostava cap a ella.
Van començar a parlar d'ells mateixos, de les seves coses, del temps, de tant com a ell li agradava d’allò espanyol. La Meritxell no treia els ulls d'aquell oncle tan maco i irresistible amb aires de macarró de platja. Ell tampoc.
Van decidir seure's a una zona del bar de copes, una mena de sofà. A poc a poc, les mans de tots dos semblaven tenir vida pròpia. Mentre parlaven sense treure's la vista fixa l'un de l'altre, les seves mans havien passat d'agafar-se i barrejar-se els dits d’ells a ser damunt de les seves espatlles, fins que es van abraçar, i es comencen a donar petonets suaus en les galtes mútuament, fins que ella porta aquests petons als llavis d'ell.
Les llengües d'ells es fonen en una espècie d'espiral, en un petó apassionat. Ell demostrava experiència en això, semblava haver-se fet de petons amb centenars de dones. La Meritxell va acabar aixecant-se un moment, interrompent l'interminable petó, per seure's sobre els genolls del François i continuar l'interminable ball de llengües dins les boques.
Ara les mans anaven a llocs dels cossos d'ells que en un lloc públic no es poden posar-hi: els pits d'ella, l'entrecuix d'ell… La semi-penombra i la llum tènue del bar de copes els donava una certa intimitat en la seva irrefrenable passió. La Meritxell i en François sembla que comencen a esbufegar, més que fer el típic “mmmmmmh…” de quan dos amants es fan un petó.

dissabte, 23 d’octubre del 2010

EN MEMORIA DE LA GENTE BUENA (castellano)

EN MEMORIA
DE LA GENTE BUENA


Dedicado a mi ex pareja
A su hijo
A mis abuelos
Al resto de mi familia
A la buena gente que conozco
A la buena gente que no conozco (aún)



CAPÍTULO PRIMERO




Era una fría mañana del otoño barcelonés. Me encontraba en una zona nueva del Cementerio de Les Corts, junto a tumbas mucho más antiguas. Tengo que confesar que aquel cementerio, como seguidor del Barça de toda la vida, me caía simpático por tener allí enterradas diversas figuras del barcelonismo en toda su Historia: Pep Samitier, Ladislao Kubala, César Rodríguez, Nicolau Casaus... pero aquella vez no venía para hacer un homenaje a mis admiradas figuras futbolísticas, sino para hacer otro homenaje no tan agradable.
El tiempo ayudaba a que yo entrase en el Cementerio con la expresión bien seria que tenía debido a la gran pena que sentía por dentro.
Me informé antes de donde estaba la tumba en cuestión, ya que al no conocer mucho aquella zona, tenía miedo a confundir las tumbas, ya que la persona querida que desde hacía poco de tiempo tenía su última casa allí (perdón, no quería hacer humor negro ahora, es como una especie de psicoterapia) era el hijo adolescente de mi pareja, Nathalie, una francesa de Dijon residente en Barcelona con la que comencé una feliz relación amorosa hace casi un lustro. Y su tumba aún no tenía la losa encima, con su nombre, Jordi Joan Garriga Aurillac (el padre del chico es catalán, el apellido segundo es el de ella de soltera). Tenía un frío número y una letra aún en un lateral de la tumba, como si fuera la clave de un agente secreto al servicio de Su Majestad, en espera de tener una gran losa elegante y sencilla a la vez, como decía su madre que el chico la podría tener.
Al llegar al lugar en cuestión, me vino un escalofrío involuntario. Había pasado en poco tiempo a un cambio radical en mi visión de aquel chico, Jordi Joan, tan agradable y simpático, al ver sólo una losa de piedra gris rectangular en el suelo en donde él había estado enterrado. A su lado, habían otras tumbas aún sin inquilino, de dos metros de profundidad y yo iba con el miedo de que a ver si me podía caer dentro, no podría salirme solo de ella.
Me acordé, como en los flash-backs de una película, del entierro, de cómo la madre, una mujer inteligente que había aceptado de manera sorprendente una tragedia tan grande con mucha calma (me refiero a la muerte de un hijo, y aún más si ésta fue tan súbita, víctima de un atraco en plena calle). Muchas personas eran presentes, entre ellas el padre del chico, también tranquilo a pesar de que estaba deshecho en lágrimas un día antes, como ella, que al igual que yo las habíamos soltado todas las que pudimos soltar.
El resto de la gente eran parientes de las dos familias, la del padre y la de la madre. Todos muy afligidos, está claro. A pesar de que Nathalie trataba de hacer dignamente su papel de madre afligida pero con dignidad y sin querer exteriorizar demasiado sus sentimientos (en eso la envidié, yo no soy tan tranquilo como ella), hacía un gran esfuerzo para estar tranquila. Después me dijo que los psicólogos le habían aconsejado que pensase que el muerto era otro, o un sucedáneo. A mí, eso me parecía mal como recurso de los psicólogos (nunca había creído mucho en ellos, ni tampoco en los psiquiatras), pero bien, era la única manera de salir de una tragedia tan horrible, al menos hasta que el cuerpo se acostumbrase a la nueva situación, que en eso los seres humanos tienen una capacidad de adaptación realmente fuerte, tal vez por el instinto de supervivencia.
Y felicito a Nathalie. Siempre demostró una dignidad y un “savoir faire” extraordinario. Seguimos como pareja, intentando despacio salir de este infierno, pero con nuestras alegrías y tristezas cotidianas.
Todo eso me recordó a mis abuelos, los yayos, como los decía cariñosamente, de casi noventa años, que en Sant Cugat del Vallès, mi localidad natal, estaban en un asilo porque sufrían Alzheimer. Murieron hace poco tiempo, y entonces el funeral era bien distinto, está claro. Eran antiguos militantes comunistas, pero respetados por todo el mundo, incluso con amistades más conservadoras ideológicamente hablando. Ambos murieron en pocos meses de intervalo. Primero la yaya y después el abuelo.
Fue un duro golpe para mí. Su casa de Sant Cugat, un lugar en el cual yo había estado un montón de veces durante cuatro décadas, prácticamente desde que nací, ahora estaba toda vacía. Dos años hacía que se había quedado deshabitada, y un día, poco antes de la inesperada muerte de Jordi Joan, me acerqué con Nathalie para enseñarla la casa. Pero como estaba cerrada, no pudimos entrar. Vi que en la cerradura de la puerta de entrada al jardín de la casa había un montón de telarañas. Me provocó una pequeña depresión. Nathalie lo notó y me tranquilizó, con su dulzura habitual y su habla amena e inteligente. Aquella casa había sido el escenario de muchos de mis juegos infantiles, de muchas reuniones con los parientes, etcétera. Y ahora, era una casa vacía, casi fantasmal, como en las películas, pero sin aquel aire escalofriante que tendría por ejemplo la casa de Norman Bates en “Psicosis”, nada de eso. Era una entrañable casa de las afueras de pueblos catalanes próximos a Barcelona, de aire mediterráneo y un poco copiando el estilo de la Provenza francesa. Pero vacía, sin habitantes, sin vida... no tenía nada de buen aspecto. Así que después de explicarle una vez más mi vida que pasé a trozos dentro de aquella casa, nos volvimos a Barcelona.








