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dimarts, 5 de juliol del 2011

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo XIV)







CAPÍTULO XIV






Ya en su trabajo, pudo concentrarse en su labor de camarera, sin grandes problemas, y en su labor habitual, sirviendo cervezas, refrescos, etc.
Pero a las doce de la mañana llegó allá un cliente que no esperaba encontrarse en ese momento, y menos en el mismo lugar en que ella trabaja...
--¿Querría ponerme una cerveza? –preguntó aquel chico, con educación.
Judy se la sirvió en una jarra, como es habitual, pero al principio no se había dado cuenta de quién era aquel chico. Empezó a pensar que dónde le había visto antes...
¿Quién era? No se acordaba en un principio, como hemos dicho, pero... pero... ahora sí se acordaba de él. Sí, era Curtis Greene, el chico con el que había soñado la noche anterior. Y él también se acordaba de ella, aunque igualmente no se acordaba al entrar allá. La saludó.
--Hola...¿Tú eres Judy?
--Em... sí. ¿Y tú eres Curtis?
--¡Joder, te acuerdas! Sí, soy yo. No sabía que trabajaras aquí, joder. ¿Desde cuándo trabajas aquí?
--Dos años, tío. Se trabaja bien aquí, y me dan un sueldo de puta madre. ¿Y dónde trabajas tú?
--En una droguería de la calle 27 Oeste. Así puedo pagarme las clases de Arte Dramático. Me pagan bastante bien, tía.
--Muy bien. Ahora te dejo, que tengo que trabajar, y si mi jefe me ve parada, sin dar un palo al agua... Ya sabes –Judy se disculpó para no tener que hablar demasiado con un cliente, sobre todo si su jefe la veía en ese plan.
--Ya te entiendo. Ahora me tomo la cerveza y me piro.
--¿En dónde vives? –le preguntó Judy, de golpe.
--Al lado mismo de la droguería, Judy. En el número 14 de la calle 27 Oeste.
--Gracias, tío. Que lo pases bien. Voy a servir a ese tío que acaba de entrar –miró de reojo a un hombre gordo, con gafas y barba, que parecía un antepasado del cineasta Michael Moore.
--Adios.
Se dieron dos besos en las mejillas.
Como se imaginarán, Judy le preguntó su dirección para poder visitarle algún día, discretamente, claro...
¿Y Jarvis, cómo había pasado la noche? Igual que Judy. Sinmtió lo mismo cuando vio la película de Woody Allen, y luego, cuando se durmió, también soñó con la chica aquella, Kimmy McFarlan. Aunque su sueño fue algo distinto al de Judy en que no era exactamente igual, claro, pero el estilo digamos erótico era similar. Al principio, los dos se estaban bañando en una piscina, con los bañadores puestos (ella llevaba bikini), pero cuando se pusieron en plan de hacer jueguecitos eróticos, que eran besos y caricias mientras nadaban, se los quitaron, aunque no uno quitándoselo al otro, sino cada uno por su cuenta. Acabaron, evidentemente, nadando desnudos y haciendo el amor en un rincón de la piscina.
Se despertó igual que Judy, y también desayunó mal. Se encontraba muy chungo, y cuando fue a su trabajo, sus compañeras y compañeros le dijeron que tenía mala cara, que si necesitaba ayuda, etc. Él agradeció todo esto, pero pidió que no se molestaran en ello.
Mientras, Judy volvió a casa, y allí, Kathy se dio cuenta, le miró y pensó que algo le pasaba a su hermana. Y algo gordo. Se acercó a ella.
--¿Puedo saber qué te pasa, maja? –le preguntó, con suavidad.
--Nada, Kathy –contestó Judy de manera algo mecánica e indiferente--. Tengo un poco de dolor de cabeza, eso es todo, coño.
La última frase, taco incluido, la dijo algo cabreada, eso le pareció a Kathy. Ésta le quiso quitar importancia al aspaviento de Judy y, en plan jocoso y de complicidad, le dijo:
--Sí, ya, como que anoche tuviste un sueño muy guai, ¿no?
--¿Cómo lo sabes...? –preguntó semihorrorizada Judy, girando la cabeza hacía Kathy y abiendo mucho los ojos.
Kathy se sorprendió de la reacción de Judy. Pero permaneció tranquila y contestó a la pregunta:
--Tranquila, Judy. Es que anoche te oí mientras dormías, y te oía soltando jadeos.
--¿Jadeos...?
--Sí, jadeos. Como me dijiste hace tiempo, hacías que “El último tango en París” pareciera una película de monjas, como “Sonrisas y lágrimas”, creo que lo dijiste así...
--No, era “como una peli porno gay” –rectificó Judy.
Judy se quedó unos segundos callada, pensativa, y preguntó:
--¿Lo sabe alguien más?
--No, quédate tranquila, sólo lo sé yo. Ah, entre jadeo y jadeo hablabas de un tal Curtis. ¿Quién es ese tío? ¿Un compañero de curro?
--Em... –Judy intentaba ensayar la respuesta, como si fuera una de aquellas obras de teatro que tuvo que interpretar en sus clases de Arte Dramático—Es... es un chico que conocí anteayer... En la casa de George.

--¿Intentó ligarte, ó tú fuiste quien te lo ligaste...?
--No, Kathy, de eso nada. Hablamos tranquilamente todo el rato. Lo que pasa es que me he enamorado de él. Pero intentaré quitármelo de la cabeza, coño, quiero que lo sepas.
Judy, cuando se animaba ó quería resaltar algo de manera visceral, soltaba unos tacos a veces exagerados, pero era lo que le pasaba por la cabeza en ese momento para animarse y darse fuerzas.
--De acuerdo, Judy, veamos si puedes olvidarlo... –dijo Kathy, marchándose a su habitación. Cuando le dijo esto, no parecía muy confiada.
Judy, al día siguiente, volvió a su trabajo. Y casualmente aquel día Jarvis había decidido pasarse por allí, y le pidió a su novia, siendo ella camarera del bar, que le sirviera una bebida, que Judy le sirvió en el acto y con una sonrisa de oreja a oreja que se vislumbraba a miles de kilómetros. Ella le preguntó, mientras él degustaba la bebida:
--Jarvis, cariño, ¿no tienes nada que hacer ésta tarde?
--¿Eh...? –él parecía salir de un sueño, sumido en él mientras bebía tranquilamente--. No, cariño. Ya he trabajado bastante por hoy. ¿Por qué? ¿Quieres que vayamos al cine? ¿Ó a otro sitio?
--No, cariño. ¿Por qué no nos vamos a tu casa? Quiero que tengamos un rato tranquilos, sin nadie que nos mire, ni con gente alreredor.
--Ya entiendo, Judy. Podemos irnos cuando quieras, cuando acabes de trabajar.
--Así será, mi vida.
Judy quería acostarse con su novio, a ver si con aquello podía olvidarse definitivamente de aquel incordio en forma de chico guapo llamado Curtis Greene, que la noche anterior había vuelto a ocupar sus sueños. A Jarvis le sucedía lo mismo, y aquello también le venía dabuten para olvidarse de Kimmy McFarlan, que le acosaba en los sueños como una vulgar vampiresa, eso sí, irresistible. Respetaba tanto a Judy, que no quería que nada fastidiara su relación.
Cuando acabó ella de trabajar, salieron juntos y como cualquier pareja, cogidos de la mano. Parecían, no obstante, hacer esto con ansia, extrañamente. Cuando llegaron a la casa de él, acabaron haciendo el amor, pero ésta vez Judy había propuesto hacerlo en la bañera, primero de pie, dejando que el agua templada les cayese encima suavemente –el agua salía despacio--, y luego se tumbaron sobre el suelo de la bañera, mojados, haciéndolo todo apasionadamente, como si no se hubieran visto desde hace tres años. Había en ellos una pasión y una sinceridad en la manera de afrontar el acto sexual muy evidente, quizá por que no querían que todo aquello por lo que llevaban luchando desde hacía casi un año desde que se conocieron se estropeara.
Aquí, cuando hacían el amor tumbados, habían cerrado el grifo del agua. La bañera no era demasiado estrecha, sino un poco ancha, así que no echaron de menos la anchura de la cama, en la cual podían moverse mejor. Después de más de media hora, ó quizá unos cuarenta y cinco minutos, acabaron algo agotados, pero felices. Aquello fue, quizás, el polvo más espontáneo que les había salido.
Judy puso los brazos al borde de la bañera, soltando un suspiro bien largo. Miró fijamente al espejo del baño, viéndose reflejada en el mismo. Como vislumbrava que estaba despeinada, con todo el pelo mojado y revuelto como las pajas de una escoba vieja, intentó enderezárselo con las manos, pero sin conseguirlo. Jarvis, detrás suyo, que aun estaba tumbado sobre el suelo de la bañera, puso una mano, la derecha, sobre el hombro derecho de Judy, acariciándoselo suavemente. Ella sonrió como excitada a tope, soltando un suave jadeo, y le miró de reojo, para después girar la cabeza hacía él y hacerle una sonrisa encantadora, sin necesidad de abrir la boca. Luego, Judy le puso esa mano derecha sobre su pecho derecho, y acto seguido la izquierda sobre el pecho izquierdo. Jarvis comprendió la jugada y empezó a acariciarlos suavente, aumentando progresivamente el ritmo de dichas caricias. La expresión de la chica era de excitación en grado elevado. Se dieron un breve morreo. Mientras habían hecho el amor, intentaban comunicarse con cualquier cosa que les venía a la cabeza, y parecía que lo conseguían.
La rubia miró al chico, y le dijo, con dulzura en la voz:
--Jarvis...
--¿Sí...?
--¿Lo hacemos otra vez?
--Sí, podemos...
Y lo hicieron, ésta vez más suavemente, con menos pasión, pero igual de sincero. Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero ahí Jarvis pudo aguantar más tiempo cuando la parte del coito. Ello lo agradeció mucho Judy.
Más tarde, después de haberse vestido, arreglado y cenado, se despidieron en la puerta de la casa, en la calle. Antes de abrir la puerta, volvieron a morrearse. Jarvis dijo:
--¿Nos vemos el fin de semana?
--¿En dónde?
--No sé... en un sitio en donde pudiésemos estar completamente solos, como ahora hemos estado.
--Ya lo pensaremos. Ahora me voy a casa. Adios, cariño.
--Adios, mi amor.
Se fue Judy a su casa, y al llegar a ella, Mallory, su madre le preguntó:
--¿En dónde has estado, hija? Hoy llegas tarde. Siempre llegas a las ocho, y ya son las nueve y cuarto.
--He ido a casa de Jarvis, Mamá. Hoy me apetecía estar con él, los dos solos.
La madre se fijó en que ella tenía el pelo mojado.
--¿Te has duchado allí, en su casa...? –preguntó Mallory, por éste detalle.
--Em... sí, Mamá –contestó Judy, con tranquilidad y una ligera sonrisa--. Hacía calor, y Jarvis me dejó que me duchara. No hay problemas entre él y yo.
--Yo no he dicho que los hubiera...
--¡Pues bien, no vuelvas a darme la barrila con ese rollo! –gritó Judy. Mallory se quedó sorprendida.
--Perdona, hija, no he dicho nada... –respondió, a modo de intentar arreglar la conversación, desembocada en una discusión bien desagradable.
Kathy, en aquel momento, estaba en su habitación y venía a la salita, acompañada como siempre de Tommy.
--Hola, Judy –le saludó--. Veo que ya has llegado...
--Gracias, Kathy. Veo que estais como siempre... tocándoos el culo –contestó la rubia, con uno de sus característicos comentarios plenos de sarcasmo.
Ello no gustó nada a su madre, que replicó:
--¡Judy! ¡No seas mentecata! ¿Por qué siempre le dices eso a Kathy y a su novio?
--Por nada, Mamá, ya sabes que ellos siempre se hacen lo mismo.
--¿Y qué, coño? Eso pueden hacérselo si quieren, pero no te burles, por favor...
--Joder, Mamá, no seas pureta.
--¿Pureta yo...? –gruñó Mallory--. ¡Te estás pasando, Judy! ¡Basta! –gritó severamente.
--No te enfades, Mamá –defendió Kathy a su hermana--. Judy es así, tampoco hay que exagerar.
--¿Siempre la defiendes cuando yo la riño...? –preguntó Mallory a Kathy con el mismo tono severo, pero ésta vez con algo de frustración.
--Mamá, no hay para tanto... –insistió la morena.
Más tarde, cuando ya era casi medianoche, se acostaron todos, para dormir, claro. Ésta vez, Judy no soñó con Curtis, y cuando se despertó se encontró más aliviada, sin el maldito dolor de cabeza de los últimos días. Aquello sólo había sido algo pasajero.
A Jarvis le costó más dormirse, y más olvidarse de Kimmy, pero al final consiguió ambas cosas. Pero algo así no puede olvidarse para siempre; cualquier cosa, por inocua que parezca, puede acabar por recordárnoslo.
Curtis Greene había dejado su dirección y teléfono a Judy, por si ésta quería acercarse por allá. Pero el chico veía que pasaba el tiempo y ella ni aparecía por su casa, así que acabó soltando algún taco despectivo contra ella y contra todas las mujeres, pero luego reflexionó con más calma y pensó que quizás no le había interesado mucho, que el poco interés que ella pudiera haber sentido por él se habría desvanecido en poco tiempo; eso pasa en muchas parejas que se conocen, que al poco tiempo ven que la atracción, simplemente física, que habían sentido el uno por el otro, se quedó en nada. Vamos, lo del amor a primera vista no siempre funciona ni dura demasiado.
A Kimmy no le pasaba lo mismo que a Curtis por que no se había parado demasiado a pensar en los chicos que vio en la casa de los Miravitlles. Ella, ahora, estaba más preocupada en su trabajo de guitarrista rockera, y con su afán de perfeccionismo, quería tocar mejor, no estancarse en aquella u otra manera de tocar su música.
Estaba Kimmy en un garaje de Newark, New Jersey, cerca de Nueva York, en donde ella reside. Hacía un rato que no conseguía pillar el estilo de una nueva canción recién compuesta que ahora empezaban a ensayar, pero en un momento dado se cansó, y con un gesto entre estar molesta y fatigada, dejó por el suelo su guitarra eléctrica.
--Ésta canción es difícil, Jonathan –le dijo al batería del conjunto, un chico con barba llamado Jonathan Reed, como queriendo excusarse.
--¿Difícil...? –le soltó Reed, sin inmutarse--. A mi sobrino Willie se la canté ayer y la pilló en pocos minutos. Kimmy, ¿qué coño te pasa? –le preguntó con cierta complicidad, aunque el tono soez de la pregunta haga suponer lo contrario.
--Perdona, tío, es que hoy me he debido levantar mal... lo digo por que tuve una pelea con mi novio Herbie y vamos a romper.
--¿Qué rompereis? ¡Ay, Kimmy, yo os veía siempre muy acaramelados! ¡Me dabais envidia! A ver, ¿qué coño ha pasado?
--Nada, que el gilipollas ya no me quiere como antes. No soy celosa, pero creo que se lo monta con otra.
--¡Vaya! ¿Y quién crees que podría ser esa...?
--No lo sé, tío, pero alguna vez le he visto con alguna manchita de carmín en la mejilla, mal limpiada. Me hice la distraída, pero está claro que yo no uso ese tipo de carmín...
--¡Vaya...! –Jonathan Reed soltó un suspiro--. Bien, Kimmy –continuó después de unos instantes--, ésta canción debemos tenerla bien aprendida. Recuerda que la semana que viene tenemos una actuación en Yonkers, Estado de Nueva York, que puede ser nuestra presentación para actuar en muchos más sitios, no sólo de éste Estado sino de toda la Unión.
--¿Estás seguro de que les gustaremos? –Kimmy trataba de cambiar de tema y ceñirse a su pasión, la música.
No obstante, no las tenía todas consigo en lo de triunfar en aquella pequeña ciudad, una de tantas del Estado del que forma parte la ciudad de Nueva York, cuya capital no es ella, sino otra, Albany, situada a 200 kms. de distancia, una costumbre habitual en la Unión norteamericana, el asignar la capital estatal a ciudades no muy grandes, en detrimento de las grandes ciudades tipo Chicago, Los Ángeles, Houston, San Francisco ó Miami. En España se ha imitado esto en algunas comunidades autónomas, caso de Galicia, Extremadura ó el País Vasco, cuyas capitales son ciudades no muy grandes como Santiago de Compostela, Mérida ó Vitoria, respectivamente.
Jonathan Reed, con su lenguaje habitual, le animó:
--Que sí, coño, que sí. Si tocas de puta madre. Les molaremos, ya lo verás.
Aun así, Kimmy seguía con una enorme expresión de desconfianza.
--Jonathan, siempre sueñas despierto. No me sueltes chorradas así.
--¿Chorradas...? No me jodas, tía –gruñó Reed, molesto.
--Es que a veces lo parece.
--El año pasado me decías que nuestra música iba a dejar en la miseria al Michael Jackson ese. ¡Y ahora me dices que...!
--El año pasado era el año pasado, Jonathan. No estamos en Disneyland.
--¡Disneyland! ¡Disneyland! ¡Con el asco que me da...!
--¡Ya está bien, Jon!

