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dimarts, 5 de juliol del 2011

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo XXI)











CAPÍTULO XXI


Pasaron varios días, y Jarvis y Judy, cada uno por su cuenta, empezaron nuevamente a ser felices. A todo el mundo le parecerá absurdo lo de que sean felices a pesar del fracaso de su relación. A nosotros también, pero es que la naturaleza humana se defiende así cuando tiene demasiados problemas graves y llegan a agobiar a quien los padezca. Es un mecanismo de autodefensa que ayuda a seguir viviendo, a sobrevivir, vamos. Judy y Jarvis sabían que el problema que tenían había que cortarlo de raíz, y así han evitado que el problema fuera como un barco hundido, que se hundiría con ellos dentro.
Veamos ahora qué hace Judy. Volvió a oír de nuevo aquella canción de la española Luz Casal, la que oía al empezar ésta novela, “Y voy a por ti”. Parece que es la que siempre le da ánimos para actuar. Aunque siempre ha dicho que si la chica de la canción actúa como una fiera salvaje para conquistar al chico que ama, Judy no se lo montaría igual, claro. Es más cerebral, menos visceral. Pero a veces necesitaba un impulso más visceral, algo diferente a lo que siempre había hecho.
En aquel día, no lo habíamos dicho antes, era el último día del año, y como hacía justo trescientos sesenta y cinco días, era estaba sola, sin pareja, y su hermana estaba como siempre con Tommy. Parecía que la suya era una pareja incombustible, imperecedera. De vez en cuando dejaban un poquillo, eh, remarquémoslo, UN POQUILLO, de besarse y acariciarse, y Kathy hizo un comentario:
--Tommy, se me ha ocurrido una idea para una canción que podría hablar de algo como lo nuestro, un chico y una chica que no paran de morrearse.
--Eso está muy bien. ¿Y qué diría la letra?
--No lo sé, aun no lo he pensado, tío...
--Pues no me distraigas ahora con letras ni chorradas. ¿Empezamos otra vez...?
Kathy comprendió a qué se refería su novio, qué cosa tenían que recomenzar, y lo primero que hizo, súbitamente, fue abrazarle y mirarle tiernamente a los ojos.
--Me mola, tío –fue su lacónica respuesta, milésimas de segundo antes de sellar sus labios con los de Tommy.
Según las cuentas que llevaban, ese era el morreo número 379.
Por la noche, todos fueron a un restaurante, que aunque en toda Nueva York hayan unos 25.000, no es fácil encontrar uno en el que pueda haber de todo. Pero a ellos les importa todo eso un rábano, que lo que quieren es comer bien y sencillo, no una comida burda ni sofisticada. Y fueron a uno italiano, sito en la Madison Avenue, de precios moderados y con una decoración no muy espectacular, pero en el que podría encontrarse bien cualquiera. Allí fueron Winnie, Arthur (él iba a empezar en breve el rodaje de su nueva película, quizá en una semana, y ella ya había acabado el de la suya, empezando en breve el montaje de la misma, hacer la banda sonora, etc.), Judy, Kathy y Tommy. Por razones obvias, Jarvis no había venido, ya que estaba en otro sitio y ahora iba por su cuenta. Además, no le apetecía mucho volver a ver, por ahora, a su ex. Por ello se excusó de no poder ir a la invitación que le hicieron Kathy, sobre todo.
También se había acercado por allí George Miravitlles, que venía con su hermana Rose y el último ligue de ésta, un canadiense de la provincia francófona del Québec llamado Jean-Gilbert Leblanc. George había cortado hacía poco con la última chica que se había ligado, que superó a base de volcarse en su trabajo. Es algo que a veces ayuda en circunstancias tan amargas como ésta.
Al pasar varias horas, ya cada pareja prefirió centrarse en ella misma, y disfrutar de “lo que ya saben” a solas.
¿Y Judy? Como supondrán, no podía irse con nadie, ya que no tenía pareja, y aparentemente nadie al que poder echarle el guante para irse con él, algún tío bueno que le atrajera apasionadamente...
...Hasta que se fijó en George, y empezaron a hablar. La conversación entre ambos era de gran interés para cada uno/a, por lo que, a medida que pasaba el tiempo, ese interés no iba por lo puramente amistoso.
Es decir: Judy y George ligaron. Sí, ligaron. ¿Cómo?
Empezaron hablando de los dibujos artísticos de él, de sus exposiciones en alguna galería de arte, no muy importante pero que estaba bien para exponerse...
...Y fue ella quien empezó el “rollo”, digamos, el “enrollarse” entre ambos. Cogió la mano de él con la suya, por debajo de la mesa en la que estaban sentados, uno al lado del otro.
Salieron afuera al marcharse los demás, y Judy sugirió que podían irse a casa de ella, ya que sus padres se iban a otro sitio. Y Kathy y Tommy también, ya que se iban a la casa de él, así que tenían la casa de Judy para ellos solos. Así se sentían libres para hacer de todo sin que les molestaran.
Antes empezaron con la clásica actitud primeriza de besos y besos, uno detrás de otro. Luego, ella pensó en poner alguna música en el radio-cassette para acabar de ponerse cachondos.
--¿Es tu táctica para ligar? –preguntó George, interesado.
--Sí... pero algunos chicos también usaban esa táctica conmigo –contestó ella.
--Ya... ¿y qué música pondremos?
--No sé. Mira las cintas que tengo –Judy le señaló una hilera de cintas de cassette, unas de cantantes, otras de bandas sonoras de películas famosas y otras de series de televisión. Pero cuando él buscaba alguna entre el montón cuidando de no desordenarlo todo, ella le dijo--: Espera, George, que sé de una música que te molará.
--¿Cuál es?
--La has oído mucho, como yo. Cuando te la ponga, sabrás cuál es...
Cogió una cinta, que él no vio bien cuál era, y la puso en el radio-cassette.
Empieza a sonar la música. Era de la famosa serie televisiva “Twin Peaks”, y ésta vez no era el tema “Audrey’s dance” (El baile de Audrey), sino “Dance of the dream man” (El baile del hombre del sueño), aquella en la que el hombre enano que sale en varios sueños del protagonista principal, el agente del FBI Dale Cooper. Aquel enano de apenas medio metro de estatura que habla con una voz metálica y casi inaudible, que para entenderle sus diálogos aparecían en la pantalla del televisor siempre con subtítulos. Judy y George hicieron lo mismo que habían hecho ella y Jarvis justo un año atrás, poniendo en todo una sensualidad bastante evidente y también natural, nada fingida. George lo hizo de una manera más bien original, que sorprendió mucho a Judy, la cual le siguió el juego, muy fascinada... y él también demostraba estar fascinado por ella.
Ya en la cama, tuvieron una noche dabuten, siempre según los términos de argot empleados por Judy, que George conocía, aunque algunos se le escapaban. Una cosa es que él estuviera al día, ó “al loro”, de cómo hablan los jóvenes del momento, pero como cada dos por tres hay palabras nuevas, no podía asimilarlas todas.
Después de haber hecho el amor, se quedaron quietos un momento, ella encima de él, pensando que qué suerte habían tenido, al haber ligado el uno con el otro. Se encontraban muy a gusto, tranquilos y relajados, una buena terapia para las penurias pasadas en los meses anteriores. Judy se acordó de su ex, Jarvis, y pensó:
--Ojalá Jarvis esté ahora follando con alguna chica, y pueda ser feliz de nuevo. Se lo merece, es un buen chico. Él y yo lo pasamos dabuten, nos quisimos muchísimo, pero nada... nada dura para siempre.
Pero se acordó de que ahora está con George Miravitlles, el chico estadounidense hijo de catalanes, así que decidió volver al presente y al lugar en donde estaba, así que aquello de pensar en Jarvis se acabó... por ahora.
--George, ¿te lo pasas dabuten? –le preguntó cariñosamente, acariciándole el pecho.
--Sí, mucho. Me hace gracia tu manera de hablar, tía –le dijo, con una sonrisa en la boca.
Ella se derretía de amor por él, quizá por que aquella sonrisa le gustaba. Tantas veces que le había visto, y no se había dado cuenta hasta aquella noche de aquello.
Judy le acariciaba suavemente el pecho, con pocos pelos, y ello le recordó algo, que le comentó súbitamente:
--Eh, George..., ¿sabes que cuando estuve en Barcelona el verano posé desnuda para una amiga dibujante?
--¡Caramba! ¿Y saliste bien en ese dibujo?
--Sí. Es una artista. Dibuja dabuten, tío.
--¿Tienes copia de ese dibujo?
--No, no la hizo, pero me dijo que algún día me enviará una por Correo.
--¿Era una buena chica?
--Sí, era encantadora, simpática. Lo que pasa es que era bisexual... y quería ligárseme.
--¡Vaya! ¿Y tú qué le dijiste?
--Que no quería, claro. Aunque pienso mucho que si yo hubiese sido como ella, el primer paso lo hubiera dado yo. Es decir, que yo me la hubiera ligado primero.
Se rieron.
Siguieron charlando, y cuando George dejó de estar en lo que se llama la “fase refractaria”, es decir, el tiempo que un hombre, después de haber eyaculado, está sin volver a tener una erección, volvieron a hacer el amor.
Al día siguiente, empezaron a salir juntos. Y ya, digamos, que como pareja.
Mientras tanto, Jarvis –retrocedamos unos días antes—también intentaba rehacer su vida. Pero de otra forma...
Cuando Judy se hubo marchado, no sólo de su casa sino de su vida, decidió telefonear a su ex, la francesa Valérie Chévenement.
En ese mismo momento Valérie pasaba por lo mismo que Jarvis y Judy, que había roto con su último ligue. Intentaba animarse arreglando un poco la casa, y estaba con la escoba pasándola por la salita hasta que sonó el teléfono. Iba con un pañuelo en la cabeza, con camiseta y pantalones, y descalza.
Dejó la escoba apoyada en la pared, de manera ordenada, y fue a descolgar el auricular.
Preguntó, con absoluta indiferencia en el tono de voz:
--¿Diga...?
--Hola, Valérie, soy Jarvis –escuchó por el auricular.
Valérie sonrió. Seguía apreciando a su ex, pese a que su relación amorosa no fue demasiado bien.
--¿Jarvis...? Ah, hola, “chérie”. “Ça va, garçon?” (1)
--¿Cómo dices...?
Valérie no se acordaba de que Jarvis no dominaba bien la lengua natal de ella.
--Perdona, Jarvis. Decía que cómo estás.
--Bien, bien... –dijo él, aunque no estaba muy por la labor, por ahora, de decirle a ella que estaba “depre” perdido.
Pasaron unos segundos. No sabían cómo continuar la conversación. Valérie se sentó en el sillón para hablar mejor y más tranquila y relajada. Apoyó los pies descalzos en la mesilla de la salita, justo enfrente.
--¿Cómo te va con el chico ese? –preguntó Jarvis.
--¿Por eso me llamabas...? –preguntó Valérie, decepcionada.
--Eh... no... perdona, no era por eso... –se excusó Jarvis, avergonzado, como un niño que ha cometido una falta terrible.
Continuó Jarvis:
--Te llamaba para saber cómo estás.
--Pues... he roto con mi novio.
--Qué casualidad.
--¿Tú también has roto con Judy? –preguntó Valérie, sorprendida y sonriendo, como si ello le animara de repente, al menos para intentar abordar nuevamente a su ex.
--Sí... Ya ves. Los dos estamos igual. Eh... –fue a decir él-- ¿Podemos vernos mañana?
--¿Mañana?
--Sí. Quedar para charlar.
--Claro, Jarvis. Me encantaría.
Cada vez estaba ella más animada. En el fondo, llevaba tiempo echando de menos a su ex. Había aprendido a apreciarle pese a sus defectos, y sobre todo le añoraba como el mejor novio que había tenido.
--Muy bien, cariño –le dijo, con ternura y sin exagerar su acento francés, cosa que sabía que era el tópico que los americanos solían tener de los franceses, algo que le indignaba del todo--. ¿Mañana a la hora de cenar?
--Claro, Valérie. Em, ¿en dónde?
--En... en el restaurante aquel. Los restaurantes caros y cursis, “je n’aime pas ça” (1).
Con su escaso francés, Jarvis entendió ésta vez el significado de la frase pronunciada por la chica gala. Dijo:
--Dabuten, tía.
--¿Dabuten...? ¿Qué significa eso...? –no comprendía ella la mayoría de las veces el argot neoyorkino.
--Que muy bien, Valérie –le aclaró él el significado.
Ella se quedó tranquila.
--Gracias, Jarvis. Nos vemos... –le dijo, con una voz repleta de ternura y de esperanza en una vida mejor.
--Cómo no, Valérie...
Todo esto tuvo su continuación en el restaurante en cuestión. Acabaron saliendo a la calle después, besarse apasionadamente en una esquina e irse a la casa de ella. Hicieron el amor como nunca en sus vidas, ni siquiera con sus anteriores parejas ó cuando ellos mismos eran pareja.
Se quedaron en la misma postura en la que se habían quedado Judy y George “después de...”. Miraban al techo con una sonrisa en sus bocas muy clara. Parecían haber entrado en la gloria, haber salido de una tremenda pesadilla.
--Yo he intentado encontrarme bien con los tíos con los que tuve una relación después de ti –empezó a confesarse Valérie--, pero no lo conseguí...
--Y yo he tenido altibajos con Judy –contestó Jarvis--. Unas veces discutimos, y otras nos amábamos y discutíamos a la vez.
--El amor es así de caprichoso.
--Sí...
--Veo que ahora no me sales ya con las manías y tics que tenías antes, Jarvis... –observó ella.
--No, sigo con las mismas manías, pero he aprendido muchas cosas nuevas con ella. Muchas cosas de Judy son las mismas que las tuyas, Valérie.
--Ah, “très bien”. ¿Y cuáles son?
--Ya te las contaré poco a poco.
--¿Es que son muchas?
--Como para llenar la guía telefónica.
--¡Ja, ja, ja...!
Rió Valérie, hacía tiempo que no reía tan a gusto. Jarvis no rió tanto como ella, pero también disfrutaba con ello como hacía tiempo que no.
--¿Y ahora no me las puedes contar...? –le pidió ella.
--Venga, no jodas. ¿Ahora...?
--Bieeeeen... me imagino, tío, que de vez en cuando seguirás con esa idea fija que tenías de querer ser mujer en otra vida, ¿no?
--Sí, todavía, pero no te preocupes, tía. Peor sería que no supiese apreciaros a vosotras las mujeres y os maltratara.
--Anda, Jarvis, vaya piropo...
Más tarde, cuando tomaban algo en la salita de la casa de Valérie, sonaba en su tocadiscos un disco del músico de jazz catalán Tete Montoliu, muy conocido entre la gente del jazz. Precisamente en una escena de “Hanna y sus hermanas” de Woody Allen, en la de la tienda de discos entre Allen y su ex cuñada, se vislumbra un stand con discos de él.
Jarvis, para llevarse mejor con su nueva novia (aunque ya lo hubiera sido en un tiempo anterior), intentó retomar sus clases de francés para poder hablar con ella algo más que en inglés neoyorkino. Costaba a veces entrar bien en el francés coloquial parisino que hablaba Valérie. Igual que a ella le costaba horrores en ocasiones entrar en el endiablado “slang”, es decir, el habla coloquial estadounidense en versión “made in New York”.
En un momento dado, Valérie intentaba enseñar a Jarvis ésta frase:
--“Je veux draguer avec quelqu’un”. (2)
--“Xo vó dragué avéc kelkán” –dijo él, con un lamentable acento, casi cómico sin quererlo.
Valérie se tapó ligeramente la boca, intentando aguantarse la risa.
--Jarvis, por favor, trata de vocalizar. Tu acento es peor que el inglés que habla el portero de la casa de una amiga mía, que es de Yugoslavia.
--Lo siento, tía, es que me cuesta... Lo raro es que en Barcelona conseguía hablar bien el catalán.
--Sí, yo también he estado alguna vez en esa ciudad, preciosa, además. ¿Qué sabes de catalán? –preguntó Valérie, interesada.
--Eeeeeeh... –intentó acordarse Jarvis de alguna frase catalana— “S’han fet un pa com unes hòsties” (3)
--“S’han fet un pa com unes hòsties”... –repitió ella--. Pues bien... “I ara! No sabem ben bé quines coses en faran, d’aquests paios!” (1)
Pronunciaba las frases con un buen acento, aunque por debajo se le notaba su acento francés habitual, cosa que no conseguía nunca disimular del todo.

