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dimarts, 5 de juliol del 2011

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo 13)






CAPÍTULO XIII




Al día siguiente –volvamos otra vez al tiempo real--, Judy fue a su trabajo en el bar con aspecto de “pub”, aunque un poco más modernizado, quizá por que había cambiado de dueño y la nueva empresa propietaria quería convertirlo en algo más acogedor y menos mojigato (ya no hay tanto entusiamo por las cosas... bien, no lo digamos). Digamos que Judy, de vez en cuando, pensaba en marcharse de allí, pues el ambiente en ocasiones anticuado del lugar le fastidiaba un poco, y sobre todo si tenía que aguantar a algún cliente que trataba de sugerirle, cuando no pedirle directamente, que se acostara con él. Ella le replicaba que ya tenía novio, pero al cliente le daba igual, decía que seguro que era un soso en la cama, que no tenía lo que el cliente sí que tenía... No picaba ella con eso.
Pero el sueldo que le dan es bueno, y el bar aquel tiene muchos clientes. A veces ella tiene que tragarse algún tostón de un cliente hablando allí con otro de cosas que haría con una mujer, haciéndose el infalible, claro que nos referimos a lo sexual, y, claro está, el susodicho cliente sólo hablaba de que él nunca falla, que las mujeres SIEMPRE quedan satisfechas en el 100 %... Judy, claro, no se creía aquello ni harta de vino. Reflexionó muy seriamente sobre el asunto:
--¿Por qué a muchos tíos les encanta decir que “Soy muy fuerte por que tengo un par de cojones” ó “Yo siempre tengo los cojones bien puestos”? ¿Se creen que con eso son los reyes del mundo? Caramba, si yo le dijese a una mujer que “Soy más fuerte por que tengo un par de tetas” ella me miraría como a una idiota... ¡Y con toda la razón del mundo!
Aunque otras veces ha oído conversar a otras mujeres, que debían de ser feministas radicales, por que hablaban de hombres, y claro, no los ponían nada bien, ni siquiera en lo sexual (ahí era lo peor que ellos hacían). Decían que los hombres, ó la mayoría de ellos, eran unos ineptos, que no escuchan, que no ayudan en nada, sólo les utilizan a las