--¡Mira, Kimmy, estás depre por el hijoputa de Herbie! ¡Mejor mándalo a hacer puñetas! –reflexionó Jonathan Reed unos instantes para decir--: ¿Por qué no sales ésta noche conmigo? Conozco un sitio muy guai en donde hay unos chicos guapísimos e interesantes. Cualquiera podría ser guai para ti. Así podrás ligar con alguno de ellos y mandas a la mierda al Herbie de los cojones. ¿De acuerdo...?
--No sé... –respondió Kimmy, algo confundida, sin saber qué hacer a corto plazo, como repensándoselo--. Creo que necesito descansar un poco... y ya estoy harta de que todos los tíos me engañen. ¡Mierda! Ya he tenido varios novios que me han jodido igual...
--Bien, bien, tranquila, nena. Sé lo que sientes, pero... mira, cuando venga Jenny –Reed se refería a la cantante del grupo—ya hablaremos más de esto. Ella creo que te podrá ayudar, por que también es mujer...
--¿Y eso qué tiene que ver?
--Por que entre vosotras os ayudais mucho. Pero bien, Jenny te aliviará...
--¿Qué me aliviará? ¿En qué sentido lo dices, tío...? –Kimmy puso cara de desconfianza. Ella sabía bien que Jennifer Kowalski era lesbiana, y se temía que con la excusa de “aliviarla”, como dice Jonathan, intentara ligársela.
Jonathan Reed se daba cuenta de las dudas de su amiga e intentaba tranquilizarla.
--No, tranquila... quiero decir que las mujeres sabeis entenderos bastante bien, en vuestros problemas, que sabeis ayudaros, vamos... al contrario que nosotros, que nos metemos zancadillas continuamente... en fin, seguro que ella tiene el remedio para ti.
--Sí, un morreo. ¡Vaya remedio, tío! –comentó Kimmy, poniendo cara de asco--. Bien, déjalo... Ya me pondré mejor. Te agradezco tu interés, Jonathan.
--De nada, Kimmy...
Y se marchó, dejando allí a Kimmy sola. Ella estuvo pensando un rato, meditando sobre todo aquello muy profundamente, como un sabio reflexiona sobre los misterios insondables del alma humana. De vez en cuando tenía problemas personales tan complejos y difíciles como éste, pero ésta vez ya le preocupaba más. Y romper ésta vez con su pareja actual era más difícil de llevar a cabo que con las anteriores. ¿Sería el miedo a la soledad?
Llegó a su casa, y allí lo primero que hizo fue mirarse al espejo. Vio que tenía ojeras, no muy grandes, pero que le daban un aspecto poco agraciado. Por lo menos eso era lo que creía, dado que la mayoría de las veces se ve fea.
Se acordó de aquel chico tan guapo que conoció en la casa de los padres de George Miravitlles. Aún no se acordaba de él tanto como Curtis Greene de Judy, pero ella necesitaba encontrar algún chico para olvidarse lo más rápido que pudiera ser de su novio Herbie (ó exnovio)...
...Lo que deseó más tarde, cuando se fue a un bar, y allí vio, cuando entraba al lavabo, a una pareja besándose. Vio que el chico era el mismísimo Herbie, que se besaba apasionadamente en los labios con una chica morena muy guapa. A Kimmy le dio asco lo que veía, pero de golpe, en vez de entrar allá y darles una patada en el culo, decidió acercarse a la barra y decirle al camarero:
--Por favor, camarero, una jarra de cerveza.
--Ahora mismo –contestó el camarero. Tenía un aspecto a lo Arnold Schwarzenegger muy evidente, aunque un Schwarzenegger de cuarta categoría, algo caricaturesco. Le miraba a ella de una manera que parecía que intentaba ligársela, ya que contestó “ahora mismo” con una sonrisa en la cara harto sospechosa, y que no pasó inadvertida a Kimmy.
Ella, claro, no hacía caso. Como el camarero parecía estar más atento en el cuerpo y los pechos de ella que en servirle rápido la cerveza, ella se impacientó y le dijo, con voz severa:
--Venga, tío, ¿no piensas más que en tetas y culos? Venga, dame esa cerveza, joder, que hoy no me apetece follar con nadie.
--Vale, tía –el camarero borró su sonrisa de dentífrico barato y la cambió por una expresión terrible, de matón de discoteca cabreado. Ello debía de darle algo de miedo a Kimmy, pero ella no hizo caso; ya está acostumbrada a bregar con gente así.
Le dio la jarra, y se dio media vuelta, con un desprecio nada disimulado. Aprovechando que ella no le veía, gruñó para sí mismo, entre dientes, a lo Marlon Brando:
“¡Lesbiana...!”
Kimmy cogió la jarra de cerveza, la típica que se sirve para éstos casos, parecida a la que se sirve en los “pubs” al estilo británico, y abrió la puerta para acceder a donde estaban Herbie y la chica morena con la que estaba. Casi sin que ellos se dieran cuenta, ó al menos antes de que pudieran reaccionar, Kimmy dejó caer la cerveza encima mismo d ellos, en cascada, justo en el momento en que ellos se estaban no solamente besando en los labios sino acariciándose por todo el cuerpo, él tocándole los pechos a ella y ella tocándole el culo, metiendo prácticamente la mano derecha por dentro de los pantalones y la izquierda acariciándole los genitales.
La inesperada ducha les dejó no sólo asombrados sino con la sensación de haber sido pillados “in fraganti”, como dos adolescentes pillados en la cama por sus padres cuando éstos regresan inesperadamente a casa. No sabían entonces qué hacer con las manos que tenían entretenidas en ciertas partes del cuerpo de la otra persona.
Entonces, Herbie pudo divisar a su novia. Aparte de la típica reacción tipo desear “tierra, trágame”, no sabía bien qué excusa podía poner...
--¡Kimmy...! –gritó.
Era casi lo único espontáneo y creíble que le salía del alma.
La chica morena tampoco sabía cómo actuar, aunque ella no sabía nada de que aquella chica fuera la novia del chico con el que estaba haciendo ya algo más que unos simples morreos de enamorados.
--¡Kimmy...! –volvió a decir Herbie, y ésta vez añadió al nombre de su novia--: ¿No te creerás que yo...?
--¿Creerme qué, Herbie? –preguntó Kimmy con indiferencia.
--¿Quién es ésta tía, Herbert? –preguntó ahora la chica morena, que claro, no conocía de nada a Kimmy.
--Como se dice en las pelis, tía –le contestó Kimmy--, soy su novia. Y no me digáis nada. ¡Me piro! ¡Que os follen!
Y acto seguido, se fue de allí. Fue hacía la barra, dejó allí la jarra ya vacía, pagó la cerveza y se fue a la calle, con pasos rápidos.
Aunque no lo parezca, se fue tranquila y con la sensación de haberse quitado un peso de encima. Si no fuera así, ella habría literalmente estallado.
Al llegar a su casa, pensó que si hubiera más hombres dedicados a la prostitución, ó más “putos”, como ella los llamaba, hubiera acudido a uno de ellos y se hubiera acostado con él, aunque tuviera que pagar, claro. Así se olvidaría de Herbie, que ahora, con su traición besándose con otra, ya podía dar por acabada su relación con Kimmy.
Ese pensamiento de acostarse con un prostituto fue sólo momentáneo, ya que total sólo duraría hasta que se acabara el tiempo del servicio sexual, claro. Entonces, Kimmy pensó en intentar ligarse a alguno de sus amigos; así, comenzaría una nueva relación amorosa.

TOT ACABARÀ BÉ... SI ANÈS BÉ (Capítol XIII)







CAPÍTOL XIII


A l'endemà –tornem altra vegada al temps real--, la Judy va ser al seu treball en el bar amb aspecte de “pub”, encara que un poc més modernitzat, potser per que havia canviat d'amo i la nova empresa propietària volia convertir-lo en una mica més acollidor i menys gata-moixa (ja no hi ha tant d’entusiasme per les coses... bé, no ho diguem). Diguem que la Judy, de tant en tant, pensava en fotre el camp, doncs l'ambient en ocasions antiquat del lloc li fastiguejava un poc, i sobretot si havia d'aguantar a algun client que tractava de suggerir-li, quan no demanar-li directament, que es fiqués al llit amb ell. Ella li replicava que ja tenia nuvi, però al client no l’importava, deia que segur que era un avorrit al llit, que no tenia el que el client sí que tenia... No picava ella amb això.
Però el sou que li donen és bo, i el bar aquell té molts clients. De vegades ella ha d'empassar-se algun rotllo d'un client parlant allí amb un altre de coses que faria amb una dona, fent-se l’infal.lible, clar que ens referim al sexual, i, és clar, el susdit client només parlava que ell mai falla, que les dones SEMPRE queden satisfetes en el 100 %... La Judy, clar, no es creia allò ni farta de vi. Va reflexionar molt seriosament sobre l'assumpte:
--Per què a molts oncles els encanta dir que “Sóc molt fort per que tinc un parell de collons” o “Jo sempre tinc els collons bé posats”? Que es creuen que amb això són els reis del món? Caram, si jo li digués a una dona que “Sóc més forta per que tinc un parell de mamelles” ella em miraria com a una idiota... I amb tota la raó del món!
Encara que altres vegades ha escoltat conversar a altres dones, que devien ser feministes radicals, per que parlaven d'homes, i clar, no els posaven gens bé, ni tan sols en el sexual (aquí era el pitjor que ells feien). Deien que els homes, o la majoria d'ells, eren uns ineptes, que no escolten, que no ajuden en no-res, només els utilitzen a les dones per a després presumir davant els seus amiguets i autocomparar-se entre ells, llavors, com si anessin a dir-se “La meva noia és més maca que no pas aquest card que duus”. Per no parlar que de vegades els posen com si fossin els mateixos nazis.
Aquí, la Judy es va empipar amb elles, però no l'hi va dir a elles, sinó que va reflexionar per a si mateixa:
--Cony, si aquestes estan parlant igual que els masclistes! No diem les dones que volem la igualtat entre sexes? Doncs així, si parlem com aquestes, no ho aconseguirem mai, per que ens posem a la mateixa altura que els masclistes. Jo conec a oncles que són encantadors i que no són per res uns masclistes de merda. No cal carregar-se'ls a tots. Així mai aconseguirem que ells ens comprenguin ni que ens respectin, cony! –va rondinar finalment, com desesperada, sempre per a si mateixa. Va fer una ganyota, però ningú, si li va veure fer-la, sabria exactament interpretar-la en el seu context.
Va seguir amb el seu treball mentre tenia aquestes reflexions transcendents, que sempre tractava d'amanir amb acudits, com si fora Woody Allen, però aquesta vegada l'assumpte era tan seriós que no li sortia cap potable.
En aquell matí arribaria allí un noi al que la Judy coneix molt i li vol bastant, en el bon sentit de la paraula, no amorosament sinó com amic, que és George Miravitlles, fill de catalans, que ara treballava com dibuixant. La Judy es va alegrar de veure-li i li va saludar:
--Hola, George, benvingut.
--Hola, Judy, maca –va respondre el jove. Va mirar-se la decoració del bar i va opinar--: Oh, hi veig que han canviat una mica la decoració que havia. De puta mare.
--No exageris, nano. S'hi han canviat algunes coses, però no gens. El nou amo no és antiquat com ho era l'altre, però tampoc és cap revolucionari a fer decoracions. Jo li he contat el que vaig veure als bars espanyols, als de Barcelona, de quan vaig estar allí el mes passat, i m'ha dit que l'hi pensarà.
--I creus que et farà cas?
--No ho sé, George. El públic, els clients, és el primer, i ara com ara no sap si canviar-lo tot de cop o a poc a poc... Bé, deixem-lo. Què vols prendre?
--Una Coca-cola. No tinc ganes ara d'alcohol.
--Molt bé. A mi tampoc m'agrada l'alcohol –va baixar la veu la Judy--. T'ho dic així de baixet perquè el meu cap no s'empipi... –va soltar una rialleta i va fer un somriure de complicitat.