CAPÍTULO II




Empiezo a recordar y a narrar con más profundidad mi relación con mis abuelos y el chico desaparecido, al cual quiero dedicar buena parte, o al menos lo intentaré.
Tomaré como ejemplo una mañana en su casa, en la que convivía con su madre, ya que ella y yo preferimos vivir como Woody Allen y Soon-Yi, o sea, cada cual en su casa, que no quiere decir que no nos queramos de verdad, lo que pasa es que ella estaba ya bien escarmentada de la convivencia como casada.
Jordi Joan estaba en su habitación estudiante. Le esperaba un examen de Filosofía. Yo, como tengo interés en estos temas tan profundos y cerebrales, trataba de ayudarle.
--A ver... –ponía yo voz de profesor de Filosofía como los que conocí cuando yo era estudiante en los años 1970— Como se llamaba el filósofo que decía “Yo sólo sé que no sé nada”?
--Sé quién es, Julià, pero no es preciso que me hagas esta voz tan ridícula –contestó con buen humor— Que no es esto ninguna obra cómica, como las que hacen mis compañeros a final de curso. Si quieres hacer una broma, tío, haz como el Andreu Buenafuente, que creo que hace espectáculos de monólogos. A mí no me jodas, tú.
Yo no tenía ningún prejuicio, pero un poco por miedo a su madre, no sabía si permitir que él dijera tacos como aquellos, pero recuerdo a menudo haberle sentido decirlos como un camionero, a pesar de que el tío nunca bebía ni fumaba.
Como aquello de dar clases a alumnos no era lo mío, decidí dejarlo tranquilo. Antes de salir, Jordi Joan conocía mi parte sensible, futbolísticamente hablando, y como él era del Espanyol, el eterno rival de mi Barça, aprovechaba para pincharme un poco.
--Iván de la Peña sí que ha hecho raíces con nosotros, no con vosotros, culés del culo.
Hablaba de un ex jugador del Barça que salió de la cantera azulgrana, pero que acabó yéndose a Italia y que el Espanyol recuperó para el fútbol español. A pesar de estar casado con la hija de Asensi, uno de los mejores jugadores barcelonistas de los años 1970, que ganó aquella Liga memorable con Johan Cruyff de estrella el año 1974 e hizo aquel igualmente memorable 0-5 en el Santiago Bernabéu, ante las narices de los madridistas y del franquismo, todo a la vez.
--No jodas ahora, periquito, y ves a tomar tu alpiste –le contesté y me fui hacia la sala.
Nathalie estaba viendo una película en el vídeo VHS. No era aún partidaria de cambiar al DVD.
Como ambos tenemos gustos parecidos cinematográficos, pudieron sentarnos y ver la película todos juntos. Era “Fresas silvestres” de Ingmar Bergman, y me encantaba aquella manera del maestro sueco de ver la muerte en un momento que tal vez presentimos que se acaba la vida, como le pasaba al protagonista, cerca de los ochenta años.
Tal vez en estos momentos que les explico esta historia, a pesar de que tengo sólo unos cuarenta y cuatro años, con las muertes dolorosas que les relaté, la depresión que las tres me causaron hacía deseable un final próximo para acabar con tanto sufrimiento, que para un espíritu bien sensible como el mío era casi insoportable.
Pero tengo la suerte de que, además de una pareja comprensiva, que a pesar de su grandísimo dolor por la pérdida trágica de su hijo ha podido ayudarme a coger otra vez el ánimo y las ganas de vivir. Yo he intentado hacer lo mismo con ella, ayudarla a revivir nuevamente, ya que tragedias como éstas sólo empujan para querer morir también y reunirte acto seguido con quién se ha ido para siempre jamás.
Todo el mundo tenemos dos lados de nuestra personalidad en estas tragedias, al igual que el ying y el yang en la filosofía oriental: la que te empuja a morir y la que te anima a continuar con la vida. Tal vez ésta, la segunda, es la que nos ha ayudado.
Más de una vez he tenido ganas de suicidarme, pero finalmente, como en esas películas en que el protagonista tiene dos conciencias diferentes, una vestida de ángel celestial y la otra como el mismo Diablo, después de escuchar ambas, una animándote a la tentación fatal, o sea, “¡Mátate!, ¡Mátate!” o “¡No lo hagas, por el amor de Dios, no lo hagas!”, escogí la segunda. Tal vez también por mi cobardía, que no me ayudaba ni un ápice a matarme, pero bien, continúo aquí para contar todo esto.
Pero un día, como tengo una costumbre de jugar semanalmente a la Lotto 6-49, me enteré de que me habían tocado varios miles de euros. Entonces, como tengo una afición de escritor, no profesional, pensé que podría intentar publicar un libro con los relatos breves que había escrito, pero había pensado otra cosa: ¿porque no intentar comprar la casa de mis abuelos?
También me di cuenta de que el premio no llegaba ni siquiera a la mitad de lo que había falta para comprar la casa, para tenerla como propietario. De intentar salvar una parte de mi pasado que se esfumaba delante mis ojos...
Entonces decidí guardar los dineros en el Banco y ya decidiré qué hago con él. Ahora sólo tengo mi pensamiento dirigido hacia el hijo de mi pareja, del cual ella no puede dejar de pensar.
Pero una cosa me rondaba por la cabeza: Jordi Joan tenía unas aficiones o mejor digamos unas ideas que me parecían interesantes para aplicar a nuestra vida cotidiana, al menos en aquello que es cultural. No era un chico cualquiera, obsesionado sólo en los videojuegos para jovencitos sin cerebro.
Y aquí viene mi reflexión: yo, cuando era un niño, tampoco pude tener unas ideas como las de los jovencitos de mi generación, digamos que fui casi un solitario, al contrario a que Jordi Joan, que tenía muchos amigos entre su vecindario, su Instituto y, como he dicho antes, la jefa de los profesores y de otros que lo conocían muy bien.
Entonces pensé en coger algunas de esas ideas y utilizarlas. No quería apropiármelas, tal vez haría lo mismo que Steven Spielberg hizo en la película “Inteligencia artificial”: como aquello era un proyecto antiguo de su amigo y colega Stanley Kubrick, que nunca encontró la manera de llevarlo al cine, entonces hizo constar que el guión era también de Kubrick. Yo haría lo mismo con las ideas de Jordi Joan.
Bien, sólo era esta la reflexión que quería hacer después de esta tragedia y como intentamos todos sobrevivir. Una historia sencilla, sin ningún tipo de pretensión profunda como uno intelectual que se cree que es Dios. En fin, que cada cual/cada una continúe con su vida y viva el “carpe diem” (vivir el momento) como pueda. Yo y mi pareja haré lo mismo.