mujeres para luego presumir ante sus amigotes y autocompararse entre ellos, entonces, como si fueran a decirse “Mi chica es más guapa que ese cardo que llevas”. Por no hablar de que a veces les ponen como si fueran los mismos nazis. Aquí, Judy se enfadó con ellas, pero no se lo dijo a ellas, sino que reflexionó para sí misma:
--¡Coño, si éstas están hablando igual que los machistas! ¿No decimos las mujeres que queremos la igualdad entre sexos? Pues así, si hablamos como éstas, no lo conseguiremos nunca, por que nos ponemos a la misma altura que los machistas. Yo conozco a tíos que son encantadores y que no son para nada unos machistas de mierda. No hay que cargárselos a todos. ¡Así nunca conseguiremos que ellos nos comprendan ni que nos respeten, coño! –gruñó finalmente, como desesperada, siempre para sí misma. Hizo una mueca, pero nadie, si le vio hacerla, sabría exactamente interpretarla en su contexto.
Siguió con su trabajo mientras tenía esas reflexiones trascendentes, que siempre trataba de aderezar con chistes, cual si fuera Woody Allen, pero ésta vez el asunto era tan serio que no le salía ninguno potable.
En aquella mañana llegaría allí un chico al que Judy conoce mucho y le quiere bastante, en el buen sentido de la palabra, no amorosamente sino como amigo, que es George Miravitlles, hijo de catalanes, que ahora trabajaba como dibujante. Judy se alegró de verle y le saludó:
--Hola, George, bienvenido.
--Hola, Judy, guapa –respondió el joven. Miró la decoración del bar y opinó--: Oh, veo que han cambiado un poco la decoración que había. De puta madre.
--No exageres, tío. Se han cambiado algunas cosas, pero no demasiado. El nuevo dueño no es anticuado como lo era el otro, pero tampoco es ningún revolucionario en hacer decoraciones. Yo le he contado lo que ví en los bares españoles, los de Barcelona, de cuando estuve allí el mes pasado, y me ha dicho que se lo pensará.
--¿Y crees que te hará caso?
--No lo sé, George. El público, los clientes, es lo primero, y por ahora no sabe si cambiarlo todo de golpe ó poco a poco... Bien, dejémoslo. ¿Qué quieres tomar?
--Una Coca-Cola. No tengo ganas ahora de alcohol.
--Muy bien. A mí tampoco me gusta el alcohol –bajó la voz Judy--. Te lo digo así de bajito para que mi jefe no se enfade... –soltó una risita y puso sonrisa de complicidad.
George rió también.
Le sirvió ella la Coca-Cola. Judy preguntó:
--¿En qué trabajas ahora? ¿Lo mismo que antes?
--Sí. De vez en cuando organizo exposiciones de mis dibujos en una galería de arte de la calle 57 Oeste, la de Associated American Artists. Allí viene bastante gente.
--Me alegro –sonrió Judy, en gesto de complicidad con aquel chico que le caía tan bien.
George se bebió la Coca-Cola a tragos, no de un trago, como hacen muchos tíos cuando beben una cerveza, por ejemplo, y quieren dar imagen de machos superiores, sobre todo delante de otros tíos. Luego se fue. Judy siguió atendiendo a los clientes.
Le había contado él a Judy que pensaba hacer una serie de dibujos animados, pero que no fuese lo habitual, acordándose de los Simpson. Judy dijo, como siempre, que aquello le parecía dabuten.
Al volver a casa, la chica se compró una cinta de cassette en una tienda de discos. Era de Sting, el ex cantante de Police, que ahora se lo monta todo solo, musicalmente hablando. Mientras, ella pensaba que el fin de semana, óm por lo menos el Domingo, que entonces tendrá ella el día libre, igual que Jarvis. Él tiene ahora un pluriempleo de dos trabajos, ya que con Judy tiene más gastos, a pesar de que no viven juntos. Ella sigue muy enamorada de él, aunque él, con sus manías, se lo pone difícil... y ella también a él, ya que también tiene muchas manías, algo absurdas, como las de él. Ya les contaremos cuales son...
También George Miravitlles llegó a su casa. Cuando entró en la salita, llena de muebles comprados por su familia y por él mismo en la Catalunya natal de su padre, sonó el teléfono. Lo descolgó, diciendo:
--¿Diga...?
--Hola, Jordi, soy Papá –le saludó una voz de hombre mayor, hablándole en catalán con algo de acento inglés-americano. George se dio cuenta de que era su padre, ya que sólo su familia le llama con el nombre en catalán--. ¿Ya has vuelto del trabajo?
--Eh, sí, Papá, hola... –contestó George, sonriendo, y hablando también en catalán, aunque no un catalán como el de su padre, ya que el suyo era más irregular.
--Nada, hijo, te llamaba, como todas las semanas, a ver cómo te encuentras. A ver si vienes a vernos.
--Pues me encuentro muy bien. Ya iré un día de éstos a veros. ¿Cómo se encuentra Mamá?
La conversación era tópica, normal, sin nada especial que destacar. George dijo a su padre que el Domingo iría a la casa de ellos y que quizás podría invitar a sus amigos Judy, Jarvis y otros. Winnie y Arthur no podrían venir por que cada uno estarían atareados en sus trabajos cinematográficos.
Al llegar el Sábado por la mañana, Judy y Jarvis se fueron al Central Park para pasear por allí. Dada la longitud del mismo, el paseo fue largo. Habían comprado algunas cosas para comer allí, como el día de Año Nuevo en que se conocieron, y se tumbaron sobre la hierba, revolcándose sobre ella acto seguido.
Judy cogió una brizna de hierba y se la metió en la boca parcialmente. Sonreía, y dijo:
--Me gusta mucho estar aquí tumbada. ¿Y a ti?
--Si estoy contigo, sí –contestó él, de manera harto complaciente, dándole a ella un besito suave y corto en los labios.
--¿Tienes que trabajar hoy, Jarvis? –preguntó ella de repente.
--Sí, Judy. Tendré que trabajar luego. Ésta mañana tendré que irme al primer trabajo cuando pase una hora, y... –miró el reloj—y tres cuartos. Mañana volveré contigo, cariño.
--No seas cursi, tío –le suplicó Judy.
Luego se separararon para irse a su trabajo. Judy prefirió darse un paseo por el parque antes de volver a su casa. Paseaba por la calle después hasta llegar allí. Los Sábados ella sólo trabaja por la tarde en el bar, en donde hacen turnos así. Ya irá.
Ahora, ya en su habitación, se acordó de los demás chicos con los cuales había tenido relaciones. Aunque ella había sido una mujer fuerte, al menos por que muchas veces había conseguido superar problemas gordos, sabía que ella no era ninguna supermujer. Aquí se acordó de algunas cosas que le sucedieron cuando era pequeña.
Por ejemplo, que era ella muy rebelde. No por que sea la típica y tópica “hija de papá”, demasiado mimada, que no lo fue, sino por que siempre había visto cosas que no le gustaban. Y se rebelaba contra ello. Pero siempre quería caer bien, y no le molaba nada que siempre le hicieran burlas en el colegio al llamarla sabihonda muchas amigas y amigos suyos, por aquello de que conseguía muy buenas notas estudiando, estudiaba mucho, y de verdad. Cuando empezó a tener relaciones con chicos, también quería tener cuidado con cuáles se lo montaba, quizás por que siempre había tenido una cierta desconfianza hacía los hombres desde que era una niña, a veces los rehuía, pero otras veces trataba de caerles bien. Con algunas amigas había aprendido que aun así la mayoría de los hombres siguen viendo a la mujer sólo como un objeto, como una “cosa bonita”, y por esto, lógicamente, iba con precaución con ellos, por si acaso.
No obstante, ella tuvo relaciones con más chicos que los que le dijo a Jarvis cuando se conocieron. No se los recordó, quizá por que no le venían a la memoria en aquel momento. A Jarvis le pasaba lo mismo. Ahora veamos qué pasó con Judy cuando empezó alguna de esas relaciones amorosas que de las cuales finalmente no contó nada a su actual novio.
Antes de conocer a Michael Karras, el hijo de griegos que quería ser concejal ó alcalde de Nueva York, Judy conoció a un chico con el que tuvo relaciones bastante apasionadas, ó como ella decía, dabuten, para que no pareciera nada cursi con esos términos algo anticuados de “relaciones apasionadas”, para ella dignas de telenovela. Él se llamaba Jimmy Cromwell, y lo conoció cuando ella quería estudiar Arte Dramático. Él también. Ahora, éste joven reside en California, intentando todavía triufar con algún papel en el cine ó en la televisión, pero sólo ha podido salir haciendo de extra en alguna película e incluso con un pequeño papel en uno de esos programas del Canal Playboy. Ahí, claro está, tenía que salir desnudo, y según algunos (y algunas), no desmerecía nada de su compañera de reparto, pero eso no nos interesa ahora...
Cuando tuvieron la primera cita, ella tomó la iniciativa e intentó besarle, ya que a él no parecía apetecerle dar el primer paso. James Grant Cromwell era un chico de pelo y ojos castaños, estatura similar a la de Judy (1’75 cm.) y un cuerpo que ella calificaba, en lenguaje coloquial habitual suyo, de “dabuten, tío, está muy guay”, quizás con bastante razón, aunque nosotros no usaríamos unos términos tan “coloquiales”, sino más “artísticos”, tratándose esto de una novela. Pese a su buena presencia y su semblante inteligente, Jimmy Cromwell era muy tímido, y Judy no comprendía bien por qué los hombres parecían asustarse un poco cuando se acercaban a ella. Quizás por que ahora, con el feminismo, la liberación de la mujer y la igualdad de derechos entre ambos sexos, la mayoría de los hombres parecen literalmente flanes, por que tiemblan mucho en la presencia de cualquier mujer.
--¿Qué te pasa, cariño? –le preguntaba ella, cariñosa.
--¿A mí...? –Jimmy hablaba como si no pasara nada.
--Sí, tío. Pareces un flan, casi no me hablas y parece que me tuvieses miedo. ¿Qué pasa? ¿Muerdo?
--Eh, no, no...
--¿No...? ¿Y qué es, entonces?
--Es que no sé cómo empezar...
--¿Empezar qué?
Judy se daba cuenta de que Jimmy era demasiado tímido, demasiado asustado. Y eso que no lo parecía si se le veía con amigos, sobre todo, pero él no era el mismo con mujeres a su lado. Ya empezaba a estar harta de aquello. ¿Qué puñetas tenía ella que dejaba a los hombres como unos maricas, con perdón, según la opinión a veces visceral suya? A veces le rondaba por la cabeza la idea de mandarlos a todos los tíos a la mierda y hacerse lesbiana, a ver si ellas no temblaban tanto en su presencia. Luego se arrepintió de ello por que ella no lo es, y le daría cierto reparo que se le acercase alguna. Después de pensar esto, volvió a hablar con Jimmy.
--Macho, esto no es difícil –contestó Judy a la frase que él le había soltado antes, tratando de ser cariñosa con él, que esto la jodía más, lo de que le tuviesen miedo, cuando ella es siempre muy amable y cariñosa con los chicos, sobre todo con los que le atraen mucho, claro está--. Escucha, tío, sé que ahora los hombres os habeis quedado un poco jodidos con la liberación de las mujeres y la igualdad de derechos entre los dos sexos, pero no es tan difícil poneros bien, carajo. Yo puedo ayudarte si quieres. No me molesta.
--Ah, gracias, maja –respondió Jimmy, un poco aliviado al oírle hablando así, tan cordialmente--. Perdóname, soy un idiota.
--No, no lo eres. Podemos ser iguales sin que nadie se quede jodido... Bien, dejémonos ahora de discursos trascendentes. ¿A dónde vamos?
--No sé... ¿A tu casa, quizás? –propuso él, de golpe.
--Em... –reflexionó Judy—Ahora en mi casa está mi hermana Kathy y su novio Tommy... y... bien, será mejor que...
--¿Qué?
--Que sí, tío, que nos piraremos a la tuya. A tu casa, Jim.
--Muy bien, Judy. Yo vivo en Greenwich Village, y mi casa es compartida.
--¿Compartida? ¿Con quién? ¿Con unos amigos?
--Con dos parejas, de chico y chica, claro, pero ellos tienen su vida y yo la mía, claro.
--¿Es grande la casa? Si sois cinco...
--Sí, bastante grande, pero no demasiado. Aunque si vamos allí, no les molestaremos. Nos metemos en mi habitación, y los demás, como si no existieran.
--Me parece muy bien, Jimmy, pero debes de saber que si nos acostamos juntos tendremos que estar en un sitio con absoluta tranquilidad, es decir, solos. Quiero decir que cuando entremos en tu habitación, que nadie de ellos nos espíe. ¿Me entiendes?
--Sí, Judy, perfectamente, coño. Pero, ¿no me habías dicho que iríamos a tu casa?
--Ah, perdona, tío, no me acordaba. Pero es que quería saber qué clase de casa tienes...
--¡Coño, que yo no tengo ninguna casa de putas! –ironizó Jimmy, a lo cual respondió la rubia riendo, cosa que él también hizo seguidamente.
Después se fueron a la casa de ella, después de dudar un momento. Con él pasó una noche que ella misma recuerda como “...una de las más dabuten de mi vida, tíos”, en la cual hicieron el amor apasionadamente. Aun recuerda Judy cómo Jimmy estaba encima de ella, postura que de vez en cuando cambiaban, besándola tiernamente por todo el cuello, la cara y casi todo el cuerpo, como hizo ella con él después; ó hacerlo sentados en una silla, un método algo incómodo pero excitante, pensaba Judy. Era incómdo si la silla era dura, claro. Aquí también cambiaban de postura debido a lo dicho anteriormente. Pero pese a haber tenido muchas noches como ésta, la relación sentimental entre ambos se fastidió muy pronto. Y no era por la cosa sexual, que aquello quizá funcionaba bien, sino por la relación amorosa en sí, en lo personal, ya que él seguía con sus complejos, neuras, manías, etc., como ella. Menos mal que Judy es una chica fuerte de carácter y de espíritu, con lo que lo superó pronto, y también tenía la ayuda de la familia.
Pero a pesar de todo esto, Judy también tiene momentos de depresión, y se lamenta de haber fallado, que quizás ella también tenía mucha culpa de esto. Por si acaso, cuando esté con algún chico (también con Jarvis), le dice que no la mitifique, que no la ponga ni en un pedestal ni en ningún altar, que ahora muchos hombres hacen eso con las mujeres, pasando de haberlas menospreciado durante siglos a decirles que ellas son las mejores, las más fuertes, las más inteligentes, las más... etc., que ellos. Que aquí siempre se exagera mucho, y en esto...
Cuando conoció a Michael Karras, que trabajaba en el mismo sitio que ella, los problemas fueron los mismos, pero aquí hay que añadir otros. ¿Se acuerdan de cuando Judy riñó a Kathy y a Tommy por que ésta les espió cuando se besaban y le llamaron “guarra” ó algo así? Pues ellos, quizás, hicieron lo mismo con ella y con Michael cuando hacían el amor y cómo se lo recriminó Judy al empezar ésta novela.
Pues Karras tenía un problema parecido al de Jarvis Delaware, que era su inseguridad y el complejo de inferioridad. Aunque luego quiso ser político sin éxito, lo cual utilizaba para olvidarse de aquello, para superarlo. El colmo de esto fue un problema muy curioso: no le gustaba nada la cara que tenía, aunque era bastante atractiva. A él le parecía que era muy hortera y quería cambiársela. Vio a un amigo suyo, de unos treinta años, con barba, casi calvo, con unas ojeras que casi le arrastraban por el suelo y un carácter tirando a infantil, pero con una espontaneidad y una personalidad arrolladoras. Judy consiguió convencerle de que aquello era una chorrada, que él estaba mejor siendo él mismo, no la copia de otro... Esto fue una cosa de la que ahora no se quería acordar, como Cervantes en el primer capítulo de “Don Quijote de La Mancha”, y en éste caso no es “un lugar de La Mancha”, sino las noches de amor que tuvo con él, al menos alguna de ellas, y cuyos numeritos sexuales los repitió alguna ocasión con Jarvis.
Uno de estos era desnudarse el uno al otro, despacio, sin prisas, como si quisieran descubrir poco a poco la personalidad del otro. Digamos que Michael era bastante educado y cordial con Judy, sin querer nunca ser prepotente. Les parecerá que en esto tiene Judy muy buena suerte, pero es que muchas veces era todo al revés. Bien, no nos enrollemos en éste detalle. Todo esto luego se fastidió, y vuelta a empezar, y tócala otra vez, Sam.
Ahora volvamos con ellos: al día siguiente, Judy se encontró con Jarvis en el portal de su casa. Allí esperaron a que Kathy bajase con Tommy, y luego fueron en un taxi al barrio de Queens, en donde están ubicados varios estadios deportivos y los aeropuertos de la ciudad, como el J. F. Kennedy y La Guardia. Allí llegaron unos veinte minutos más tarde, a una casa en donde viven los padres de George Miravitlles, un chalet de dos pisos, muy típico en todos los Estados Unidos.
Aquella mañana estaba con el cielo muy nublado, y con amenaza de lluvia inminente. Y precisamente cuando ya salían del taxi, empezaron a caer las primeras gotas. Jarvis, cuando salió de su casa para quedar con Judy, estaba algo deprimido (ya dijimos una vez que los días nublados le deprimen mucho, le provocaban mucha melancolía), pero Judy se hallaba contenta, y ello animó al chaval.
--Hola, señor Miravitlles –saludó Jarvis al padre de George, que se llama Joan, un nombre típico en la región del Estado Español conocida por Catalunya en donde nació y de donde tuvo que exiliarse en el año 1939, después de la pérdida de la Guerra Civil española por los republicanos ante las tropas del general Francisco Franco. Joan Miravitlles i Sansalvador, nombre y apellidos completos, había nacido en el pueblo de Tossa De Mar, provincia catalana de Girona. Luego, su familia y él habían emigrado a Barcelona, y después de la guerra, se exilió en los Estados Unidos. Otros miembros de la familia huyeron a Francia, México, Gran Bretaña, etc. Como dijimos antes, él había luchado en el bando republicano, pero nunca había sido simpatizante de los anarquistas ni de la izquierda radical, y nunca se había sentido próximo a ningún partido político. Pese a que, cuando llegaron los años ’50, en los Estados Unidos hicieron estragos los abusos paranoicos del horrible Comité de Actividades Antiamericanas liderado por el nefasto senador de Wisconsin Joe McCarthy, intentaron delatar a Joan Miravitlles, no consiguieron nada por falta de pruebas. Los amigos de él le ayudaron mucho. Miravitlles ha tenido varios negocios, de todo tipo, y así ha podido llevar una vida sin sobresaltos ni hambrunas ni nada. Eso sí, no ha querido vivir nunca en mansiones; no es su estilo, por algo es hijo de obrero.
--Puedes llamarme Joan, muchacho –le contestó Miravitlles a Jarvis, cuando se saludaron, con toda sencillez. Hablaba con algo de acento catalán.
A Joan Miravitlles ya se le notaban las arrugas de anciano setentón, rondando los 74, en su aspecto entrañable y al mismo tiempo venerable. Llevaba gafas y barba blanca.
Diremos que él fue amnistiado por Franco en 1956, pero siempre ha residido en los Estados Unidos desde que llegó en 1939. Viaja casi todos los años a Catalunya, por nostalgia de la tierra, algo común en los catalanes. Tiene pensado que cuando muera, quiere que su cuerpo sea incinerado y las cenizas se dividan en dos, para así una parte que vaya a ser enterrada en Catalunya, y la otra en los Estados Unidos, en Nueva York, en donde ha residido permanentemente desde su llegada.
George, su hijo, por lo menos él estaba allí en aquel momento, ya que sus otros hermanos (Andrew, Jane y Rose) estaban fuera. Ya diremos en dónde viven ahora. Pero algunos de ellos llegarán allá luego y podremos conocerlos.
--Ah, muy bien, J-Joan –dijo Jarvis, intentado pronunciar correctamente el nombre en catalán del patriarca de la familia Miravitlles. Le sirvió al chico aquello de estar en Catalunya bastante tiempo durante las vacaciones estivales.
--Lo pronuncias bien, chico –le dijo Joan, en un catalán con algo de acento estadounidense, lógico al llevar tantos años residiendo allí, con lo que en cada lengua tiene un acento de la otra.
--¿Qué dice...? –preguntó Jarvis, en inglés, ya que no había entendido nada. Su catalán era escaso.
Joan se lo repitió en inglés, y ahora Jarvis exclamó:
--¡Ah, perdón...!
--Tú tranquilo, chico –le tranquilizó Joan. Luego continuaron haciendo otras cosas.
Podemos decir que eso de “otras cosas” es que tomaron unas copas, charlaron todos en la salita e hicieron un pequeño paseo por la casa y el jardín (se nos olvidaba decir que era una casa con jardín, algo también muy americano). Cuando se metieron en una de las habitaciones (la que tiene George cuando visita a sus padres, aunque era la suya cuando aun vivía con ellos), siguieron charlando, oyendo música de, entre otros, Stevie Wonder.
En ese momento escuchaban la canción que Wonder había hecho para la película “Fiebre salvaje” de Spike Lee, con ritmos africanizantes.
Raquel, la esposa de Joan Miravitlles, de la misma edad que su marido, no estaba en casa en ese momento, sino visitando a unas amigas.
--¿Y tus hermanos? –le preguntó Judy.
--Andy está ahora en Washington D. C., en donde trabaja en una emisora de radio y hace un programa de esos de llamadas de los oyentes, en el que conversa con ellos, le cuentan sus problemas, su vida, etc.
--Ya, un programa intimista, sé cómo son...
--Sí. Pero no es lo mismo llamar a un programa de radio que se puede escuchar por todos los Estados de la Unión que telefonear a tu novio y contarle tus inquietudes personales e íntimas. Pero de vez en cuando hay alguna y algún...
Todos rieron la broma de George, que remarcó las palabras “alguna” y “algún”, con esa forma de hablar que tienen los estadounidenses cuando van de pudorosos y no les da la gana decir palabras malsonantes, como si temieran que, como en la televisión americana es costumbre, superponer un pitido cuando alguien dice ese tipo de palabras. Y no es agradable sufrir ese tipo de censura.
Joan Miravitlles había salido afuera, al jardín, para mirar si la hierba estaba bien cuidada. Los demás estaban con George y compañía.
Éste hablaba de sus hermanos, y después de lo que Andrew Miravitlles hace en la radio; luego sobre los demás hermanos, etc.
Mientras tanto, Jarvis comentó, escuchando la canción de Stevie Wonder:
--Ésta canción es dabuten, tío.
--Sí, lo es –contestó George.
En aquel momento, sin querer, Tommy tropezó con el cable del tocadiscos que lo conectaba a la corriente eléctrica, con lo que quedó desconectado, y la música fue sonando cada vez más lenta, como un magnetofón con las pilas gastadas, hasta que se paró completamente.
--Jo, tíos, me mola el final de la canción –bromeó Kathy.
--¡Joder, Tommy, eres un torpe! –le riñó George--. ¡Que éste tocadiscos vale 130 dólares!
--Lo siento, tío –se disculpó Tommy, volviendo a enchufar el aparato--. Es que el cable éste –lo señaló con el dedo índice—es demasiado largo.
--Eres muy gracioso, Tommy –respondió George, con bastante desagrado. Nunca le habían hecho gracia los “graciosos” de pacotilla. Y seguidamente él mismo hizo un chiste--: ¿Querías acaso que lo lleve hasta Catalunya para enchufarlo allí? Ya sé que el cable es muy largo, pero...
--Eh, George –preguntó Judy--, ¿cuándo llegarán esos amigos tuyos que dijiste que vendrían?
--¿Amigos...? –George parecía estar “en Babia” con éste tema, reflexionó un instante y seguidamente se acordó--. ¡Ah, sí...! Pues... Geraldine, Kimmy, Mary Beth, Curtis, Peter y James. Deben de estar al llegar…
Al decir esto, como si hubiera hecho un chasquido con los dedos, sonó el timbre de la puerta. George se levantó y fue a abrir.
--Ya están aquí –dijo George.
Luego entraron todos los chicos y las chicas amigos/as suyos, vestidos todos muy modernos, estilo entre finales de los años ’80 y principios de los ’90, y empezaron a charlar todos de golpe.
Una de las chicas recién llegadas, Kimmy McFarlan, hablaba de música con Kathy Raines, claro, si ésta era rockera, y al final parecía que levantaban el tono de voz y rozaban la pura discusión, por lo que Jarvis se acercó a ellas.
--¿Qué hacéis, nenas? –les preguntó.
--Hablar –contestó Kathy lacónicamente.
--¿Sólo eso...?
--Hablamos de música, de mover el esqueleto, tío –explicó Kimmy, una pelirroja con el pelo corto y un fuerte acento de “slang” muy neoyorkino--. Yo también toco la guitarra en un conjunto de rock. Es una pasada, tío.
--Ah, genial. ¿Eres de aquí?
--No. Vivo en Newark, Nueva Jersey. Como le pasa al conjunto musical de Kathy, el mío tampoco no ha podido destacar mucho, y veremos si mañana nos dejan actuar en una fiesta de instituto de allí y así nos damos a conocer. Que sólo hemos podido actuar en sitios bastante tontos...
--¿Tontos...? ¿Qué clase de sitios eran?
--Algunos sitios en el que tocan conjuntos musicales, alguna discoteca... siempre de segunda, tercera ó cuarta categoría, tío.
--¿A los que llevan esos sitios importantes no les interesais?
--No. Son unos gilipollas –dijo rotundamente Kimmy, con fuerza pero sin nada de aspavientos.
Jarvis se fijó en Kimmy mientras hablaban. Le parecía una chica muy interesante, una chica que, como Judy, sabía muy bien de qué hablaba, e iba directa al grano, sin enrollarse.
Kimmy McFarlan también se fijó en Jarvis. Hacía tiempo que había roto con el chico con el que estaba, aunque nunca congeniaron mucho. También era una chica quizás difícil, de esas que no quieren que se les vea simplemente como una “niña mona”, sino como una persona con cerebro, y además sabe que no es demasiado divertida, que a veces tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para agradar a todos. Y como en su conjunto musical no canta sino que toca la guitarra, no aburre más. Ella reconoce que no podría cantar bien, así que no tendrá que cansar a la gente con su pésima, según ella, voz para éste menester. Pero volviendo a que si le había ó no gustado a Jarvis, parecía que sí, a juzgar por la cara que puso.
Mientras tanto, Judy hablaba con Peter Ravelli, bisnieto de italianos, cuya familia llegó a los Estados Unidos en los albores del siglo XX. Éste chico moreno de ojos azules trabaja en una compañía discográfica... pero como conserje, no vayan a pensarse que también es cantante. Parecía que ella también se interesaba por el chico, pero, por ahora, no hacían otra cosa que hablar juntos.
--El último verano estuve en Europa, en Italia –le explicaba Ravelli cuando hablaban de sus vacaciones veraniegas. Judy contestó:
--Pues yo, en España.
--¿España? ¡Olééééé...! –contestó Peter Ravelli, intentando bailar una especie de flamenco, por llamarlo así, que él había visto en algunas películas, americanas, claro, no españolas. Judy frunció el ceño.
--No, no, Peter, por favor... España no es eso que sale en esas películas que has visto... Que no es así, coño.
--¿Qué dices...? ¿Cuánto whisky te has bebido? –Ravelli no se lo creía.
--No he bebido nada de alcohol, ¿vale, tío? Sólo he bebido Coca-Cola, y a mí no me va el alcohol. Mira, tío, he visto que España es un país que poco a poco está cambiando mucho y en donde la gente va vestida como nosotros. Se ve que les ha hecho bien el entrar en la Unión Europea.
--¡Coño, qué cosas! –exclamó Ravelli, como no acabando de creerselo--. ¡No me lo creo, tía! Creo que me estás vacilando.
--¡Venga, Peter, no me jodas! –gritó ella, como ofendida. Y llamó a los que como ella habían estado en aquel país europeo, como Kathy, Jarvis, Tommy y George.
--¿Qué pasa, Judy? –preguntó Tommy cuando ella les llamó y les pidió que se acercaran.
--Éste tío, éste patán, que se cree que España no es más que un país de toreros, flamenco y señoras con peineta –les dijo, señalando severamente y de manera inquisitorial a Ravelli con el dedo índice.
--¿Ah, sí? –decía George--. Pete, no sabía que fueras tan palurdo, je, je...
--¿Qué coño pasa, tíos? –gruñó Ravelli, super ofendido--. ¿No es así España...? –al mismo tiempo, se sentía ridículo, sintiendo asimismo que había metido la pata, que quizás no fuera aquel país como él creía.
--No, qué va, Peter, te han engañado –le dijo Kathy, intentando ser condescendiente con él, cariñosamente. Aun seguía Peter, pese a todo, sin captar aquello. Y creemos que a éstas alturas todavía persiste en su error. Para algunos americanos, éstas cosas resultan altamente incomprensibles. Debe de ser las diferencias culturales, además de las idiomáticas, que eso casi siempre es una gran barrera para cualquiera.
Volvamos con las charlas: Judy decidió ahora conversar con los otros dos chicos que habían llegado junto con Ravelli y las chicas. Por ejemplo, con Curtis Greene, un estudiante de Arte Dramático (ella conocía eso por haberlo estudiado tiempo atrás) que soñaba con representar alguna obrita teatral en Broadway, sobre todo en los teatros situados en lo denominado “Off-Broadway”. Aquí, Judy le hizo una aclaración:
--Perdona, Curtis, pero el “Off-Broadway” (1) está fuera de allá, no dentro de Broadway, sino por toda Nueva York –le aclaró Judy.
--Ya lo sé, guapita, la he metido bien metida, perdón. Digo que querría hacer alguna obra buena, buena de verdad, no esas mierdas seudocomerciales, que atrae muchísima gente al teatro pero que no dejan de ser mierdas. Prefiero un Tennesse Williams, no esas mierdas cursis que le gustan a Bush (2) y a sus amigotes.
--Je, je... –rió la chica—Te entiendo, tío... Ya me conozco cómo se lo montan esos gilipollas. Sigue, siguem hablándome de teatro, que me interesa cantidad. ¿Es verdad que tú...?