En George va riure també.
Li va servir ella la Coca-cola. La Judy va preguntar:
--En què treballes ara? El mateix que abans, oi que sí?
--Si. De tant en tant organitzo exposicions dels meus dibuixos en una galeria d'art del carrer 57 Oest, la d’Associated American Artists. Allí ve força gent.
--M'alegro –somrigué la Judy, en gest de complicitat amb aquell noi que li queia tan bé.
En George es va beure la Coca-cola a glops, no d'un glop, com fan molts paios quan beuen una cervesa, per exemple, i volen donar imatge de mascles superiors, sobretot davant d'altres oncles. Després es va anar. La Judy va seguir atenent als clients.
Li havia contat ell a la Judy que pensava fer una sèrie de dibuixos animats, però que no fos l'habitual, acordant-se dels Simpson. La Judy va dir, com sempre, que allò li semblava dabuten.
En tornar a casa, la noia es va comprar una cinta de cassette en una botiga de discos. Era de Sting, l’ex cantant de Police, que ara s’ho fa tot sol, musicalment parlant. Mentre, ella pensava que el cap de setmana, o almenas Diumenge, que llavors tindrà ella el dia lliure, igual que en Jarvis. Ell té ara dos treballs, ja que amb la Judy té més despeses, a pesar que no viuen junts. Ella segueix molt enamorada d'ell, encara que ell, amb les seves manies, l'hi posa difícil... i ella també a ell, ja que també té moltes manies, una mica absurdes, com les d'ell. Ja els contarem quals són...
També en George Miravitlles va arribar a casa seva. Quan va entrar a la sala, tota plena de mobles comprats per la seva família i per ell mateix a la Catalunya natal del seu pare, va sonar el telèfon. Ho va despenjar, dient:
--Digui...?
--Hola, Jordi, sóc Papà –li va saludar una veu d'home major, parlant-li en català amb una mica d'accent anglès-americà. George es va adonar que era el seu pare, ja que només la seva família li crida amb el nom en català--. Ja has tornat del treball?
--Eh, sí, Papà, hola... –va contestar George, somrient, i parlant també en català, encara que no un català com el del seu pare, ja que el seu era més irregular.
--Res, fill, et trucava, com totes les setmanes, a veure com et trobes. A veure si véns a veure'ns.
--Doncs em trobo molt bé. Ja aniré un dia d'aquests a veure-us. Com es troba la Mamà?
La conversa era tòpica, normal, sense no-res especial que destacar. George va dir al seu pare que el Diumenge aniria a la casa d'ells i que potser podria convidar als seus amics la Judy, en Jarvis i altres. La Winnie i l’Arthur no podrien venir per que cadascun estarien atrafegats en els seus treballs cinematogràfics.
En arribar Dissabte al matí, la Judy i en Jarvis es van anar cap al Central Park para passejar per allà. Tenint en compte la longitud del mateix, el passeig va ser llarg. Havien comprat algunes coses per a menjar allí, com el dia d'Any Nou que es van conèixer, i es van tombar sobre l'herba, rebolcant-se sobre ella tot seguit.
La Judy va agafar una mica d'herba i se la hi va ficar en la boca parcialment. Somreia, i va dir:
--M'agrada molt estar aquí tombada. I a tu?
--Si estic amb tu, sí –va contestar ell, de manera fart complaent, donant-li a ella un petonet suau i curt en els llavis.
--Que has de treballar avui, Jarvis? –va preguntar ella de cop i volta.
--Sí, Judy. Hauré de treballar després. Aquesta demà hauré d'anar-me al primer treball quan passi una hora, i... –va mirar el rellotge—i tres quarts. Demà tornaré amb tu, afecte.
--No siguis cursi, oncle –li va suplicar la Judy.
Després es van separar per a anar-se al seu treball. La Judy va preferir fer-se una passejada pel parc abans de tornar a la seva casa. Passejava pel carrer després fins a arribar allí. Els Dissabtes ella només treballa a la tarda en el bar, on fan torns així. Ja anirà.
Ara, ja en la seva habitació, es va acordar dels altres nois amb els quals havia tingut relacions. Encara que ella havia estat una dona forta, almenys per que moltes vegades havia aconseguit superar problemes grossos, sabia que ella no era cap superdona. Aquí es va acordar d'algunes coses que li van succeir quan era petita.
Per exemple, que era ella molt rebel. No per que sigui la típica i tòpica “filla de papà”, massa acaronada, que no ho va anar, sinó per que sempre havia vist coses que no li agradaven. I es rebel•lava contra això. Però sempre volia caure bé, i no li molava gens que sempre li fessin burles en el col•legi al cridar-la setciències moltes amigues i amics seus, per allò que aconseguia molt bones notes estudiant, estudiava molt, i de debò. Quan va començar a tenir relacions amb nois, també volia anar amb compte amb quins l'hi muntava, potser per que sempre havia tingut una certa desconfiança feia els homes des que era una nena, de vegades els defugia, però altres vegades tractava de caure'ls bé. Amb algunes amigues havia après que tanmateix la majoria dels homes segueixen veient a la dona només com un objecte, com “una cosa bonica”, i per això, lògicament, anava amb precaució amb ells, per si de cas.
No obstant això, ella va tenir relacions amb més nois que els quals li va dir en Jarvis quan es van conèixer. No els hi va recordar, potser per que no li venien a la memòria en aquell moment. Al Jarvis li passava el mateix. Ara vegem què va passar amb la Judy quan va començar alguna d'aquestes relacions amoroses que de les quals finalment no va contar gens al seu actual nuvi.
Abans de conèixer Michael Karras, el fill de grecs que volia ser regidor o alcalde de Nova York, la Judy va conèixer a un noi amb el qual va tenir relacions bastant apassionades, o com ella deia, dabuten, perquè no semblés gens cursi amb aquests termes una mica antiquats de relacions “apassionades”, per a ella dignes de telenovel.la. Ell es deia Jimmy Cromwell, i ho va conèixer quan ella volia estudiar Art Dramàtic. Ell també. Ara, aquest jove resideix a Califòrnia, intentant encara triomfar amb algun paper en el cinema o en la televisió, però només ha pogut sortir fent d'extra en alguna pel•lícula i fins i tot amb un petit paper en un d'aquests programes del Canal Playboy. Aquí, és clar, havia de sortir nu, i segons alguns (i algunes), no desmereixia gens de la seva companya de repartiment, però això no ens interessa ara...



Quan van tenir la primera cita, ella va prendre la iniciativa i va intentar besar-li, ja que a ell no semblava apetir-li donar el primer pas. En James Grant Cromwell era un noi de cabell i ulls castanys, alçada similar a la de la Judy (1’75 cm.) i un cos que ella qualificava, en llenguatge col•loquial habitual seu, de “dabuten, nano, està molt guai”, potser amb força raó, encara que nosaltres no usaríem uns termes tan “col•loquials”, sinó més “artístics”, tractant-se això d'una novel•la. Malgrat la seva bona presència i el seu aspecte intel•ligent, en Jimmy Cromwell era molt tímid, i la Judy no comprenia gens perquè els homes semblaven espantar-se una mica quan s'acostaven a ella. Potser per que ara, amb el feminisme, l'alliberament de la dona i la igualtat de drets entre ambdós sexes, la majoria dels homes semblen literalment flams, per que tremolen molt en la presència de qualsevol dona.
--Què et passa, estimat? –li preguntava ella, afectuosa.
--A mi...? –en Jimmy parlava com si no passés gens.
--Sí, nano. Sembles un flam, gairebé no em parles i sembla que em tinguessis por. ¿Què passa? Que mossego?
--Ep, no, no...
--No...? I què és, llavors?
--És que no sé com començar...
--Començar què?
La Judy s'adonava que en Jimmy era massa tímid, massa espantat. I això que no ho semblava si se li veia amb amics, sobretot, però ell no era el mateix amb dones al seu costat. Ja començava a estar farta d'allò. ¿Quines punyetes tenia ella que deixava als homes com uns faldilletes, amb perdó, segons l'opinió de vegades visceral seva? De vegades li rondava pel cap la idea de manar-los a tots els paios a la merda i fer-se lesbiana, a veure si elles no tremolaven tant en la seva presència. Després es va penedir d'això per que ella no ho és, i li donaria certa objecció que se li acostés alguna. Després de pensar això, va tornar a parlar amb en Jimmy.
--Nano, això no és difícil –va contestar la Judy a la frase que ell li havia soltat abans, tractant de ser afectuosa amb ell, que això la fotia més, ho que li tinguessin por, quan ella és sempre molt amable i afectuosa amb els nois, sobretot amb els quals li atreuen molt, és clar--. Escolta, nano, sé que ara els homes us heu quedat una mica fotuts amb l'alliberament de les dones i la igualtat de drets entre els dos sexes, però no és tan difícil posar-vos bé, carall. Jo puc ajudar-te si vols. No em fa nosa.
--Ah, gràcies, maca –va respondre en Jimmy, un poc alleujat en l'escoltar-li parlant així, tan cordialment--. Perdona'm, sóc un idiota.
--No, no ho ets pas. Podem ser iguals sense que ningú es quedi fotut... Bé, deixem-nos ara de discursos transcendents. A on anem?
--No sé... A casa teva, oi que sí? –va proposar ell, de cop.
--Em... –va reflexionar la Judy—Ara en la meva casa està la meva germana, la Kathy i el seu nuvi en Tommy... i... bé, serà millor que...
--Què?
--Que si, nano, que ens anem a la teva. A casa teva, Jim.
--Molt bé, Judy. Jo viu a Greenwich Village, i la meva casa és compartida.
--Compartida? Amb qui? Amb uns amics?
--Amb dues parelles, de noi i noia, és clar, però ells tenen la seva vida i jo la meva, és clar.
--Que és gran la casa? Si sou cinc...
--Sí, bastant gran, però no massa. Encara que si anem allí, no els molestarem. Ens fiquem a la meva habitació, i els altres, com si no existissin.
--Em sembla molt bé, Jimmy, però deus saber que si ens fiquem al llit junts hauríem d'estar en un lloc amb absoluta tranquil•litat, és a dir, sols. Vull dir que quan entrem en la teva habitació, que ningú d'ells ens estigui espiant. ¿Qué m’entens?
--Sí, Judy, perfectament, cony. Però, no m'havies dit que aniríem a la teva casa?
--Ah, perdona, nano, no me’n recordava. Però és que volia saber quina classe de casa tens...
--Cony, que jo no tinc cap casa de putes! –va ironitzar en Jimmy, a la qual cosa va respondre la rossa riguent, cosa que ell també va fer seguidament.
Després es van anar a casa d'ella, després de dubtar un moment. Amb ell va passar una nit que ella mateixa recorda com “...una de les més dabuten de la meva vida, nanos”, en la qual van fer l'amor apassionadament. Àdhuc recorda la Judy com en Jimmy estava damunt d'ella, postura que de tant en tant canviaven, besant-la tendrament per tot el coll, la cara i gairebé tot el cos, com va fer ella amb ell després; o fer-lo asseguts en una cadira, un mètode una mica incòmode però excitant, pensava la Judy. Era incòmode si la cadira era dura, és clar. Aquí també canviaven de postura a causa de el que s'ha dit anteriorment. Però malgrat haver tingut moltes nits com aquesta, la relació sentimental entre ambdós es va fotre molt aviat. I no era per la cosa sexual, que allò potser funcionava bé, sinó per la relació amorosa en si mateixa, en allò de personal, ja que ell seguia amb els seus complexos, neures, manies, etc., com ella. Tot i que la Judy és una noia forta de caràcter i d'esperit, amb el que ho va superar aviat, i també tenia l'ajuda de la família.
Però malgrat tot això, la Judy també té moments de depressió, i es lamenta d'haver fallat, que potser ella també tenia molta culpa d'això. Si de cas, quan estigui amb algun noi (també amb en Jarvis), li diu que no la mitifiqui, que no la posi ni en un pedestal ni en cap altar, que ara molts homes fan això amb les dones, passant d'haver-les menyspreat durant segles a dir-les que elles són les millors, les més fortes, les més intel•ligents, les més... etc., que ells. Que aquí sempre s'exagera molt, i en això...
Quan va conèixer Michael Karras, que treballava en el mateix indret que ella, els problemes van ser els mateixos, però aquí cal afegir altres. ¿Que s'acorden de quan la Judy va renyer a la Kathy i en Tommy per que aquesta els va espiar quan es besaven i li van cridar “porca” o alguna cosa així? Doncs ells, potser, van fer el mateix amb ella i amb Michael quan feien l'amor i com l'hi va recriminar la Judy al començar aquesta novel•la.