F I

divendres, 22 d’octubre del 2010

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO X (PASCAL Y ANNICK)


CAPÍTULO X:
PASCAL Y ANNICK




Aquella mañana, en el trabajo, como una de tantas, bien tranquila, antes de llegar el fin del mismo... Hasta la llegada de un hombre que nunca habría imaginado encontrármelo allá...
Un hombre de unos cincuenta años, gordo, que parecía Gérard Depardieu, simpático, muy campechano, acompañado de una niña de diez años, entra por la puerta y me dice...
--Perdóneme, señorita...
--Sí?
--Querría ver a la señorita Christine Moreau... ¿Está aquí?
--Sí. Voy a buscarla ahora.
Fui a llamar a Christine, que estaba en su despacho, trabajando ante el ordenador.
--¡Christine! ¡Alguien pregunta por ti!
--Un segundo, que voy allá...
Christine entra en la sala y observa al hombre y a la niña. Con su habitual impasibilidad, se los mira. Pero yo me sorprendí al sentir que ella los saludaba como parientes suyos.
--Oh... Buenos días, Papa. Buenos días, Annick.
El hombre, con las manos sobre los hombros de la niña (que tiene mucho parecido físico con Christine, pero en niña), respondió:
--Buenos días. Yo he ido a la escuela para buscar a la niña, y como pasábamos por aquí abajo, me dije que ella debía de ver en dónde trabaja su madre... ¡Y aquí estamos!
--El abuelo tiene razón, Mamá –dijo la niña a Christine, guapísima y con naturalidad—. Debo de conocer en dónde trabajas, por que más adelante también trabajaré aquí, cuando tú te hayas jubilado.
Yo estaba totalmente sorprendida, muy sorprendida. Yo no sabía nada de nada de que Christine tuviese una hija. Ésta, mientras tanto, se agachaba por ponerle mejor el abrigo a la niña.
¡Entonces, Christine tiene una hija! ¡Dios mío! ¿Y el padre...? ¡Espero que no sea Jojo!
Christine me miró, y me presentó a su padre y a su hija.
--Magdalena, te presento a mi padre y mi hija Annick.
--Mucho gusto, señor. Mucho gusto, Annick.
--Mucho gusto, señorita –me dijo el hombre.
--Mucho gusto, señorita –dijo ahora Annick—. Mamá me ha hablado a menudo de usted. Ella siempre dice que usted es una chica simpática, inteligente y que siempre ayuda a todo el mundo.
--¿De verdad? ¡Muy amable! –sonreí yo, que me halagaba todo eso. Es curioso, Christine, a la que yo no tengo, digamos la verdad, demasiada estima, o nada, ella habla siempre bien de mí a todo el mundo. Yo no soy vanidosa, pero me hace sentir una persona importante.
Pascal me habló, muy campechano y simpático, al estilo Depardieu...
--Mi hija ha sabido conciliar su papel de madre y su trabajo. Las madres solteras de hoy en día, son formidables. ¿Que piensa usted? Sin duda, usted estima su trabajo.
--Sí, está claro, pero yo no soy madre soltera, señor Moreau –respondí.
--Pascal –dijo él, convencido pero a la vez educado—. Me llamo Pascal. No me llame “señor”. Yo soy un hombre sencillo y sociable con todo el mundo. No me gustan nada estas burradas... de la época de la aristocracia.
--Sí, Pascal. Estoy de acuerdo. Pienso lo mismo. Vivimos en una República, ¿no?
Christine cogió de la mano derecha a Annick y me dijo:
--Magdalena... tendré que irme algunos minutos con mi padre y Annick para charlar un rato. Creo que estaré aquí otra vez sobre las dos. ¿Tú podrías acabar mi informe sobre Beleville y Compañía?
--Ningún problema. Serán acabados puntualmente.
Poco antes de marcharse, ya con los abrigos de cada cual puestos, Pascal me dijo:
--Hasta muy pronto, señorita Magdalena. Espero que algún día volveremos a vernos y tendremos tiempo para charlar largamente. Hablaremos otra vez sobre todo eso que charlábamos ahora. Estoy orgulloso de mi hija, igualmente que la niña lo está. Entre nosotros, su desgracia ha sido que se enamoró de chicos nada listos...
--Yo ya me lo imagino, señor. Hasta pronto.
--Hasta pronto, Magdalena –dijo Annick, muy dulce—. ¿Sabes...? Eres muy simpática.
--Ah... Gracias, Annick. ¡Tú también eres muy simpática!
Los miré poco después por la ventana a los tres, bajando por la escalera.
Entonces cogí el teléfono para llamar a Jojo y explicarle toda esta historia.
--¿Jojo...? ¿Tú sabías que Christine tiene una hija de diez años llamada Annick?
La exclamación de Jojo fue como sacada de una película melodramática italiana, de esas que hoy en día nos parecen exageradas e incluso teatrales.
--¿¿¿¿QUÉ????
Yo me miraba por la ventana a Christine, su padre y la niña, que aún no estaban muy lejos de allí.
--Pues yo no he bebido nada. Christine me ha presentado a su padre, Pascal, y a su hijita, Annick. Aquí, en el trabajo.
La voz de Jojo sonaba ahora algo más natural, pero sin salir de su atolondramiento.
--¡Es imposible! Cuando yo estaba con Christine, ella no tenía ningún chiquillo. Y la relación entre ella y yo acabó hace seis años. ¿Y tú dices que Annick tiene diez años?
--Sí...es verdad.
--Espera... Yo me voy allá ahora mismo. ¿De acuerdo? ¡Hasta luego!
Y colgó acto seguido, se sentía por el auricular el golpe seco, el “clac” de cuando se corta súbitamente la comunicación, como en las películas.
Pasado un cuarto de hora, llegó Jojo hacia la oficina, jadeante de cansancio para llegar allí a toda velocidad, con su bicicleta. Yo le espera en la puerta de la oficina. Entre sus jadeos casi no entendía nada de aquello que me decía.
--¡Buf...! Hola... Entonces... Buf... Cuéntame... buf... todo este asunto de esa niña... Todo... buf... todo esto parece un mal serial... buf... de la “tele”.
--Claro. Ésta mañana llegaron aquí el padre de Christine acompañado de la pequeña Annick, para ver a su hija. O sea, la madre de la niña es Christine.
Hice sentarse a Jojo en una silla. Él estaba totalmente agotado, bien muerto de cansancio.
--Jojo, cariño, siéntate. Estás muy cansado. Parece que has corrido la Maratón en los Juegos Olímpicos.
--Es por culpa de la bici. Muchas gracias, cariño.
--De nada.
Entonces, yo le conté toda la historia. Jojo no sabía qué expresión poner.