Continuaron hablando largo rato sobre los entresijos del teatro, que Curtis demostró conocer al dedillo. Con Curtis, Judy pasaba completamente de Peter Ravelli, que ahora intentaba ligar con otra de las chicas que habían venido, con Mary Beth Casacuberta, otra descendiente de catalanes exiliados en los Estados Unidos, pero ésta ya es nieta, es decir, de segunda generación, mientras que George es hijo.
Y Jarvis seguía hablando animadamente con McFarlan. Kimmy se sentó en una silla, y él también. La una al lado de la otra.
--¿Tienes fuego? –le pidió la joven, que buscaba las cerillas y no las encontraba.
--Em... no fumo, Kimmy, y si no fumo...
--...No llevas cerillas, es lógico, lo entiendo –acabó ella la frase de Jarvis.
Unos minutos más tarde llegaron algunos hermanos de George: Rose y Andy, que se juntaron con los demás. Sólo faltaba Jane Miravitlles, que residía en Paris (Francia), en donde trabajaba como corresponsal de Prensa de una importante revista americana. Casualmente el marido de ésta es un francés nacido en el Rosellón, que es la llamada asismismo Catalunya Norte, y que tiene frontera con la Catalunya española.
Andrew Vincent Miravitlles es un hombre de unos 36 años. Es el mayor de los hijos de la familia Miravitlles. Aquí apreciaremos que Joan Miravitlles prefirió ser padre a edad más bien madura, por que sus primeros años en los Estados Unidos no fueron de ganar mucho dinero, y no quería tener a sus hijos viviendo en la miseria que apreciaba en muchos amigos suyos, inmigrantes italianos ó de otros países europeos, cargados de hijos pero viviendo en unas condiciones no infrahumanas pero que les costaba horrores llegar a fin de mes con sus miserables sueldos de trabajadores explotados en trabajos que los propios americanos no querían.
Sus hermanos, Jane, con 33 años; Rose, con 28; y George es el hermano pequeño, con 25. La madre de ellos tiene ocho años menos que su marido; por eso pudo tenerlos a una edad quizá tardía y en donde hay más riesgo en un embarazo.
Las señas personales de Andy son bastante normales, como que tiene el pelo moreno, los ojos castaños, 1’75 de estatura, delgado, tirando a flaco pero sin notársele los huesos. Parece un chico atractivo, pero sin ser ningún adonis, pero claro, tampoco parece ningún Boris Karloff cuando lucía una de aquellas inolvidables caracterizaciones como el monstruo de Frankenstein.
Su hermana Rose es también morena, pero con los ojos igual que su hermano. Lleva el pelo rizado y largo, como lo llevan ahora casi todas las mujeres; pantalones vaqueros ya bastante descoloridos del uso quasi contínuo y zapatillas deportivas blancas. Al entrar allí, después de saludar a todos y hacer las presentaciones, Rose Miravitlles decidió intentar ligar con alguno de los chicos que estaban por allí, ya que había roto poco antes con su último novio. Entonces empezó a hablar con James Quentin, empleado de una hamburguesería de Manhattan, y de raza negra. A ella no le importaba demasiado el color de la piel, no era como la mayoría de los americanos, había tenido relaciones con un chico judío, sobrino de un importante rabino de Nueva York, uno de aquellos que forma parte de los llamador judíos ortodoxos, con los cuales el chico no estaba para nada de acuerdo, ó cuando ella se lo montó con un chico chino, del Chinatown neoyorkino, con el que no se entendió bien por que era más bien machista y que trataba a las mujeres con aires posesivos, casi esclavizantes. Eso sí, hablaba el inglés mejor que la mayoría de la gente del barrio, que simplemente chapurrea el idioma y hablan entre ellos en perfecto chino.
En éste plan pasaron las horas hasta que se hizo de noche, y como todos tenían que levantarse temprano para ir a sus trabajos respectivos, se marcharon poco a poco a sus casas. Pero, como ya nos hemos fijado, muchos de lo que estuvieron en la fiesta habían ligado, hasta los que quizá no debían haberlo hecho. ¿Quiénes son esos...? Ya lo sabremos...
Jarvis Delaware, aunque al salir a la calle andaba junto a su novia Judy Raines y como casi siempre estaba muy cariñoso con ella, igualmente que ella con él, pensaba a veces en... en Kimmy McFarlan. Aquí tenemos quizás un problema bastante gordo, ya que cuando estaba con Judy, Jarvis no pensaba mucho en Kimmy, quizá por que todavía sigue muy enamorado de su novia.
¿Y Judy? Curiosamente, también tenía el mismo problema. Curtis Greene también le había entrado bien en su cabeza, bien amueblada, no piensen mal. Aunque alguien sea muy lúcido, siempre pueden entrar éste tipo de pensamientos. Pero, igual que Jarvis, ella quería dejar de pensar en él, que su novio, el hombre de su vida y chorradas semejantes (ella le llama “chorradas” a frases así de cursis, según sus gustos), y ella lo describe así: “Jarvis Delaware, el chico guapísimo que está dabuten y con quien me lo monto igualmente dabuten, que tiene un cuerpazo de puto padre y un culo igual...”. Sí, esto era lo que ella pensaba para quitarse de encima tentaciones consistentes en intentar tener una aventurilla con Curtis Greene. Uno de sus habituales sarcasmos mordaces, ese humor ácido para esconder en ocasiones sus debilidades y vulnerabilidades. A ella le gusta romper moldes, pero no en lo de las relaciones amorosas: siempre ha sido ahí monógama. Sólo innova en otras facetas de la vida.
Pero llegó la noche, como dijimos antes. Casualmente, Judy y Jarvis, aunque estaban cada uno en su casa, vieron lo mismo por televisión. Pasaban la película “Hanna y sus hermanas” de Woody Allen, y les interesó sobremanera, no sólo por que el cineasta neoyorkino sea uno de sus favoritos y el que mejor sabe plasmar las relaciones humanas de los cineastas americanos actuales, sino por que se sentían, de alguna manera, identificados con lo que les ocurría a los personajes principales. Les interesaba sobre todo el interpretado por Michael Caine, el de un consejero de Finanzas casado con el personaje de Mia Farrow, a su vez divorciada del de Woody Allen por no haber podido tener hijos. La peli empieza con Elliot (Caine) enamorado perdidamente de su cuñada Lee, interpretada por Barbara Hershey. Se escucha su monólogo interior, con frases tipo “¡Dios mío, qué hermosa es! Tengo ganas de acariciarla, besarla...” Pero luego reflexionaba y, en una actitud semi-autocrítica, se echa la bronca a sí mismo y piensa: “¡Calla ya, idiota! ¡Es la hermana de tu mujer!” Lee estaba en casa de ellos por que celebraban el Día de Acción de Gracias, y entonces Elliot podía recrearse en contemplar a su cuñada, apoyado en el quicio de la puerta, y ella al fondo, hablando con la gente que había allá, sin darse ni cuenta de que se había convertido en el (oscuro) objeto de deseo de su propio cuñado. Lee convivía con Frederick (Max Von Sydow), un pintor minimalista de carácter agrio y huraño. No vino ese día con su novia a la casa de sus parientes, por que, según sus propias palabras, “Estoy en una de esas etapas de la vida en que no puedo soportar a la gente”. Bueno, ni la gente a él tampoco, dado su carácter nada simpático. Elliot fue al estudio de Frederick a pedirle unos cuadros para decorar la salita de un cantante de rock famoso, Dusty (Daniel Stern). Aprovecha Elliot que Frederick y Dusty han bajado al sótano a ver los cuadros para quedar él y ella a solas. Entonces, pese a que quiere hacerlo de manera delicada, le besa apasionadamente en la boca a ella, mientras suena de fondo el “Concierto en Fa Menor” de Johann Sebastian Bach. Ella queda desconcertada por aquello, pero tienen que posponer la discusión sobre esto, ya que aparecen de repente Frederick y Dusty, el primero cabreadísimo por que el segundo le ha pedido cuadros... para que hagan juego con el sofá de la salita de la casa que el cantante está decorando. Ello le parece denigrante al pintor, que con su peor carácter lo critica. Más tarde, hablan en la calle Elliot y Lee, para finalmente verse en días sucesivos en hoteles, a escondidas, ya que él está casado con Hanna (Mia Farrow), casada en segundas nupcias, al haberse divorciado de Mickey Saxe (Woody Allen), un neurótico obsesionado con las enfermedades y que, debido a su esperma bajo de calidad, no podía engendrarle hijos a Hanna. Ello provocó su distanciamiento y posterior divorcio.
Volviendo a Lee y Elliot, éste último llegó a prometer a ella que se separaría de su esposa, para vivir juntos. Ella había finalmente roto con Frederick, con el que ya no se llevaba bien. Además, él intuyó, sin que ella se lo dijera, que se entendía con otro. Pero pasaba el tiempo, él no se atrevía a dar el paso... Hanna, además, estaba cada vez más triste con la idea de que su matrimonio con Elliot estaba en crisis, en crisis galopante. Él, además, negó que tuviera una aventura extramatrimonial. Lee se cansó de esperar y se enamoró de un profesor de Universidad, con el que finalmente se casó.
Se darán cuenta de que no hemos citado al personaje de Woody Allen, ¿verdad? “Hanna y sus hermanas” es una película de muchos personajes en busca de amor, incluyendo el de Allen, que finalmente acaba casándose con una de las hermanas de su ex mujer, pero ocurre que Jarvis y Judy se involucraron tanto en la historia de adulterio de Elliot y su cuñada que, inconscientemente, llegaron a hacerla propia.
Sentían la tentación de conocer a otra persona, ó si la conocían, intentar liarse con ella. Judy con Curtis, Jarvis con Kimmy... Pero por suerte, no estaban en ese momento el uno con el otro, sino cada uno por su lado. En sus casas. Aunque él estaba solo ante el televisor, y Judy estaba con sus hermanos y su madre, que también seguían con atención la película. Al observar ciertas expresiones faciales extrañas de Judy, ellas creyeron que ella se tomaba demasiado en serio lo que veía en pantalla, que sólo era una película... Por supuesto, ella no quiso ni decirles lo que en realidad le pasaba por la cabeza.
Pero luego, cuando se fue a la cama a dormir –suele dormir en camisón, aunque si está con un chico y si es verano entonces duerme completamente desnuda--, volvió a acordarse del dichoso Curtis. Decide olvidarse de él, haciendo un aspaviento de desprecio hacía un imaginario interlocutor, y apagó la luz para dormir.
Pero esa noche ella soñó algo nada normal, por lo menos desde que es la novia de Jarvis: soñar que tenía relaciones sexuales con otro hombre, ésta vez Curtis Greene. Y se lo imaginó todo como cuando sueña con su novio, y es que Curtis está sentado en una silla. Entonces, Judy, a su lado, y suavemente le desabrocha los botones de su camisa, uno a uno. Cuando ya le ha desabrochado el último, ella empieza a hacerle caricias suaves por todo el pecho, de arriba abajo, de abajo arriba, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, en diagonal... Con una suavidad y cadenciosidad arrebatadores. Luego le puso las manos a ambos lados de su cabeza y se dieron un apasionado beso, con lengua incluída. Como en muchas ocasiones, Judy llevaba la iniciativa, Curtis estaba en posición totalmente pasiva, contento de ello. Se dejaba hacer. En la mayoría del tiempo, él dejaba sus brazos caídos, pero al besarse, ya los utilizó para acariciar la nuca de Judy y recorrer con las manos la espalda de ella, culo incluido. Ella también le acariciaba la espalda y el culo sin parar.
Continuó el sueño con que ella volvía al pecho de Curtis, repartiendo besos por ahí, y al llegar a los pezones, suavemente los lamía con la lengua. Curtis empezó a jadear suavemente. Poco a poco, seguidamente, le empezó a quitar la ropa hasta dejarlo sólo en calzoncillos. Ella le pidió que se pusiera de pie. Él obedeció. Ella le bajó los calzoncillos hasta los tobillos. Él levantó los pies, y los calzoncillos se quedaron por el suelo. Judy se agachó hasta llegar a la entrepierna de Curtis, y huelga comentar lo que ocurría acto seguido. Después de dos minutos, ella puso las manos de él en sus pechos, y luego continuaba con que él le quitaba la ropa hasta dejarla desnuda. El final, como en cualquier tipo de sueños de éste calibre: hicieron el amor.
Judy se despertó algo extraña, con un poco de dolor de cabeza, como si hubiera hecho el amor de verdad. Ella había disfrutado bastante con el sueño de marras, sí, pero se hallaba muy incómoda. ¿Tendría finalmente que elegir a uno de los dos, a Jarvis ó a Curtis? No sabía qué hacer...
Se levantó para ir a desayunar a la cocina. Allí estaban sus padres y su hermana. Apenas podía disimular su mal humor, con un ceño fruncido que se podía vislumbrar a siete kilómetros. Ellos se dieron cuenta.
--Judy, maja, ¿te duele la cabeza? Tienes mala cara –dijo su padre.
--Uf... sí, Papá, no he tenido una buena noche.
Mientras padre e hija hablaban, Kathy puso cara de sospechar algo.
--Algo debe de tener ésta. Debe de pasarlo mal con su chico... –pensó.
Luego, al acabar de desayunar, Judy se preparó para ir al trabajo e intentar olvidarse de tan fastidioso sueño. Fastidioso en lo referente a insinuar un posible adulterio con otro, el traicionar a Jarvis.