Doncs en Karras tenia un problema semblant al d’en Jarvis Delaware, que era la seva inseguretat i el complex d'inferioritat. Encara que després va voler ser polític sense èxit, la qual cosa utilitzava per a oblidar-se d'allò, per a superar-lo. El súmmum d'això va ser un problema molt curiós: no li agradava gens el rostre que tenia, encara que era bastant atractiu. A ell li semblava que era molt hortera i volia canviar-s’ho. Va veure a un amic seu, d'uns trenta anys, amb barba, gairebé calb, amb unes ulleres que gairebé li arrossegaven per terra i un caràcter més aviat infantil, però amb una espontaneïtat i una personalitat arrolladores. La Judy va aconseguir convèncer-li que allò era una bestiesa, que ell estava millor sent ell mateix, no pas la còpia d'un altre... Això va ser una cosa de la qual ara no es volia acordar, com Cervantes al primer capítol del “Don Quixot de La Manxa”, i en aquest cas no és “un indret de La Manxa”, sinó les nits d'amor que va tenir amb ell, almenys alguna d'elles, i que els seus numerets sexuals els va repetir alguna ocasió amb en Jarvis.
Un d'aquests era despullar-se l'un a l'altre, a poc a poc, sense presses, com si volguessin descobrir a poc a poc la personalitat de l'altre. Diguem que en Michael era força educat i cordial amb la Judy, sense voler mai ser prepotent. Els semblarà que en això té la Judy molt bona sort, però és que moltes vegades era tot al inrevés. Bé, no ens enrotllem, en aquest detall. Tot això després es va fastiguejar, i volta a començar, i toca-la altra vegada, Sam.
Ara tornem amb ells: a l'endemà, la Judy es va trobar amb en Jarvis al portal de casa seva. Allí van esperar que la Kathy baixés amb en Tommy, i després van anar en un taxi al barri de Queens, on estan situats diversos estadis esportius i els aeroports de la ciutat, com el J. F. Kennedy i La Guàrdia. Allí van arribar uns vint minuts més tard, a una casa on viuen els pares d’en George Miravitlles, un xalet de dos pisos, molt típic en tots els Estats Units.
Aquell matí estava amb el cel molt nuvolós, i amb amenaça de pluja imminent. I precisament quan ja sortien del taxi, van començar a caure les primeres gotes. En Jarvis, quan va sortir de casa seva per a quedar amb la Judy, estava una mica deprimit (ja vam dir una vegada que els dies nuvolosos li deprimeixen molt, li provocaven molta malenconia), però la Judy es trobava contenta, i això va animar al xaval.
--Hola, senyor Miravitlles –va saludar en Jarvis al pare d’en George, que es diu Joan, un nom típic en la regió de l'Estat Espanyol coneguda per Catalunya on va néixer i d'on va haver d'exiliar-se en l'any 1939, després de la pèrdua de la Guerra Civil espanyola pels republicans davant les tropes del general Francisco Franco. En Joan Miravitlles i Sansalvador, nom i cognoms complets, havia nascut en el poble de Tossa de Mar, a la província catalana de Girona. Després, la seva família i ell havien emigrat cap a Barcelona, i després de la guerra, es va exiliar als Estats Units. Altres membres de la família van fugir a França, Mèxic, Gran Bretanya, etc. Com vam dir abans, ell havia lluitat en el bàndol republicà, però mai havia estat simpatitzant dels anarquistes ni de l'esquerra radical, i mai s'havia sentit pròxim a cap partit polític. Malgrat que, quan van arribar els anys ’50, als Estats Units van fer estralls els abusos paranoics de l'horrible Comitè d'Activitats Antiamericanes liderat pel nefast senador de Wisconsin, en Joe McCarthy, van intentar delatar Joan Miravitlles, no van aconseguir gens per falta de proves. Els amics d'ell li van ajudar molt. En Miravitlles ha tingut diversos negocis, de tot tipus, i així ha pogut dur una vida sense sobresalts ni gana ni gens. Això sí, no ha volgut viure mai en mansions; no és el seu estil, per alguna cosa és fill d'obrer.
--Pots cridar-me Joan, noi –li va contestar en Miravitlles al Jarvis, quan es van saludar, amb tota senzillesa. Parlava amb una mica d'accent català.
Al Joan Miravitlles ja se li notaven les arrugues d'ancià de setanta anys, rondant els 74, en el seu aspecte entranyable i al mateix temps venerable. Duia ulleres i barba blanca.
Direm que ell va ser amnistiat per Franc en 1956, però sempre ha residit als Estats Units des que va arribar en 1939. Viatja gairebé tots els anys a Catalunya, per nostàlgia de la terra, una mica comuna en els catalans. Té pensat que quan mori, vol que el seu cos sigui incinerat i les cendres es divideixin en dues, per a així una part que vagi a ser enterrada a Catalunya, i l'altra als Estats Units, a Nova York, on ha residit permanentment des de la seva arribada.
En George, el seu fill, almenys ell estava allí en aquell moment, ja que els seus altres germans (l’Andrew, la Jane i la Rose) hi eren fora. Ja direm on viuen ara. Però alguns d'ells arribaran allà després i podrem conèixer-los.
--Ah, molt bé, J-Joan –va dir en Jarvis, intentat pronunciar correctament el nom en català del patriarca de la família Miravitlles. Li va servir al noi allò d'estar a Catalunya bastant temps durant les vacances estivals.
--Ho pronuncies bé, noi –li va dir Joan, en un català amb una mica d'accent nord-americà, lògic al dur tants anys residint allí, amb el que en cada llengua té un accent de l'altra.
--Què diu...? –va preguntar en Jarvis, en anglès, ja que no havia comprès gens. El seu català era escàs.
En Joan l'hi va repetir tot en anglès, i ara en Jarvis va exclamar:
--Ah, perdó...!
--Tu tranquil, noi –li va tranquil•litzar en Joan. Després van continuar fent altres coses.
Podem dir que això d'altres “coses” és que van prendre unes copes, van xerrar tots a la sala i van fer una petita passejada per la casa i el jardí (se'ns oblidava dir que era una casa amb jardí, alguna cosa també molt americà). Quan es van ficar en una de les habitacions (la qual té George quan visita als seus pares, encara que era la seva quan àdhuc vivia amb ells), van seguir xerrant, escoltant música de, entre uns altres, Stevie Wonder.
En aquest moment escoltaven la cançó que en Wonder havia fet per a la pel•lícula “Febre salvatge” d’en Spike Lee, amb ritmes africanitzants.
La Raquel, l'esposa d’en Joan Miravitlles, de la mateixa edat que el seu marit, no hi era a casa en aquest moment, sinó visitant a unes amigues.
--I els teus germans? –li va preguntar la Judy.
--L’Andy hi és ara a Washington D. C., on treballa en una emissora de ràdio i fa un programa d'aquests de cridades dels oïdors, en el qual conversa amb ells, li conten els seus problemes, la seva vida, etc.
--Ja, un programa intimista, sé com són...
--Si. Però no és el mateix cridar a un programa de ràdio que es pot escoltar per tots els Estats de la Unión que telefonar al teu nuvi i contar-li les teves inquietuds personals i íntimes. Però de tant en tant hi ha alguna i algun...



Tots van riure la broma de George, que va remarcar les paraules “alguna” i “algun”, amb aquesta forma de parlar que tenen els nord-americans quan van de pudorosos i no els dóna la gana dir paraules malsonants, com si temessin que, com en la televisió americana és costum, superposar una xiuletada quan algú diu aquest tipus de paraules. I no és agradable sofrir aquest tipus de censura.
En Joan Miravitlles havia sortit fora, al jardí, per a mirar si l'herba estava bé cuidada. Els altres hi eren amb en George i companyia.
Aquest parlava dels seus germans, i després del que l’Andrew Miravitlles fa en la ràdio; després sobre els altres germans, etc.
Mentrestant, en Jarvis va comentar, escoltant la cançó d’en Stevie Wonder:
--Aquesta cançó és dabuten, nano.
--Sí, ho és –va contestar en George.
En aquell moment, sense voler-ho, en Tommy va ensopegar amb el cable del tocadiscs que ho connectava a la corrent elèctrica, amb el que va quedar desconnectat, i la música va ser sonant cada vegada més lenta, com un magnetòfon amb les piles gastades, fins que es va parar completament.
--Fotre, nanos, em mola el final de la cançó –va fer broma la Kathy.
--Cony, Tommy, ets un maldestre! –li va rènyer en George--. Que aquest tocadiscs val 130 dòlars!
--Em sap greu, nano –es va disculpar en Tommy, tornant a engegar l'aparell--. És que el cable aquest –s’ho va assenyalar amb el dit índex—és massa llarg.
--Ets molt graciós, Tommy –va respondre George, amb bastant ennuig. Mai li havien fet gràcia els “graciosos” de mentida. I seguidament ell mateix va fer un acudit--: Volies potser que ho dugui fins a Catalunya per a endollar-lo allí? Ja sé que el cable és molt llarg, però...
--Ep, George –va preguntar la Judy--, ¿quan arribaran aquests amics teus que vas dir que vindrien?
--Amics...? –en George semblava “estar a la lluna de València” amb aquest tema, va reflexionar un instant i seguidament es va acordar--. Ah, si...! Doncs... la Geraldine, la Kimmy, la Mary la Beth, en Curtis, en Peter i en James. Ja gairebé estaran arribant…
En dir això, com si hagués fet un esclafit amb els dits, va sonar el timbre de la porta. En George es va aixecar i va anar a obrir.
--Ja hi són –va dir en George.
Després van entrar tots els nois i les noies amics/as seus, vestits tots molt moderns, estil entre finals dels anys ’80 i principis dels ’90, i van començar a xerrar tots de cop.
Una de les noies nouvingudes, la Kimmy McFarlan, parlava de música amb la Kathy Raines, és clar, si aquesta era rockera, i al final semblava que aixecaven el to de veu i fregaven la pura discussió, pel que en Jarvis es va acostar a elles.
--Què feu, nenes? –els va preguntar.
--Parlar –va contestar la Kathy lacònicament.
--Només això...?
--Parlem de música, de moure l'esquelet, oncle –va explicar la Kimmy, una pèl-roja amb el pèl curt i un fort accent de “slang” molt novaiorquès--. Jo també toco la guitarra en un conjunt de rock. És una passada, nano.
--Ah, genial. Que ets d'aquí?
--No. Viu a Newark, Nova Jersei. Com li passa al conjunt musical de la Kathy, el meu tampoc no ha pogut destacar molt, i veurem si demà ens deixen actuar en una festa d'institut d'allí i així ens donem a conèixer. Que només hem pogut actuar en llocs bastant ximples...
--Ximples...? Quina classe d‘indrets eren?
--Alguns indrets als quals toquen de conjunts musicals, alguna discoteca... sempre de segona, tercera o quarta categoria, nano.
--Als quals duen aquests llocs importants no els interesseu, oi que no?
--No. Són uns tocacollons –va dir rotundament la Kimmy, amb força però sense no-res d'escarafalls.
En Jarvis es va fixar en la Kimmy mentre xerraven. Li semblava una noia molt interessant, una noia que, com la Judy, sabia molt bé de què parlava, i anava directa al gra, sense enrotllar-se.
La Kimmy McFarlan també es va fixar en Jarvis. Feia temps que havia trencat amb el noi amb el qual estava, encara que mai van congeniar gens. També era una noia potser difícil, d'aquestes que no volen que se'ls vegi simplement com “una nena guapa”, sinó com una persona amb cervell, i a més sap que no és gens divertida, que de vegades ha de fer un esforç sobrehumà per agradar a tots. I com al seu conjunt musical no canta sinó que toca la guitarra, no avorreix més. Ella reconeix que no podria cantar bé, així que no haurà de cansar a la gent amb la seva pèssima, segons ella, veu per a aquesta tasca. Però tornant que si li havia o no agradat Jarvis, semblava que si, si s'ha de jutjar per la cara que va fer.
Mentrestant, la Judy parlava amb en Peter Ravelli, besnét d'italians, la família dels quals va arribar als Estats Units als començaments del segle XX. Aquest noi bru d'ulls blaus hi treballa en una companyia discogràfica... però com conserge, no vagin a pensar-se que també és cantant. Semblava que ella també s'interessava pel noi, però, ara com ara, no feien altra cosa que parlar junts.
--L'últim estiu vaig estar a Europa, a Itàlia –li explicava en Ravelli quan parlaven de les seves vacances estiuenques. La Judy va contestar:
--Doncs jo, a Espanya.
--Espanya? ¡Olééééé...! –va contestar en Peter Ravelli, intentant ballar una mena de flamenc, per dir-lo així, que ell havia vist en algunes pel•lícules, americanes, és clar, no espanyoles. La Judy va arrufar el nas.
--No, no, Peter, sisplau... Espanya no és això que surt en aquestes pel•lícules que has vist... Que no és així, cony.
--Què dius...? Quant whisky t'has begut? –en Ravelli no l'hi creia.



--No he begut gens d'alcohol, ¿d’acord, nano? Només he begut Coca-cola, i a mi no em va l'alcohol. Mira, nano, he vist que Espanya és un país que a poc a poc està canviant molt i on la gent va vestida com nosaltres. S’hi veu que els ha fet bé l'entrar a la Unió Europea.
--Cony, quines coses! –va exclamar en Ravelli, com no acabant de creure-s’ho--. No m'ho crec, tia! Crec que m'estàs vacil•lant.
--Vinga, Peter, no em fotis! –va cridar ella, com ofesa. I va cridar als quals com ella havien estat en aquell país europeu, com la Kathy, en Jarvis, en Tommy i en George.
--Què passa, Judy? –va preguntar en Tommy quan ella els va cridar i els va demanar que s'acostessin.
--Aquest paio, aquest trompellot, que es creu que Espanya no és més que un país de toreros, flamenc i senyores amb peineta –els va dir, assenyalant severament i de manera inquisitorial Ravelli amb el dit índex.
--Ah, si? –deia en George--. Pete, no sabia que fossis tan taujà, he, he...
--Quin cony passa, nanos? –va rondinar en Ravelli, super ofès--. Que no és així Espanya...? –al mateix temps, se sentia ridícul, sentint així mateix que havia ficat la pota, que potser no fóra aquell país com ell creia.
--No, què va, Peter, t'han enganyat –li va dir la Kathy, intentant ser condescendent amb ell, afectuosament. Àdhuc seguia en Peter, malgrat tot, sense agafar allò. I creiem que a aquestes altures encara persisteix en el seu error. Per a alguns americans, aquestes coses resulten altament incomprensibles. Deu ser les diferències culturals, a més de les idiomàtiques, que això gairebé sempre és una gran barrera per a qualsevol.
Tornem amb les xerrades: la Judy va decidir ara conversar amb els altres dos nois que havien arribat juntament amb en Ravelli i les noies. Per exemple, amb en Curtis Greene, un estudiant d'Art Dramàtic (ella coneixia això per haver-lo estudiat temps enrere) que somiava amb representar alguna obreta teatral a Broadway, sobretot als teatres situats al denominat “Off-Broadway”. Aquí, la Judy li va aclarar d’algunes coses:
--Perdona, Curtis, però l'”Off-Broadway” (1) està fora d'allà, no dins de Broadway, sinó per tota Nova York –li va aclarir la Judy.
--Ja ho sé, maqueta, l'he ficat bé ficada, perdó. Dic que voldria fer alguna obra bona, bona de debò, no aquestes merdes seudocomercials, que atreu moltíssima gent al teatre però que no deixen de ser merdes. Prefereixo un Tennesse Williams, no pas aquestes merdes cursis que li agraden a Bush (2) i als seus amiguets.
--He, he... –va riure la noia—T'entenc, nano... Ja em conec com s’ho fan, aquests tocacollons. Continua, continua parlant-me de teatre, que m'interessa quantitat. Que és veritat que tu...?
Van continuar parlant llarga estona sobre els secrets del teatre, que en Curtis va demostrar conèixer amb detall. Amb en Curtis, la Judy passava completament d’en Peter Ravelli, que ara intentava lligar amb una altra de les noies que havien vingut, amb la Mary Beth Casacuberta, una altra descendent de catalans exiliats als Estats Units, però aquesta ja és néta, és a dir, de segona generació, mentre que en George és fill.
I en Jarvis seguia parlant animadament amb la McFarlan. La Kimmy es va asseure en una cadira, i ell també. La una al costat de l'altre.
--Que tens foc? –li va demanar la jove, que buscava els llumins i no les trobava.
--Em... no fumo, Kimmy, i si no fumo...
--...No duus llumins, és lògic, ho entenc –va a acabar ella la frase d’en Jarvis.
Uns minuts més tard van arribar alguns germans d’en George: la Rose i l’Andy, que es van ajuntar amb els altres. Només faltava la Jane Miravitlles, que residia a Paris (França), on treballava com corresponsal de Premsa d'una important revista americana. Casualment el marit d'aquesta és un francès nascut al Rosselló, que és la coneguda tanmateix com a Catalunya Nord, i que té frontera amb la Catalunya espanyola.
L’Andrew Vincent Miravitlles és un home d'uns 36 anys. És el més gran dels fills de la família Miravitlles. Aquí apreciarem que en Joan Miravitlles va preferir ser pare a edat més aviat madura, perquè els seus primers anys als Estats Units no van ser de guanyar molts diners, i no volia tenir als seus fills vivint en la misèria que apreciava en molts amics seus, immigrants italians o d'altres països europeus, carregats de fills però vivint en unes condicions no infrahumanes però que els costava horrors arribar a fi de mes amb els seus miserables sous de treballadors explotats en treballs que els propis americans no volien.
Els seus germans, la Jane, amb 33 anys; la Rose, amb 28; i en George és el germà petit, amb 25. La mare d'ells té vuit anys menys que el seu marit; per això va poder tenir-los a una edat potser tardana i on hi ha més risc en un embaràs.
Les dades personals d’Andy són bastant normals, com que té el cabell bru, els ulls castanys, 1’75 d'alçària, prim, llençant a minso però sense notar-se-li els ossos. Sembla un noi atractiu, però sense ser cap adonis, però clar, tampoc sembla cap Boris Karloff quan lluia una d'aquelles inoblidables caracteritzacions com el monstre de Frankenstein.
La seva germana, la Rose, és també bruna, però amb els ulls igual que el seu germà. Duu el cabell arrissat i llarg,