TOT ACABARÀ BÉ... SI ANÈS BÉ (Capítol XX)











CAPÍTOL XX





Quan la Judy va arribar a casa seva, tots allà celebraven alguna cosa, de la qual la Judy no se’n recordava en aquest moment què era.
--Què passa aquí? Que m'he perdut alguna cosa? –va preguntar.
--Avui és l’aniversari de la Mamà, ¿que no te’n recordaves? –va contestar la Kathy, que va entrar a la sala portant un pastís.
La Judy va posar cara d'horror. ¡L’aniversari de sa mare i se li havia oblidat! Va mirar el rellotge i va observar que ja era massa tard per a anar a comprar alguna cosa, ja que la majoria de les botigues estaven tancades.
--Ep, Mamà, felicitats... –es va acostar a la seva mare i li va abraçar. Amb cara de vergonya es va disculpar--: Perdona'm, Mamà, que no t'hagi comprat res. Avui, hem tingut molta feina, vaig haver de substituir a una companya, ocupant el seu torn –es va inventar una excusa. La Mallory, és clar, no va sospitar que allò no era més que una trola, una mentida piadosa, diguem-ne.
La Mallory va acceptar l'excusa, per si no ho han endevinat.
--T'entenc, filleta –li va dir, amb tendresa maternal i un somriure del mateix estil.
--I... ja et compraré alguna cosa, Mamà.
--Tranquil•la, no cal. Tinc bastant amb els regals dels teus germans i del teu pare.
--Què són?
Els hi va mostrar. Eren un llibre d'Història Universal de la Pintura, regal d’en Ralph, el pare; una samarreta lleugera per a dur a l'estiu, regal de la Kathy; i una figureta d'un soldat de la Unión que va combatre a la Guerra de Secessió americana, regal d’en Ralphie. Aquest últim regal, encara que no ho va dir, li va desconcertar una mica, doncs no semblava gaire adequat per a ella. Però l'hi va agrair, igual que al seu marit i a la seva filla, la Kathy. La Judy va aprofitar novament per a disculpar-se per no haver-li comprat gens.
--Et compraré alguna cosa demà, Mamà, t'ho prometo –va tornar a dir-li la Judy, impertèrrita.
--Bééééé, d'acord... –va contestar la Mallory, convençuda i desitjant que la seva filla s’aturés i deixés de picar amb el mateix tema, que s'havia convertit per a ella en una obsessió--, compra-me'l demà, el que vulguis...
A l'endemà, en aixecar-se del llit, la Judy es va arreglar per a anar a la feina. La Kathy, quan ja estaven desdejunant, es va fixar en la seva germana, i com sempre és molt intuïtiva, va notar que la seva germana ja no estava tan deprimida com feia poc de temps .
--Aquesta deu haver-se lligat a algun –va pensar i va intuir, fixant-se en el somriure que s'albirava en els seus llavis, aparentment dissimulada per la Judy.
La Judy va notar que la seva germana semblava sospitar una mica d'ella, al mirar-la dissimuladament de reüll.
--La vam fotre...! –va exclamar per a si mateixa, com irritada--. Aquesta Kathy dels collons ja ha de sospitar que ja no estic tan sola.
La Kathy no va poder resistir-se i li va preguntar a la seva germana, en una veu no gaire alta i amb alta dosi de complicitat entre germanes:
--Judy, ¿Qué t'has lligat a algun noi?
L'al•ludida no es va deixar intimidar i va posar en pràctica els seus dots d'estudiant d'Art Dramàtic.
--Quina morbosa ets, germaneta –li va contestar--. Sempre pensant el mateix... Com tu estàs massa tranquil•la en la teva relació amb en Tommy, que és tan tranquil•la que et deu semblar més avorrida que no pas una operació d'àlgebra, tu vols que jo tingui algun embolic.
--Ja, però no em canviïs el tema. ¿A qui t'has lligat?
La Judy va pensar en un moment a dir que no o dir que era qualsevol altre noi que no fos en Jarvis, però va decidir ser valenta i contestar:
--He tornat a veure en Jarvis.
Ho va fer en veu baixa. No volia que ningú més ho sabés. I sobretot que la seva mare hi era a la cambra de bany arreglant-se. Aquesta cambra de bany no estava massa lluny, i li aterria la possibilitat que s'assabentés. Tenia en el fons més confiança en la Kathy.
I la Kathy va posar una cara d'estranyesa, cosa òbvia a l'escoltar que la seva germaneta hi havia tornat als braços (i a la boca, i al cos, i al membre, i a tot el que tingués) del seu exnuvi.
--Merda, ho sabia –va dir, amb la suficient enteresa perquè no li escoltés ningú més que la Judy.
Passats uns segons, va reprendre el tema:
--Com ho vau aconseguir...?
--Doncs jo li trobava a faltar i li vaig anar a veure a casa seva.
--I vosaltres ho vau fer...?
--Si.
--Oh.
Les respostes de la Judy van ser segures, sense tremolar. Finalment va deixar de tenir por i l'hi va dir així, de sobte, a la Kathy. Només amb ella tenia la suficient confiança per a això. Amb la seva mare sí que tindria objeccions i una por atroç.
La Kathy va decidir no preguntar més sobre el tema. La Judy ja es va asseure a desdejunar, i el tema es va quedar