TOT ACABARÀ BÉ... SI ANÈS BÉ (Capítol XII)






CAPÍTOL XII





Un dia al matí –ja hi som a finals de Setembre--, acabava d’arribar a casa dels Raines una dona jove, uns 26 anys, que es diu Lorraine McCorkindale, cosina dels fills i neboda dels pares. Estava embarassada i arribava amb una panxa d’un format considerable. Estava d’uns cinc mesos, però semblava que el nadó que arribaria fos d’un format XXL, com es diu ara. Com deia ella mateixa, sovint fent broma, semblava que dugués un pneumàtic d’un cotxe de curses.
En Ralphie es va asseure a la banda de la seva cosina, la qual no semblava no tenir millor tema de conversació que no pas el seu embaràs, quin nom tindria el seu fill o filla, quina roba en vol que dugui... bé, en Ralphie, en mirar-se de reüll el ventre inflat de la Lorraine, va fer una ganyota de desgrat, que va intentar disimular com va poder, potser perquè s’imaginava el que passaria una dona que acabés així, amb el ventre inflat, que durant nou mesos té que sentir com allò se li va fent cada cop més gran, que no sap si allò acabarà algun dia o acabarà esclatant com un globus d’un nen amb massa aire al seu interior... I així fins que el nadó se’n cansés d’estar-hi, que deu sentir uns dolors ben forts, potser com les tortures físiques o psicològiques, que sentia un presoner a un camp de concentració nazi, com Auschwitz, Treblinka o un altre pitjor, i després acaba naixent el nadó... i com en Ralphie tenia un començament d’úlcera d’estómac, la cosa era força pitjor. No sabem perquè, però ell sempre ha tingut aqueixa mateixa sensació en asseure’s a la banda de qualsevol dona embarassada, malgrat que fos la seva mare.
Quan la Lorraine McCorkindale el va preguntar a la Judy i a la Kathy per si algun dia elles voldrien tenir de fills, elles van contestar, sense gens d’entusiasme:
--No m’agrada gens, ara per ara, cosina –va contestar la Judy, com si li parlessin de naus espacials, cosa que ella ignora del tot, almenys el funcionament d’elles--. Si ja em fot molt tenir-ne la regla, ¿que no em podrà fotre igualment el passar-me nou mesos amb una panxa que semblaré el timbal de l’Orquestra Simfònica de Xicago, aquí al davant, sota les mamelles, i després, quan hi hagi nascut el nadó, tindré més mal que no pas si m’hi hagués caigut a sobre els peus el cosí Jerry, aquell que està més gras que no pas en Pavarotti? Potser un altre dia, maca, perquè no totes les dones tenim el mateix instint maternal que tu, em sap greu.
La Lorraine es va quedar amb la boca oberta pel monòleg de la seva cosina, i la seva mare també. La Kathy no va obrir boca com les altres, potser perquè tenia les mateixes idees que la seva germana. I és una mica més discreta.
--Perdona, filla –digué la Mallory, que no estava d’acord amb la Judy--, però em sembla que exageres. Tenir-ne un fill és una cosa molt bonica.
--Sí, ja ho sé –la va interrompre la rossa--. És que jo no estic preparada encara per tenir-ne de fills... si vosaltres en pugueu, doncs dabuten.
--Dabuten...? Què significa això...? –la Lorraine no comprenia el llenguatge col.loquial de Nova York, ja que ella resideix a Monroe, Luisiana.
--Res –va dir la Judy--. Vol dir una cosa que està de puta mare... ei, perdona’m, Lorraine; que això de la “puta mare” no és per tu.
S’havia equivocat en dir la frase, és clar, i allò de “puta mare” va escandalitzar una mica a la Lorraine, que vivia amb una família d’idees dretanes i no aguantava gens bé desimboltures en parlar com fa la seva cosina.
La Mallory intentava disimular, però era ben segur que desitjava fer-li a la seva filla una patacada al cul per haver amollat d’aquelles coses tan estúpides, però se l’estimava massa per fer això. Ah, la Kathy va dir de coses ben diferents per no fotre encara més l’ambient.




Més tard, la Judy se’n va anar cap a la seva habitació i se’n va posar al ràdio-cassette una cançó que tenia a veure força amb el tema de l’embaràs: era d’en Pedro Almodóvar, el director de cinema espanyol, que també hi havia estat cantant anys enrera, als seus començament de cineasta, durant l’època de la famosa i llegendària “movida” madrilenya, amb uns nois que semblaven també una mica... ¿marietes? Potser sí. No ho sabem gens bé... Es deia el conjunt musical “Almodóvar y McNamara”.
Bé, la cançó aquesta es titulava “Voy a ser mamá”, i amb uns tocs musicals una mica barroers, que desafinava força per una orella més acostumada a sentir de músiques més “elegants”, com els que els agraden més sentir Luciano Pavarotti cantant d’àries operístiques com “La donna e’ mobile” del “Rigoletto” d’en Verdi. Bé, la cançó que ens ocupa feia molta broma de les mares. Com la Judy hi havia posat la cançó amb un volum molt alt, la Mallory va entrar a l’habitació per protestar.
--Què fas ara, amb tant de soroll?
--Res, Mamà, escoltant això –va assenyalar el ràdio-cassette, i per sentir millor a la seva mare, va baixar el volum fins la meitat.
--Què cony et passa, Judy? Que et tenies que fer la divertida, amb la teva cosina? ¡Quin numeret vas fer, amb l’acuditet de la “puta mare”! ¿Que anava amb segones intencions, parlar-li així a la Lorraine?
--Perdona, Mamà, em sap greu –va contestar la Judy, tot i que ho va fer amb una enorme expressió d’indiferència--. Ja saps que, ara per ara, no m’interessa tenir-ne de fills. Encara no estic preparada.
--Et comprenc, Judy, però no has de fer burla de les dones que sí volem tenir-ne. Rai que la Lorraine et coneix ben bé i no et tindrà cap rancor. Però, per si de cas, ves a parlar-ne amb ella per quedar bé.
--Oh, Mamà...! ¿Ara...? –semblava que allò fotia força a la noia, com una obligació i humiliació alhora, tenir que demanar perdó a una altra persona i fer-li alhora la promesa de que allò no ho farà mai, que des d’ara serà una bona noia.
--Sí, ara! –va insistir la seva mare, gairebé cridant--. Ja saps com son els parents d’ella, que sempre han estat una mica “fatxes”... i se’n pensaran que ton pare i jo t’hem educat malament, i ens donaran la llauna per això.
--Fotre, Mamà, ja saps com son les gents del Sud, son ben “puretes”.
--Calla’t ja, collons! Sempre amb el mateix! –la Mallory estava farta--. Ah, Judy –de cop i volta va canviar de tema---, ¿quina cançó és aqueixa que t’escoltaves?
--És una cançó d’Almodóvar, d’aqueix director de cinema espanyol, que també ha cantat amb un conjunt de Madrid.
--Ui, doncs sona com si se’ls hagués fet malbé la rentadora –va opinar la mare, en notar que la cançó sonava com tocada amb un estil barroer, ximplet i una mica vulgar--. No sé com als joves us poden agradar d’aquestes merdes.
En aquell moment la Lorraine McCorkindale va treure el cap per la porta. Va preguntar:
--Que puc passar...?
--Ei, sí, Lorraine, és clar que pots passar –va contestar la Mallory, apropant-se a la noia prenyada, com si volgués ajudar-la a entrar a l’habitació, com si allò fos un indret infranqueable--. Ves amb compte.
--Tia Mallory, que no soc cap nena. Sé tenir cura de mi mateixa –va replicar d’una forma suau la Lorraine, tot i sense poder disimular que encara continuava una mica ofesa. ¡Ni que, en estar prenyada, estigués alhora paralítica!
--Ei, perdona. Les mares, quan veiem una dona embarassada, sempre exagerem –es va disculpar la Mallory.
--Et comprenc, tia Mallory –va contestar la seva neboda, tota educada--. Bé, ¿que vau a ésser aquí o ens anem cap a la sala...? Ah, ¿quin soroll és aqueix? –va dir de cop, en sentir la música que la Judy estava escoltant al seu ràdio-cassette, la cançó del qual encara sonava.
La Judy va arrufar una mica el nas, perquè no l’agradava gaire que la seva cosina digués “soroll” a aquella música d’Almodóvar i McNamara, que ja acabava la cançó “Voy a ser mamá” i seguidament atacaven una altra, titulada “Gran ganga”, amb uns endegaments encara més barroers que no pas l’anterior. Era una de les cançons més famoses de l’època de la “movida” madrilenya, que va ser sobretot entre finals dels anys 1970 i la meitat dels anys 1980, quan el cineasta manxec feia les seves primeres pel.lícules, com “Laberinto de pasiones”, que ja s’hi va estrenar als cinemes estatunidencs gairebé al mateix temps que “Mujeres al borde de un ataque de nervios” –potser la seva pel.lícula més exitosa al país d’Abraham Lincoln i que el va fer conèixer allà definitivament--, i “¡Átame!”, tot i que aquesta va estar vorejada d’una certa polèmica, que Almodóvar va solucionar d’una manera eficaç. Ja ho sabran tots :la pel.lícula va ser clasificada “X” per la censura americana, malgrat que no era cap pel.lícula porno, i Almodóvar va fer pel seu compte una campanya als Estats Units contra aquesta estúpida qualificació. La gent de Hollywood el va donar suport, i finalment la censura americana, pressionada per totes bandes, va decidir suprimir d’aqueixa qualificació i inventar-se una de nova, la “NC-17”, que ja no marca tant com la infamant “X”, tot i que no deixa d’ésser estigmatitzant per la pel.lícula que tingui aqueixa qualificació.
--No és cap soroll, Lorraine –va dir la Judy a la seva cosina, disimulant molt bé la seva irritació per dir així a aquella música--. Sé que aquest noi toca la música en estil barroer, però tampoc n’hi ha que exagerar.
--Qui és? D’algun cantant de salsa sud-americà? –va preguntar la Lorraine, que tot i que no parlava res d’espanyol, se’n va adonar de que la cançó era cantada en aquella llengua.
--No, cosina –va contestar la Judy, com d’una manera solemne, i va fer la presentació--: aquest és el gran director de cinema espanyol Pedro Almodóvar, que fa anys també era cantant.
--Almodóvar? –arrufà el nas la noia del Sud, com si la parlessin del mateix Diable--. D’aqueix indecent que va dur aquí una fastigosa i immoral pel.lícula seva i que, a sobre, es va atrevir a incitar-nos els americans a rebel.lar-nos contra les nostres pròpies Lleis?
La Judy va pensar, també arrufant el nas, que la seva cosina ja començava amb la infumable discurs moralista que els hi havia amollat moltes vegades, i que ella va tenir que empassar-se amb molta força de voluntat.