com ho duen ara gairebé totes les dones; pantalons vaquers ja força descolorits de l'ús quasi continuat i sabatilles esportives blanques. En entrar allà, després de saludar a tots i fer les presentacions, la Rose Miravitlles va decidir intentar lligar amb algun dels nois que estaven per allà, ja que havia tallat poc abans amb el seu últim nuvi. Llavors va començar a parlar amb en James Quentin, empleat d'una hamburguesería de Manhattan, i de raça negra. A ella no li importava gens el color de la pell, no era com la majoria dels americans, havia tingut relacions amb un noi jueu, nebot d'un important rabí de Nova York, un d'aquells que forma part dels coneguts com a jueus ortodoxs, amb els quals el noi no estava per res d'acord, o quan ella s’ho va fer amb un noi xinès, del Chinatown novaiorquès, amb el qual no es va entendre bé per que era més aviat masclista i que tractava a les dones amb aires possessius, gairebé esclavitzants. Això sí, parlava l'anglès millor que la majoria de la gent del barri, que simplement parla una mica, i malament, la llengua anglesa i parlen entre ells en perfecte xinès.
En aquest pla van passar les hores fins que es va fer de nit, i com tots havien d'aixecar-se més d’hora per a anar als seus treballs respectius, es van marxar a poc a poc a les seves cases. Però, com ja ens hem fixat, molts del que van estar a la festa havien lligat, fins als quals potser no havien d'haver-lo fet. Qui són aquests...? Ja ho sabrem...
En Jarvis Delaware, encara que al sortir al carrer caminava al costat de la seva núvia, Judy Raines, i com gairebé sempre estava molt afectuós amb ella, igualment que ella amb ell, hi pensava de vegades en... en la Kimmy McFarlan. Aquí tenim potser un problema força gros, ja que quan estava amb la Judy, en Jarvis no pensava molt en la Kimmy, potser per que encara segueix molt enamorat de la seva núvia.
I la Judy? Curiosament, també tenia el mateix problema. En Curtis Greene també li havia entrat bé en el seu cap, bé moblada, no hi pensin malament. Encara que algú sigui molt lúcid, sempre poden entrar aquest tipus de pensaments. Però, igual que en Jarvis, ella volia deixar de pensar en ell, que el seu nuvi, l'home de la seva vida i bestieses semblants (ella li diu “bestieses” a frases així de cursis, segons els seus gustos), i ella ho descriu així: “En Jarvis Delaware, el noi maquíssim que està dabuten i amb qui m'ho faig igualment dabuten, que té un cos de puto pare i un cul igual...”. Sí, això era el que ella hi pensava per a treure’s del cap temptacions consistents a intentar tenir una aventureta amb en Curtis Greene. Un dels seus habituals sarcasmes mordaços, aquest humor àcid per a amagar en ocasions les seves debilitats i vulnerabilitats. A ella li agrada trencar motlles, però no en el de les relacions amoroses: sempre ha estat aquí monògama. Només innova en d’altres facetes de la vida.
Però va arribar la nit, com vam dir abans. Casualment, la Judy i en Jarvis, encara que estaven cadascú a casa seva, van veure el mateix programa per la televisió. Passaven la pel•lícula “La Hanna i les seves germanes” d’en Woody Allen, i els va interessar en gran manera, no només per que el cineasta novaiorquès sigui un dels seus favorits i el qual millor sap plasmar les relacions humanes dels cineastes americans actuals, sinó per que se sentien, d'alguna manera, identificats amb el que els ocorria als personatges principals. Els interessava sobretot l'interpretat per en Michael Caine, el d'un conseller de Finances casat amb el personatge de la Mia Farrow, alhora divorciada del de Woody Allen per no haver pogut tenir fills. La peli comença amb l’Elliot (Caine) enamorat perdidamente de la seva cunyada Lee, interpretada per la Barbara Hershey. S'escolta el seu monòleg interior, amb frases tipus “Déu meu, quina maca és! Tinc ganes d'acariciar-la, besar-la...” Però després reflexionava i, en una actitud semi-autocrítica, es tira la brega a si mateix i pensa: “Calla ja, idiota! És la germana de la teva dona!” La Lee hi era a casa d'ells per que celebraven el Dia d'Acció de Gràcies, i llavors l’Elliot podia recrear-se a contemplar a la seva cunyada, recolzat en la banda de la porta, i ella al fons, parlant amb la gent que hi havia allà, sense donar-se ni compte que s'havia convertit en el (fosc) objecte de desig del seu propi cunyat. La Lee convivia amb en Frederick (Max Von Sydow), un pintor minimalista de caràcter agre i esquerp. No va venir aquest dia amb la seva núvia a la casa dels seus parents, per que, segons les seves pròpies paraules, “Estic en una d'aquestes etapes de la vida que no puc suportar a la gent”. Bé, ni la gent a ell tampoc, vist el seu caràcter ni gens ni mica simpàtic. L’Elliot va anar a l'estudi d’en Frederick a demanar-li uns quadres per a decorar la sala d'un cantant de rock famós, en Dusty (Daniel Stern). Aprofita l’Elliot que en Frederick i en Dusty han baixat al soterrani a veure els quadres per a quedar ell i ella tot sol. Llavors, malgrat que vol fer-lo de manera delicada, li fa un petò apassionadament en la boca a ella, mentre sona de fons el “Concert en Fa Menor” d’en Johann Sebastian Bach. Ella queda desconcertada per allò, però han de posposar la discussió sobre això, ja que apareixen de cop i volta en Frederick i en Dusty, el primer emprenyadíssim per que el segon li ha demanat quadres... perquè facin joc amb el sofà de la sala de la casa que el cantant està decorant. Això li sembla denigrant al pintor, que amb el seu pitjor caràcter ho critica. Més tard, parlen al carrer l’Elliot i la Lee, per a finalment veure's en dies successius en hotels, d'amagat, ja que ell està casat amb la Hanna (Mia Farrow), casada en segones núpcies, a l'haver-se divorciat d’en Mickey Saxe (Woody Allen), un neuròtic obsessionat amb les malalties i que, a causa de el seu esperma baix de qualitat, no podia engendrar-li fills a la Hanna. Això va provocar el seu distanciament i posterior divorci.
Tornant a la Lee i l’Elliot, aquest últim va arribar a prometre a ella que se separaria de la seva esposa, per a viure junts. Ella havia finalment trencat amb en Frederick, amb el qual ja no estava bé. A més, ell va intuir, sense que ella l'hi digués, que s'entenia amb un altre. Però passava el temps, ell no s'atrevia a donar el pas... La Hanna, a més, estava cada vegada més trista amb la idea que el seu matrimoni amb L’Elliot estava en crisi, en crisi galopant. Ell, a més, va negar que tingués una aventura extramatrimonial. La Lee es va cansar d'esperar i es va enamorar d'un professor d'Universitat, amb el qual finalment es va casar.
Que s’adonaran que no hem citat al personatge de Woody Allen, veritat? “Hanna i les seves germanes” és una pel•lícula de molts personatges a la recerca d'amor, incloent el d’Allen, que finalment acaba casant-se amb una de les germanes de la seva ex dona, però ocorre que en Jarvis i la Judy es van involucrar tant en la història d'adulteri d’Elliot i la seva cunyada que, inconscientment, van arribar a fer-la pròpia.
Sentien la temptació de conèixer a una altra persona, o si la coneixien, intentar embolicar-se amb ella. La Judy amb en Curtis, en Jarvis amb la Kimmy... Però per sort, no estaven en aquest moment l'u amb l'altre, sinó cadascun pel seu costat. En les seves cases. Encara que ell estava tot sol davant el televisor, i la Judy estava amb els seus germans i la seva mare, que també seguien amb atenció la pel•lícula. En observar certes expressions facials estranyes de la Judy,



elles van creure que ella es prenia massa de debò el que veia a la pantalla, que només era una pel•lícula... Per descomptat, ella no va voler ni tant sols dir-los tot allò que en realitat li passava pel cap.
Però després, quan es va anar al llit a dormir –sol dormir en camisa de dormir, encara que si està amb un noi i si és estiu llavors dorm tota nua--, va tornar a acordar-se del maleït Curtis. Decideix oblidar-se d'ell, fent una ganyota de menyspreu cap a un imaginari interlocutor, i va apagar la llum per a dormir.
Però aquesta nit ella va somiar alguna cosa una mica no gens normal, almenys des que és la núvia d’en Jarvis: somiar que tenia relacions sexuals amb un altre home, aquesta vegada en Curtis Greene. I l'hi va imaginar tot com quan somia amb el seu nuvi, i és que en Curtis està assegut en una cadira. Llavors, la Judy, al seu costat, i suaument li descorda els botons de la seva camisa, un a un. Quan ja li ha descordat l'últim, ella comença a fer-li carícies suaus per tot el pit, de dalt a baix, de baix a dalt, de dreta a esquerra, d'esquerra a dreta, en diagonal... Amb una suavitat i cadenciositat aclaparadores. Després li va posar les mans a banda i banda del seu cap i es van fer un apassionat petó, amb llengua inclosa. Com en moltes ocasions, la Judy tenia la iniciativa, en Curtis estava en posició totalment passiva, content d'això. Es deixava fer. En la majoria del temps, ell deixava els seus braços caiguts, però en fer-se petons, ja els va utilitzar per a acariciar el clatell de la Judy i recórrer amb les mans l'esquena d'ella, cul inclòs. Ella també li acariciava l'esquena i el cul sense parar.
Va continuar el somni amb que ella tornava al pit d’en Curtis, repartint petons per aquí, i a l'arribar als mugrons, suaument els llepava amb la llengua. En Curtis va començar a panteixar suaument. A poc a poc, seguidament, li va començar a treure’l la roba fins a deixar-lo només en calçotets. Ella li va demanar que es posés dempeus. Ell va obeir. Ella li va baixar els calçotets fins als turmells. Ell va aixecar els peus, i els calçotets es van quedar per terra. La Judy es va ajupir fins a arribar a l’entrecuixa d’en Curtis, i no cal comentar el que ocorria tot seguit. Després de dos minuts, ella va posar les mans d'ell en els seus pits, i després continuava amb que ell li llevava la roba fins a deixar-la tota nua. El final, com en qualsevol tipus de somnis d'aquesta mena: van fer l'amor.
La Judy es va despertar una mica estranya, amb un poc de maldecap, com si hagués fet l'amor de debò. Ella havia gaudit bastant amb el somni esmentat, sí, però es trobava molt incòmoda. Tindria finalment que triar a un dels dos, en Jarvis o en Curtis? No sabia què fer...
Es va aixecar per a anar a desdejunar a la cuina. Allí estaven els seus pares i la seva germana. Tot just podia dissimular el seu mal humor, amb un nas arrufat que es podia albirar a set quilòmetres. Ells es van adonar.
--Judy, maca, que tens maldecap? Fas mala cara –va dir el seu pare.
--Uf... sí, Papà, no he tingut una bona nit.
Mentre pare i filla parlaven, la Kathy va fer cara de sospitar una mica.
--Alguna cosa deu tenir aquesta. Deu passar-lo malament amb el seu noi... –va pensar.
Després, a l'acabar de desdejunar, la Judy es va preparar per a anar al treball i intentar oblidar-se de tan fotut somni. Fotut referent a insinuar un possible adulteri amb un altre, el trair Jarvis.