--...Y esto es todo. ¿Qué piensas tú?
--No sé nada de nada –respondió como si volviese a la vida, después de la carrera hacia la oficina—. Te lo juro que nunca sentí hablar de Annick hasta ahora mismo. No cabe duda que Christine la tuvo antes con algún tío, después ella me conoció, pero nunca no me presentó a su hija... y ni siquiera me habló de su existencia.
Yo hice una pequeña reflexión mental sobre este asunto, mirando de ser tranquila, pese a que no estaba nada contenta.
--Bien... –dije— Entonces, tendremos que esperar la vuelta de Christine... No tardará mucho.
Finalmente llegó Christine a la oficina. Yo y Jojo nos la mirábamos con interés, sobre todo él, que abrió los ojos de una manera muy extraña, parecía alarmado.
--¡Ah, Magda, estabas aquí! –ella, claro, no sabía nada de la alarma de nuestro descubrimiento, y estaba muy contenta—. Vengo de dejar a mi padre, quería preguntarme que... –ahora se da cuenta de la presencia de Jojo— ¡Ah, buenos días, Jojo! ¿Visitas a tu novia, no?
Yo señalé la silla con el dedo. Quería que Christine se sentara. Christine, de golpe y porrazo, pareció que perdía su flema y se alarmaba por algo. Como si hubiese sido pillada en una falta imperdonable. O como si ella fuera descubierta en un asunto de robo.
--Por favor, Christine, siéntate con nosotros. Tenemos que charlar contigo, es muy importante.
--¿Importante...? ¿Qué es...? –su hilo de voz era extraño, con el miedo en el cuerpo que le salía por la boca.
Sentada finalmente, Christine accedió a escucharnos. Nosotros, ella y yo, estamos enfrente la una de la otra; Jojo se queda en medio. Se miró a Christine con una expresión muy extraña, mezcla de odio y repugnancia. Tengo que confesar que me dabas miedo aquella mirada. Nunca lo había visto así. No era su estilo. Tan dulce que es siempre...
--¿Por qué nunca nos has dicho que tenías una hija? –pregunté a Christine, tal vez con un tono de interrogatorio judicial.
--¿Annick...? –ella recuperó su tranquilidad habitual—. Sí, tengo una hija. ¿Y qué?
Jojo estalló muy furioso, perceptible en su habla, voz altísima y fuerte, casi histérica, y metiendo una buena bronca a su ex.
--¿¿¿“Y qué”...??? ¡Yo salí contigo durante dos años! ¡¡¡Y nunca no me hablaste de la existencia de tu hija!!! ¿Por qué? ¿Qué significa todo eso?
Christine, por primera vez, no parecía tan ser superior como siempre. Trataba de parecer tranquila, pero parecía a la vez tener mucho miedo. Habló con inseguridad.
--Bien... yo... Tuve a Annick con un chico que conocí antes de conocerte, Jojo... y... No podía ocuparme de ella... Dejé a Annick con sus abuelos... y después...
Christine hizo una pequeña pausa, y finalmente, dejó escapar algunas lágrimas por el rostro. Eso la dio un poco de fuerzas para continuar.
--Después... Yo tuve que internarla... en uno colegio de monjas. Cuando ella tenía ocho años, yo quise tenerla conmigo. Ahora ella vive en mi casa. ¡Yo quiero mucho a Annick! Pero yo no quería decir a nadie que tenía una hija. Los hombres no aman mucho a las madres solteras. Y... y yo quise encontrar un chico. Hasta que te conocí, Jojo.
Jojo, aún con la mirada severa, clavándosela como un cuchillo, le dijo:
--Y entonces... Entonces, yo pasé los peores dos años de mi vida contigo, Christine.
Christine dijo que sí, con la cabeza baja. Parecía que creía que la acusación contra ella era cierta. Lo aceptaba del todo, no trataba de librarse de ninguna manera.
--Es verdad. Me sabe muy mal. Fui un monstruo.
Yo, que sentía todo esto con interés, decidí finalmente acercarme a ellos, y decir:
--Escuchad... todo esto parece un serial de la “tele”, pero yo querría que os reconciliéis.
--¿Una reconciliación? –exclamó Jojo—. ¿Por qué...?
Yo me puse la mano derecha en el cogote y expliqué:
--Debo haceros una pequeña confesión: yo estaba muy celosa por que creí que Annick era la hija de Jojo... Ahora, yo sé que eso no es posible... Además, tu hija Annick es muy simpática, muy bonita, Christine.
Jojo no podía comprender nada de la confesión de su novia, a la que adoraba.
Me miraba como asustado y extrañado a la vez.
--¿Pero qué quieres decir, Magda...?
--Yo odiaba a Christine por que creía que... ya lo sabéis. Os pido perdón.
Dije eso con una expresión como deprimida, como cuando se hace una confesión de algún secreto escalofriante que puede hacer que todo el mundo acabe odiando a quien lo dice. Yo tal vez me esperaba eso de ellos, de ambos, pero vi que ellos no me odiaban, y eso me hizo tener coraje para continuar. Ahora me dirigí a Christine:
--Christine, te pido perdón. Yo sé que nuestra relación personal no ha sido fácil. Tal vez yo pienso todo esto por Annick... No sé...
--No, está bien, no es preciso pedirme perdón, Magda. Yo acepto todo eso con placer.
Christine reaccionó con nobleza. Y tal vez también como la madre que perdona una falta a su hija.
Nos dimos la mano ella y yo, en señal de amistad y reconciliación.
--Siento mucho haber parecido una cínica –dijo ella—, pero la vida ha sido bien dura conmigo...
--Lo entiendo muy bien. Aquí tienes una buena amiga.
Jojo también dio la mano a Christine, en la misma actitud de reconciliación de mí misma.
--Yo también. Y además, quiero decir que tal vez yo he hecho un poco el botarate...
--Bah, no pasa nada. Todos tenemos errores –dijo ella, convencida de la bondad de Jojo.
Y yo, finalmente, hice una reflexión sobre este asunto.
Yo estoy más tranquila ahora. Por que Annick no es definitivamente la hija de Jojo. Y, pues, ya no hay ningún lazo entre él y Christine.
Esto ha sido una parte de mi vida, que quería compartir con todos ustedes. Una vida sencilla, pero no aburrida o vacía. Unas inquietudes por todo aquello que tenemos alrededor sin caer nunca en la pedantería. O... en fin, la vida misma, sin adornos.
Próximamente, volveremos a leernos en nuevas aventuras mías. La cosa no se ha acabado aquí. Y es una promesa firme, no es ninguna de esas que hacen los políticos.