--Em, sí, és ell, però... oblidem-nos-en d’això, si us plau –va preferir tallar de cop, passar a un altre tema i, per si de cas, va apagar el ràdio-cassette. Ja continuaria escoltant quan la Lorraine sigui ben lluny, per Manxuria, si això era possible.
Els trets físics de la Lorraine eren bastant corrents: cabell i ulls castanys, roba més aviat avorrida i sense imaginació, rostre corrent, sense res especial, encara que agradable de veure, i un físic també agradable, però sense que sigui espaterrant, ara una cosa alterada pel seu embaràs. Viu a Monroe, Louisiana. La família Raines té parents repartits per tot el país, a més d'altres països al voltant del globus terraqüi.
Si la Judy té problemes amb els seus parents i no aconsegueix caure'ls bé, Jarvis té un problema semblant, i que és sobretot amb el seu pare, que va provocar que la seva germana Murphy hagués d'anar-se'n d'allà i anar-se'n a viure a Los Angeles, molt lluny de la casa familiar, per tenir idees polítiques i valors morals molt diferents dels del seu progenitor. Ella és demòcrata i el republicà. Encara que amb el pas dels anys sembla que tot s'ha tranquil•litzat més entre ells, ja que cada vegada que ella visita la casa familiar no discuteixen mai, amb Jarvis no passa el mateix.
Que recorden la noia francesa, la Valérie Chévenement, que va ser la seva anterior núvia? Doncs quan la va presentar a la seva família, mentre que a la Murphy i a la mare els va caure bé, al pare no (deia que li semblava massa liberal, per exemple), i va haver de passar algun temps fins que la franceseta (com la deia despectivament) li va caure bé. Amb la Judy va passar el mateix. En aquella ocasió, el pare va dir lacònicament, en veure-la per primera vegada:
--Jarvis, qui és aquesta nena?
En Jarvis no feia gust gaire bé si allò era una mena d'afalagament encobert o un insult cap a la seva noia.
Ell era el germà petit, i la Murphy, la gran. En Jarvis sempre va estimar-se, en el bon sentit de la paraula si parlem de relació entre germans, a la seva germana. Ella sempre va ser una mena de mestra en la vida per a ell, encara que ella li demanava i demanava que fos més mesurat.
--Per a mi és un honor, oncle, això que et fixis en el que jo faig per portar bé la teva vida, però no sóc cap déu. Deixa'm tranquil•la, si us plau ?le va pregar ella, tractant de no ser massa dura, ja que ell li queia així mateix molt bé i que ho adorava.
Vegem ara com és la Murphy Delaware. Ja sabem que ella és una feminista que va créixer a Albany, on la vida és força diferent de la de la “Big Apple” (Gran Poma), denominació de Nova York, sobretot feia molts anys. Ara ja està més canviada, i a més de ser la capital de l'Estat de Nova York --als Estats Units, la majoria dels Estats tenen les seves capitals en ciutats petites, per no saturar les grans ciutats amb allò de ser capitals d'Estat-- té una Universitat. Però el que més ens interessa ara és la vida dels Delaware.
La Murphy és una noia morena, ulls verds, vegetariana --si sabem que és una mica progre, encara que no com s'entenia això en els anys seixanta--, feminista i simpatitzant del Partit Demòcrata. No es va fer militant de l'esmentat partit pel qual no veia gaire bé els polítics i volia muntar-l'hi tot per ella mateixa. Però això li importava un cogombre al seu pare, Vincent Delaware, que era un fanàtic del Partit Republicà i massa tradicionalista, que es va enfadar molt quan es va assabentar de la militància de la seva filla.
A ella no li agradava aquella actitud del pare i va decidir anar-se'n de casa. Ja li va explicar en Jarvis a la Judy que Murphy se'n va anar a Los Angeles, amb un amic seu, locutor esportiu, anomenat Walter Caproni, d'una emissora de ràdio a la ciutat californiana. Ella treballa allà com a metge en un hospital, després de passar amb èxit els seus estudis de Medicina.
D'això parlarem després, potser. Vegem ara com ha canviat en Vincent Delaware des d'abans que ella se n’anés d'allà i ara mateix.
Quan la Murphy encara residia en aquella casa, en Vincent deia a la seva esposa, la Louise:
--Louise, la Murphy m'ha dit que vol ser mèdic...
--Ah, molt bé –va contestar ella lacònicament i amb un somriure al rostre.
--Molt bé, dius...? –tot i que ell parlava tranquil, se li veia que estava enfadat--. Jo vaig dir que ella es casaria amb un noi de bona familia, com en Phil Bruster, un noi decent i...
--Oh, Vinnie, ja t'he sentit això disset milions de vegades. Ja m'ho sé de memòria –el va interrompre la Louise Delaware, nom de soltera: Wimbury.
Allò va semblar fastiguejar una mica en Vincent Delaware.
--¡No et riguis a la cara, cony! ? —va rondinar--. En Jarvis i tu també em feu sempre la punyeta! No m'estranya que el nostre país estimat estigui fotut per totes bandes! Encara que tenim en Reagan, que és un sant, no es pot fer gaire perquè tot l'han fotut aquests comunistes de merda que...!
--I tu ets el que va tots els dies a l'Església Metodista i vols aparèixer davant de tots i sobretot davant del Reverend Andrews com el més decent de tots? –va preguntar la Louise amb fermesa, ja que no concebia que ell, precisament ell, que presumia de decent i menyspreava als altres encara que fossin igual de decents, deixés anar tants renecs en parlar.
Ell, és clar, es va enfadar una mica amb ella, per allò que semblava ésser un desafiament a la seva autoritat, o almenys, a la seva presumpta infal•libilitat. Però qualsevol s'adonaria que allò era una mica absurd i que... bé, deixem-lo. Tornem amb la Murphy: el seu pare la va portar a un col•legi de nenes quan encara era petita. No sabem si aquell col•legi era, com ella deia de gran en recordar-ho, ”una bestiesa”, però no li agradava gaire. Se li notava només en l'expressió, en parlar-ne.
No mostrarem l'escena a la qual la Murphy li va dir al seu pare que volia anar-se'n de casa i guillar-se amb un amic seu que ja se la imaginaran tots vostès, i era força tòpica.
Però els comptarem que, en passar força temps, en Vincent Delaware va acceptar que la seva filla fos com ella volia, que hauria d'esperar molt de temps per tenir-ne néts (ella no tenia gens de ganes d’ésser mare, i en Jarvis tampoc no semblava interessat en el tema, sobretot perquè no volia casar-se), que no... bé, deixem-lo. Més endavant potser tornem amb ella.




En Jarvis, quan va fer l'amor amb la Judy, no li va explicar tots els detalls de les seves relacions amb les noies, com en aquella nit d'Any Nou. Amb el seu complex d'inferioritat, fins i tot no prou superat i que tractava de dissimular, va poder tenir relacions amb elles, però amb molt esforç. Una vegada, per exemple, va deixar anar una frase que a ell, després, li va semblar tota una bestiesa, però que a la noia aquella li va fer molta gràcia. Encara que la noia va començar allò per gastar-li una broma. Ella era la María Antonia Quiroga, l'espanyola.
--Què m'aconsellaries, Jarvis, si jo fos lesbiana? –va ser la pregunteta aquella, que esperava resposta d'ell.
--Em... –en Jarvis va enxampar immediatament el sentit de la pregunta i immediatament va respondre--: Doncs et presentaria a una amiga meva, que m'ha dit que és lesbiana, i te la presentaria. Segur que ella i tu fareu una bona parella.
La María Antonia Quiroga, que ja havíem dit que era filla de gent “progre”, va acceptar molt bé la resposta, partint-se de riure, davant la qual cosa en Jarvis se sentia totalment ridícul, com un tocacollons.

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN (Capítulo XII)





CAPÍTULO XII



Un día por la mañana –ya estamos a finales de Septiembre--, acababa de llegar a casa de los Raines una mujer joven de unos 26 años, llamada Lorraine McCorkindale, prima de los hijos y sobrina de los padres. Estaba embarazada y llegaba ya con la barriga de tamaño considerable. Era de unos cinco meses, pero parecía que el crío que fuera a llegar fuera de tamaño XXL, como se dice ahora. Como decía ella misma a veces bromeando, parecía que llevara un neumático de un coche de carreras.
Ralphie se sentó al lado de su prima, la cual parecía no tener mejor tema de conversación que su embarazo, que nombre tendría su hijo ó hija, qué ropa quiere que lleve... bien, Ralphie, al mirar de reojo al vientre hinchado de Lorraine, puso una mueca de desagrado, que intentó disimular como pudo, quizá por que se imaginaba lo que tendría que aguantar cada mujer que acabase así, con el vientre hinchado, que durante nueve meses tiene que sentir cómo aquello se le va haciendo cada vez más grande, que no sabe si aquello acabará algún día ó acabará estallando como un globo de niño con demasiado aire en su interior... Y así hasta que el crío se cansara de estar ahí dentro, que debe de ser muy estrecho e incómodo, y salir afuera, en donde se está más cómodo. Claro que en el momento del parto ella sentirá unos dolores muy fuertes, quizá como las torturas, físicas ó psicológicas, que sentía un prisionero en un campo de concentración nazi, como Auschwitz, Treblinka u otro peor, y luego acaba por nacer el bebé... y como Ralphie tenía un principio de úlcera de estómago, la cosa era bastante peor. No sabemos por qué, pero él siempre ha tenido esa misma sensación al sentarse al lado de cualquier mujer embarazada, aunque fuera su madre.
Cuando Lorraine McCorkindale le preguntó a Judy y a Kathy si ellas querrían alguna vez tener niños, ellas contestaron, sin mucho entusiasmo:
--No me apetece por ahora, prima –contestó Judy, como si le hablasen de naves espaciales, algo que ella ignora por completo, al menos el complejo funcionamiento de ellas--. Si ya me jode mucho tener la regla, ¿no me va a joder igual el pasarme nueve meses con una barriga que pareceré el tambr de la Orquesta Sinfónica de Chicago, aquí delante, bajo las tetas, y luego, cuando nazca el bebé, voy a sentir más dolor que si se me cayera encima de los pies el primo Jerry, aquel que es más gordo que Pavarotti? Quizá otro día, maja, por que no todas las mujeres tenemos el mismo instinto maternal que tienes tú, lo siento.
Lorraine se quedó con la boca abierta por el monólogo de su prima, y su madre también. Kathy no abrió la boca como las otras, quizá por que tenía las mismas ideas que su hermanita. Y es algo más discreta.
--Perdona, hija –dijo Mallory, que no estaba de acuerdo con Judy--, pero me parece que exageras. Tener un hijo es algo muy bonito.
--Sí, ya lo sé –le interrumpió la rubia--. Es que yo no estoy todavía preparada para tener hijos... si vosotras podeis, pues dabuten.
--¿Dabuten...? ¿Qué significa eso? –Lorraine no conocía el lenguaje coloquial de Nueva York, ya que ella reside en Monroe, Louisiana.
--Nada –dijo Judy--. Quiere decir algo así que está de puta madre... hey, perdóname, Lorraine; que eso de la “puta madre” no va por ti.
Se había equivocado al decir la frase, claro, y aquello de “puta madre” escandalizó un poco a Lorraine, que vivía con una familia de ideas derechistas y que no aguantaba bien desparpajos en el hablar como el de su prima.
Mallory intentaba disimular, pero seguro que deseaba darle a su hija una patada en el culo por haber soltado aquellas cosas tan estúpidas, pero la quería demasiado para hacer eso. Ah, Kathy dijo cosas bien diferentes para no joder aun más el ambiente.
Más tarde, Judy se fue a su habitación y se puso en el radio-cassette una canción que tenía que ver bastante con el tema del embarazo: era de Pedro Almodóvar, el director de cine español, que también había sido cantante años atrás, en sus comienzos de cineasta, durante la época de la famosa y legendaria “movida” madrileña, con unos chicos que parecían también algo... ¿maricas? Quizás sí. No lo sabemos muy bien... Se llamaba el conjunto “Almodóvar y McNamara”.
Bien, la canción en cuestión se titula “Voy a ser mamá”, y con unos arreglos musicales algo chapuceros, que desafinaba bastante para un oído más acostumbrado a músicas más “elegantes”, como los que gustan de escuchar a Luciano Pavarotti cantando arias operísticas como “La donna e’ mobile” de “Rigoletto” de Verdi. Bien, la canción que nos ocupa se cachondeaba mucho de las madres. Como Judy había puesto la canción con un volumen muy alto, Mallory entró en la habitación para protestar.
--¿Qué haces ahora, con tanto ruido?
--Nada, Mamá, escuchaba esto –señaló el radio-cassette, y para oír mejor a su madre, bajo hasta la mitad el volumen.
--¿Qué coño te pasa, Judy? ¿Te tenías que hacer la graciosa con tu prima? ¡Menudo numerito montaste, con tu chistecito de la “puta madre”! ¿Iba con segundas eso, al hablarle así a Lorraine?
--Perdona, Mamá, lo siento –contestó Judy, aunque lo hizo con una enorme expresión de indiferencia--. Ya sabes que por ahora no me interesa tener hijos. No estoy aun preparada.
--Te comprendo, Judy, pero no debes burlarte de las mujeres que sí queremos tenerlos. Menos mal que Lorraine conoce muy bien y no te guardará ningún rencor. Pero por si acaso ves a hablar un poco con ella, para quedar bien.
--¡Oh, Mamá! ¿Ahora...? –parecía que aquello jodía bastante a la chica, como una obligación y humillación al mismo tiempo, tener que pedir perdón a otra persona y darle al mismo tiempo la promesa de que no lo hará más, que será una chica buena desde ahora.
--¡Sí, ahora! –insistió su madre, casi gritando--. Ya sabes cómo son los parientes de ella, que siempre han sido algo “fachas”... y se pensarán que tu padre y yo te hemos educado mal, para darnos la lata por ello.
--Joder, Mamá, ya sabes cómo son las gentes del Sur, son muy “puretas”.
--¡Cállate ya, cojones! ¡Siempre lo mismo! –Mallory estaba harta. Ah, Judy –de repente cambió de tema--, ¿qué canción es esa que estás escuchando?
--Es una canción de Almodóvar, ese director de cine español, que también ha cantado con un conjunto de Madrid.
--Huy, pues suena como si se les hubiera estropeado la lavadora –opinó la madre, al notar que la canción sonaba como tocada de manera chapucera, tosca y un tanto ordinaria--. No sé cómo a los jóvenes os puede gustar esas mierdas.
En aquel momento, Lorraine McCorkindale asomó la cabeza por la puerta. Preguntó:
--¿Puedo pasar...?
--Hey, sí, Lorraine, claro que puedes pasar –contestó Mallory, acercándose a la chica preñada, como si quisiera ayudarle a entrar a la habitación, cual que si aquello fuese un sitio infranqueable--. Ten cuidado.
--Tía Mallory, que no soy una niña. Sé cuidarme sola –replicó de forma muy suave Lorraine, aunque sin poder apenas disimular que estaba algo ofendida. ¡Ni que al estar embarazada estuviera al mismo tiempo como paralítica!
--Eh, perdona. Las madres, cuando vemos a una mujer embarazada, siempre exageramos –se disculpó Mallory.