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo 13)






CAPÍTULO XIII




Al día siguiente –volvamos otra vez al tiempo real--, Judy fue a su trabajo en el bar con aspecto de “pub”, aunque un poco más modernizado, quizá por que había cambiado de dueño y la nueva empresa propietaria quería convertirlo en algo más acogedor y menos mojigato (ya no hay tanto entusiamo por las cosas... bien, no lo digamos). Digamos que Judy, de vez en cuando, pensaba en marcharse de allí, pues el ambiente en ocasiones anticuado del lugar le fastidiaba un poco, y sobre todo si tenía que aguantar a algún cliente que trataba de sugerirle, cuando no pedirle directamente, que se acostara con él. Ella le replicaba que ya tenía novio, pero al cliente le daba igual, decía que seguro que era un soso en la cama, que no tenía lo que el cliente sí que tenía... No picaba ella con eso.
Pero el sueldo que le dan es bueno, y el bar aquel tiene muchos clientes. A veces ella tiene que tragarse algún tostón de un cliente hablando allí con otro de cosas que haría con una mujer, haciéndose el infalible, claro que nos referimos a lo sexual, y, claro está, el susodicho cliente sólo hablaba de que él nunca falla, que las mujeres SIEMPRE quedan satisfechas en el 100 %... Judy, claro, no se creía aquello ni harta de vino. Reflexionó muy seriamente sobre el asunto:
--¿Por qué a muchos tíos les encanta decir que “Soy muy fuerte por que tengo un par de cojones” ó “Yo siempre tengo los cojones bien puestos”? ¿Se creen que con eso son los reyes del mundo? Caramba, si yo le dijese a una mujer que “Soy más fuerte por que tengo un par de tetas” ella me miraría como a una idiota... ¡Y con toda la razón del mundo!
Aunque otras veces ha oído conversar a otras mujeres, que debían de ser feministas radicales, por que hablaban de hombres, y claro, no los ponían nada bien, ni siquiera en lo sexual (ahí era lo peor que ellos hacían). Decían que los hombres, ó la mayoría de ellos, eran unos ineptos, que no escuchan, que no ayudan en nada, sólo les utilizan a las