F I N

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO IX (EL DIARIO DE CHRISTINE)


CAPÍTULO IX:
EL DIARIO DE CHRISTINE




Yo estaba en la oficina, en un descanso, leyendo el diario “Le Monde”, muy interesada en las noticias, a pesar de que recordaba que mis padres me han enseñado a mí y a mis hermanos estar siempre interesada por los asuntos que preocupan al mundo, por las injusticias, por el Tercer Mundo, por los bosques chafados, por los tiranos y por las guerras injustas... Pero sin formar parte de ningún partido político.
Yo leía y a la vez pensaba en voz alta, algo enfadada por todo aquello que leía. Era de lo más habitual en los diarios: los políticos y sus mentiras, las desgracias que pasaban en África, tanto en la que fue francesa como la inglesa... y después de hojear un rato de una página a otra, me cansé un poco de aquello. Y me salió una pequeña reflexión en aquel momento, que tal vez la habría escrito acto seguido en un papel para que no se me olvidase. O no, me acuerdo ahora de ella:
El Presidente de la República está otra vez con estas burradas imposibles sobre... Bah... No comprendo nada de sus estrategias políticas, demasiado liadas, inútiles, ineficaces y estropeadas por asquerosos intereses...
Cerré el diario e intuí la llegada de alguien, por que miré fijamente hacia el fondo, que se sentían los pasos en el pasillo, pero no se podía ver quién era desde ahí mismo, pero me alteré un poco, sobre todo por que creía que aquella persona parecía que era alguien que no era muy querido por mí.
Es Christine, que entra. Mierda... Espero que ella no querrá hablar y hablar conmigo durante horas...
Christine, con una falda escocesa y una camiseta negra, me saluda. Sus cabellos y sus ojos azules se veían más que nunca. Parecía más encantadora que nunca, y eso no me gustó mucho. Con esta chica, siempre puede pasar de todo, como en una película de Federico Fellini.
--¡Buenos días, Magdalena! –saludó, caminando con tranquilidad y con los ojos medio cerrados.
--Buenos días, Christine –contesté.
Decidí entonces volver al trabajo diario, pero vi un libro sobre la mesa de Christine, muy extraño, que ella acababa de dejar en aquel mismo momento, que sacó de su bolso. Me lo miré con interés. Era un libro gordo, como una enciclopedia, forrado de cuero, de color oscuro.
Me acerqué para mirar mejor el libro. Aproveché que Christine salió de la sala para irse hacia otro lugar de la oficina.
Yo pensaba que qué tipo de libro sería aquél. ¿Un libro de filosofía? Seguro de que no. ¡Tengo demasiado curiosidad!
Abrí el libro por la primera página, y entonces leí su título, que estaba en la portada de cuero grueso: “Mi diario íntimo”.
--¿Lo leo o no? –me pregunté a mí misma, casi en voz alta.
Decidí leerlo. Me apliqué con atención a su lectura.
Veamos... Abro una página por azar, casualmente leí el nombre de mi novio, Jojo: “Se llama Jojo. Le conocí...” ¿Como se conocieron?
Comencé a leer esta sección del diario. Como en una especie de sobreimpresión, me imagino que veo al fondo la escena a la que se refiere el diario, una gran sala-auditorio, con unas gradas para el público. Me senté sobre el borde de la mesa para leer mejor.
“...Durante la celebración de un festival de música clásica. Se interpretaba a Beethoven, Chopin, Vivaldi, Haëndel, Debussy...”
Al fondo de la imagen, que me imagino todo eso como una película, está Christine con el violín, al lado de otra mujer y dos hombres, los cuatro vestidos muy elegantemente, interpreta la música de “Las Cuatro Estaciones” de Antonio Vivaldi. En primer término, se ve una parte de la gradería del público, y los pantalones de alguien que estaba allí, seguramente un hombre.
“...Él veía, con mucha atención, nuestra interpretación de “Las Cuatro Estaciones” de Antonio Vivaldi, y yo creo que él se había enamorado mucho de mí...”
Me imaginaba entonces, que “él” era Jojo, y por ello me lo imaginaba viendo su pantalón en plano detalle, seguramente mirándosela fijamente como un pez frito. No me lo imagino babeando, no es su estilo, Jojo es demasiado fino para estas cosas...
Pero continuamos con la lectura del diario. Entonces, mi imaginación muestra a Christine cantando en el coro de “El Mesías” de Haëndel. Ella abre mucha la boca para cantar con pasión y elegancia a la vez. Jojo, en medio del público, parecía continuar con su mirada llena de atención infinita, tal vez hipnotizado.
“Después, yo canté “El Mesías” de Haëndel. Él no dejaba de mirarme. Parecía muy hipnotizado. Después, yo interpreté a Chopin. Fue definitivo”.
Dejé por un momento de leer el diario, e hice una pequeña reflexión, casi en voz alta:
--Afortunadamente, se diría que no se enamoró de ella sólo por su físico. O no únicamente por aquello... pero gracias a la música. Yo misma conocí a muchos chicos por que yo tocaba la guitarra, sobre todo a Georges Brassens...