oblidat fins a la pròxima vegada que alguna de les dues germanes decidís reprendre'l.
Més endavant, la Judy es va retrobar amb en Jarvis, i volien anar-se al cinema. Però més tard, quan ja hi eren a casa d'ell tots dos solos, es van trobar amb un problema, que si no era un dels dos qui ho tenia, ho tenia l'altre: tenien una mica de desconfiança en si mateixos, recordant-se novament d'aquell fracassat “ménage-à-quatre”.
Desconfiança, doncs, de tornar a fallar de nou, de fer l'idiota, de... bé, ara era la Judy qui tenia por de cagar-la una altra vegada.
--Què et passa, Judy? –li va preguntar en Jarvis, atent a les seves ganyotes.
--No sé... –va respondre ella— En alguns moments, no em trobo segura...
--Segura de què?
--De fallar, que tot això es foti de cop... Ara, ni tu ni jo ens sentim tan segurs de nosaltres mateixos com quan ens vam conèixer.
--I una merda! Conec a parelles que han estat a punt d'acabar pitjor que la de “L'últim tango a París”, i després han acabat bé. No siguem paranoics, Judy.
--No vull ser-lo, Jarvis. Però recorda que no som ni en Marlon Brando ni la Maria Schneider...
--I tu no fotis, amb perdó. Era només un exemple...
Així van estar una bona estona. Però ara canviem a uns dies més tard, i ens els vam trobar després d'haver discutit novament.
--Sembla mentida –deia ella, furiosa— que siguis tan feble, tan infantil!
--I què...? Ningú és perfecte. Jo mai vaig presumir de ser un paio fort, varonil i invulnerable, cony. I tu, això ho sabies bé! Que t'ho vaig dir un munt de vegades! ¿És que sempre mitifiques tothom, i quan veus que no és com et creies, ja no t'agrada...?
--Jo...? Sí, moltes vegades, cony... però tu també. De vegades sembla que prefereixes que jo ho arregli tot, que jo sigui la qual et tregui les castanyes del foc, per que com jo sóc una dona, jo puc resoldre'l millor. Em sembla que vosaltres els paios preferiu deixar-nos a nosaltres els problemes, amb l'excusa de la igualtat de drets, la igualtat de sexes i totes aquestes parides...
--Ep, ep, no em soltis ara un discurs! Mira, Judy, sé que hem comès errors, que els he comès jo i que els has comès tu, però... Però, cony, que això se'ns ha escapat de les mans! ¿Qué no serà que encara no estem preparats per a viure junts, per a tenir una vida en comuna?
--Què cony dius...? Ara t'ho planteges? ¡Si fa gairebé un any que ens coneixem i ara és quan et preguntes que si estem o no preparats per a viure junts! Podries haver-te'l plantejat abans de ficar-te al llit amb mi, o plantejar-te'l uns dies després, quan la nostra relació ja era una realitat i no pas una aventura sexual d'una nit! ¿O és que llavors només volies això, un pols amb mi i ja està?
--Un pols...? –en Jarvis no entenia bé a què venia aquesta pregunta--. A qualsevol persona, home o dona, de tant en tant li fan ganes d'això!
--Vaja, molt graciós –va dir la Judy, en to sarcàstic--. O sigui, que llavors només volies fotre...
--No exagerem, Judy, que ens estem anant pels turons d'Úbeda, com diuen a Espanya. En aquella nit havíem begut molt xampany, i això és un afrodisíac força potent. Molta gent, després de beure's això, acaba fent-lo. Ningú pot evitar-lo.
Van parar uns moments. Com la Judy no contesta, o primer de tot no sembla que vagi a fer-lo, ell continua amb el seu discurs:
--I no t'oblidis que plegats hem passat molt bons moments, Judy. En qualsevol lloc on hem estat, tant a Nova York com a Barcelona. ¿Qué amb els altres nois amb els quals vas estar abans que jo no vas tenir també bons moments?
--Sí, sí, també, és clar... Però no et treguis la culpa, nano.
Van tornar a callar-se. Aquesta vegada semblava que era en Jarvis qui no sabia com respondre a l'última frase de la rossa.
Finalment ella va trencar el silenci.
--Jarvis, he pensat...
--El què?
--Per què no ens separem...?
--Què...?
En Jarvis va mirar-se fixament la Judy, pensant que feia broma. I per a ell era inconcebible barrejar tot allò amb una broma en un moment tan dramàtic com aquell, ja que creia que ella feia broma. La seva relació amorosa, que desesperadament intentaven salvar amb aquell nou intent de reprendre-la, i ella li suggeria de cop que se separessin altre cop!
--Separar-nos...?
El noi va obrir molt els ulls, encara que sense exagerar, sense parer teatral.
--Em refereixo --va dir finalment la Judy— a deixar de veure'ns durant algun temps, buscar-nos una altra parella, i potser quan passin... ep... –va meditar el que anava a dir després, durant uns segons— dos o tres mesos, podrem tornar a veure'ns... eh, a estar junts...
--De debò hem de manar-lo tot a la merda... per algun temps? –va preguntar en Jarvis, gairebé deprimit, amb una expressió en el seu rostre a punt de plorar desconsoladament, una expressió terrible, que pot commoure a la persona més dura de caràcter.
La Judy s'adonava d'això, i lògicament estava debatent-se en el seu interior per si fer cas a aquelles mirades suplicants d’en Jarvis o bé continuar amb els seus propòsits de donar gairebé tancada la seva relació amorosa que naufragava sense remei.
--Sí, estimat –va començar a dir ella--. No serà per sempre més. Veuràs: jo recordo que quan vam estar a Barcelona vaig escoltar una emissora de ràdio local, una que emetia per a tota Espanya, un programa on parlaven de la gelosia:

una dona precisament aquí contava que era molt gelosa i que tenia tanta gelosia del seu marit que ho espiava en qualsevol lloc en el qual ell estigués. Com ella veia que el marit era fidel, que no la feia el salt amb cap altra dona, nomès amb ella mateixa, ella va tornar a casa seva tranquil•la. Però ves per on que es va trobar al marit i a la criada allí, a la sala de casa seva, en pilotes...
--I això què té a veure, amb nosaltres? Nosaltres no vam tenir gelosia entre nosaltres ni tan sols quan el “ménage-à-quatre”.
--No he acabat. Després, el marit es va anar d'allà per a viure amb l'assistenta, uns quatre mesos. I l'esposa, mentrestant, va viure amb un altre home. Passat un temps ja es van reconciliar i van tornar a viure junts. No sé, nano, si això podria servir-nos a nosaltres, però cal separar-nos una mica, que ara no vam confiar gens l'u en l'altre pel que ja saps.
--Quina merda. Quin remei –va opinar en Jarvis, amb aparent indiferència.
--I què cony podem fer, digues-me? –va esclatar la Judy--. A moltes parelles els ha passat. Encara no som madurs, nano. Mira, des d'ara farem la nostra pròpia vida, cadascun pel seu costat. De tant en tant ens telefonarem. Et sembla bé així?
--Em... –en Jarvis meditava molt la resposta a aquella qüestió que no sabia de cap manera com contestar correctament— No sé... això no és tan fàcil, Judy. Podem separar-nos, però... i si trobem a una nova parella més interessant, que ens mola de debò que ara tu i jo, i ja no volem deixar-la mai, amb el que el nostre s'haurà acabat per sempre? No creus que fem una bestiesa, que això és com un suïcidi per a la nostra relació?
--Potser ho sigui, Jarvis, però així com estem ara tampoc podríem durar gaire. Si continuem, o ens llençarem els trastos al cap o alguna cosa pitjor.
--Cony, tia, hem vist massa folletins de la “tele”...
--I què? Tots diguem bestieses.
Sí, com qualsevol parella o qualsevol persona, ja diuen moltes bestieses, així que no esperin frases brillants, cony.
Diguem que després van decidir separar-se, però abans d'acomiadar-se, es van fer un morreig bastant llarg, un petó de comiat, però que volien que durés el més possible. Más d'un minut van estar morrejant-se, amb una passió que semblava no tenir fi. Van utilitzar en això moltes tècniques del petó, com el petó “explorador”, el petó “rítmic” i d’altres que només coneixen els experts en la matèria.
Després d'haver gaudit el major temps possible de potser l'última ocasió de sentir amor i plaure amb en Jarvis, que ja no podrà haver cap més, probablement, la Judy va sortir al carrer (és clar, a veure què volien vostès).
Quan va arribar a la seva casa, la seva mare, la Mallory li va preguntar:
--Encara segueixes pensant en Jarvis, filla?
La Judy es va quedar parada per l'inesperat de la pregunta. La seva mare havia intuït que era això el que li preocupava, que se li reflectia en el rostre, malgrat la seva tranquil•litat, més d'algú que ja està resignat que passi l'inevitable que a algú que fingeix trobar-se bé i en calma.
--Una mica sí encara, Mamà –va contestar finalment ella a la seva mare.
--Hi ha molts nois per aquesta ciutat, per tot el país i per tot el món als quals els encantaria estar amb tu, filla –li va dir la Mallory dolçament, a la manera típica de com una mare intenta animar a la seva filla.
--Gràcies, Mamà.
--I que els encantaria també cardar amb tu...
--Mamà, cada dia soltes més renecs! –es va sorprendre la Judy.
--Ui, si pugeres sentir els que soltem el teu pare i jo... –va dir la Mallory, volent tenir una mena de complicitat amb la seva filla.
La qüestió és que després de la inesperada resposta materna, mare i filla van començar a riure. Eren riures absurds, potser, però expressaven l'intent d'ambdues de fer que el passat, passat i salut i força al canut, com diuen els catalans. Intentar continuar amb la vida normal i oblidar-se de dolents rotllos i dolents moments, almenys per part de la Judy. Oblidar la liquidada relació sentimental amb en Jarvis, que va ser meravellosa però que ja no podia donar més de si.
Més tard, la Judy s’ho va contar tot a la Kathy, que pensava al principi que tot allò només era una broma, una “parida” de la seva germana. Però en veure el seu to tranquil i d'absoluta naturalitat en dir-lo, es va adonar que allò no era cap “parida”, sinó que era cert.
Se la va mirar amb ironia i li va preguntar:
--Què cony em soltes, tia...?
--Res, Kathy. En Jarvis i jo hem decidit deixar-lo, “plegar”, com deien a Barcelona, i continuar cadascun pel nostre costat.
--I per això sembles tan contenta...? Carall, tia, creia que estaries tan deprimida que o bé acabaves en el divan del psiquiatra, com una Woody Allen qualsevol en versió femenina, o que et penjaries del primer pi que trobessis!
--Això l'hi deixo per a ell... No, no ho diré! –anava a soltar el nom d'un personatge important de la vida política nord-americana del moment, però va preferir no dir-lo... per si de cas.
--Bé, com s'ha quedat en Jarvis? –va preguntar la Kathy.
--Igual que jo, Kathy. Semblava que ell i jo no podíem durar junts molt de temps, i decidim tallar ja. Ara, anirem cadascun pel nostre costat, tindrem els nostres lligues...
--Continuo sense empassar-me pas això, tia –va opinar la Kathy, amb expressió de desconfiança.
--Doncs empassa-te'l –va sentenciar tallant la seva germana
No és que estigués disconforme amb la incredulitat de la Kathy, però no tenia ganes de discutir amb ella sobre allò, un tema massa dolorós per a ella, que era millor oblidar-se totalment d'ell.