mujeres para luego presumir ante sus amigotes y autocompararse entre ellos, entonces, como si fueran a decirse “Mi chica es más guapa que ese cardo que llevas”. Por no hablar de que a veces les ponen como si fueran los mismos nazis. Aquí, Judy se enfadó con ellas, pero no se lo dijo a ellas, sino que reflexionó para sí misma:
--¡Coño, si éstas están hablando igual que los machistas! ¿No decimos las mujeres que queremos la igualdad entre sexos? Pues así, si hablamos como éstas, no lo conseguiremos nunca, por que nos ponemos a la misma altura que los machistas. Yo conozco a tíos que son encantadores y que no son para nada unos machistas de mierda. No hay que cargárselos a todos. ¡Así nunca conseguiremos que ellos nos comprendan ni que nos respeten, coño! –gruñó finalmente, como desesperada, siempre para sí misma. Hizo una mueca, pero nadie, si le vio hacerla, sabría exactamente interpretarla en su contexto.
Siguió con su trabajo mientras tenía esas reflexiones trascendentes, que siempre trataba de aderezar con chistes, cual si fuera Woody Allen, pero ésta vez el asunto era tan serio que no le salía ninguno potable.
En aquella mañana llegaría allí un chico al que Judy conoce mucho y le quiere bastante, en el buen sentido de la palabra, no amorosamente sino como amigo, que es George Miravitlles, hijo de catalanes, que ahora trabajaba como dibujante. Judy se alegró de verle y le saludó:
--Hola, George, bienvenido.
--Hola, Judy, guapa –respondió el joven. Miró la decoración del bar y opinó--: Oh, veo que han cambiado un poco la decoración que había. De puta madre.
--No exageres, tío. Se han cambiado algunas cosas, pero no demasiado. El nuevo dueño no es anticuado como lo era el otro, pero tampoco es ningún revolucionario en hacer decoraciones. Yo le he contado lo que ví en los bares españoles, los de Barcelona, de cuando estuve allí el mes pasado, y me ha dicho que se lo pensará.
--¿Y crees que te hará caso?
--No lo sé, George. El público, los clientes, es lo primero, y por ahora no sabe si cambiarlo todo de golpe ó poco a poco... Bien, dejémoslo. ¿Qué quieres tomar?
--Una Coca-Cola. No tengo ganas ahora de alcohol.
--Muy bien. A mí tampoco me gusta el alcohol –bajó la voz Judy--. Te lo digo así de bajito para que mi jefe no se enfade... –soltó una risita y puso sonrisa de complicidad.
George rió también.
Le sirvió ella la Coca-Cola. Judy preguntó:
--¿En qué trabajas ahora? ¿Lo mismo que antes?
--Sí. De vez en cuando organizo exposiciones de mis dibujos en una galería de arte de la calle 57 Oeste, la de Associated American Artists. Allí viene bastante gente.
--Me alegro –sonrió Judy, en gesto de complicidad con aquel chico que le caía tan bien.
George se bebió la Coca-Cola a tragos, no de un trago, como hacen muchos tíos cuando beben una cerveza, por ejemplo, y quieren dar imagen de machos superiores, sobre todo delante de otros tíos. Luego se fue. Judy siguió atendiendo a los clientes.
Le había contado él a Judy que pensaba hacer una serie de dibujos animados, pero que no fuese lo habitual, acordándose de los Simpson. Judy dijo, como siempre, que aquello le parecía dabuten.
Al volver a casa, la chica se compró una cinta de cassette en una tienda de discos. Era de Sting, el ex cantante de Police, que ahora se lo monta todo solo, musicalmente hablando. Mientras, ella pensaba que el fin de semana, óm por lo menos el Domingo, que entonces tendrá ella el día libre, igual que Jarvis. Él tiene ahora un pluriempleo de dos trabajos, ya que con Judy tiene más gastos, a pesar de que no viven juntos. Ella sigue muy enamorada de él, aunque él, con sus manías, se lo pone difícil... y ella también a él, ya que también tiene muchas manías, algo absurdas, como las de él. Ya les contaremos cuales son...
También George Miravitlles llegó a su casa. Cuando entró en la salita, llena de muebles comprados por su familia y por él mismo en la Catalunya natal de su padre, sonó el teléfono. Lo descolgó, diciendo:
--¿Diga...?
--Hola, Jordi, soy Papá –le saludó una voz de hombre mayor, hablándole en catalán con algo de acento inglés-americano. George se dio cuenta de que era su padre, ya que sólo su familia le llama con el nombre en catalán--. ¿Ya has vuelto del trabajo?
--Eh, sí, Papá, hola... –contestó George, sonriendo, y hablando también en catalán, aunque no un catalán como el de su padre, ya que el suyo era más irregular.
--Nada, hijo, te llamaba, como todas las semanas, a ver cómo te encuentras. A ver si vienes a vernos.
--Pues me encuentro muy bien. Ya iré un día de éstos a veros. ¿Cómo se encuentra Mamá?
La conversación era tópica, normal, sin nada especial que destacar. George dijo a su padre que el Domingo iría a la casa de ellos y que quizás podría invitar a sus amigos Judy, Jarvis y otros. Winnie y Arthur no podrían venir por que cada uno estarían atareados en sus trabajos cinematográficos.
Al llegar el Sábado por la mañana, Judy y Jarvis se fueron al Central Park para pasear por allí. Dada la longitud del mismo, el paseo fue largo. Habían comprado algunas cosas para comer allí, como el día de Año Nuevo en que se conocieron, y se tumbaron sobre la hierba, revolcándose sobre ella acto seguido.
Judy cogió una brizna de hierba y se la metió en la boca parcialmente. Sonreía, y dijo:
--Me gusta mucho estar aquí tumbada. ¿Y a ti?
--Si estoy contigo, sí –contestó él, de manera harto complaciente, dándole a ella un besito suave y corto en los labios.
--¿Tienes que trabajar hoy, Jarvis? –preguntó ella de repente.
--Sí, Judy. Tendré que trabajar luego. Ésta mañana tendré que irme al primer trabajo cuando pase una hora, y... –miró el reloj—y tres cuartos. Mañana volveré contigo, cariño.
--No seas cursi, tío –le suplicó Judy.
Luego se separararon para irse a su trabajo. Judy prefirió darse un paseo por el parque antes de volver a su casa. Paseaba por la calle después hasta llegar allí. Los Sábados ella sólo trabaja por la tarde en el bar, en donde hacen turnos así. Ya irá.
Ahora, ya en su habitación, se acordó de los demás chicos con los cuales había tenido relaciones. Aunque ella había sido una mujer fuerte, al menos por que muchas veces había conseguido superar problemas gordos, sabía que ella no era ninguna supermujer. Aquí se acordó de algunas cosas que le sucedieron cuando era pequeña.
Por ejemplo, que era ella muy rebelde. No por que sea la típica y tópica “hija de papá”, demasiado mimada, que no lo fue, sino por que siempre había visto cosas que no le gustaban. Y se rebelaba contra ello. Pero siempre quería caer bien, y no le molaba nada que siempre le hicieran burlas en el colegio al llamarla sabihonda muchas amigas y amigos suyos, por aquello de que conseguía muy buenas notas estudiando, estudiaba mucho, y de verdad. Cuando empezó a tener relaciones con chicos, también quería tener cuidado con cuáles se lo montaba, quizás por que siempre había tenido una cierta desconfianza hacía los hombres desde que era una niña, a veces los rehuía, pero otras veces trataba de caerles bien. Con algunas amigas había aprendido que aun así la mayoría de los hombres siguen viendo a la mujer sólo como un objeto, como una “cosa bonita”, y por esto, lógicamente, iba con precaución con ellos, por si acaso.
No obstante, ella tuvo relaciones con más chicos que los que le dijo a Jarvis cuando se conocieron. No se los recordó, quizá por que no le venían a la memoria en aquel momento. A Jarvis le pasaba lo mismo. Ahora veamos qué pasó con Judy cuando empezó alguna de esas relaciones amorosas que de las cuales finalmente no contó nada a su actual novio.
Antes de conocer a Michael Karras, el hijo de griegos que quería ser concejal ó alcalde de Nueva York, Judy conoció a un chico con el que tuvo relaciones bastante apasionadas, ó como ella decía, dabuten, para que no pareciera nada cursi con esos términos algo anticuados de “relaciones apasionadas”, para ella dignas de telenovela. Él se llamaba Jimmy Cromwell, y lo conoció cuando ella quería estudiar Arte Dramático. Él también. Ahora, éste joven reside en California, intentando todavía triufar con algún papel en el cine ó en la televisión, pero sólo ha podido salir haciendo de extra en alguna película e incluso con un pequeño papel en uno de esos programas del Canal Playboy. Ahí, claro está, tenía que salir desnudo, y según algunos (y algunas), no desmerecía nada de su compañera de reparto, pero eso no nos interesa ahora...
Cuando tuvieron la primera cita, ella tomó la iniciativa e intentó besarle, ya que a él no parecía apetecerle dar el primer paso. James Grant Cromwell era un chico de pelo y ojos castaños, estatura similar a la de Judy (1’75 cm.) y un cuerpo que ella calificaba, en lenguaje coloquial habitual suyo, de “dabuten, tío, está muy guay”, quizás con bastante razón, aunque nosotros no usaríamos unos términos tan “coloquiales”, sino más “artísticos”, tratándose esto de una novela. Pese a su buena presencia y su semblante inteligente, Jimmy Cromwell era muy tímido, y Judy no comprendía bien por qué los hombres parecían asustarse un poco cuando se acercaban a ella. Quizás por que ahora, con el feminismo, la liberación de la mujer y la igualdad de derechos entre ambos sexos, la mayoría de los hombres parecen literalmente flanes, por que tiemblan mucho en la presencia de cualquier mujer.
--¿Qué te pasa, cariño? –le preguntaba ella, cariñosa.
--¿A mí...? –Jimmy hablaba como si no pasara nada.
--Sí, tío. Pareces un flan, casi no me hablas y parece que me tuvieses miedo. ¿Qué pasa? ¿Muerdo?
--Eh, no, no...
--¿No...? ¿Y qué es, entonces?
--Es que no sé cómo empezar...
--¿Empezar qué?
Judy se daba cuenta de que Jimmy era demasiado tímido, demasiado asustado. Y eso que no lo parecía si se le veía con amigos, sobre todo, pero él no era el mismo con mujeres a su lado. Ya empezaba a estar harta de aquello. ¿Qué puñetas tenía ella que dejaba a los hombres como unos maricas, con perdón, según la opinión a veces visceral suya? A veces le rondaba por la cabeza la idea de mandarlos a todos los tíos a la mierda y hacerse lesbiana, a ver si ellas no temblaban tanto en su presencia. Luego se arrepintió de ello por que ella no lo es, y le daría cierto reparo que se le acercase alguna. Después de pensar esto, volvió a hablar con Jimmy.
--Macho, esto no es difícil –contestó Judy a la frase que él le había soltado antes, tratando de ser cariñosa con él, que esto la jodía más, lo de que le tuviesen miedo, cuando ella es siempre muy amable y cariñosa con los chicos, sobre todo con los que le atraen mucho, claro está--. Escucha, tío, sé que ahora los hombres os habeis quedado un poco jodidos con la liberación de las mujeres y la igualdad de derechos entre los dos sexos, pero no es tan difícil poneros bien, carajo. Yo puedo ayudarte si quieres. No me molesta.
--Ah, gracias, maja –respondió Jimmy, un poco aliviado al oírle hablando así, tan cordialmente--. Perdóname, soy un idiota.
--No, no lo eres. Podemos ser iguales sin que nadie se quede jodido... Bien, dejémonos ahora de discursos trascendentes. ¿A dónde vamos?
--No sé... ¿A tu casa, quizás? –propuso él, de golpe.
--Em... –reflexionó Judy—Ahora en mi casa está mi hermana Kathy y su novio Tommy... y... bien, será mejor que...
--¿Qué?
--Que sí, tío, que nos piraremos a la tuya. A tu casa, Jim.
--Muy bien, Judy. Yo vivo en Greenwich Village, y mi casa es compartida.
--¿Compartida? ¿Con quién? ¿Con unos amigos?
--Con dos parejas, de chico y chica, claro, pero ellos tienen su vida y yo la mía, claro.
--¿Es grande la casa? Si sois cinco...
--Sí, bastante grande, pero no demasiado. Aunque si vamos allí, no les molestaremos. Nos metemos en mi habitación, y los demás, como si no existieran.
--Me parece muy bien, Jimmy, pero debes de saber que si nos acostamos juntos tendremos que estar en un sitio con absoluta tranquilidad, es decir, solos. Quiero decir que cuando entremos en tu habitación, que nadie de ellos nos espíe. ¿Me entiendes?
--Sí, Judy, perfectamente, coño. Pero, ¿no me habías dicho que iríamos a tu casa?
--Ah, perdona, tío, no me acordaba. Pero es que quería saber qué clase de casa tienes...
--¡Coño, que yo no tengo ninguna casa de putas! –ironizó Jimmy, a lo cual respondió la rubia riendo, cosa que él también hizo seguidamente.
Después se fueron a la casa de ella, después de dudar un momento. Con él pasó una noche que ella misma recuerda como “...una de las más dabuten de mi vida, tíos”, en la cual hicieron el amor apasionadamente. Aun recuerda Judy cómo Jimmy estaba encima de ella, postura que de vez en cuando cambiaban, besándola tiernamente por todo el cuello, la cara y casi todo el cuerpo, como hizo ella con él después; ó hacerlo sentados en una silla, un método algo incómodo pero excitante, pensaba Judy. Era incómdo si la silla era dura, claro. Aquí también cambiaban de postura debido a lo dicho anteriormente. Pero pese a haber tenido muchas noches como ésta, la relación sentimental entre ambos se fastidió muy pronto. Y no era por la cosa sexual, que aquello quizá funcionaba bien, sino por la relación amorosa en sí, en lo personal, ya que él seguía con sus complejos, neuras, manías, etc., como ella. Menos mal que Judy es una chica fuerte de carácter y de espíritu, con lo que lo superó pronto, y también tenía la ayuda de la familia.
Pero a pesar de todo esto, Judy también tiene momentos de depresión, y se lamenta de haber fallado, que quizás ella también tenía mucha culpa de esto. Por si acaso, cuando esté con algún chico (también con Jarvis), le dice que no la mitifique, que no la ponga ni en un pedestal ni en ningún altar, que ahora muchos hombres hacen eso con las mujeres, pasando de haberlas menospreciado durante siglos a decirles que ellas son las mejores, las más fuertes, las más inteligentes, las más... etc., que ellos. Que aquí siempre se exagera mucho, y en esto...
Cuando conoció a Michael Karras, que trabajaba en el mismo sitio que ella, los problemas fueron los mismos, pero aquí hay que añadir otros. ¿Se acuerdan de cuando Judy riñó a Kathy y a Tommy por que ésta les espió cuando se besaban y le llamaron “guarra” ó algo así? Pues ellos, quizás, hicieron lo mismo con ella y con Michael cuando hacían el amor y cómo se lo recriminó Judy al empezar ésta novela.
Pues Karras tenía un problema parecido al de Jarvis Delaware, que era su inseguridad y el complejo de inferioridad. Aunque luego quiso ser político sin éxito, lo cual utilizaba para olvidarse de aquello, para superarlo. El colmo de esto fue un problema muy curioso: no le gustaba nada la cara que tenía, aunque era bastante atractiva. A él le parecía que era muy hortera y quería cambiársela. Vio a un amigo suyo, de unos treinta años, con barba, casi calvo, con unas ojeras que casi le arrastraban por el suelo y un carácter tirando a infantil, pero con una espontaneidad y una personalidad arrolladoras. Judy consiguió convencerle de que aquello era una chorrada, que él estaba mejor siendo él mismo, no la copia de otro... Esto fue una cosa de la que ahora no se quería acordar, como Cervantes en el primer capítulo de “Don Quijote de La Mancha”, y en éste caso no es “un lugar de La Mancha”, sino las noches de amor que tuvo con él, al menos alguna de ellas, y cuyos numeritos sexuales los repitió alguna ocasión con Jarvis.
Uno de estos era desnudarse el uno al otro, despacio, sin prisas, como si quisieran descubrir poco a poco la personalidad del otro. Digamos que Michael era bastante educado y cordial con Judy, sin querer nunca ser prepotente. Les parecerá que en esto tiene Judy muy buena suerte, pero es que muchas veces era todo al revés. Bien, no nos enrollemos en éste detalle. Todo esto luego se fastidió, y vuelta a empezar, y tócala otra vez, Sam.
Ahora volvamos con ellos: al día siguiente, Judy se encontró con Jarvis en el portal de su casa. Allí esperaron a que Kathy bajase con Tommy, y luego fueron en un taxi al barrio de Queens, en donde están ubicados varios estadios deportivos y los aeropuertos de la ciudad, como el J. F. Kennedy y La Guardia. Allí llegaron unos veinte minutos más tarde, a una casa en donde viven los padres de George Miravitlles, un chalet de dos pisos, muy típico en todos los Estados Unidos.
Aquella mañana estaba con el cielo muy nublado, y con amenaza de lluvia inminente. Y precisamente cuando ya salían del taxi, empezaron a caer las primeras gotas. Jarvis, cuando salió de su casa para quedar con Judy, estaba algo deprimido (ya dijimos una vez que los días nublados le deprimen mucho, le provocaban mucha melancolía), pero Judy se hallaba contenta, y ello animó al chaval.
--Hola, señor Miravitlles –saludó Jarvis al padre de George, que se llama Joan, un nombre típico en la región del Estado Español conocida por Catalunya en donde nació y de donde tuvo que exiliarse en el año 1939, después de la pérdida de la Guerra Civil española por los republicanos ante las tropas del general Francisco Franco. Joan Miravitlles i Sansalvador, nombre y apellidos completos, había nacido en el pueblo de Tossa De Mar, provincia catalana de Girona. Luego, su familia y él habían emigrado a Barcelona, y después de la guerra, se exilió en los Estados Unidos. Otros miembros de la familia huyeron a Francia, México, Gran Bretaña, etc. Como dijimos antes, él había luchado en el bando republicano, pero nunca había sido simpatizante de los anarquistas ni de la izquierda radical, y nunca se había sentido próximo a ningún partido político. Pese a que, cuando llegaron los años ’50, en los Estados Unidos hicieron estragos los abusos paranoicos del horrible Comité de Actividades Antiamericanas liderado por el nefasto senador de Wisconsin Joe McCarthy, intentaron delatar a Joan Miravitlles, no consiguieron nada por falta de pruebas. Los amigos de él le ayudaron mucho. Miravitlles ha tenido varios negocios, de todo tipo, y así ha podido llevar una vida sin sobresaltos ni hambrunas ni nada. Eso sí, no ha querido vivir nunca en mansiones; no es su estilo, por algo es hijo de obrero.
--Puedes llamarme Joan, muchacho –le contestó Miravitlles a Jarvis, cuando se saludaron, con toda sencillez. Hablaba con algo de acento catalán.
A Joan Miravitlles ya se le notaban las arrugas de anciano setentón, rondando los 74, en su aspecto entrañable y al mismo tiempo venerable. Llevaba gafas y barba blanca.
Diremos que él fue amnistiado por Franco en 1956, pero siempre ha residido en los Estados Unidos desde que llegó en 1939. Viaja casi todos los años a Catalunya, por nostalgia de la tierra, algo común en los catalanes. Tiene pensado que cuando muera, quiere que su cuerpo sea incinerado y las cenizas se dividan en dos, para así una parte que vaya a ser enterrada en Catalunya, y la otra en los Estados Unidos, en Nueva York, en donde ha residido permanentemente desde su llegada.
George, su hijo, por lo menos él estaba allí en aquel momento, ya que sus otros hermanos (Andrew, Jane y Rose) estaban fuera. Ya diremos en dónde viven ahora. Pero algunos de ellos llegarán allá luego y podremos conocerlos.
--Ah, muy bien, J-Joan –dijo Jarvis, intentado pronunciar correctamente el nombre en catalán del patriarca de la familia Miravitlles. Le sirvió al chico aquello de estar en Catalunya bastante tiempo durante las vacaciones estivales.
--Lo pronuncias bien, chico –le dijo Joan, en un catalán con algo de acento estadounidense, lógico al llevar tantos años residiendo allí, con lo que en cada lengua tiene un acento de la otra.
--¿Qué dice...? –preguntó Jarvis, en inglés, ya que no había entendido nada. Su catalán era escaso.
Joan se lo repitió en inglés, y ahora Jarvis exclamó:
--¡Ah, perdón...!
--Tú tranquilo, chico –le tranquilizó Joan. Luego continuaron haciendo otras cosas.
Podemos decir que eso de “otras cosas” es que tomaron unas copas, charlaron todos en la salita e hicieron un pequeño paseo por la casa y el jardín (se nos olvidaba decir que era una casa con jardín, algo también muy americano). Cuando se metieron en una de las habitaciones (la que tiene George cuando visita a sus padres, aunque era la suya cuando aun vivía con ellos), siguieron charlando, oyendo música de, entre otros, Stevie Wonder.
En ese momento escuchaban la canción que Wonder había hecho para la película “Fiebre salvaje” de Spike Lee, con ritmos africanizantes.
Raquel, la esposa de Joan Miravitlles, de la misma edad que su marido, no estaba en casa en ese momento, sino visitando a unas amigas.
--¿Y tus hermanos? –le preguntó Judy.
--Andy está ahora en Washington D. C., en donde trabaja en una emisora de radio y hace un programa de esos de llamadas de los oyentes, en el que conversa con ellos, le cuentan sus problemas, su vida, etc.
--Ya, un programa intimista, sé cómo son...
--Sí. Pero no es lo mismo llamar a un programa de radio que se puede escuchar por todos los Estados de la Unión que telefonear a tu novio y contarle tus inquietudes personales e íntimas. Pero de vez en cuando hay alguna y algún...
Todos rieron la broma de George, que remarcó las palabras “alguna” y “algún”, con esa forma de hablar que tienen los estadounidenses cuando van de pudorosos y no les da la gana decir palabras malsonantes, como si temieran que, como en la televisión americana es costumbre, superponer un pitido cuando alguien dice ese tipo de palabras. Y no es agradable sufrir ese tipo de censura.
Joan Miravitlles había salido afuera, al jardín, para mirar si la hierba estaba bien cuidada. Los demás estaban con George y compañía.
Éste hablaba de sus hermanos, y después de lo que Andrew Miravitlles hace en la radio; luego sobre los demás hermanos, etc.
Mientras tanto, Jarvis comentó, escuchando la canción de Stevie Wonder:
--Ésta canción es dabuten, tío.
--Sí, lo es –contestó George.
En aquel momento, sin querer, Tommy tropezó con el cable del tocadiscos que lo conectaba a la corriente eléctrica, con lo que quedó desconectado, y la música fue sonando cada vez más lenta, como un magnetofón con las pilas gastadas, hasta que se paró completamente.
--Jo, tíos, me mola el final de la canción –bromeó Kathy.
--¡Joder, Tommy, eres un torpe! –le riñó George--. ¡Que éste tocadiscos vale 130 dólares!
--Lo siento, tío –se disculpó Tommy, volviendo a enchufar el aparato--. Es que el cable éste –lo señaló con el dedo índice—es demasiado largo.
--Eres muy gracioso, Tommy –respondió George, con bastante desagrado. Nunca le habían hecho gracia los “graciosos” de pacotilla. Y seguidamente él mismo hizo un chiste--: ¿Querías acaso que lo lleve hasta Catalunya para enchufarlo allí? Ya sé que el cable es muy largo, pero...
--Eh, George –preguntó Judy--, ¿cuándo llegarán esos amigos tuyos que dijiste que vendrían?
--¿Amigos...? –George parecía estar “en Babia” con éste tema, reflexionó un instante y seguidamente se acordó--. ¡Ah, sí...! Pues... Geraldine, Kimmy, Mary Beth, Curtis, Peter y James. Deben de estar al llegar…
Al decir esto, como si hubiera hecho un chasquido con los dedos, sonó el timbre de la puerta. George se levantó y fue a abrir.
--Ya están aquí –dijo George.
Luego entraron todos los chicos y las chicas amigos/as suyos, vestidos todos muy modernos, estilo entre finales de los años ’80 y principios de los ’90, y empezaron a charlar todos de golpe.
Una de las chicas recién llegadas, Kimmy McFarlan, hablaba de música con Kathy Raines, claro, si ésta era rockera, y al final parecía que levantaban el tono de voz y rozaban la pura discusión, por lo que Jarvis se acercó a ellas.
--¿Qué hacéis, nenas? –les preguntó.
--Hablar –contestó Kathy lacónicamente.
--¿Sólo eso...?
--Hablamos de música, de mover el esqueleto, tío –explicó Kimmy, una pelirroja con el pelo corto y un fuerte acento de “slang” muy neoyorkino--. Yo también toco la guitarra en un conjunto de rock. Es una pasada, tío.
--Ah, genial. ¿Eres de aquí?
--No. Vivo en Newark, Nueva Jersey. Como le pasa al conjunto musical de Kathy, el mío tampoco no ha podido destacar mucho, y veremos si mañana nos dejan actuar en una fiesta de instituto de allí y así nos damos a conocer. Que sólo hemos podido actuar en sitios bastante tontos...
--¿Tontos...? ¿Qué clase de sitios eran?
--Algunos sitios en el que tocan conjuntos musicales, alguna discoteca... siempre de segunda, tercera ó cuarta categoría, tío.
--¿A los que llevan esos sitios importantes no les interesais?
--No. Son unos gilipollas –dijo rotundamente Kimmy, con fuerza pero sin nada de aspavientos.
Jarvis se fijó en Kimmy mientras hablaban. Le parecía una chica muy interesante, una chica que, como Judy, sabía muy bien de qué hablaba, e iba directa al grano, sin enrollarse.
Kimmy McFarlan también se fijó en Jarvis. Hacía tiempo que había roto con el chico con el que estaba, aunque nunca congeniaron mucho. También era una chica quizás difícil, de esas que no quieren que se les vea simplemente como una “niña mona”, sino como una persona con cerebro, y además sabe que no es demasiado divertida, que a veces tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para agradar a todos. Y como en su conjunto musical no canta sino que toca la guitarra, no aburre más. Ella reconoce que no podría cantar bien, así que no tendrá que cansar a la gente con su pésima, según ella, voz para éste menester. Pero volviendo a que si le había ó no gustado a Jarvis, parecía que sí, a juzgar por la cara que puso.
Mientras tanto, Judy hablaba con Peter Ravelli, bisnieto de italianos, cuya familia llegó a los Estados Unidos en los albores del siglo XX. Éste chico moreno de ojos azules trabaja en una compañía discográfica... pero como conserje, no vayan a pensarse que también es cantante. Parecía que ella también se interesaba por el chico, pero, por ahora, no hacían otra cosa que hablar juntos.
--El último verano estuve en Europa, en Italia –le explicaba Ravelli cuando hablaban de sus vacaciones veraniegas. Judy contestó:
--Pues yo, en España.
--¿España? ¡Olééééé...! –contestó Peter Ravelli, intentando bailar una especie de flamenco, por llamarlo así, que él había visto en algunas películas, americanas, claro, no españolas. Judy frunció el ceño.
--No, no, Peter, por favor... España no es eso que sale en esas películas que has visto... Que no es así, coño.
--¿Qué dices...? ¿Cuánto whisky te has bebido? –Ravelli no se lo creía.
--No he bebido nada de alcohol, ¿vale, tío? Sólo he bebido Coca-Cola, y a mí no me va el alcohol. Mira, tío, he visto que España es un país que poco a poco está cambiando mucho y en donde la gente va vestida como nosotros. Se ve que les ha hecho bien el entrar en la Unión Europea.
--¡Coño, qué cosas! –exclamó Ravelli, como no acabando de creerselo--. ¡No me lo creo, tía! Creo que me estás vacilando.
--¡Venga, Peter, no me jodas! –gritó ella, como ofendida. Y llamó a los que como ella habían estado en aquel país europeo, como Kathy, Jarvis, Tommy y George.
--¿Qué pasa, Judy? –preguntó Tommy cuando ella les llamó y les pidió que se acercaran.
--Éste tío, éste patán, que se cree que España no es más que un país de toreros, flamenco y señoras con peineta –les dijo, señalando severamente y de manera inquisitorial a Ravelli con el dedo índice.
--¿Ah, sí? –decía George--. Pete, no sabía que fueras tan palurdo, je, je...
--¿Qué coño pasa, tíos? –gruñó Ravelli, super ofendido--. ¿No es así España...? –al mismo tiempo, se sentía ridículo, sintiendo asimismo que había metido la pata, que quizás no fuera aquel país como él creía.
--No, qué va, Peter, te han engañado –le dijo Kathy, intentando ser condescendiente con él, cariñosamente. Aun seguía Peter, pese a todo, sin captar aquello. Y creemos que a éstas alturas todavía persiste en su error. Para algunos americanos, éstas cosas resultan altamente incomprensibles. Debe de ser las diferencias culturales, además de las idiomáticas, que eso casi siempre es una gran barrera para cualquiera.
Volvamos con las charlas: Judy decidió ahora conversar con los otros dos chicos que habían llegado junto con Ravelli y las chicas. Por ejemplo, con Curtis Greene, un estudiante de Arte Dramático (ella conocía eso por haberlo estudiado tiempo atrás) que soñaba con representar alguna obrita teatral en Broadway, sobre todo en los teatros situados en lo denominado “Off-Broadway”. Aquí, Judy le hizo una aclaración:
--Perdona, Curtis, pero el “Off-Broadway” (1) está fuera de allá, no dentro de Broadway, sino por toda Nueva York –le aclaró Judy.
--Ya lo sé, guapita, la he metido bien metida, perdón. Digo que querría hacer alguna obra buena, buena de verdad, no esas mierdas seudocomerciales, que atrae muchísima gente al teatro pero que no dejan de ser mierdas. Prefiero un Tennesse Williams, no esas mierdas cursis que le gustan a Bush (2) y a sus amigotes.
--Je, je... –rió la chica—Te entiendo, tío... Ya me conozco cómo se lo montan esos gilipollas. Sigue, siguem hablándome de teatro, que me interesa cantidad. ¿Es verdad que tú...?