En aquel momento, sentí algún ruido. Y pensé que era Christine. Muy rápido, dejé el diario en el mismo lugar de antes. Ya leeré ésta novela de Barbara Cartland otra vez...
Yo, acto seguido, me senté en mi silla. Christine entró por la puerta y miró su diario.
--¡Mi diario! –exclamó, con desahogo—. No me lo encontraba...
Pensé en todo aquello que había leído... Curioso ha sido como se han conocido: por la música. Y eso da un pequeño encanto a esta relación. ¿A Jojo le gustaría que yo tocase el piano, no obstante? Yo no me veo como pianista. Toqué el piano cuando era niña, y la profesora me dijo que yo podría ser pianista. ¿Es que yo soy tal vez el Chopin del siglo XXI, y no lo sabía?
Al día siguiente, otra vez en el trabajo. Yo miré el diario de Christine, que esta vez lo había dejado medio fuera de su bolso. Yo, no sé si estaba obsesionada, pero no pensaba en nada más que echarle una nueva ojeada al diario. La relación Christine-Jojo me obsesionaba...
Miré por todas partes, parece que no hay nadie. Parecía una espía.
Cuando vi que no había ningún peligro, saqué con cuidado el voluminoso libro del bolso y comencé a mirar el diario, bien seria y bien concentrada en su lectura.
Veamos... Empezamos para continuar en donde yo me había detenido ayer...
“Aquel día, nos fuimos a una discoteca...”
Una discoteca... bien... Ya me imagino la escena: Christine y Jojo bailan en la discoteca. Ellos se miran amorosamente, ella a él, él a ella.
“...Y habíamos comenzado el baile de manera sensual, con una canción de Elton John, “Kiss the bride”...”
Entonces, me acordé de algunas canciones de Elton John. Y que sería precisamente “Kiss the bride”, en castellano “Besa a la novia”, me parecía que me sentía como si me pusiesen los cuernos, o sea, que Jojo tuviera una aventurilla con Christine ahora mismo, cosa que, claro, no pasa, ya que el diario habla de una relación de años atrás, cuando aún él y yo no nos conocíamos.
Me acuerdo de un fragmento de la canción “Kiss the bride” de Elton John, en inglés, claro:
« I wanna kiss the bride, yeah! / I wanna kiss the bride, yeah! / Long before she met him / She was mine, mine, mine / Don't say 'I do' say 'Bye, bye, bye' / And let me kiss the bride, yeah! »
Ahora, según voy leyendo, me imagino a Christine y a Jojo, que bailan bien abrazados, y a la vez se miran a los ojos con ternura.
Aquí, la escena me la imagino con el texto, que está dividido en diferentes trozos, debido a que los personajes se superponen encima del mismo, y entonces tapan algunos párrafos, ya que voy rápido al leerlo todo, quiero acabar ya con esta historia.
“Con otra canción de... / John, abrazados / De verdad amor... / Dio un beso / Sobre mis labios / Natural / ...Adme por qué / Muy emprend... / Sobre mis piernas / Resbala / Mis manos, si / Toda la noche / En cadena / Nuevo, que...”
Y la otra canción que alude a Christine era otra de Elton John, “Blue eyes” (Ojos azules), que viene perfectamente para los ojos azules de Christine y también a los míos, pero yo no estaba en aquella escena. Y mejor así; no tendría ganas de ningún “ménage-à-trois”.
Recordemos un fragmento de esta preciosa canción:
"Blue eyes, baby's got blue eyes / Like a deep blue sea / On a blue blue day . / Blue eyes, baby's got blue eyes / When the morning comes / I'll be far away / And I say..."
Pero de golpe y porrazo cerré muy rápido el libro, como cuando cierro con furia una puerta. Estaba fastidiada, cabreada.
--¡Ya está bien! –dije en voz alta—. No puedo continuar con esto. Esto parece uno de ésos programas de la televisión española sobre los amores de los famosos. O una película X... ¡Me da asco!
Decidí finalmente leer a toda velocidad todo cuanto quedaba del diario. Mientras leía todo, las páginas eran giradas a velocidad supersónica. Yo tenía demasiada curiosidad...
Por ello, muchos párrafos parecerán incoherentes para mis lectores, pero yo tenía demasiado prisa para llegar hacia el final, además de mi curiosidad. Curiosidad para saber como se acabó aquella relación amorosa que desde que la conocí (a Christine, claro) me provocaba celos.
“Al final / Me dijo que / Nos besamos con pasión. Yo estaba sentada encima de sus piernas / En la cama, después de haber hecho el amor / Una gran discusión / “Ya no te quiero” / Ell coge su ropa, sus cosas... / Yo miro, al lado de la puerta, lloro / Joseph me ha dejado / Toda la habitación está vacía, sobre todo el armario... / El silencio es terrible / ...Triste. Yo me quería morir. / Lloré mucho”...
Después de acabar ya de leer el diario y dejarlo en su bolso tal y como estaba antes, con todo cuidado, hice un suspiro bien largo, después de esta experiencia. Me toqué la frente, como si tuviese fiebre.