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo XX)












CAPÍTULO XX



Cuando Judy llegó a su casa, todos allá estaban celebrando algo, que Judy no se acordaba en ese momento qué era.
--¿Qué pasa aquí? ¿Me he perdido algo? –preguntó.
--Hoy es el cumpleaños de Mamá, ¿no te acordabas? –contestó Kathy, que entró en la salita portando una tarta.
Judy puso cara de espanto. ¡El cumple de su madre y se le había olvidado! Miró el reloj y observó que ya era demasiado tarde para ir a comprar algo, ya que la mayoría de los sitios estaban cerrados.
--Eh, Mamá, felicidades... –se acercó a su madre y le abrazó. Con cara de vergüenza se disculpó--: Perdóname, Mamá, que no te haya comprado nada. Hoy hemos tenido mucho trabajo, tuve que sustituir a una compañera de trabajo, ocupando su turno –se inventó una excusa. Mallory, claro, no sospechó que aquello no era más que una trola, una mentira piadosa, digamos.
Mallory aceptó la excusa, por si no lo han adivinado.
--Te entiendo, hijita –le dijo, con ternura maternal y una sonrisa del mismo estilo.
--Y... ya te compraré algo, Mamá.
--Tranquila, no hace falta. Tengo bastante con los regalos de tus hermanos y de tu padre.
--¿Qué son?
Se los mostró. Eran un libro de Historia Universal de la Pintura, regalo de Ralph, el padre; una camiseta ligera para llevar en verano, regalo de Kathy; y una figurita de un soldado de la Unión que combatió en la Guerra de Secesión americana, regalo de Ralphie. Éste último regalo, aunque no lo dijo, le desconcertó un poco, pues no parecía demasiado adecuado para ella. Pero se lo agradeció, igual que a su marido y a su hija Kathy. Judy aprovechó nuevamente para disculparse por no haberle comprado nada.
--Te compraré algo mañana, Mamá, te lo prometo –volvió a decirle Judy, impertérrita.
--Bieeeeen, de acuerdo... –contestó Mallory, convencida y deseando que su hija parase y dejase de machacar con el mismo tema, que se había convertido para ella en una obsesión--, cómpramelo mañana, lo que quieras...
Al día siguiente, al levantarse de la cama, Judy se arregló para ir al trabajo. Kathy, cuando ya estaban desayunando, se fijó en su hermana, y como siempre es muy intuitiva, notó que su hermana ya no estaba tan deprimida como hacía poco.
--Ésta debe de haberse ligado a alguno –pensó e intuyó, fijándose en la sonrisa que se vislumbraba en sus labios, aparentemente disimulada por Judy.
Judy notó que su hermana parecía sospechar algo de ella, al mirarla disimuladamente de reojo.
--¡La jodimos...! –exclamó para sí misma, como irritada--. Ésta Kathy de los cojones ya debe sospechar que ya no estoy tan sola.
Kathy no pudo resistirse y le preguntó a su hermana, en una voz no muy alta y con alta dosis de complicidad entre hermanas:
--Judy, ¿te has ligado a algún chico?
La aludida no se dejó intimidar y puso en práctica sus dotes de estudiante de Arte Dramático.
--Qué morbosa eres, hermanita –le contestó--. Siempre pensando lo mismo... Como tú estás demasiado tranquila en tu relación con Tommy, que es tan tranquila que te debe de parecer más aburrida que una operación de álgebra, tú quieres que yo tenga algún jaleo.
--Ya, pero no me cambies el tema. ¿A quién te has ligado?
Judy pensó en un momento en decir que no ó decir que era cualquier otro chico que no fuese Jarvis, pero decidió ser valiente y contestar:
--He vuelto a ver a Jarvis.
Lo hizo en voz baja. No quería que nadie más lo supiese. Y sobre todo que su madre estaba en el cuarto de baño arreglándose. Dicho cuarto de baño no estaba demasiado lejos, y le aterraba la posibilidad de que se enterase. Tenía en el fondo más confianza en Kathy.
Y Kathy puso una cara de extrañeza, cosa obvia al oír que su hermanita había regresado a los brazos (y a la boca, y al cuerpo, y al miembro, y a todo lo que tuviera) de su ex novio.
--Mierda, lo sabía –dijo, con la suficiente entereza para que no le oyera nadie más que Judy.
Pasados unos segundos, retomó el tema:
--¿Cómo lo conseguisteis...?
--Pues yo le echaba de menos y le fui a ver a su casa.
--¿Y vosotros lo hicisteis...?
--Sí.
--Oh.
Las respuestas de Judy fueron seguras, sin temblar. Finalmente dejó de tener miedo y se lo soltó así, de sopetón, a Kathy. Sólo con ella tenía la suficiente confianza para ello. Con su madre sí que tendría reparos y un miedo atroz.
Kathy decidió no preguntar más sobre el tema. Judy ya se sentó a desayunar, y el tema se quedó olvidado hasta la próxima vez que alguna de las dos hermanas decidiera retomarlo.
Más adelante, Judy se reencontró con Jarvis, y querían irse al cine. Pero más tarde, cuando ya estaban en casa de él los dos solos, se encontraron con un problema, que si no era uno de los dos quien lo tenía, lo tenía el otro: tenían algo de desconfianza en sí mismos, acordándose nuevamente de aquel fracasado “ménage-à-quatre”.
Desconfianza, pues, de volver a fallar de nuevo, de hacer el idiota, de... bien, ahora era Judy quien tenía miedo de fastidiarla otra vez.
--¿Qué te pasa, Judy? –le preguntó Jarvis, atento a sus muecas.
--No sé... –respondió ella—En algunos momentos, no me siento segura...
--¿Segura de qué?
--De fallar, de que todo esto se joda de golpe... Ahora, ni tú ni yo nos sentimos tan seguros de nosotros mismos como cuando nos conocimos.
--¡Y una mierda! Conozco a parejas que han estado a punto de acabar peor que la de “El último tango en París”, y luego han acabado bien. No seamos paranoicos, Judy.
--No quiero serlo, Jarvis. Pero recuerda que no somos ni Marlon Brando ni Maria Schneider...
--Y tú no jodas, con perdón. Era sólo un ejemplo...
Así estuvieron un buen rato. Pero ahora cambiemos a unos días más tarde, y nos los encontramos después de haber discutido nuevamente.
--¡Parece mentira –decía ella, furiosa— que seas tan débil, tan infantil!
--¿Y qué...? Nadie es perfecto. Yo nunca presumí de ser un tío fuerte, varonil e invulnerable, coño. ¡Y tú eso lo sabías bien! ¡Que te lo dije un montón de veces! ¿Es que siempre mitificas a todo el mundo, y cuando ves que no es como te creías, ya no te gusta...?
--¿Yo...? Sí, muchas veces, coño... pero tú también. A veces parece que prefieres que yo lo arregle todo, que yo sea la que te saque las castañas del fuego, por que como yo soy una mujer yo puedo resolverlo mejor. Me parece que vosotros los tíos preferís dejarnos a nosotras los problemas, con la excusa de la igualdad de derechos, la igualdad de sexos y todas esas paridas...
--¡Eh, eh, no me sueltes ahora un discurso! Mira, Judy, sé que hemos cometido errores, que los he cometido yo y que los has cometido tú, pero... ¡Pero, coño, que esto se nos ha ido de las manos! ¿No será que aun no estamos preparados para vivir juntos, para tener una vida en común?
--¿Qué coño dices...? ¿Ahora te lo planteas? ¡Si hace casi un año que nos conocemos y ahora es cuando te preguntas que si estamos ó no preparados para vivir juntos! ¡Podrías habértelo planteado antes de acostarte conmigo, ó planteártelo unos días después, cuando nuestra relación ya era una realidad y no una aventura sexual de una noche! ¿Ó es que entonces sólo querías eso, un polvo conmigo y ya está?
--¿Un polvo...? –Jarvis no entendía bien a qué venía esa pregunta--. ¡A cualquier persona, hombre ó mujer, de vez en cuando le entran ganas de eso!
--Vaya, muy gracioso –dijo Judy, en tono sarcástico--. Ó sea, que entonces sólo querías joder...
--No exageremos, Judy, que nos estamos yendo por los cerros de Úbeda, como dicen en España. En aquella noche habíamos bebido mucho champagne, y eso es un afrodisíaco bastante potente. Mucha gente, después de beberse eso, acaba montándoselo. Nadie puede evitarlo.
Para unos momentos. Como Judy no contesta, ó a simple vista no parece que vaya a hacerlo, continúa con su discurso:
--Y no te olvides de que juntos hemos pasado muy buenos momentos, Judy. En cualquier sitio en donde hemos estado, tanto en Nueva York como en Barcelona. ¿Con los otros chicos con los que estuviste antes que yo no tuviste también buenos momentos?
--Sí, sí, también, claro... Pero no te quites culpa, tío.
Volvieron a callarse. Ésta vez parecía que era Jarvis quien no sabía cómo responder a la última frase de la rubia.
Finalmente ella rompió el silencio.
--Jarvis, he pensado...
--¿El qué?
--¿Por qué no nos separamos...?
--¿Qué...?
Jarvis miró fijamente a Judy, pensando que bromeaba. Y para él era inconcebible mezclar unan broma en un momento tan dramático como aquel, ya que creía que ella bromeaba. ¡Su relación amorosa, que desesperadamente intentaban salvar con aquel nuevo intento de retomarla, y ella le sugería que se separaran de nuevo!
--¿Separarnos...?
El chico abrió mucho los ojos, aunque sin exagerar, sin parecer teatral.
--Me refiero –dijo finalmente Judy —a dejar de vernos durante algún tiempo, buscarnos otra pareja, y quizás cuando pasen... eh... –meditó lo que iba a decir después, durante unos segundos—dos ó tres meses, podremos volver a vernos... eh, a estar juntos...
--¿De verdad tenemos que mandarlo todo a la mierda... por algún tiempo? –preguntó Jarvis, casi deprimido, con una expresión en su rostro a punto de llorar desconsoladamente, una expresión terrible, que puede conmover a la persona más dura de carácter.
Judy se daba cuenta de ello, y lógicamente estaba debatiéndose en su interior por si hacer caso a aquellas miradas suplicantes de Jarvis ó bien continuar con sus propósitos de dar quasi carpetazo a su relación amorosa que naufragaba sin remedio.
--Sí, cariño –empezó a decir ella--. No será para siempre. Verás: yo recuerdo que cuando estuvimos en Barcelona escuché una emisora de radio local, una que emitía para toda España, un programa en donde hablaban de los celos: una mujer precisamente ahí contaba que era muy celosa y que tenía tantos celos de su marido que lo espiaba en cualquier sitio en el que él estuviera. Como ella veía que el marido era fiel, que no se lo montaba con ninguna otra mujer salvo con ella misma, ella volvió a su casa tranquila. Pero hete aquí que se encontró al marido y a la criada allí, en la salita de su casa, en pelotas...
--¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? Nosotros no tuvimos celos entre nosotros ni siquiera cuando el “ménage-à-quatre”.
--No he acabado. Después, el marido se fue de allí para vivir con la asistenta, unos cuatro meses. Y la esposa, mientras tanto, vivió con otro hombre. Pasado un tiempo ya se reconciliaron y volvieron a vivir juntos. No sé, tío, si esto podría servirnos a nosotros, pero hace falta separarnos un poco, que ahora no confiamos nada el uno en el otro por lo que ya sabes.
--Qué mierda. Qué remedio –opinó Jarvis, con aparente indiferencia.
--¿Y qué coño podemos hacer, dime? –estalló Judy--. A muchas parejas les ha pasado. Todavía no somos maduros, tío. Mira, desde ahora haremos nuestra propia vida, cada uno por su lado. De vez en cuando nos telefonearemos. ¿Te parece bien así?
--Em... –Jarvis meditaba mucho la respuesta a aquella cuestión que no sabía de ninguna manera cómo contestar correctamente— No sé... esto no es tan fácil, Judy. Podemos separarnos, pero... ¿y si encontramos a una nueva pareja más interesante, que nos mola de verdad que ahora tú y yo, y ya no queremos dejarla nunca, con lo que lo nuestro se habrá acabado por siempre jamás? ¿No crees que hacemos una chorrada, que esto es como un suicidio para nuestra relación?
--Quizá lo sea, Jarvis, pero así como estamos ahora tampoco podríamos durar mucho. Si continuamos, ó nos tiraremos los trastos a la cabeza ó algo peor.
--Coño, tía, hemos visto demasiados novelones de la “tele”...
--¿Y qué? Todos decimos chorradas.
Sí, como cualquier pareja ó cualquier persona, ya dicen muchas chorradas, así que no esperen frases brillantes, caray.
Digamos que luego decidieron separarse, pero antes de despedirse, se dieron un morreo bastante largo, un beso de despedida, pero que querían que durara lo más posible. Más de un minuto estuvieron morreándose, con una pasión que parecía no tener fin. Utilizaron en ello muchas técnicas del beso, como el “beso explorador”, el “beso rítmico” y otros que sólo conocen los expertos en la materia.
Después de haber disfrutado el mayor tiempo posible de quizás la última ocasión de sentir amor y placer con Jarvis, que ya no podrá haber ninguna más, probablemente, Judy salió a la calle (claro está, a ver qué querían ustedes).
Cuando llegó a su casa, su madre Mallory le preguntó:
--¿Aun sigues pensando en Jarvis, hija?
Judy se quedó parada por lo inesperado de la pregunta. Su madre había intuido que era eso lo que le preocupaba, que se le reflejaba en el rostro, pese a su tranquilidad, más de alguien que ya está resignado a que ocurra lo inevitable que a alguien que finge encontrarse bien y en calma.
--Un poco sí todavía, Mamá –contestó finalmente ella a su madre.
--Hay muchos chicos por ésta ciudad, por todo el país y por todo el mundo a los que les encantaría estar contigo, hija –le dijo Mallory dulcemente, a la manera típica de cómo una madre intenta animar a su hija.
--Gracias, Mamá.
--Y que les encantaría también follar contigo...
--¡Mamá, cada día sueltas más tacos! –se sorprendió Judy.
--Huy, si oyeses los que soltamos tu padre y yo... –dijo Mallory, queriendo tener una especie de complicidad con su hija.
La cuestión es que después de la inesperada respuesta materna, madre e hija empezaron a reírse. Eran risas absurdas, quizás, pero expresaban el intento de ambas de hacer que lo pasado, pasado y pelillos a la mar, como dicen los españoles. Intentar continuar con la vida normal y olvidarse de malos rollos y malos momentos, al menos por parte de Judy. Olvidar la finiquitada relación sentimental con Jarvis, que fue maravillosa pero que ya no podía dar más de sí.
Más tarde, Judy se lo contó todo a Kathy, que pensaba al principio que todo aquello sólo era una broma, una “parida” de su hermana. Pero al ver su tono tranquilo y de absoluta naturalidad al decirlo, se dio cuenta de que aquello no era ninguna “parida”, sino que era cierto.
La miró con ironía y le preguntó:
--¿Qué coño me sueltas, tía...?
--Ninguno, Kathy. Jarvis y yo hemos decidido dejarlo, “plegar”, como decían en Barcelona, y continuar cada uno por nuestro lado.
--¿Y por eso pareces tan contenta...? ¡Caray, tía, creía que estarías tan deprimida que ó bien acababas en el diván del psiquiatra, como una Woody Allen cualquiera en versión femenina, ó que te colgarías del primer pino que encontrases!
--Eso se lo dejo para él... ¡No, no lo diré! –iba a soltar el nombre de un personaje importante de la vida política estadounidense del momento, pero prefirió no decirlo... por si acaso.
--Bien, ¿cómo se ha quedado Jarvis? –preguntó Kathy.
--Igual que yo, Kathy. Parecía que él y yo no podíamos durar juntos mucho tiempo, y decidimos cortar ya. Ahora iremos cada uno por nuestro lado, tendremos nuestros ligues...
--Sigo sin tragarme esto, tía –opinó Kathy, con cara de desconfianza.
--Pues trágatelo –sentenció tajante su hermana.
No es que estuviera disconforme con la incredulidad de Kathy, pero no tenía ganas de discutir con ella sobre aquello, un tema demasiado doloroso para ella, que era mejor olvidarse totalmente de él.