--Te comprendo, tía Mallory –respondió su sobrina, educada--. Bien, ¿vais a estar aquí ó nos vamos a la salita...? Ah, ¿qué es ese ruido? –dijo de repente, al sentir la música que Judy estaba escuchando en su radio-cassette, cuya canción aun perduraba.
Judy frunció un poco el ceño, por que no le gustaba mucho que su prima llamase “ruido” a aquella música de Almodóvar y McNamara, que ya acababa la canción “Voy a ser mamá” y seguidamente atacaban otra, titulada “Gran ganga”, con unos arreglos aun más chapuceros que la anterior. Era una de las canciones más famosas de la época de la “movida” madrileña, acaecida sobre todo entre finales de los años ’70 y mediados de los ’80, cuando el cineasta manchego hacía sus primeras películas, como “Laberinto de pasiones”, que ya se estrenó en los cines estadounidenses casi al mismo tiempo que “Mujeres al borde de un ataque de nervios” –quizás su película más exitosa en el país de Abraham Lincoln y que le dio definitivamente a conocer--, y “¡Átame!”, aunque ésta estuvo rodeada de cierta polémica, que Almodóvar solucionó de manera eficaz. Ya lo sabrán todos: la película fue clasificada “X” por la censura americana, pese a que no es ninguna película porno, y Almodóvar hizo por su cuenta una campaña en los Estados Unidos contra ésta estúpida calificación. La gente de Hollywood le apoyó, y finalmente la censura americana, presionada por todos lados, decidió suprimir esa calificación e inventarse una nueva, la “NC-17”, que ya no marca tanto como la infamante “X”, aunque no deja de ser estigmatizante para la película que tenga dicha calificación.
--No es ruido, Lorraine –dijo Judy a su prima, disimulando muy bien su irritación por llamar así a aquella música--. Sé que éste chico toca la música como en plan ratonero, pero tampoco hay que exagerar.
--¿Quién es? ¿Algun cantante de salsa sudamericano? –preguntó Lorraine, que aunque no hablaba nada de español, se dio cuenta de que la canción estaba cantada en ésta lengua.
--No, prima –contestó Judy, como de manera solemne, e hizo la presentación--: éste es el gran director de cine español Pedro Almodóvar, que hace años también era cantante.
--¿Almodóvar? –frunció el ceño la sureña, como si le hablasen del mismísimo Diablo--. ¿Ese indecente que trajo aquí una asquerosa e inmoral película suya y que encima se atrevió a incitarnos a los americanos a rebelarnos contra nuestras propias Leyes?
Judy pensó, frunciendo también el ceño, que su prima ya empezaba con el infumable discurso moralista que les había soltado muchas veces, y que ella tuvo que tragarse con mucha fuerza de voluntad.
--Em, sí, es él, pero... olvidémonos de esto, por favor –prefirió cortar por lo sano, pasar a otro tema y, por si acaso, apagó el radio-cassette. Ya lo seguiría escuchando en cuando Lorraine estuviera bien lejos, por Manchuria, si era posible.
Los rasgos físicos de Lorraine eran bastante corrientes: pelo y ojos castaños, ropa más bien aburrida y sin imaginación, rostro corriente, sin nada especial, aunque agradable de ver, y un físico también agradable, pero sin que sea despampanante, ahora algo alterado por su embarazo. Vive en Monroe, Louisiana. La familia Raines tiene parientes repartidos por todo el país, además de otros países alrededor del globo terráqueo.
Si Judy tiene problemas con sus parientes y no consigue caerles bien, Jarvis tiene un problema parecido, y que es sobre todo con su padre, que provocó que su hermana Murphy tuviera que irse de allí e irse a vivir a Los Ángeles, muy lejos de la casa familiar, por tener ideas políticas y valores morales muy diferentes a los de su progenitor. Ella es demócrata y él republicano. Aunque con el paso de los años parece que todo se ha tranquilizado más entre ellos, ya que cada vez que ella visita la casa familiar no discuten nunca, con Jarvis no pasa lo mismo.
¿Se acuerdan de la chica francesa, Valérie Chévenement, que fue su anterior novia? Pues cuando la presentó a su familia, mientras que a Murphy y a la madre les cayó bien, al padre no (decía que le parecía demasiado liberal, por ejemplo), y hubo de pasar algun tiempo hasta que la francesita (como la llamaba despectivamente) le cayó bien. Con Judy pasó lo mismo. En aquella ocasión, el padre dijo lacónicamente, al verla por primera vez:
--Jarvis, ¿quién es ésta niña?
Jarvis no sabía muy bien si aquello era una especie de halago encubierto ó un insulto hacía su chica.
Él era el hermano menor, y Murphy, la mayor. Jarvis siempre quiso, en el buen sentido de la palabra si hablamos de relación entre hermanos, a su hermana. Ella siempre fue una especie de maestra en la vida para él, aunque ella le pedía y pedía que fuera más mesurado.
--Para mí es un honor, tío, eso de que te fijes en lo que yo hago para llevar bien tu vida, pero no soy ninguna diosa. Déjame tranquila, por favor –le rogó ella, tratando de no ser demasiado dura, ya que él le caía asimismo muy bien y que lo adoraba.
Veamos ahora cómo es Murphy Delaware. Ya sabemos que ella es una feminista que creció en Albany, en donde la vida es bastante diferente a la de la “Big Apple” (Gran Manzana), denominación de Nueva York, sobre todo hacía muchos años. Ahora ya está más cambiada, y además de ser la capital del Estado de Nueva York –en los Estados Unidos, la mayoría de los Estados tienen sus capitales en ciudades pequeñas, para no saturar las grandes ciudades con lo de ser capitales de Estado-- tiene una Universidad. Pero lo que más nos interesa ahora es la vida de los Delaware.
Murphy es una chica morena, ojos verdes, vegetariana –si sabemos que es un poco progre, aunque no como se entendía esto en los años sesenta--, feminista y simpatizante del Partido Demócrata. No se hizo militante de dicho partido por que no veía muy bien a los políticos y quería montárselo todo por ella misma. Pero esto le importaba un pepino a su padre, Vincent Delaware, que era un fanático del Partido Republicano y demasiado tradicionalista, que se enfadó mucho cuando se enteró de la militancia de su hija.
A ella no le gustaba aquella actitud del padre y decidió irse de casa. Ya le contó Jarvis a Judy que Murphy se fue a Los Ángeles, con un amigo suyo, locutor deportivo, llamado Walter Caproni, de una emisora de radio en la ciudad californiana. Ella trabaja allí como médico en un hospital, después de pasar con éxito sus estudios de Medicina.
De eso hablaremos luego, quizás. Veamos ahora cómo ha cambiado Vincent Delaware desde antes de que ella se pirara de allí y ahora mismo.
Cuando Murphy aun residía en aquella casa, Vincent decía a su esposa Louise:
--Louise, Murphy me ha dicho que quiere ser médico...
--Ah, muy bien –contestó ella lacónicamente y con una sonrisa en la cara.
--¿Muy bien, dices...? –aunque él hablaba tranquilo, se le veía que estaba enfadado--. Yo dije que ella se casaría con un chico de buena familia como Phil Bruster, un chico decente y...
--Oh, Vinnie, ya te he oído eso diecisiete millones de veces. Ya me lo sé de memoria –le interrumpió Louise Delaware, nombre de soltera: Wimbury.
Aquello pareció fastidiarle algo a Vincent Delaware.
--¡No te me rías en la cara, coño! –gruñó--. ¡Jarvis y tú también me haceis siempre la puñeta! ¡No me extraña que nuestro amado país esté jodido por todos lados! ¡Aunque tenemos a Reagan, que es un santo, no se puede hacer mucho por que todo lo han jodido esos comunistas de mierda que...!
--¿Y tú eres el que va todos los días a la Iglesia Metodista y quieres aparecer ante todos y sobre todo ante el Reverendo Andrews como el más decente de todos? –preguntó Louise con firmeza, ya que no concebía que él, precisamente él, que presumía de decente y menospreciaba a los demás aunque fueran igual de decentes, soltara tantos tacos al hablar.
Él, claro, se enfadó un poco con ella por lo que parecía ser un desafío a su autoridad, ó al menos, a su presunta infalibilidad. Pero cualquiera se daría cuenta de que aquello era un poco absurdo y que... bien, dejémoslo. Volvamos con Murphy: su padre la llevó a un colegio de niñas cuando aun era pequeña. No sabemos si aquel colegio era, como ella decía de mayor al recordarlo, “una chorrada”, pero no le gustaba mucho. Se le notaba sólo en la expresión al hablar de ello.
No mostraremos la escena en la que Murphy le dijo a su padre que quería irse de pasa y pirarse con un amigo suyo por que ya se la imaginarán todos ustedes, y era bastante tópica.
Pero les contaremos que, al pasar bastante tiempo, Vincent Delaware aceptó que su hija fuese como ella quería, que tendría que esperar mucho tiempo para tener nietos (ella aun no tenía muchas ganas de ser madre, y Jarvis tampoco parecía interesado en el tema, sobre todo por que no quería casarse), que no... bien, dejémoslo. Más adelante quizá volvamos con ella.
Jarvis, cuando hizo el amor con Judy, no le contó todos los detalles de sus relaciones con las chicas, como en aquella noche de Año Nuevo. Con su complejo de inferioridad, aun no suficientemente superado y que trataba de disimular, pudo tener relaciones con ellas, pero con mucho esfuerzo. Una vez, por ejemplo, soltó una frase que a él, luego, le pareció toda una chorrada, pero que a la chica aquella le hizo mucha gracia. Aunque la chica empezó aquello por gastarle una broma. Ella era María Antonia Quiroga, la española.
--¿Qué me aconsejarías, Jarvis, si yo fuera lesbiana? –fue la preguntita de marras, que esperaba respuesta de él.
--Em... –Jarvis pilló inmediatamente el sentido de la pregunta e inmediatamente respondió--: Pues te presentaría a una amiga mía, que me ha dicho que es lesbiana, y te la presentaría. Seguro que ella y tú hareis buena pareja.
María Antonia Quiroga, que ya habíamos dicho que era hija de gente “progre”, aceptó muy bien la respuesta, tronchándose de risa, ante lo cual Jarvis se sentía totalmente ridículo, como un gilipollas.

TOT ACABARÀ BÉ... SI ANÈS BÉ (Capítol XI)








CAPÍTOL XI




L’endemà, abans de les tres de la tarda, tots van anar cap a l’Aeroport d’El Prat de Llobregat per agafar l’avió de tornada cap a Nova York, que va arribar a l’Aeroport John F. Kennedy cap allà a nou hores més tard. En arribar, encara no s’orientaven amb el canvi d’horari, que a Nova York és sis hores menys que a Barcelona. Seria el famós “jet-lag”, van opinar.
Tenia una mica de son, i ganes d’anar-se a roncar i dormir alhora, com deia l’Artie.
Cadascú se’n va dormir com va voler, després de mitjanit, hora de Nova York, és clar. Encara cap d’ells no hi havia desfet el voluminós equipatge, que cadascú portava per a tants dies d’estada allà, a part els regals, la roba i d’altres coses comprades a Barcelona i Eivissa. No sabem si algú/una va aprofitar per fer l’amor abans d’adormir-se, però això, ara, no ens interessa.
L’endemà, i encara amb una certa descoordinació, en no estar encara novament habituats totalment a l’horari novaiorquès, se’n van llevar tots una mica tard, i van aprofitar per apropar-s’hi als indrets on hi treballen, per a poc a poc tornar a acostumar-se a ells.
Per exemple, l’Arthur se’n va anar per veure un amic productor, per veure si tenia d’algun personatge per a ell, algun que pogués ésser mitjanament interessant. Va arribar cap a l’edifici on hi era la mateixa productora, a la Ninth Avenue (Novena Avinguda), força curiós, però els que ens interessa no és això, sinó el que l’hi diran, a ell. El productor aquell, que era un dels considerats “independents”, és a dir, que no forma part de les “majors” de Hollywood, es deia Bobby Kimball. Tenia 49 anys i duia una perruca de cabells bruns per tapar-se una calvície prematura.