Ooooh, qué dolor de cabeza... Si hubiera una disciplina llamada “velocidad de lectura”, jo seria la ganadora en los Juegos Olímpicos... Acabo de leer muy rápido la relación entre Jojo y otra... Tuvieron una vida en pareja sobre todo movida... a pesar de que...
Me quedé algunos minutos sentada en la silla de mi mesa, e hice una reflexión tranquilamente sobre todo este asunto. Era como si tuviese la mente en blanco.
Pero entonces, me puse las manos en la cabeza y me acordé de alguna cosa... Algo de Jojo y yo misma, que con el jaleo de descubrir el diario de Christine y conocer su pasado con él, me había descuidado.
Jojo y yo no teníamos buenas relaciones en los últimos tres días... Hemos discutido dos o tres veces... Es la rutina, me parece... Christine y su diario me han dado algunas ideas...
Y decidí poner en marcha una parte de aquello que leí. ¿El qué? Ya lo veréis.
Al día siguiente, en mi casa. Yo estaba allí, me había puesto un vestido ligero, con tirantes en los hombros y me había maquillado mucho, como cuando salimos de marcha ambos.
Jojo llegó, con un ramo de flores en la mano. Lo recibí en la puerta, haciéndole un abrazo tierno y un pequeño beso en los labios.
--¿Como va todo, cariño? –dije, con una voz insinuante y tratando de mostrarle mucho amor—. Tengo una pequeña sorpresa para ti.
--¿Para mí? ¿Qué es? –él no comprendía nada, no sonrió en aquel momento.
Le cogí de la mano para llevarlo así por toda la casa. Lo quería llevar hasta un lugar específico de ella.
--Una sorpresa –dije— debe de ser una sorpresa, porque si no... Pero te puedo decir que esto tiene que ver con la música clásica.
Él cambió la expresión seria por otra de contento. Le había tocado una fibra sensible de él, su pasión por la música clásica, que le llevó a conocer a Christine en aquel festival con las músicas de Vivaldi, Haëndel o Chopin.
--¡Estoy feliz! Pero dime, ¿qué compositor? ¿Bach? ¿Ravel? ¿O tal vez Beethoven? ¡Tú sabes bien que los adoro!
Le hice sentarse en el sofá, en la sala. Tiernamente, me acerqué hacia él, me senté ligeramente encima de sus piernas y le di otro beso en los labios. Continué con la voz de cuando él había llegado, con mucho amor por él:
--¿Estás bien cómodo? Espérame aquí sólo un momento, que yo salgo y empiezo...
--Muy bien. Estoy muy ansioso...
Salí un momentito de la sala para volver con un violonchelo y una barra para tocar con él. También cogí una silla para sentarme, ya que este instrumento sólo se puede tocar así.
Yo toqué con el violonchelo, un fragmento de “El cant dels ocells” (El canto de los pájaros), que era muy famosa en todas partes por el músico catalán Pau Casals. Es una de las músicas favoritas de muchos catalanes cuando están fuera de su tierra natal, como yo. Jojo estaba muy emocionado... Yo estaba contenta de poderle ofrecer aquello, que da nuevas perspectivas a nuestra relación y que nos saca de la rutina... Me dediqué a tocar la música con entusiasmo, pero sin perder nunca el sentido de la música, sin añadir o poner nada, con todo respeto. Era como una cosa sagrada para mí.
Cuando acabó la música, él estaba del todo emocionado, con algunas lágrimas por su rostro.
Hice una reverencia, como hacen los músicos al público después de su interpretación, mientras que Jojo me aplaudió.
Volví a abrazar a Jojo, sentada otra vez sobre las rodillas de él, con los dos sentados en el sofá.
Me fijé en su emoción de antes, aún bien patente en su atractivo y dulce rostro.
--Estás muy emocionado, incluso en las lágrimas... ¿Sabes? Mis padres iban con frecuencia a Prades para oír a Casals...
--Sí. Es muy bonita. Además, Pau Casals tocó esta música en la Casa Blanca para Kennedy... El Presidente estaba también muy emocionado, como yo.
Jojo intentaba contener una nueva riera de lágrimas y ya parecía demasiado emocionado, tal vez. Yo ponía amorosamente mi cabeza sobre el pecho de él.
Creo que lloraba más porque yo se lo había ofrecido como una muestra de amor en forma de pequeño concierto musical que por la misma música, lo comprendí enseguida. Y entonces se veía el amor inmenso que él siente por mí. Las discusiones de los otros días, tal vez lo habían distanciado de mí, pero con ello, él comprendía que me ama mucho.
--Siento que aún puedo llorar, si quieres... –dijo, con voz entrecortada.
--Pues, sí, yo también estoy muy emocionada –decía yo, mirándolo a los ojos.
Reflexioné, mientras me abandonaba al poner mi cabeza sobre el pecho de Jojo como si estuviera yo en mi cama por la noche, que siempre me viene lo mismo: cuando siento “El canto de los pájaros”, me entran ganas de llorar... Es más fuerte que yo... Pero es tan bonito... ¿Que tal vez tendré que ir más veces al Rosellón? Que es la nostalgia por mi tierra, que me viene a menudo aquí, en París, ochocientos kilómetros al Norte de Perpignan?