Continuaron hablando largo rato sobre los entresijos del teatro, que Curtis demostró conocer al dedillo. Con Curtis, Judy pasaba completamente de Peter Ravelli, que ahora intentaba ligar con otra de las chicas que habían venido, con Mary Beth Casacuberta, otra descendiente de catalanes exiliados en los Estados Unidos, pero ésta ya es nieta, es decir, de segunda generación, mientras que George es hijo.
Y Jarvis seguía hablando animadamente con McFarlan. Kimmy se sentó en una silla, y él también. La una al lado de la otra.
--¿Tienes fuego? –le pidió la joven, que buscaba las cerillas y no las encontraba.
--Em... no fumo, Kimmy, y si no fumo...
--...No llevas cerillas, es lógico, lo entiendo –acabó ella la frase de Jarvis.
Unos minutos más tarde llegaron algunos hermanos de George: Rose y Andy, que se juntaron con los demás. Sólo faltaba Jane Miravitlles, que residía en Paris (Francia), en donde trabajaba como corresponsal de Prensa de una importante revista americana. Casualmente el marido de ésta es un francés nacido en el Rosellón, que es la llamada asismismo Catalunya Norte, y que tiene frontera con la Catalunya española.
Andrew Vincent Miravitlles es un hombre de unos 36 años. Es el mayor de los hijos de la familia Miravitlles. Aquí apreciaremos que Joan Miravitlles prefirió ser padre a edad más bien madura, por que sus primeros años en los Estados Unidos no fueron de ganar mucho dinero, y no quería tener a sus hijos viviendo en la miseria que apreciaba en muchos amigos suyos, inmigrantes italianos ó de otros países europeos, cargados de hijos pero viviendo en unas condiciones no infrahumanas pero que les costaba horrores llegar a fin de mes con sus miserables sueldos de trabajadores explotados en trabajos que los propios americanos no querían.
Sus hermanos, Jane, con 33 años; Rose, con 28; y George es el hermano pequeño, con 25. La madre de ellos tiene ocho años menos que su marido; por eso pudo tenerlos a una edad quizá tardía y en donde hay más riesgo en un embarazo.
Las señas personales de Andy son bastante normales, como que tiene el pelo moreno, los ojos castaños, 1’75 de estatura, delgado, tirando a flaco pero sin notársele los huesos. Parece un chico atractivo, pero sin ser ningún adonis, pero claro, tampoco parece ningún Boris Karloff cuando lucía una de aquellas inolvidables caracterizaciones como el monstruo de Frankenstein.
Su hermana Rose es también morena, pero con los ojos igual que su hermano. Lleva el pelo rizado y largo, como lo llevan ahora casi todas las mujeres; pantalones vaqueros ya bastante descoloridos del uso quasi contínuo y zapatillas deportivas blancas. Al entrar allí, después de saludar a todos y hacer las presentaciones, Rose Miravitlles decidió intentar ligar con alguno de los chicos que estaban por allí, ya que había roto poco antes con su último novio. Entonces empezó a hablar con James Quentin, empleado de una hamburguesería de Manhattan, y de raza negra. A ella no le importaba demasiado el color de la piel, no era como la mayoría de los americanos, había tenido relaciones con un chico judío, sobrino de un importante rabino de Nueva York, uno de aquellos que forma parte de los llamador judíos ortodoxos, con los cuales el chico no estaba para nada de acuerdo, ó cuando ella se lo montó con un chico chino, del Chinatown neoyorkino, con el que no se entendió bien por que era más bien machista y que trataba a las mujeres con aires posesivos, casi esclavizantes. Eso sí, hablaba el inglés mejor que la mayoría de la gente del barrio, que simplemente chapurrea el idioma y hablan entre ellos en perfecto chino.
En éste plan pasaron las horas hasta que se hizo de noche, y como todos tenían que levantarse temprano para ir a sus trabajos respectivos, se marcharon poco a poco a sus casas. Pero, como ya nos hemos fijado, muchos de lo que estuvieron en la fiesta habían ligado, hasta los que quizá no debían haberlo hecho. ¿Quiénes son esos...? Ya lo sabremos...
Jarvis Delaware, aunque al salir a la calle andaba junto a su novia Judy Raines y como casi siempre estaba muy cariñoso con ella, igualmente que ella con él, pensaba a veces en... en Kimmy McFarlan. Aquí tenemos quizás un problema bastante gordo, ya que cuando estaba con Judy, Jarvis no pensaba mucho en Kimmy, quizá por que todavía sigue muy enamorado de su novia.
¿Y Judy? Curiosamente, también tenía el mismo problema. Curtis Greene también le había entrado bien en su cabeza, bien amueblada, no piensen mal. Aunque alguien sea muy lúcido, siempre pueden entrar éste tipo de pensamientos. Pero, igual que Jarvis, ella quería dejar de pensar en él, que su novio, el hombre de su vida y chorradas semejantes (ella le llama “chorradas” a frases así de cursis, según sus gustos), y ella lo describe así: “Jarvis Delaware, el chico guapísimo que está dabuten y con quien me lo monto igualmente dabuten, que tiene un cuerpazo de puto padre y un culo igual...”. Sí, esto era lo que ella pensaba para quitarse de encima tentaciones consistentes en intentar tener una aventurilla con Curtis Greene. Uno de sus habituales sarcasmos mordaces, ese humor ácido para esconder en ocasiones sus debilidades y vulnerabilidades. A ella le gusta romper moldes, pero no en lo de las relaciones amorosas: siempre ha sido ahí monógama. Sólo innova en otras facetas de la vida.
Pero llegó la noche, como dijimos antes. Casualmente, Judy y Jarvis, aunque estaban cada uno en su casa, vieron lo mismo por televisión. Pasaban la película “Hanna y sus hermanas” de Woody Allen, y les interesó sobremanera, no sólo por que el cineasta neoyorkino sea uno de sus favoritos y el que mejor sabe plasmar las relaciones humanas de los cineastas americanos actuales, sino por que se sentían, de alguna manera, identificados con lo que les ocurría a los personajes principales. Les interesaba sobre todo el interpretado por Michael Caine, el de un consejero de Finanzas casado con el personaje de Mia Farrow, a su vez divorciada del de Woody Allen por no haber podido tener hijos. La peli empieza con Elliot (Caine) enamorado perdidamente de su cuñada Lee, interpretada por Barbara Hershey. Se escucha su monólogo interior, con frases tipo “¡Dios mío, qué hermosa es! Tengo ganas de acariciarla, besarla...” Pero luego reflexionaba y, en una actitud semi-autocrítica, se echa la bronca a sí mismo y piensa: “¡Calla ya, idiota! ¡Es la hermana de tu mujer!” Lee estaba en casa de ellos por que celebraban el Día de Acción de Gracias, y entonces Elliot podía recrearse en contemplar a su cuñada, apoyado en el quicio de la puerta, y ella al fondo, hablando con la gente que había allá, sin darse ni cuenta de que se había convertido en el (oscuro) objeto de deseo de su propio cuñado. Lee convivía con Frederick (Max Von Sydow), un pintor minimalista de carácter agrio y huraño. No vino ese día con su novia a la casa de sus parientes, por que, según sus propias palabras, “Estoy en una de esas etapas de la vida en que no puedo soportar a la gente”. Bueno, ni la gente a él tampoco, dado su carácter nada simpático. Elliot fue al estudio de Frederick a pedirle unos cuadros para decorar la salita de un cantante de rock famoso, Dusty (Daniel Stern). Aprovecha Elliot que Frederick y Dusty han bajado al sótano a ver los cuadros para quedar él y ella a solas. Entonces, pese a que quiere hacerlo de manera delicada, le besa apasionadamente en la boca a ella, mientras suena de fondo el “Concierto en Fa Menor” de Johann Sebastian Bach. Ella queda desconcertada por aquello, pero tienen que posponer la discusión sobre esto, ya que aparecen de repente Frederick y Dusty, el primero cabreadísimo por que el segundo le ha pedido cuadros... para que hagan juego con el sofá de la salita de la casa que el cantante está decorando. Ello le parece denigrante al pintor, que con su peor carácter lo critica. Más tarde, hablan en la calle Elliot y Lee, para finalmente verse en días sucesivos en hoteles, a escondidas, ya que él está casado con Hanna (Mia Farrow), casada en segundas nupcias, al haberse divorciado de Mickey Saxe (Woody Allen), un neurótico obsesionado con las enfermedades y que, debido a su esperma bajo de calidad, no podía engendrarle hijos a Hanna. Ello provocó su distanciamiento y posterior divorcio.
Volviendo a Lee y Elliot, éste último llegó a prometer a ella que se separaría de su esposa, para vivir juntos. Ella había finalmente roto con Frederick, con el que ya no se llevaba bien. Además, él intuyó, sin que ella se lo dijera, que se entendía con otro. Pero pasaba el tiempo, él no se atrevía a dar el paso... Hanna, además, estaba cada vez más triste con la idea de que su matrimonio con Elliot estaba en crisis, en crisis galopante. Él, además, negó que tuviera una aventura extramatrimonial. Lee se cansó de esperar y se enamoró de un profesor de Universidad, con el que finalmente se casó.
Se darán cuenta de que no hemos citado al personaje de Woody Allen, ¿verdad? “Hanna y sus hermanas” es una película de muchos personajes en busca de amor, incluyendo el de Allen, que finalmente acaba casándose con una de las hermanas de su ex mujer, pero ocurre que Jarvis y Judy se involucraron tanto en la historia de adulterio de Elliot y su cuñada que, inconscientemente, llegaron a hacerla propia.
Sentían la tentación de conocer a otra persona, ó si la conocían, intentar liarse con ella. Judy con Curtis, Jarvis con Kimmy... Pero por suerte, no estaban en ese momento el uno con el otro, sino cada uno por su lado. En sus casas. Aunque él estaba solo ante el televisor, y Judy estaba con sus hermanos y su madre, que también seguían con atención la película. Al observar ciertas expresiones faciales extrañas de Judy, ellas creyeron que ella se tomaba demasiado en serio lo que veía en pantalla, que sólo era una película... Por supuesto, ella no quiso ni decirles lo que en realidad le pasaba por la cabeza.
Pero luego, cuando se fue a la cama a dormir –suele dormir en camisón, aunque si está con un chico y si es verano entonces duerme completamente desnuda--, volvió a acordarse del dichoso Curtis. Decide olvidarse de él, haciendo un aspaviento de desprecio hacía un imaginario interlocutor, y apagó la luz para dormir.
Pero esa noche ella soñó algo nada normal, por lo menos desde que es la novia de Jarvis: soñar que tenía relaciones sexuales con otro hombre, ésta vez Curtis Greene. Y se lo imaginó todo como cuando sueña con su novio, y es que Curtis está sentado en una silla. Entonces, Judy, a su lado, y suavemente le desabrocha los botones de su camisa, uno a uno. Cuando ya le ha desabrochado el último, ella empieza a hacerle caricias suaves por todo el pecho, de arriba abajo, de abajo arriba, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, en diagonal... Con una suavidad y cadenciosidad arrebatadores. Luego le puso las manos a ambos lados de su cabeza y se dieron un apasionado beso, con lengua incluída. Como en muchas ocasiones, Judy llevaba la iniciativa, Curtis estaba en posición totalmente pasiva, contento de ello. Se dejaba hacer. En la mayoría del tiempo, él dejaba sus brazos caídos, pero al besarse, ya los utilizó para acariciar la nuca de Judy y recorrer con las manos la espalda de ella, culo incluido. Ella también le acariciaba la espalda y el culo sin parar.
Continuó el sueño con que ella volvía al pecho de Curtis, repartiendo besos por ahí, y al llegar a los pezones, suavemente los lamía con la lengua. Curtis empezó a jadear suavemente. Poco a poco, seguidamente, le empezó a quitar la ropa hasta dejarlo sólo en calzoncillos. Ella le pidió que se pusiera de pie. Él obedeció. Ella le bajó los calzoncillos hasta los tobillos. Él levantó los pies, y los calzoncillos se quedaron por el suelo. Judy se agachó hasta llegar a la entrepierna de Curtis, y huelga comentar lo que ocurría acto seguido. Después de dos minutos, ella puso las manos de él en sus pechos, y luego continuaba con que él le quitaba la ropa hasta dejarla desnuda. El final, como en cualquier tipo de sueños de éste calibre: hicieron el amor.
Judy se despertó algo extraña, con un poco de dolor de cabeza, como si hubiera hecho el amor de verdad. Ella había disfrutado bastante con el sueño de marras, sí, pero se hallaba muy incómoda. ¿Tendría finalmente que elegir a uno de los dos, a Jarvis ó a Curtis? No sabía qué hacer...
Se levantó para ir a desayunar a la cocina. Allí estaban sus padres y su hermana. Apenas podía disimular su mal humor, con un ceño fruncido que se podía vislumbrar a siete kilómetros. Ellos se dieron cuenta.
--Judy, maja, ¿te duele la cabeza? Tienes mala cara –dijo su padre.
--Uf... sí, Papá, no he tenido una buena noche.
Mientras padre e hija hablaban, Kathy puso cara de sospechar algo.
--Algo debe de tener ésta. Debe de pasarlo mal con su chico... –pensó.
Luego, al acabar de desayunar, Judy se preparó para ir al trabajo e intentar olvidarse de tan fastidioso sueño. Fastidioso en lo referente a insinuar un posible adulterio con otro, el traicionar a Jarvis.