En asseure’s, l’Arthur va agafar un cigarret que li va oferir en Bobby Kimball, va dir “gràcies” i ho va encendre, amollant el fum pels forats del nas. Doncs, l’actor no va poder evitar badallar una mica, recordant-nos una altra vegada l’hora, el canvi d’hora.
--Que tens son? –la va preguntar en Kimball.
--Sí, Bobby. Fins que no m’hi acostumi altre cop a l’horari d’aquí, això serà una merda.
En Kimball va riure.
--Bé, Artie... –va dir després—Tinc un paper per a tu, que podria tenir semblant amb els personatges masculins de les pel.lícules de la teva núvia.
--Ah, molt bé, Bobby. Però espero que no serà qualsevol ximpleria, ¿oi que no? Que una cosa és imitar el que fa la Winnie, i d’altra...
--Crec que no, nano. La pel.lícula la dirigirà una dona, una dona maquíssima i amb molt de talent, que es diu Martha McCluskey. El teu paper és el d’un còmic que treballa en un modest teatre de varietats a Milwaukee, Wisconsin... És clar que la única dificultat del paper és que tindràs que parlar amb accent d’allà, res d’aqueix accent novaiorquès que tens.
--Amb accent de Milwaukee? Que t’has cregut que soc en Robert De Niro, perquè soc italoamericà, com ell?
--Ha, ha...! –va riure el productor--. No, Artie. Bobby De Niro és inimitable; no t’amoïnis, que ja sé com t’ho fas... ¿Oi que saps imitar d’aqueix accent?
--No. Sé imitar el de Califòrnia, el dels italians de Sicília, el rus, l’alemany, el francès, el català...
--Sicília? Que la teva família és siciliana, oi que sí?
--Oh, no, només els parents una mica llunyans. La meva família és del Nord d’Itàlia, de Milà. N’estic fart escoltar mon pare dir que si no hi hagués estat tant pobret l’hi hauria agradat veure d’òperes a la Scala. ¡Quins rotllos ens va ficar, el nano!
--Bé, però, sisplau, ara no en parlis de la teva família –li va suplicar en Kimball--. Tornem a això dels accents: ¿quals deies que et saps...?
--Em... –intentava recordar-se l’Arthur del que va dir abans--. Escolta, no em vacil.lis...
--Ara n’estem parlant de cinema, Artie. Bé, ¿que et deixo el guió i t’ho llegeixes a casa teva, o prefereixes que et doni un altre paper?
--No, tranquil, Bob. Dona’m d’aqueix guió i el faré una ullada a casa. Si m’interessa, ja veurem si faig la pel.lícula. Ah, ¿com es diu, el guionista?
--Una dona, una d’aqueixes guionistes noves, que ha fet guions per a sèries de televisió i pel.lícules.
--Feminista...?
--No ho sé ara, Artie. A més, ¿què importa, ara? Una dona, diguem-ne, és feminista. No em surtis ara amb d’aqueix masclisme que, en el fons, teniu tots els italians. Tanmateix, el que conta ella no és tant d’exagerat com d’algunes feministes radicals.
--Depen, Bob, depen... Jo he llegit molts guions escrits per guionistes feministes, i no els calia exagerar res per mostrar el que hi havia...
--Oh, no m’amollis ara un rotllo com els que amolla la teva núvia –va suplicar en Kimball, fent broma, tot i que sabia que no tenia cap gràcia, ja que l’Arthur no va moure cap múscul del rostre.
Més tard, l’Arthur va tornar cap a casa, amb una còpia del guió de la pel.lícula sota el braç, envolt en un sobre gran, al qual hi havia escrit, en lletres gegantines, “Guió de la pel.lícula ‘‘CÒMICS DE MILWAUKEE’’ –TÍTOL PROVISIONAL—. ESCRIT PER MAGGIE FONTEVECCHIA”.
La Winnie el va rebre, fent-li un petó a la boca.
--Hola, estimat. ¿D’on vens?
--Res, reina. He vist Bobby Kimball, a veure si em podia donar d’algun paper.
--I t’ho ha donat?
--Em, m’ha donat un guió, per que ho llegeixi. Bé, aquesta pel.lícula la dirigirà una dona, com a tu.
--Ah, dabuten –va somriure la bruna, que ja començava a dir-ne coses en llenguatge col.loquial, com la seva amiga, la Judy Raines--. Qui és? Que la conec?
--No sé si la coneixes, reina. Es diu Martha McCluskey, una d’aqueixes directores noves, com a tu. La pel.lícula tractarà d’uns còmics de Milwaukee, Wisconsin... i jo tinc que fer d’un d’ells.
--Ah, sí...? –es va meravellar la Winnie.
--Sí, Winnie. Malgrat que tindré que parlar amb l’accent d’allà, de Milwaukee.
--Que saps imitar-ho?
--No. Tindré que practicar-ho. Ja saps els accents que sé imitar, “chérie américaine” –va dir ara, imitant un gairebé correcte accent parisenc--. Fins sé imitar l’accent català, “que sembla un català de soca i arrel” (1) –ara imita l’accent català, com si fóra en Jordi Pujol--. Però l’accent de Milwaukee... Tindré que fer de pràctiques.
Mentrestant, la Kathy Raines, a casa seva, escoltava una cinta de cassette, una que els van regalar a Barcelona, de cançons cantades en català. L’escoltava a la seva habitació.
Semblava agradar-li molt, doncs tararejava les lletres, amb el mateix entusiasme que quan parla les cançons del seu grup de “rock-n’roll”. Ara sentia una cançó de Sopa de Cabra. Hi era asseguda, gairebé per terra, damunt del seu llit, descalça, amb els peus fregant el coixí. I igualment que d’altres vegades deixava la porta de l’habitació oberta. Per ella hi veia passar els seus parents, el seu nuvi... a qualsevol persona. En Tommy Lynch hi havia sortit un moment per comprar-s’hi unes cosetes per menjar, per alguna hamburgueseria. Però sense que ella se l’hagués sentit. En Tommy va tornar del carrer, i caminant de puntetes, s’hi apropava cap a l’habitació de la seva núvia.
En arribar fregant la porta, va fer un tomb i va fer un crit com si fos un monstre d’una pel.lícula d’horror.


--AAAAARGH! –feia aquella inefable expressió en treure la llengua, arrufant el nas, fent expressió també de guerxo i d’altres bestieses, tot alhora. La Kathy es va espantar, va fer un crit, però no gaire, tot i que sembli mentida.
--Bandarra...! –va rondinar ella seguidament, molt enrabiada. Súbitament es va llevar del llit, i fent un bot espectacular, es va deixar caure damunt d’ell, quedant-se tot sorprès.
--Eeeeei...! ¿Què fas...? –va cridar, ara era ell l’espantat. No s’ho esperava per res, allò.
--Oh, Tommy, maquíssim, ¿que vols jugar, ep? Quina merda que ets, ¿oi que sí? –deia la Kathy, agafant-s’ho i vorejant-s’ho amb els braços, col.locada damunt d’ell i parlant amb una ironia res dissimulada.
Així, es van fer un morreig i tot, a l’indret de sempre, ja sabeu... I amb la llengua, més de l’habitual.
I a prop d’allà hi era en Ralphie, el germà de la Judy i la Kathy. Se’n mirava una pila de papers.
--Qui serà el poca-solta que em va dir que les accions de la companyia Petroneva, de l’Estat de Nevada, pujarien com el coet que va anar a la Lluna amb Neil Armstrong? ¡El que han fet és baixar com un meteorit de l’espai exterior! Torracollons!
En aquell moment hi entrava sa mare, la Mallory.
--Què et passa, fill? –va advertir que ell era neguitós.
--Una tragèdia, Mama. Les accions de la companyia Petroneva hi ha baixat cinquanta sencers.
--I què?
--I què...? ¡Jo soc el responsable, Mama, d’aquesta desfeta! ¿Que te’n recordis de que el Papa em va demanar que fes una inversió del 15 % dels seus estalvis en aquestes accions?
En Ralphie suava mentre parlava. La seva mare, com no entenia gaire d’aquell embolic que té a veure amb accions, beneficis i d’altres coses, no semblava estar gens preocupada, però en sentir que per la caiguda d’aqueixes accions en podrien estar en perill els estalvis del seu marit, i per tant tots els estalvis de la família Raines, sospitava que alguna cosa greu en podia ocórrer.
--Ei, Ralphie –va dir ella--, no comprenc gens d’això, però, ¿què vols dir que estem arruïnats?
--No, no, Mamà, no estem arruïnats, però... ¡així i tot hem perdut tres mil dòlars! Ai, Déu meu, quin nerviós que estic! –deia, mossegant-se les ungles--. Crec que un dia d’aquests acabaré suïcidant-me!
--Ei, poca-solta, això no ho diguis ni fent broma! –va rondinar la Mallory Raines, enrabiada per sentir a son fill dir una cosa tant d’horrible com aquella.
--Ho sento, Mamà, però a vegades estic tant fotut... –es va excusar en Ralphie.
Mare i fill discutien i xerraven, però en Ralphie era dels tres fills de la família que més problemes li donava, a la Mallory, perquè de tant en tant quan ell, que era sovint força neuròtic, tenia de manies grans. I ara mateix, a la societat moderna d’arreu del món n’hi ha problemes semblants, per exemple, a l’estatunidenca, per tant, per això no cal ésser executiu ni tampoc un “yuppie” per acabar del tot neuròtic. La ciutat de Nova York té molts problemes derivats d’això. Molts metges i psiquiatres hi ha parlat d’això, fent de judicis a vegades ben pesimistes. No en volem exagerar, doncs sempre surt d’algun mentider, d’algun demagog o bé algú que exagera i frivolitza massa sobre un tema tant de preocupant, però...
...Però això pot preocupar a qualsevol. I a Nova York, igualment que en les altres grans ciutats, els psiquiatres ens poden contar de coses al.lucinants, més encara que no pas els que contaria en Woody Allen, que s’esdevé un client fix de qualsevol d’ells.
En Ralphie, entre les seves manies, té aquesta: l’agrada força fregar-se amb els dits índex i polze una fulla de paper, fent soroll, una cosa semblant a “frrrr, frrrr, frrrr” en fregar-se-la. Sempre ho fa quan no hi ha ningú a la vora, si ell hi és del tot sol. Quan ho fa és quan llegeix un diari, un llibre, etc. I no vol que ningú el veiés, potser perquè sap que allò fa nosa, que no és un soroll agradable de sentir. Però no pot evitar-ho.
Ell no té la mateixa opinió política que les seves germanes, la Kathy i la Judy, i ell té una certa simpatia pel aquell polític amb ulleres i una mica semblant a un gosset que tothom, als anys ’90, coneixien ben bé. Ja parlarem d’ell després.
Després d’haver xerrat amb sa mare i disculpar-se aquesta amb coses tipus “és que soc una mica pesada”, en Ralphie se’n va anar cap a la sala, on hi eren la Judy, en Jarvis, en Tommy, la Kathy i el pare de les germanes, en Ralph (es diu igual que el fill, tot i que aquest se’n fa dir amb el diminutiu, com li diuen familiarment, els seus parents). Bé, en Ralph sènior (als Estats Units se’n diu així els pares, sobretot si els fills se’n diuen igual) és un senyor amb el mateix físic que el fill, tot i que amb més anys a sobre, amb barba retallada, alguna cana al cabell i algunes arrugues. L’agradava fumar en pipa, però com el metge l’havia aconsellat no fer abús del tabac, no era gaire temps amb ella. I ara se la fumava, mentre ell, les seves filles i els nuvis d’elles veien per la televisió un capítol de la sèrie “Els Simpson”, que ja vam dir que era de les favorites de la Judy. Al Ralphie, en canvi, no l’agradava gens, potser perquè ell, des del moment en que es va fer un “yuppie”, no l’agrada, ja que en aqueixa sèrie se’n fan crítiques contra els rics (la família Simpson és de classe mitjana-baixa), sobretot quan surt les diferències dels lavabos pels obrers i pels alts directius de la central nuclear on hi treballa en Homer Simpson: els primers tenen un estat lamentable i gairebé en ruïnes, mentre els altres eren de superluxe, gairebé semblava allò un palau, amb l’afegitó de cascades artificials i servents vestits de librea tocant el violí... Diguem-ne que semblava un palau, al costat de les luxosísimes mansions de Beverly Hills (Hollywood) quedaven com una d’aquelles míseres favel.les de les grans ciutats del Brasil. Però als altres els molava tot allò que hi veien a la sèrie. No va poder evitar-ho en Ralphie, en comentar:
--Bufa...! –va amollar un bufet--. Quina bestiesa fan ara, els Simpson aqueixos?
--Babau! –va dir la Kathy--. Per no dir-te alguna cosa més de grossa... No fan bestieses; avui fan una paròdia de “Ciutadà Kane”. Apa, calla’t i seu per veure-la, o si no, fot el camp.
--Bé, bé, quina putada! Me’n vaig! –diguè en Ralphie, sortint.
En Ralph pare va aspirar el fum de la seva pipa i va comentar:
--En Ralphie, cada dia hi pensa encara més com en Ronald Reagan.



--I què pensa...? –va preguntar en Tommy.
--Res! Si no té de cervell, ¿quina cosa anava a pensar? –va fer broma en Ralph. I se’n van riure tots dos alhora.
Més tard, en Jarvis es va acomiadar a la porta de la casa per anar-se a la seva. S’hi va acomiadar de la Judy amb el morrejo habitual.
--Quan dius que tornaràs a la teva feina? –va preguntar ell.
--Dimarts, la setmana que ve... el dia 3 de Setembre. El dia 2, Dilluns, no n’hi ha feina –va contestar ella.
--És clar, és la Festa del Treball... o la Diada del Treball. ¿Que se’n diu així? –dubtava ell.
--Sí, nano; apa, ves-te’n a casa teva, que ja ens veurem demà per sortir altre vegada plegats.
--Si no ens passa abans d’alguna tragèdia...
I se’n van acomiadar. Això de la Diada del Treball és una festa que hi ha als Estats Units tots els primers Dilluns de Setembre, i, és clar, no n’hi ha molta gent que tingui feina aleshores. Bé, ara passem a veure un altre cop quines coses li capfiquen en Ralphie, que ja ens coneixem ben bé els altres, anem a conèixer millor, al nano aquest. Ara o després...