TOT ACABARÀ BÉ... SI ANÈS BÉ (Capítol XIX)








CAPÍTOL XIX





La Judy va tenir un somni ben curiós aquella nit. De rerefons tragicòmic, segons es miri...
En ell, la Judy anava pel carrer, molt tranquil•la, passejant. Anava per un d'aquests carrers amples de Nova York, com la Cinquena Avinguda. Prop d'allí va veure passar en Jarvis, que casualment passejava així mateix per la mateixa zona. Ella va decidir córrer fins a on ell hi era, i ell, el mateix. Van córrer l'un cap a l'altre. Però es van donar un cop de cap tremend, contra alguna cosa invisible.
Tapant-se els seus respectius nassos, morats pel cop, es van adonar que allí hn havia un cristall, un cristall que estava tan de net que semblava invisible a primera vista. Van soltar juraments i es van recordar de la família de qui ho havia posat allà.
Van intentar franquejar aquell maleït vidre, però va ser impossible. Semblava que els separava definitivament, ja que van buscar alguna escletxa per a creuar-la i poder-se abraçar desesperadament. Va ser impossible; aquella espantosa barrera no tenia fi.
Feien unes cares d'esglai, d'impotència, d'angoixa, en no poder abraçar-se de cap manera.
La Judy es va despertar al matí següent, acordant-se encara d'aquella escena. Tenia ganes de plorar. El somni aquell era com un simbolisme, l'equivalent a la seva ruptura, el no poder tornar a ser feliços tots dos junts.
Volia morir-se. Va tornar a plorar.
Mentrestant, en Jarvis tampoc tenia una existència feliç després de la ruptura amb la Judy. Ja havíem contat el numeret que estava fent en un bar i com va ser consolat per la cambrera del mateix, una dona d'uns trenta-cinc anys. Ell hi havia tornat a casa seva, i ell potser li havia fet llàstima a ella, donant-li bons consells per a millorar.
Pensava trucar a la Judy, però... ¿i si ella no volia tornar a veure-li el pèl? I si directament li manava a la merda i es deixava de bona educació?
No sabia què fer.
Va girar el cap a l'esquerra i va veure una corda que havia per a lligar els diaris vells, i va pensar penjar-se amb ella.
Com en les pel•lícules de riure, en anar cap allà, va fer una relliscada.
Amb què? Amb una pell de plàtan, que havia quedat allí després de menjar-se un, però oblidant-se de llençar-la seguidament a les escombraries.
Es va donar un cop fort, com el de la Judy.
Encara que menys fort que el d'ella.
Es va tocar el front, que li sagnava una mica. Li feia molt mal. Soltava breus gemegats. Va aconseguir aixecar-se barroerament i dirigir-se cap al passadís.
Va obrir la porta i va trucar al timbre de la casa veïna. Va prémer d’aqueix timbre tres vegades, posant l’esquena amb dificultat en la paret, mentre seguia gemegant i fent ganyotes pel mal que sentia.
Li va obrir la seva porta una noia amb un “look” bastant modern, que semblava que hi havia sortit d'una pel•lícula d'Almodóvar, i es va sorprendre molt al veure d'aquella manera al seu veí, sobretot el front sagnant.
--Ostres...! –va exclamar la jove--. Què t'ha passat, nano...? Que volies clavar un clau i no tenies martell?
--No, ai...! –va gemegar novament en Jarvis, tractant de tapar-se amb la mà el cort del front, amb algun petit fil de sang encara relliscant per ella--. Ajuda'm, Peggy, ai...! M'he fet molt mal!
--Un poc de mal o molt?
--Si no estic mort, és que són totes dues coses!
--No entenc, paio... És molt o poc, el que et fa mal...?
Allò ja semblava un d'aquells “diàlegs per a besugos” que es podien llegir en els còmics espanyols dels anys ’50