MAGDALENA SERRA: CAPÍTULO VIII (EL EXTRAÑO JUEGO DEL AMOR)


CAPÍTULO VIII:
EL EXTRAÑO JUEGO DEL AMOR



Un día hicimos una de las excursiones que nos gustaba hacer de vez en cuando, toda la pandilla de amigos, hacia el campo. Íbamos en dos coches, hacia las afueras de París. Éramos Charles, Anaïs, Georgette, Christine, Ferdinand, Jojo y yo misma.
Yo iba en el coche con Jojo, Georgette y Ferdinand. Yo y mi chico en los asientos de detrás, Ferdinand conducía y Georgette a su lado. De golpe y porrazo, Ferdinand comenzó a hablar de una cosa que marcaría, para bien o mal, todo aquello que nos pasaría aquel atardecer al campo.
--Ahora me acuerdo de un juego que hicimos en la Uni... Era muy inofensivo, pero también bastante excitante.
Yo estaba muy curiosa, y pregunté:
--¿Qué tipo de juego?
Su respuesta ya me dejó boquiabierta:
--Nosotros nos besamos todos con todos, incluso entre los del mismo sexo.
Me acerqué algo más hacía el asiento de delante, para decirle, toda preocupada:
--Eh, conozco bien este juego, y es peligroso. Imagina si tu novia se enamora finalmente de otro tío. ¿No tienes miedo de que ella te deje por otro?
--Sí, claro, pensé en eso, pero creo que lleve ningún problema. Además, a nosotros, tanto se nos da el sexo del otro. Tú podrías besarte con Georgette, o yo con Jojo.
--Tengo amigos homosexuales y lesbianas, a los cuales tengo mucho respeto –intervi-no Jojo—, y también he ido a manifestaciones de apoyo a los gays. Pero prefiero las mujeres. ¿Ferdinand y yo enamorados? ¡Hay aquí algún riesgo!
--No sé... –dije con resignación— Ferdinand, tú tienes mucha confianza en ti mismo, pero yo...
Poco tiempo después, llegamos al lugar del campo a donde íbamos. Bajamos todos de los coches, cogimos la cesta con la comida y los siete comenzamos a ojear un lugar ancho y majo en donde poder sentarnos.
Ferdinand nos reunió en grupo para explicarnos todo aquello que él creía que hacía falta contar para comprender el juego, con una mezcla entre solemnidad y hacer el chulo, mientras ponía la mano encima del hombro derecho de Georgette, la cual hacía expresión de enamorada absoluta y feliz.
--Si queréis, para este juego, tenemos bastante con compararnos con los actores. Están acostumbrados a besarse con otros, que no les pasa lo mismo. Recordad estos nombres: Juliette Binoche, Antonio Banderas, Gerard Depardieu, Robert De Niro, Audrey Tautou... Todos tienen pareja. Sólo tenemos que hacer como ellos...
A mí no me acababa de convencer aquello ni un ápice. Preocupada, me miré a Jojo, que estaba como yo.
--A mí, eso no me dice nada. ¿Qué piensas?
--Que es peligroso. Este juego es una bomba, y no se sabe qué puede llevar.
Ferdinand, en su actitud habitual de chulo, se rió ruidosamente, ante una Georgette del todo sorprendida.
--¡Ja, ja, ja...! ¡Pero qué panda de gilipollas! ¡Es increíble!
--¡Ferdinand! –dijo Georgette—. ¿Qué dices? Por favor…
--No pasa nada –dice él, acto seguido—. Perdona, Georgette, pero tus colegas son bastante miedosos. Nosotros somos adultos, no tenemos que sufrir por nada.
--¿Ah, no?
Entonces, Christine, hasta entonces callada y que se miraba todo con su habitual impasibilidad, tomó parte en la conversación colectiva:
--Este tío tiene razón. Yo fui actriz durante algún tiempo en un teatro, y los actores se pueden besar sin ningún problema. Y pasa lo mismo con los actores de películas porno. Muchos de ellos están casados y tienen hijos. Como Rocco Siffredi, por ejemplo.
--¿Tú también eres actriz? ¿Has hecho algunas obras de teatro? –pregunté yo, toda maravillada.
--Oh... –respondió ella, como si nada— Hice Tennesse Williams, Molière, Lope De Vega, Neil Simon... pero sólo era un grupo de aficionados, no profesionales. Creedme, no es peligroso. Ya no somos unos niños.
Yo me maravillé, y se lo dije:
--Qué guai, Christine. ¿Qué papel fue más interesante para ti?
--Fue en “Los Miserables”, basada en la novela de Victor Hugo.
--¿Y cual personaje hiciste? ¿Fantine? ¿Cosette?
--No, hice del Inspector Javert.
Entonces, yo me la imaginaba disfrazada como el Inspector Javert, el implacable inspector que perseguía a Jean Valjean sin descanso, sobre todo con el rostro de John Malkovich en la serie televisiva que protagonizó Gerard Depardieu como un mayor Jean Valjean. Me la imaginaba a ella con aquella gigantesca chistera de la época, de la Francia de los años 1830.
--Javert... –dije yo, haciéndola a ella una sonrisa de complicidad—. Tiene el mérito de ser original.
Ella se quedó toda cruzada de brazos, con su impasibilidad, como si no fuera de este mundo y bajando la cabeza.
Pero mientras tanto, Ferdinand quería saber si todos estábamos preparados.
--Bien, ¿podemos comenzar, entonces?
--De acuerdo, vamos –dijo Georgette.
Y Ferdinand se animó, comenzó a dirigirnos a todos como si de unas marionetas se tratase, y dijo en primer lugar una especie de canto de la primera estrofa del himno nacional francés, ya sabéis, “La Marsellaise”:
--“Allons, enfants de la patrie, le jour de glorie este arrivé!” Veamos... Joseph... tú vas con Georgette... Y Christine... ¡con Magda!
Yo me enfadé, y se lo dije, mirándomelo fijamente a los ojos.
--¿Con Christine? ¡Ya te lo he dicho, tengo amigas lesbianas, pero me gustan los hombres!
Él, con una impaciencia cada vez más evidente, y casi desesperado, contestó:
--Pero lo repito por milésima vez: esto no es más que un juego, nada serio. Yo mismo estoy dispuesto a besarme con un tío para convenceros.
Y en Jojo estalló.
--¡Bien, ya basta, ahora! ¡Deja estar tus gilipolleces! ¡Estoy harto de que tú quieras burlarte de nosotros!
Georgette estaba de acuerdo con mi novio, y ella no se creía las extravagancias del suyo.
--Tiene razón, para ya. No me gusta nada así. Nosotros estamos muy lejos de ser unos “reprimidos”, ¡pero esto es ridículo!
Finalmente, en Ferdinand, viendo que no tenía casi aliados, plegó (en catalán coloquial, renunció).
--De acuerdo, renuncio. Perdonadme. Yo sólo quería probar vuestra fidelidad con este pequeño juego, veo que vosotros lo sois y que yo fui demasiado lejos. Vuestra fidelidad es muy extraña hoy en día.
Christine, toda cruzada de brazos y con una expresión que parecía de decepción, dijo:
--Estoy de acuerdo contigo, a pesar de que yo estaba bien dispuesta a participar en este experimento... Da lo mismo.
--¿Experimento? –dije yo—. ¡Christine, los experimentos se hacen en los laboratorios con los ratones! Los experimentos, con gaseosa. Yo no soy para nada una reprimida, además de muy liberada, pero no hago cualquier cosa.
Ferdinand se llevaba la mano a la cabeza, y parecía a punto de ponerse a llorar amargamente.
--Lástima... esto podría haber sido interesante, también.
Yo le chillé:
--¡Ya basta, tú no podrás convencerme!
Y Christine, con la misma postura de antes, pero ahora bajando la cabeza, con la barbilla casi rozando sus pechos, dijo:
--Déjale estar. Todo esto ha pasado porque nos aburríamos.
Anaïs conocía el pasado de Christine y su anterior relación amorosa con Jojo, así que le dijo:
--Tú, con tal de dar un beso a Jojo, eres capaz de todo.
Los demás miembros de la pandilla hablaban también de aquello que habían visto, como Jojo y Charles:
--Estaba todo a punto de irse al garete. Tuvimos la suerte de pararlo a tiempo.
--No somos ningunos hipócritas. Hay otras formas de demostrar que somos fieles.
Georgette era casi aparte de todos, cruzada de brazos y mirándose a su novio con una expresión despreciativa.
--Ferdinand... Espero que todo esto sólo haya sido una broma, finalmente... Por que como no lo haya sido...