TODO ACABARÁ BIEN... SI FUESE BIEN(Capítulo 11)







CAPÍTULO XI






Al día siguiente, antes de las tres de la tarde, todos fueron al Aeropuerto de El Prat de Llobregat para coger el avión de vuelta a Nueva York, que llegó al Aeropuerto John F. Kennedy alrededor de nueve horas después. Al llegar, aun no se orientaban con el cambio de horario, que en Nueva York es seis horas menos que en Barcelona. Sería el famoso “jet-lag”, opinaron.
Tenían algo de sueño, y ganas de irse a roncar y a dormir, como decía Artie.
Cada uno se durmió como quiso, después de la medianoche, hora de Nueva York, claro. Aun no había ninguno de ellos deshecho el voluminoso equiopaje, que cada uno portaba para tantos días de estancia allí, aparte los regalos, ropa y demás comprados en Barcelona e Ibiza. No sabemos si alguno/a aprovechó para hacer el amor antes de dormirse, pero eso ahora no nos interesa.
Al día siguiente, y aun con cierta descoordinación al no estar de nuevo habituados del todo al horario neoyorkino, se levantaron todos un poco tarde, y aprovecharon para acercarse a los sitios en donde trabajan, para poco a poco volver a acostumbrarse a ellos.
Por ejemplo, Arthur se fue a ver a un amigo productor, para ver si tenía un papel para él, alguno que fuera medianamente interesante. Llegó al edificio en donde estaba la misma, en la Ninth Avenue (Novena Avenida), bastante curioso, pero lo que nos interesa no es eso, sino lo que le dirán a él. El productor aquel, que era uno de los considerados “independientes”, es decir, que no forma parte de las “majors” de Hollywood, se llamaba Bobby Kimball. Tenía 49 años y portaba una peluca morena para taparse una calvicie prematura.
Al sentarse, Arthur cogió un cigarro pequeño que le ofrecía Bobby Kimball, dijo “gracias” y lo encendió, soltando el humo por los agujeros de la nariz. Luego, el actor no pudo evitar el soltar algun bostezo, recordándonos otra vez la hora, el cambio de hora.
--¿Tienes sueño? –le preguntó Kimball.
--Sí, Bobby. Hasta que no me acostumbre de nuevo al horario de aquí, esto será una mierda.
Kimball rió.
--Bien, Artie... –dijo después—Tengo un papel para ti, que podría parecerse a los personajes masculinos de las películas de tu novia.
--Ah, muy bien, Bobby. Pero espero que no será cualquier tontería, ¿no? Que una cosa es imitar lo que hace Winnie, y otra...
--Creo que no, tío. La película la dirigirá una mujer, una chica guapísima y con mucho talento, que se llama Martha McCluskey. Tu papel es el de un cómico que trabaja en un modesto teatro de variedades en Milwaukee, Wisconsin... Claro que la única dificultad del papel es que tendrás que hablar con acento de allí, nada de ese acento neoyorkino que tienes.
--¿Con acento de Milwaukee? ¿Te has creído que soy Robert De Niro, por que soy italoamericano, como él?
--¡Ja, ja...! –rió el productor--. No, Artie. Bobby De Niro es inimitable; no te preocupes, que ya sé cómo te lo montas... ¿Verdad que sabes imitar ese acento?
--No. Sé imitar el de California, el de los italianos de Sicilia, el ruso, el alemán, el francés, el catalán...
--¿Sicilia? ¿Tu familia es siciliana?
--Oh, no, sólo los parientes un poco lejanos. Mi familia es del Norte de Italia, de Milán. Estoy harto de oír a mi padre diciendo que si no hubiera sido tan pobre le hubiera gustado ver óperas en la Scala. ¡Qué rollos nos metió, el tío!
--Bien, pero, por favor, no nos hables ahora de tu familia –le suplicó Kimball--. Volvamos a lo de los acentos: ¿cuáles decías que te sabes...?
--Em... –intentaba acordarse Arthur de lo dicho anteriormente--. Oye, no me vaciles...
--Ahora estamos hablando de cine, Artie. Bien, ¿te dejo el guión y te lo lees en tu casa, ó prefieres que te dé otro papel?
--No, tranquilo, Bob. Dame ese guión y le echaré un vistazo en casa. Si me interesa, ya veremos si hago la película. Ah, ¿cómo se llama el guionista?
--Una mujer, una de esas guionistas nuevas, que ha hecho guiones para series de televisión y películas.
--¿Feminista...?


--No lo sé ahora, Artie. Además, ¿qué más da? Una mujer, en cierto modo, es feminista. No me vengas ahora con ese machismo que en el fondo tenéis todos los italianos. De todas maneras, lo que cuenta ella no es tan exagerado como algunas feministas radicales.
--Depende, Bob, depende... Yo he leído muchos guiones escritos por guionistas feministas, y no les hacía falta exagerar para mostrar lo que había...
--Oh, no me sueltes un rollo como los que suelta tu novia –suplicó Kimball, en broma, aunque sabía que no tenía ninguna gracia, ya que Arthur no movió ningún músculo de la cara.
Más tarde, Arthur volvió a su casa, con una copia del guión de la película bajo el brazo, envuelto en un sobre grande, en el cual iba escrito, en letras grandes, “Guión de la película ‘’CÓMICOS DE MILWAUKEE’’ –TÍTULO PROVISIONAL--. ESCRITO POR MAGGIE FONTEVECCHIA”.
Winnie le recibió, dándole un beso en la boca.
--Hola, cariño. ¿De dónde vienes?
--Nada, tesoro. He visto a Bobby Kimball, a ver si me podía dar algún papel.
--¿Y te lo ha dado?
--Em, me ha dado un guión, para que lo lea. Bien, la película ésta quizá la dirigirá una mujer, como tú.
--Ah, dabuten –sonrió la morena, que ya empezaba a decir cosas en lenguaje coloquial, como su amiga Judy Raines--. ¿Quién es? ¿La conozco?
--No sé si la conoces, cariño. Se llama Martha McCluskey, una de esas directoras nuevas, como tú. La película tratará de unos cómicos de Milwaukee, Wisconsin... y yo tengo que hacer de uno de ellos.
--¿Ah, sí...? –se maravilló Winnie.
--Sí, Winnie. Claro que tendré que hablar con acento de allí, de Milwaukee.
--¿Sabes imitarlo?
--No. Tendré que practicarlo. Ya sabes los acentos que sé imitar, “chérie américaine” –dijo ahora, imitando un casi correcto acento francés parisino--. Hasta sé imitar el acento catalán, “que sembla un català de soca i arrel” –ahora imita el acento catalán, como si fuera Jordi Pujol--. Pero el acento de Milwaukee... Tendré que practicarlo.
Mientras tanto, Kathy Raines, en su casa, escuchaba una cinta de cassette, una de las que le regalaron en Barcelona, de canciones cantadas en catalán. La escuchaba en su habitación.
Parecía gustarle mucho, pues coreaba las letras, con el mismo entusiasmo que cuando canta las canciones con su grupo de rock’n’roll. Ahora oía una canción de Sopa de Cabra. Estaba sentada, casi tumbada, sobre su cama, descalza, con los pies rozando la almohada. E igual que otras veces dejaba la puerta de la habitación abierta. Por ella veía pasar a sus parientes, a su novio... a cualquier persona. Tommy Lynch había salido un momento para comprarse unas cosillas de comer en alguna hamburguesería. Pero sin que ella le hubiese oído, Tommy regresó de la calle, y andando de puntillas se acercaba a la habitación de su novia.
Al llegar casi a la puerta, ya rozándola, dio un salto y pegó un grito como si fuera un monstruo de las películas de terror.
--¡AAAAARGH! –hacía aquella inefable expresión sacando la lengua, frunciendo el ceño, bizqueando los ojos y demás chorradas hechas al mismo tiempo. Kathy se asustó, pegó un grito, pero no mucho, aunque pareciese mentira.
--¡Gamberro...! –gruñó seguidamente ella, muy enfadada. Súbitamente se levantó de la cama, y dando un salto espectacular, se dejó caer sobre él, quedando sorprendido.
--¡Eeeeeey...! ¿Qué haces...? –gritó, ahora él era el asustado. No se lo esperaba para nada.
--Oh, Tommy, guapísimo, ¿quieres jugar, eh? Qué mierda eres, ¿verdad? –decía Kathy, agarrándolo y rodeándolo con los brazos, colocada encima de él y hablando con una ironía nada disimulada.
Así, se dieron un morreo y todo, en el sitio de siempre, ya saben... Y con la lengua, más de lo habitual.
Y cerca de allí estaba Ralphie, el hermano varón de Judy y Kathy. Miraba un montón de papeles.
--¿Quién será el gilipollas que me dijo que las acciones de la compañía Petroneva, del Estado de Nevada, subirían como el cohete que fue a la Luna con Neil Armstrong? ¡Lo que han hecho es bajar como un meteorito caído del espacio exterior! ¡Gilipollas!
En aquel momento, entraba su madre, Mallory.
--¿Qué te pasa, hijo? –advirtió el nerviosismo de Ralphie.
--Una tragedia, Mamá. Las acciones de la compañía Petroneva han bajado cincuenta enteros.
--¿Y qué?
--¿Y qué...? ¡Yo soy el responsable, Mamá, de ésta debacle! ¿Te acuerdas de que Papá me pidió que invirtiera el 15 % de sus ahorros en éstas acciones?
Ralphie sudaba mientras hablaba. Su madre, como no entendía mucho de aquel embrollo que tiene que ver con acciones, beneficios y demás, no parecía estar preocupada, pero al oír que por la caída de esas acciones podrían peligrar los ahorros de su marido, y por tanto los ahorros de la familia Raines, sospechaba que algo grave podía suceder.
--Eh, Ralphie –dijo ella--, no entiendo mucho de esto, pero ¿quieres decir que estamos arruinados?
--No, no, Mamá, no estamos arruinados, pero... ¡pero, así y todo, hemos perdido tres mil dólares! ¡Ay, Dios, qué nervios tengo! –decía, mordiéndose las uñas--. ¡Creo que un día de estos acabaré suicidándome!
--¡Hey, gilipollas, no digas eso ni en broma! –gruñó Mallory Raines, enfadada por oír decir a su hijo algo tan horrible como aquello.
--Lo siento, Mamá, pero a veces estoy tan jodido... –se excusó Ralphie.
Madre e hijo discutían y charlaban, pero Ralphie era de los tres hijos de la familia el que más problemas le daba a Mallory, por que de vez en cuando él, que era a veces bastante neurótico, tenía manías tremendas. Y ahora mismo, en la sociedad moderna de todo el mundo hay problemas así, por ejemplo, en la estadounidense, para lo que no hace falta ser ejecutivo ni un “yuppie” para acabar neurótico del todo. La ciudad de Nueva York tiene muchos problemas derivados de esto. Muchos médicos y psiquiatras han hablado de esto, haciendo juicios a veces muy pesimistas. No queremos exagerar, pues siempre sale algún mentiroso, algún demagogo ó bien alguno que exagera y frivoliza demasiado sobre un tema tan preocupante, pero...
...Pero esto puede preocupar a cualquiera. Y en Nueva York, igual que en las demás grandes ciudades del país, los psiquiatras pueden contarnos cosas alucinantes, más aun que las que contaría Woody Allen, que se ha convertido en un cliente fijo de cualquiera de ellos.
Ralphie, entre sus manías, tiene ésta: le agrada bastante rozar con los dedos índice y pulgar una hoja de papel, haciendo ruido, algo así como “frrrr, frrrr, frrrr”, al rozarlo. Siempre lo hace cuando no hay nadie cerca, si él está totalmente solo. Cuando lo hace es cuando lee un periódico, un libro, etc. Y no quiere que nadie le vea, quizá por que sabe que esto molesta, que no es un ruido agradable de oír. Pero no puede evitar el hacerlo.
Él no tiene la misma opinión política que sus hermanas Kathy y Judy, y él tiene cierta simpatía por aquel político con gafas y cierto parecido a un perrito que todo el mundo de los años ’90 conocía muy bien. Ya hablaremos de él luego.
Después de haber charlado con su madre y disculparse ésta con cosas tipo “es que soy un poco plasta”, Ralphie se fue a la salita, donde estaban Judy, Jarvis, Tommy, Kathy y el padre de las hermanas, Ralph (se llama igual que él hijo, aunque éste se hace llamar con el diminutivo, como le llaman familiarmente sus parientes). Bien, Ralph senior (en los Estados Unidos se llama así a los padres, sobre todo si los hijos se llaman igual) es un señor con el mismo físico que el hijo, aunque con más años encima, con barba recortada, alguna cana en el pelo y algunas arrugas. Le gustaba fumar con pipa, pero como el médico le había recomendado no abusar de l tabaco, no estaba mucho tiempo con ella. Y ahora la fumaba, mientras él, sus hijas y los novios de éstas veían por la televisión un episodio de la serie “Los Simpson”, que ya dijimos que es una de las favoritas de Judy. A Ralphie, en cambio, no le agradaba mucho, quizá por que él, desde el momento en que se hizo “yuppie”, no le gusta, ya que en esa serie se hacen críticas contra los ricos (la familia Simpson es de clase media-baja), sobre todo cuando saca las diferencias de los lavabos para los obreros y para los altos directivos de la central nuclear en donde trabaja Homer Simpson: los primeros están en un estado lamentable y casi en ruinas, mientras los otros eran de superlujo, casi parecía aquello un palacio, con el añadido de cascadas artificiales y sirvientes vestidos de librea tocando el violín... Digamos que parecía un palacio, al lado del cual las lujosísimas mansiones de Beverly Hills (Hollywood) quedaban como una de aquellas míseras favelas de las grandes ciudades del Brasil. Pero a los demás les molaba lo que veían en la serie. No puede evitarlo Ralphie, al comentar:
--¡Buf...! –soltó un resoplido--. ¿Qué chorrada hacen ahora los Simpson esos?
--¡Petimetre! –dijo Kathy--. Por no decirte algo más gordo... No hacen chorradas; hoy hacen una parodia de “Ciudadano Kane”. Anda, cállate y siéntate a verla, ó si no, lárgate.
--¡Bien, bien, vaya putada! ¡Me voy! –dijo Ralphie, marchándose.
Ralph padre aspiró el humo de su pipa y comentó:
--Ralphie cada día piensa como si fuera Ronald Reagan.
--¿Y qué piensa...? –preguntó Tommy.
--¡Nada! Si no tiene cerebro, ¿qué iba a pensar? –bromeó Ralph. Y se rieron los dos a la vez.
Más tarde, Jarvis se despidió en la puerta de la casa para irse a la suya. Se despidió de Judy con el morreo habitual.
--¿Cuándo dices que volverás a tu trabajo? –preguntó él.
--El Martes, la semana que viene... el día 3 de Septiembre. El día 2, Lunes, no hay trabajo –contestó ella.
--Claro, es la Fiesta del Trabajo... ó el Día del Trabajo. ¿Se dice así? –dudaba él.
--Sí, tío; anda, vete ya a tu casa, que ya nos veremos mañana para salir otra vez juntos.
--Si no nos ocurre antes alguna tragedia...
Y se despidieron. Esto del Día del Trabajo es una fiesta que hay en los Estados Unidos todos los primeros Lunes de Septiembre, y claro, no hay mucha gente que trabaje entonces. Bien, ahora pasamos a ver otra vez qué cosas le preocupan a Ralphie, que ya que conocemos muy bien a los demás, vamos a conocer mejor a éste tío. Ahora ó después...