fins ara, i va ser en Jarvis qui va anar d'una vegada al gra:
--No ens posem graciosos, Peggy. Em fa molt mal!
--Bé, passa-hi, Jarvis...
Li va ajudar a entrar a casa seva. Va buscar benes, alcohol, cotó i algunes coses més per a guarir la ferida. Mentre li posava una bena al voltant del cap, ella li va preguntar:
--Fotre, nano...! La ferida aquesta és molt xunga. ¿Com te l'has fet?
--Doncs... et semblarà una bogeria, però és que volia penjar-me...
--Cony...! –va exclamar la Peggy, que gairebé se li cau la bena restant rodant per terra.
--Això, cony... Em volia penjar, però en aquest mateix moment vaig trepitjar una pell de plàtan i em vaig fer un cop. Aquí tens el resultat –va assenyalar en Jarvis la front embenat.
--Nano, et comprenc... Dues vegades he pensat en les últimes setmanes en llençar-me per la finestra.
--I jo.
--Quin morbosos ens hem posat ara, nano...
--Si.
La Peggy Fontevecchia va guarir en Jarvis, i aquest, agraint-se'l, li va dir que un dia la convidaria al cinema. Ella va dir que d'acord, que ara que va tallar amb el seu últim nuvi, no sabia amb qui sortir. Ell va regressar tot seguit a casa seva. Va telefonar al seu treball, dient-li al seu amo que amb el cap així no podia treballar. El seu amo ho va comprendre i li va donar permís per a quedar-se a casa fins que estigués millor.
La Judy, com ja sabeu, estava en la mateixa situació.
Però no ens quedem ara exclusivament amb tots dos. Passem a la Winnie Withfield, que continuava amb el rodatge de la seva pel•lícula sobre els hispans. Va aprofitar un descans en el rodatge de la mateixa per a telefonar a la Judy i interessar-se per la seva vida, tranquil•litzar-la i donar-li ànims. El mateix va fer amb en Jarvis seguidament.
Ella no va dir en cap moment a cap dels dos que acabava de parlar telefònicament amb l'altre, per descomptat.
Tots dos deien que intentarien animar-se, ja que van parlar de manera indiferent, com mecànica, gairebé el mateix que la Winnie, amb una manera de parlar quasi maternal, intentava arreglar.
L'única cosa que va fer la Winnie que no tingués estrictament a veure amb això d'animar a la gent és dir-li a la Judy que tractaria, en una pròxima pel•lícula, el tema que la rossa li havia suggerit dels hermafrodites i que així no existiria la frustrant diferència entre sexes.
En passar una setmana, la Judy hi havia conegut a un noi, força simpàtic, però amb el qual no va durar gaire la seva relació. Només sis dies. Van decidir tallar amistosament. Ella va tornar a acordar-se d’en Jarvis, al qual intentava oblidar desesperadament, però no ho aconseguia.
Pensava telefonar-li, agafar el telèfon i ring-ring. No s'atrevia encara a fer-lo, però volia fer-lo, no podia evitar-lo. I al mateix temps la idea li repel•lia, li feia un terror immens.
Finalment va decidir reunir molt valor.
Va despenjar l'auricular.
Va esperar el to per a marcar.
Va marcar el numero de telèfon de la casa d'ell.
Va esperar que sonés el to de trucada.
Va sonar una vegada.
La Judy estava excitadíssima.
La Judy estava nerviosa.
Molt nerviosa.
Sona el to de trucada per segona vegada.
La Judy va notar que el cor li bategava a cent per hora.
Comença a suar.
Tercer to de trucada.
Segueix nerviosíssima.
Quart to.
Ella, cada vegada més nerviosa. És ja massa per a les seves forces.
Espantada, penja el telèfon frenèticament.
Estava feta una merda. Va decidir tornar a intentar la trucada...
Primer de tot va prendre aire i va tornar a marcar el numero de telèfon. Va esperar que sonés el to de trucada. Va sonar una vegada, i va passar per les mateixes sensacions anteriors, però aquesta vegada, després del primer to, algú va despenjar el telèfon a l'altre costat.
Era en Jarvis, és clar.
--Si...? –preguntava ell.
--Jarvis...? –preguntava ella, encara amb una mica de por i inquietud.
--J-Judy...? –ell, de cop, semblava estar igual que ella, i quequejava, al reconèixer la veu de la seva exnúvia.
--J-Jarvis..., po-podem parlar...? –li va preguntar la Judy, amb prou feines.
--S-sí, Judy, ha-fa temps que... que no t'escoltava...
Van prendre tots dos aire, abans de continuar amb la conversa.
--Judy, jo... perdona'm... –va poder dir en Jarvis, entre quequejos, respiració agitada i a punt de plorar.
--I-anava a dir-te el mateix... –va dir ella, en la mateixa situació que ell.
--Podem parlar a casa teva?
--Si... Crec que hem d'arreglar moltes coses junts.
--Ara mateix?
--Si vols, si... Jo no tinc gens que fer ara...

--Dabuten... Vaig a casa teva. Fins ara.
--Fins ara.
El tram final de la conversa telefònica va anar molt bé, sense problemes.
Després de penjar l'auricular, la Judy, en poc de temps, va arribar a casa d’en Jarvis. Va arribar i va prémer el timbre de la porta, amb una mica d'impaciència.
Van ser quatre vegades les quals va prémer el timbre, com si intentés compondre una melodia, i tot seguit es van sentir uns sorolls sords a l'interior de la casa, com uns passos precipitats.
En obrir ell, ella, sense esperar si més no a les salutacions de rigor, es va tirar literalment damunt d’en Jarvis. I ell va deixar, diguem-ne, que ho fes. Es van abraçar, es van fer un petò en la boca amb una passió gairebé canibal, i quan van voler adonar-se, ja hi eren per terra, així d'abraçats.
A més es morrejaven. Bé, era la Judy la que morrejava amb més passió que no pas en Jarvis, ja que ell encara estava desconcertat, al no esperar que ella arribés i es posessin immediatament “som-hi”. Tots dos duien temps sense besar-se amb ningú.
Quan va parar ella, es van aixecar, van tancar la porta, que havia quedat oberta (per fortuna cap veí els va veure ni els va escoltar), i es van tornar a abraçar tranquil•lament, ara amb més intimitat que abans, tots dos dempeus, fins que en Jarvis va dir:
--No creus que ens equivoquem amb la idea aquella del “ménage-à-quatre”?
--No, nano, si la idea podia ser bona –va respondre la Judy--, però era una utopia.
--És clar. Les utopies de vegades estan per a intentar-les –va reflexionar en Jarvis.
--És cert. Si no, ens avorriríem en aquest món.
--Això és... però... –en Jarvis va intentar reprendre el tema primitiu d'una altra manera, no d'aquella manera tan filosòfica i profunda amb que de cop i volta ho havien abordat-- podem intentar començar com si no hagués passat gens...?
--Podem… si...
Aquesta va ser la resposta de la Judy, encara que a primera vista semblava que no estigués cap dels dos d'acord al 100 %.
Es van asseure al sofà i es van morrejar, aquesta vegada tots dos al mateix temps.
Noti's que ja no duien les benes pels cops soferts en les situacions ja narrades. Només tenien una petita cicatriu, que ni tant sols van reparar en elles, ocupats exclusivament en la labor que anhelaven des de temps ha: morrejar-se amb la seva ex parella.
Tot això va ser el començament del que va venir després. El llit, és clar. Encara que tots dos són bastant racionals, hi ha instints passionals i animals que no poden reprimir. I aquesta era la manera que tenien de demostrar-lo l'u a l'altre.
El temps invertit en aquesta demostració va ser variat. Un quart d'hora, mitja hora... El que calia per a això, per a una demostració més eficaç que la d'un venedor d'aspiradores.
Es van quedar ajaguts damunt el llit, nus, mirant el sostre amb una mirada una miqueta perduda. En la boca, un somriure feliç, encara que moderat. Les mans darrere del clatell.
--Ho hem fet com en la primera nit, quan ens vam conèixer, ¿Qué te'n recordes? –va recordar la Judy--. En aquella nit d'Any Nou.
--Gairebé igual... –va opinar ell--. Cap pols és igual.
--No em surtis Aixa, ara... No, no deia que sortís igual...
--Que xerrem de coses menys transcendents?
--Bé, xerrem...
Ella no semblava estar per la labor de parlar de coses que no fossin tan transcendents, doncs en aquell moment li agradava parlar de coses que no fossin meres trivialitats, bestieses d’encefalograma pla que a vegades tant els agrada parlar a la majoria dels nord-americanes, almenys els de la coneguda com l’Amèrica Profunda.
Finalment, després de diversos segons callats, sense saber bé de quin tema parlar, ella va atacar amb:
--Que no et sembla bé transcendent això que hàgim cardat, així de cop, quan semblava que havíem jurat que no volíem tornar a veure'ns ni en foto?
--Exacte... Ni sentir-nos la veu per telèfon...
--Però ara hi veus que no ha estat així.
--No, és clar que no.
--Coses més estranyes s'han vist... –va reflexionar la Judy—Que te’n recordes d’en Reagan i en Gorbatxov, dos polítics tan distints que mira com s'han fet amics...?
--Sí, Judy, el que passa és que la política és molt estranya. Más rara que un gos groc.
--Quina hora és...? –va preguntar de cop i volta la Judy, canviant de tema.
--Un quart de nou –va contestar en Jarvis després de buscar a la tauleta de nit el seu rellotge de braçalet.
--Oh, Jarvis... –va dir ella, amb veu com de pesar—Hauré d'anar-me cap a casa. La meva família no sap res d'això, és clar, i no vull que sospitin gens; ja els contaré això a poc a poc.
--Bé, però no vull que semblem uns criminals...
--Criminals? Per què?
--Per no-res, Judy... És que si ens hem vist, que jo sàpiga, jo l’agradava a la teva família. El que no els diguis res o l'hi contis tot, fins al que hem fet durant una bona estona al llit, tant se val... però que no sembli que hàgim violat la Llei.
--Demà tornarem a veure'ns.
--És clar.

Però abans d'anar-se la Judy, en Jarvis va observar que ella dubtava, però molt. A l’estil Hamlet.
Ella es va vestir, mentre en Jarvis encara romania sobre el llit, tombat de cap per amunt i nu, per això ella, de reüll, podia contemplar-se el seu cos maco i causar-li certa luxúria l’observar el seu membre, igualment grat per a la vista, si ho veiem des del punt de vista d'un escultor, sigui grec clàssic o del Renaixement italià.
Estava ella a punt de sortir, però ell li va veure la cara, massa seriosa i preocupada, com la d'un polític en una situació-límit, a punt de prendre una decisió transcendental, terrible, que podria portar la pau o l'Apocalipsi. En Jarvis estava mosquejadíssim amb aquella expressió, així que no va aguantar més, i li va preguntar:
--Que et preocupa alguna cosa?
--Sí, que sembla mentida que ens hagin passat tantes coses així i encara hem pogut cardar com si res.
--És lògic, reina, estàvem desesperats... i a més, encara ens volem.
--Pot ser...
--Molta gent és així de voluble, és com el que dèiem de la política... ¿Que te’n recordes de l’”ayatollah” Jomeini, aquest paio de l'Iran?
--Sí, encara tenim sort que ja va aclucar els ulls...
--Doncs al principi li va donar Occident contra el Xa d'Iran, i després s’esdevè el seu enemic. Aplica això a la nostra relació.
--No em sembla un bon exemple, però serveix... –va opinar la Judy, amb l’expressió facial encara més “hamletiana”.
--I qui sap si demà estarem bé o no.
--No cridis el mal temps, Jarvis, afecte, que fa mala sort.
--Ho sé.
Una llarga estona van continuar amb aquesta conversa, doncs els va entrar la vena filosòfica, una mica lògic al ser dos éssers sensibles i inquiets per tot el que els envolta. Aquesta és una extracció del que van dir posteriorment al llegit abans:
--Fotre, Jarvis –va dir la Judy--, això és filosofia i no d’altres merdes.
--No fotis tu amb les paraules, Judy. Jo tampoc ho sé. Serà que tothom, en el fons, és així de tocacollons, i el que és blanc serà després negre.
--Això és filosofia o un tòpic com l'Estat d’Alaska?
--No, és un tòpic. Però per a filosofia serveix. ¿O no...?
--Bé, potser demà estarem una altra vegada manant-nos a la merda i...
--Et vaig dir que no diguis això, que fa mala sort –va suplicar la Judy, creuant els dits.
--Quina exagerada ets, maca.
--No, Jarvis, és que m'espanta encara que això, el tornar a estar junts, sigui passatger, que només ens arribi fins a demà o fins a uns dies, quan ens hàgim tornat a cansar l'un de l'altre... Fotre, que se'ns pot fer malbé una altra vegada, nano, si ens entusiasmem massa... –va dir, amb una certa angoixa en la veu.
--No siguis pedant, si et plau.
--Perdona, cony... –ella va canviar de to, irritada pel to menyspreatiu d'ell—He amollat de bestieses del carall. ¿Qué et val així, oi que sí...?
La Judy havia canviat el seu to en parlar i va començar a fer-lo com un camioner o un pinxo de barris baixos, inclusivament en el to al parlar, en el “slang” nord-americà, un equivalent local del “cheli” dels barris baixos de Madrid (Espanya). Això va sorprendre en Jarvis.
--Ei, Judy, reina, calma't… Deia que t'has posat en un pla pessimista de gom a gom. I això no ajuda gens a la nostra relació. ¿Com volem que prosperi si només vam pensar que va a durar poc de temps, que demà ja no ens podrem ni tant sols veure, si més no...?
“A més... –va dir, després d'una pausa de diversos segons--, sempre et passes d'un extrem a l'altre?
La Judy no va saber què respondre. Es va quedar mirant-se en Jarvis. Li brillaven els seus bonics i grans ulls blaus, que no se sabia si anava a plorar, a llançar improperis contra ell per la seva pregunta sarcàstica, a...
Finalment, ella va contestar:
--Demà ja parlarem més, estimat. Estarem més tranquils.
Es van besar i van abraçar apassionadament. Ella vestida, ell nu. No els importava.
Ella va anar a la porta sola, ja que en Jarvis, per raons òbvies, no estava presentable per a obrir-li la porta i córrer el risc que algú del passadís li veiés així, sobretot alguna veïna madureta, una d'aquelles milers de casades avorrides que tant hi ha per aquí, que en secret somien a tenir alguna aventura amb ell, sobretot sexual. Però com en aquell edifici abunden altres veïnes que són tafaneres, més que una altra cosa en el món, no s'atreveixen, i han de conformar-se amb tenir somnis eròtics amb ell. En Jarvis Delaware, en el fons, sempre havia despertat en les dones un instint maternal, tenint en compte la seva sensibilitat i encís, cosa que ell sabia, però com certes coses no poden ser dutes a la pràctica per raons morals, tot això es quedava en un simple somni, bonic, però només somni.

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo XIX)







CAPÍTULO XIX





Judy tuvo un sueño bien curioso aquella noche. De trasfondo tragicómico, según se mire...
En él, Judy iba por la calle, tan tranquila, paseando. Iba por una de esas calles anchas de Nueva York, como la Quinta Avenida. Cerca de allí vio pasar a Jarvis, que casualmente paseaba asimismo por la misma zona. Ella decidió correr hasta donde él estaba, y él asimismo. Corrieron el uno hacía el otro. Pero se dieron un trompazo tremendo, contra algo invisible.
Tapándose sus respectivas narices, amoratadas por el golpe, se dieron cuenta de que allí había un cristal, un cristal que estaba tan bien limpio que parecía invisible a simple vista. Soltaron tacos y se acordaron de la familia de quien lo había puesto allá.
Intentaron franquear aquel maldito vidrio, pero fue imposible. Parecía que les separaba definitivamente, ya que buscaron alguna rendija para cruzarla y poderse abrazar desesperadamente. Fue imposible; aquella espantosa barrera no tenía fin.
Tenían unas caras de espanto, de impotencia, de angustia, al no poder abrazarse de ninguna manera.
Judy se despertó a la mañana siguiente, acordándose aun de aquella escena. Tenía ganas de llorar. El sueño aquel era como un simbolismo, el equivalente a su ruptura, el no poder volver a ser felices los dos juntos.
Quería morirse. Volvió a llorar.
Mientras tanto, Jarvis tampoco tenía una existencia feliz después de la ruptura con Judy. Ya habíamos contado el numerito que estaba montando en un bar y cómo fue consolado por la camarera del mismo, una mujer de unos treinta y cinco años. Él había vuelto a su casa, y él quizá le había dado lástima a ella, dándole buenos consejos para mejorar.
Pensaba telefonear a Judy, pero... ¿y si ella no quería volver a verle el pelo? ¿Y si directamente le mandaba a la mierda y se dejaba de buena educación?
No sabía qué hacer.
Giró la cabeza a la izquierda y vio una cuerda que había para atar los periódicos viejos, y pensó ahorcarse con ella.
Como en las películas de risa, al ir allá, pegó un resbalón.
¿Con qué? Con una piel de plátano, que había quedado allí después de comerse uno, pero olvidándose de tirarla seguidamente a la basura.
Se dio un golpe fuerte, como el de Judy.
Aunque menos aparatoso que el de ella.
Se tocó la frente, que le sangraba un poco. Le dolía mucho. Soltaba breves gemidos. Consiguió levantarse torpemente y dirigirse al pasillo.
Abrió la puerta y llamó al timbre de la casa vecina. Pulsó dicho timbre tres veces, apoyándose con dificultad en la pared, mientras seguía gimiendo y haciendo muecas por el dolor.
Le abrió su puerta una chica con un “look” bastante moderno, que parecía sacada de una película de Almodóvar, y se asombró mucho al ver de aquella manera a su vecino, sobre todo la frente sangrando.
--¡Ostras...! –exclamó la joven--. ¿Qué te ha pasado, tío...? ¿Querías clavar un clavo y no tenías martillo?
--¡No, ay...! –gimió nuevamente Jarvis, tratando de taparse con la mano el corte de la frente, con algún hilillo de sangre aun merodeando por ella--. ¡Ayúdame, Peggy, ay...! ¡Me he hecho mucho daño!
--¿Un poco de daño ó mucho?
--¡Si no estoy muerto, es que son las dos cosas!
--No entiendo, tío... ¿Es mucho ó poco lo que te duele...?
Aquello ya parecía uno de aquellos “diálogos para besugos” que se podían leer en los cómics españoles de los años ’50 en adelante, y fue Jarvis de una vez al grano:
--No nos pongamos graciosos, Peggy. ¡Me duele mucho!
--Bien, pasa, Jarvis...
Le ayudó a entrar en su casa. Buscó vendas, alcohol, algodón y algunas cosas más para curar la herida. Mientras le ponía una venda alrededor de la cabeza, ella le preguntó:
--¡Joder, tío...! La herida ésta es muy chunga. ¿Cómo te la has hecho?
--Pues... te parecerá una locura, pero es que quería ahorcarme...
--¡Coño...! –exclamó Peggy, que casi se le cae la venda restante rodando por el suelo.
--Eso, coño... Me quería colgar, pero en ese mismo momento pisé una piel de plátano y me golpeé. Aquí tienes el resultado –señaló Jarvis la frente vendada.
--Tío, te comprendo... Dos veces he pensado en las últimas semanas en tirarme por la ventana.
--Y yo.
--Qué morbosos nos hemos puesto ahora, tío...
--Sí.
Peggy Fontevecchia curó a Jarvis, y éste, agradeciéndoselo, le dijo que un día la invitaría al cine. Ella dijo que de acuerdo, que ahora que cortó con su último novio, no sabía con quien salir. Él regresó acto seguido a su casa. Telefoneó a su trabajo, diciéndole a su jefe que con la cabeza así no podía trabajar. Su jefe lo comprendió y le dio permiso para quedarse en casa hasta que estuviera mejor.
Judy, como ya saben, estaba en la misma situación.
Pero no nos quedemos ahora exclusivamente con ellos dos. Pasemos a Winnie Withfield, que continuaba con el rodaje de su película sobre los hispanos. Aprovechó un descanso en el rodaje de la misma para telefonear a Judy e interesarse por su vida, tranquilizarla y darle ánimos. Lo mismo hizo con Jarvis seguidamente.
Ella no dijo en ningún momento a ninguno de los dos que acababa de hablar telefónicamente con el otro, por supuesto.
Los dos decían que intentarían animarse, ya que hablaron de manera indiferente, como mecánica, algo que Winnie, con una manera de hablar quasi maternal, intentaba arreglar.
Lo único que hizo Winnie que no tuviera estrictamente que ver con esto de animar a la gente es decirle a Judy que trataría, en una próxima película, el tema que la rubia le había sugerido de los hermafroditas y que así no existiría la frustrante diferencia entre sexos.
Al transcurrir una semana, Judy había conocido a un chico, bastante simpático, pero con el cual no duró mucho su relación. Sólo seis días. Decidieron cortar amistosamente. Ella volvió a acordarse de Jarvis, al cual intentaba olvidar desesperadamente, pero no lo conseguía.
Pensaba telefonearle, coger el teléfono y ring-ring. No se atrevía aun a hacerlo, pero quería hacerlo, no podía evitarlo. Y al mismo tiempo la idea le repelía, le daba un terror inmenso.
Finalmente decidió reunir mucho valor.
Descolgó el auricular.
Esperó el tono para marcar.
Marcó el número de teléfono de la casa de él.
Esperó que sonase el tono de llamada.
Sonó una vez.
Judy estaba excitadísima.
Judy estaba nerviosa.
Muy nerviosa.
Suena el tono de llamada por segunda vez.
Judy notó que el corazón le latía a cien por hora.
Empieza a sudar.
Tercer tono de llamada.
Sigue nerviosísima.
Cuarto tono.
Ella, cada vez más nerviosa. Es ya demasiado para sus fuerzas.
Asustada, cuelga el teléfono frenéticamente.
Estaba hecha polvo. Decidió volver a intentar la llamada...
Primero tomó aire y volvió a marcar el número de teléfono.
Esperó a que sonara el tono de llamada. Sonó una vez, y pasó por las mismas sensaciones anteriores, pero ésta vez, después del primer tono, alguien descolgó el teléfono al otro lado.
Era Jarvis, claro está.
--¿Sí...? –preguntaba él.
--¿Jarvis...? –preguntaba ella, todavía con algo de miedo e inquietud.
--¿J-Judy...? –él, de golpe, parecía estar igual que ella, y tartamudeaba, al reconocer la voz de su ex novia.
--¿J-Jarvis..., po-podemos ha-hablar...? –le preguntó Judy, a duras penas.
--S-sí, Judy, ha-hace tiempo que... que no te oía...
Tomaron los dos aire, antes de continuar con la conversación.
--Judy, yo... perdóname... –pudo decir Jarvis, entre tartamudeos, respiración agitada y a punto de llorar.
--I-iba a decirte lo mismo... –dijo ella, en la misma situación que él.
--¿Podemos hablar en tu casa?
--Sí... Creo que tenemos que arreglar muchas cosas juntos.
--¿Ahora mismo?
--Si quieres, sí... Yo no tengo nada que hacer ahora...
--Dabuten... Voy a tu casa. Hasta luego.
--Hasta luego.
El tramo final de la conversación telefónica fue de perlas, sin problemas.
Después de colgar el auricular, Judy, en poco tiempo, llegó a casa de Jarvis. Llegó y pulsó el timbre de la puerta, con algo de impaciencia.
Fueron cuatro veces las que pulsó el timbre, como si intentara componer una melodía, y seguidamente se sintieron unos ruidos sordos en el interior de la casa, como unos pasos apresurados.
Al abrir él, ella, sin esperar siquiera a los saludos de rigor, se echó literalmente encima de Jarvis. Y él dejó digamos que lo hiciera. Se abrazaron, se besaron en la boca con una pasión quasi caníbal, y cuando se quisieron dar cuenta, ya estaban por el suelo, así de abrazados.
Además se morreaban. Bien, era Judy la que morreaba con más pasión que Jarvis, ya que él aun estaba desconcertado, al no esperar que ella llegase y se pusieran inmediatamente “manos a la obra”. Los dos llevaban tiempo sin besarse con nadie.
Cuando paró ella, se levantaron, cerraron la puerta, que había quedado abierta (por fortuna ningún vecino les vio ni les oyó), y se volvieron a abrazar tranquilamente, ahora con más intimidad que antes, los dos de pie, hasta que Jarvis dijo:
--¿No crees que nos equivocamos con la idea aquella del “ménage-à-quatre”?
--No, tío, si la idea podía ser buena –respondió Judy--, pero era una utopía.
--Claro. Las utopías a veces están para intentarlas –reflexionó Jarvis.
--Es cierto. Si no, nos aburriríamos en éste mundo.
--Claro... pero... –Jarvis intentó retomar el tema primitivo de otra manera, no de aquella manera tan filosófica y profunda con que de repente lo habían abordado-- ¿podemos intentar empezar como si no hubiese pasado nada...?
--Podemos... sí...
Ésta fue la respuesta de Judy, aunque a simple vista parecía que no estuviera ninguno de los dos de acuerdo al 100 %.
Se sentaron en el sofá y se morrearon, ésta vez los dos al mismo tiempo.
Nótese que ya no llevaban las vendas por los golpes sufridos en las situaciones ya narradas. Sólo tenían una pequeña cicatriz, que ni repararon en ellas, ocupados exclusivamente en la labor que ansiaban desde tiempo ha: morrearse con su ex pareja.
Todo eso fue el principio de lo que vino después. La cama, claro. Aunque los dos son bastante racionales, hay instintos pasionales y animales que no pueden reprimir. Y ésta era la manera que tenían de demostrarlo el uno al otro.
El tiempo invertido en ésta demostración fue variado. Un cuarto de hora, media hora... Lo que hizo falta para ello, para una demostración más eficaz que la de un vendedor de aspiradoras.
Se quedaron tendidos sobre la cama, desnudos, mirando el techo con mirada un tanto perdida. En la boca, una sonrisa feliz, aunque moderada. Las manos detrás del cogote.
--Lo hemos hecho como en la primera noche, cuando nos conocimos, ¿te acuerdas? –recordó Judy--. En aquella noche de Año Nuevo.
--Casi igual... –opinó él--. Ningún polvo es igual.
--No me salgas ahora así... No, no decía que saliese igual...
--¿Hablamos de cosas menos trascendentes?
--Bien, hablemos...
Ella no parecía estar por la labor de hablar de cosas que no fuesen tan trascendentes, pues en aquel momento le apetecía hablar de cosas que no fueran meras trivialidades, chorradas de encefalograma plano que a veces tanto les agrada hablar a la mayoría de estadounidenses, al menos los de la llamada América Profunda.
Finalmente, después de varios segundos callados, sin saber bien de qué tema hablar, ella atacó con:
--¿No te parece bien trascendente esto de que hayamos follado, así de golpe, cuando parecía que habíamos jurado que no queríamos volver a vernos ni en foto?
--Exacto... Ni oírnos la voz por teléfono...
--Pero ahora ves que no ha sido así.
--No, claro que no.
--Cosas más extrañas se han visto... –reflexionó Judy-- ¿Te acuerdas de Reagan y Gorbachov, dos políticos tan distintos que mira cómo se han acercado...?
--Sí, Judy, lo que pasa es que la política es muy rara. Más rara que un perro amarillo.
--¿Qué hora es...? –preguntó de repente Judy, cambiando de tema.
--Las ocho y cuarto –contestó Jarvis después de buscar en la mesita de noche su reloj de pulsera.
--Oh, Jarvis... –dijo ella, con voz como de pesar—Tendré que irme a casa. Mi familia no sabe nada de esto, claro, y no quiero que sospechen nada; ya les contaré esto poco a poco.
--Bien, pero no quiero que parezcamos unos criminales...
--¿Criminales? ¿Por qué?
--Por nada, Judy... Es que si nos hemos visto, que yo sepa le caía bien a tu familia. El que no les digas nada ó se lo cuentes todo, hasta lo que hemos hecho durante un buen rato en la cama, da lo mismo... pero que no parezca que hayamos violado la Ley.
--Mañana volveremos a vernos.
--Claro.
Pero antes de irse Judy, Jarvis vislumbró que ella dudaba, pero mucho. En plan Hamlet.
Ella se vistió, mientras Jarvis aun permanecía sobre la cama, tendido boca arriba y desnudo, por lo que ella, de reojo, podía contemplar su hermoso cuerpo y causarle cierta lujuria el vislumbrar su miembro, igualmente grato para la vista, si lo vemos desde el punto de vista de un escultor, sea griego clásico ó del Renacimiento italiano.
Estaba ella a punto de salir, pero él le vio la cara, demasiado seria y preocupada, como la de un político en una situación-límite, a punto de tomar una decisión trascendental, terrible, que podría traer la paz ó el Apocalipsis. Jarvis estaba mosqueadísimo con aquella cara, así que no aguantó más, y le preguntó:
--¿Te preocupa algo?
--Sí, que parece mentira que nos hayan pasado tantas cosas así y todavía hemos podido follar como si nada.
--Es lógico, reina, estábamos desesperados... y además, aun nos queremos.
--Puede ser...
--Mucha gente es así de voluble, es como lo que decíamos de la política... ¿Te acuerdas del “ayatollah” Jomeini, ese tío del Irán?
--Sí, menos mal que ya la palmó...
--Pues al principio le apoyó Occidente contra el Sha de Irán, y luego se volvió su enemigo. Aplica esto a nuestra relación.
--No me parece un buen ejemplo, pero vale... –opinó Judy, con la cara aun más “hamletiana”.
--Y quién sabe si mañana estaremos bien ó no.
--No llames al mal tiempo, Jarvis, cariño, que da mala suerte.
--Lo siento.
Largo rato continuaron con ésta conversación, pues les entró la vena filosófica, algo lógico al ser dos seres sensibles e inquietos por todo lo que les rodea. Ésta es una extracción de lo que dijeron posteriormente a lo leído antes:
--Joder, Jarvis –dijo Judy--, eso es filosofía y no otras mierdas.
--No jodas tú con las palabras, Judy. Yo tampoco lo sé. Será que todo el mundo, en el fondo, es así de gilipollas, y lo que es blanco será luego negro.
--¿Eso es filosofía ó un tópico como el Estado de Alaska?
--No, es un tópico. Pero para filosofía vale. ¿Ó no...?
--Bien, quizás mañana estaremos otra vez mandándonos a la mierda y...
--Te dije que no digas eso, que da mala suerte –suplicó Judy, cruzando los dedos.
--Qué exagerada eres, guapa.
--No, Jarvis, es que me asusta todavía que esto, el volver a estar juntos, sea pasajero, que sólo nos llegue hasta mañana ó hasta dentro de unos días, cuando nos hayamos vuelto a cansar el uno del otro... Joder, que se nos puede estropear otra vez, tío, si nos entusiasmamos demasiado... –dijo, con una cierta angustia en la voz.
--No seas pedante, por favor.
--Perdona, coño... –ella cambió de tono, irritada por el tono menospreciativo de él—He soltado chorradas del carajo. ¿Te vale así...?
Judy había cambiado su tono al hablar y empezó a hacerlo como un camionero ó un chulo de barrios bajos, inclusive en el tono al hablar, en el “slang” norteamericano, un equivalente local del “cheli” de los barrios bajos de Madrid (España). Ello sorprendió a Jarvis.
--Eh, Judy, cariño, cálmate… Decía que te has puesto en un plan pesimista a tope. Y eso no ayuda nada a nuestra relación. ¿Cómo queremos que prospere si sólo pensamos en que va a durar poco, que mañana ya no nos podremos ni ver siquiera...?
“Además... –dijo, después de una pausa de varios segundos--, ¿siempre te pasas de un extremo al otro?
Judy no supo qué responder. Se quedó mirando a Jarvis. Le brillaban sus hermosos y grandes ojos azules, que no se sabía si iba a llorar, a lanzar improperios contra él por su pregunta sarcástica, a...
Finalmente, ella contestó:
--Mañana ya hablaremos más, cariño. Estaremos más tranquilos.
Se besaron y abrazaron apasionadamente. Ella vestida, él desnudo. No les importaba.
Ella fue a la puerta sola, ya que Jarvis, por razones obvias, no estaba presentable para abrirle la puerta y correr el riesgo de que alguien del pasillo le viera así, sobre todo alguna vecina madurita, una de aquellas miles de casadas aburridas que tanto hay por ahí, que en secreto sueñan en tener alguna aventura con él, sobre todo sexual. Pero como en aquel edificio abundan otras vecinas que son cotillas, más que otra cosa en el mundo, no se atreven, y tienen que conformarse con tener sueños eróticos con él. Jarvis Delaware, en el fondo, siempre había despertado en las mujeres un instinto maternal, dada su sensibilidad y encanto, cosa que él sabía, pero como ciertas cosas no pueden ser llevadas a la práctica por razones morales, todo ello se quedaba en un simple sueño, bonito, pero sólo sueño.